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"Chita" Sanvicente: ni santo ni Papá Noel

Respetado como pocos en el ecosistema todavía de terrario del fútbol venezolano, “Chita” Sanvicente era hombre de consenso para el cargo de entrenador de la Vinotinto. Luego de ser ratificado en el cargo, muchos aún se preguntan cómo se llegó a casi una decena de derrotas en fila y el visible cortocircuito con el plantel de jugadores tras apenas 19 meses al frente de la selección. Como en todo, ha intervenido el azar, pero también una brecha cultural entre la Venezuela del claustro y la del exilio. Este jueves 31 de marzo se decidirá su suerte al frente del combinado

Entrenador, entrenador. Entrenador hay uno solo. Es el Chita Sanvicente, que es tremendo entrenador. Los cánticos de las “barrabravas” probablemente no serán distinguidos con el Premio de Poesía Reina Sofía, pero en este caso los del Caracas Fútbol Club (una de las dos aficiones más grandes en el contexto aún más bien parroquial del fútbol venezolano) registran una circunstancia inusual: un salmo de fidelidad a un entrenador, figura de quitaipón en el deporte más popular y al parecer corrompido del mundo, eminencia gris detrás de las estrellas del balón, energúmeno que pega gritos en una jaula de tiza a un costado de la cancha, como si le frustrara no poder ingresar en pantaloncillos cortos. Ya lo dice un dicho popular de los futboleros: en caso de fracaso, es mucho más fácil botar al técnico que a veintipico jugadores, aunque ellos son los que fallan goles. Dura lex, sed lex.

Noel “Chita” Sanvicente es el entrenador más ganador de la liga de primera división de Venezuela, lo que quiera que eso valga: cinco campeonatos absolutos con el Caracas Fútbol Club, “los Rojos del Ávila”, entre 2003 y 2009 y otros dos con el Zamora de Barinas en 2013 y 2014. Ex jugador él también de la Vinotinto de las goleadas en contra, intachable padre de familia, guayanés de piel de pueblo, verbo sencillo y salidas ingeniosas, parecía el más candidato doméstico más adecuado para el cargo de seleccionador nacional; hombre de consenso entre la prensa especializada, como ya lo había sido a finales de 2007, cuando tras la ríspida renuncia de Richard Páez, finalmente el elegido fue César Farías, consentido del casi vitalicio presidente de la Federación Venezolano de Fútbol, Rafael Esquivel, quien estuvo encarcelado en Suiza (en la fuente llegó entonces a circular la versión, probablemente infundada, de que Empresas Polar, el sponsor principal luego desplazado por Pdvsa, no toleraría a un hombre negro al frente de su producto estrella) y luego liberado al pagar millonaria fianza en dólares.

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Apenas 15 meses después, en una insólita rueda de prensa en la Guayana de sus orígenes en la que no permitió preguntas y rompió los sacrosantos códigos de discreción del fútbol -lo que en la cancha o en el vestuario ocurre, allí se queda-, Sanvicente denunció no sentirse respaldado por sus propios jugadores, que lo habrían convertido en un Don Regalón para media Suramérica. Seis derrotas consecutivas en partidos oficiales de la Vinotinto, luego de un encandilador arranque ante Colombia (victoria 1-0) en la Copa América Chile 2015, prácticamente sin opciones ya de clasificar por primera vez a un Mundial, el de Rusia 2018, a pesar de que todavía resta un presumible calvario de 14 partidos por delante. Judas para quema de los aficionados en redes sociales. Una reunión crucial este lunes 23 de noviembre con las autoridades interinas de la Federación decidió su continuidad. «Ni él presentó su renuncia ni nosotros se la pedimos», dijo Laureano González con las riendas de la FVF en sus manos.

Posterior a la derrota ante Chile este mes de marzo, dijo «le he puesto el pecho, he buscado la forma pero no me han acompañado los resultados. Estamos de últimos, esa es la realidad”, mientras anunció que la decisión de seguir al frente del seleccionado «está tomada». Su futuro se decidirá este jueves 31 de marzo.

Bromista después del timbre

Los años ochenta eran tiempos menos políticamente correctos y clandestinos para el fútbol venezolano, y a Noel Sanvicente, futbolista afrovenezolano nacido en San Félix (estado Bolívar) un 21 de diciembre de 1964, como un chalequeo de colegio del que es imposible ya desprenderse, se le asignaba como una segunda cédula de identidad el autoaceptado apodo «Chita», no por el felino más veloz del mundo, sino por la mona que sirve de compañera a Tarzán, hasta el punto de que hoy el propio entrenador mira con extrañeza al que le llama por su ya casi sepultado nombre de bautizo. El Chita jugador llevaba la camiseta con el número 10 en la espalda, la más importante en el imaginario de este deporte, la de Maradona, Pelé y Messi, aunque era un 10 atípico: más fuerte y veloz que virtuoso con el balón. La afición del Marítimo (mareitemo, en la pronunciación del panadero promedio), el desaparecido equipo de la colonia portuguesa en Caracas, le rescató de las aguas del Orinoco y le elevó a Faraón negro.

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Lamentablemente para Sanvicente, coincidió cronológicamente con otros 10 en la Vinotinto: Carlos Maldonado o el también guayanés Stalin Rivas. Solo tuvo 10 (vuelve la cábala) apariciones con la selección nacional, pero fue seis veces campeón de la liga nacional. Ni un escándalo ensombreció su carrera, y casi pudo parafrasear a Melissa: sí soy un señor de una conducta intachable en la vida. Lo mismo cuando tomó las riendas como entrenador del Caracas Fútbol Club en 2002.

“Sanvicente es un epítome del fútbol venezolano. Su carrera, como tantas ligadas al deporte, está llena de sacrificios y recompensas. Fue un exitoso jugador de la época clandestina, entendiéndose éxito en un contexto como el pobre balompié nacional del siglo XX, y el entrenador más victorioso y popular de la etapa mediática que hoy disfrutamos, o padecemos. Por eso considera su obligación llevar a la Vinotinto a cotas mucho más elevadas que las 905 que le eternizaron en Caracas y Barinas. Allí reside su grandeza, y como hoy vemos, su martirio”, le glosa el periodista especializado Pablo Amair.

“De Chita siempre se ha destacado la exigencia. Obsesivo en busca de mejorías. Un técnico organizado y planificado. Su carácter siempre ha sido fuerte, es serio y estricto. Frontal y severo a la hora de hacer cumplir las normas. Pero una vez que terminaba su trabajo, con los jugadores y su cuerpo técnico era bromista y cercano. Con la prensa, al menos con la mayoría, siempre había sido atento y receptivo”, le recuerda, de su época de reportero, el actual director del diario Meridiano, Carlos Daniel Avilán.

Conspiración o autogol

Sanvicente y su predecesor como titiritero de la Vinotinto, el cumanés César Farías, contrastan en personalidad como África y Tarzán. Farías (actualmente en la India, un destino que cuadra a la perfección con su aspecto de joven rajá) jamás fue futbolista profesional, ni ha obtenido un solo título como entrenador en la liga venezolana. Pero conquistó una de las mayores hazañas de la selección: cuarto lugar en la Copa América Argentina 2011.Mucho más hábil y ambiguo para los manejos políticos que también requiere el deporte, no es un secreto que, además de la dirección técnica, ha sido juez y parte como gerente de clubes y agente de no pocos de los jugadores que ha tenido bajo su mando, sin sonrojarse por los conflictos de intereses. Analistas como Jovan Pulgarín, sin excusar a Sanvicente, han asomado la tesis de que las piezas del ajedrez demasiado identificadas con Farías (caso de Juan Arango, quizás el mejor futbolista venezolano de la historia, que optó por decir adiós a la Vinotinto con un modus operandi al menos sospechoso en plena nueva etapa) jamás han tenido fe en el proyecto Chita. Le habrían aplicado un beso ruso.

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Cristóbal Guerra, columnista del diario Líder en Deportes y comentador multimundialista de TV, sostiene que lo de Chita ha sido más que todo autogol: “Cuando falló la contratación del brasileño Dunga, la llegada de Sanvicente se tomó como algo natural. No había otro disponible. Solo que tropezó con él mismo, con su poco grado cultural. En el trato con los jugadores, no ha estado al nivel. Los que vienen de Europa traen otras referencias, otro contacto con diferentes culturas. No aceptan que los ‘carajeen’, como Sanvicente hacía por ejemplo con los hombres del Zamora, y ahí se han establecido diferencias irreconciliables. Han optado por no hacerle caso, y la situación se hecho insostenible”.

“Sanvicente se caracteriza por un control obsesivo de los jugadores”, matiza Pablo Amair: “No descansa y pocas veces acepta que otros lo hagan. El que trabaja junto a él suele renunciar a su vida y entregársela al proyecto Chita. Es un maniático de la disciplina y el esfuerzo, quizá por sufrir tantos años de desorganización e irresponsabilidad futbolera. Esa fórmula le funcionó en clubes que solo así podían mejorar. Pero el jugador venezolano de selección ya se siente liberado de ciertas responsabilidades. Creció y se independizó. El modelo castrense-paternal no funciona igual en atletas acostumbrados al primer mundo —o cualquier mundo futbolístico fuera de Venezuela, que siempre será mejor— que en imberbes necesitados de guía. A Chita le irrita que los jugadores revisen sus teléfonos en las comidas y los Vinotinto no pueden estar fuera de las redes sociales desde que ganaron popularidad. ¿Quién se impuso? Visto lo visto, ninguno”.

“Lo que ha sorprendido, y creo que lo ha sorprendido a él también, es cómo está manejando la adversidad”, admite Carlos Daniel Avilán. “Ése es el punto en el que está más en deuda: ni dentro ni fuera de la cancha parece estar lidiando bien con los reveses que está sufriendo”.

Renuncia, despido o todo lo contrario

¿Cuánto ha habido de mala suerte en muchos de los goles por errores insólitos que ha concedido la Vinotinto en la eliminatoria mundialista o la crucial expulsión de Fernando Amorebieta ante Perú en la Copa América, acontecimientos que, evitados, hubieran generado un futurible con una atmósfera menos cargada? ¿Cuánto de ausencia de relevo para la generación dorada de Arango y compañía, la de la época de las vibrantes cuñas de Polar y las transmisiones con inéditos récords de sintonía en RCTV? ¿Cuánto también del fracaso de un modelo de país, del que no escapa su deporte? “Para un saldo tan negativo, la única respuesta posible sería una típica de las trivias: todas las anteriores. Pero por supuesto Chita tiene el mayor peso de la responsabilidad. Un técnico también debe ser motivador y líder”, sentencia Avilán.

“Los números son lapidarios, dan poco lugar a la defensa”, concluye Daniel Chapela, autor del libro El once de América. La única solución casi que sería convocar un grupo totalmente distinto de futbolistas, un lujo que no se puede dar el deprimido balompié local de equipos que respiran artificialmente gracias a las partidas de gastos de reyezuelos regionales. “No digo que Sanvicente y los Vinotinto estén peleados, pero hay un cortocircuito. Mandó a la guerra a sus propios jugadores, que ahora se sienten señalados. Creo que Chita no va a seguir. No veo cómo pueda sostenerse la relación”, lanzaba Chapela sobre el cónclave de este lunes, aunque Cristóbal Guerra fija la decisión en algo más mundano: «él no se quiere ir y la Federación, por estos días con poco dinero, tendría que pagarle los cuatro años por los que fue contratado”.