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Cosas que hemos aprendido durante la pandemia y que posiblemente olvidaremos

El escritor venezolano Fedosy Santaella, autor de "Los nombres", novela con la que ganó en 2016 el premio Ciudad de Barbastro, reflexiona desde su confinamiento sobre las lecciones que -posiblemente- nos ha enseñado esta crisis. ¿Las recordaremos al salir de casa?

Que la teoría biopolítica tiene razón y todo lo que usted quiera, pero a los niños debemos mandarlos a disciplinarse en la escuela; de lo contrario se vuelven locos y nos vuelven locos en casa.

Que la biopolítica puede seguir teniendo la razón (y mire que yo respeto a Foucault), pero ciertamente necesitamos sentarnos en una silla y ponernos a hacer algo que se llama trabajo. Y no, no estoy hablando tampoco del puto capitalismo. Es que, sencillamente, necesitamos trabajar. El trabajo es fisiológico. Acótese: no necesariamente implica adecuado sentido existencial.

Que lo ocurrido con la pandemia pone en evidencia que los Estados leviatanes prefieren que el mundo llegue a su fin antes que aceptar que no son infalibles. Wuhan es el Chernóbil de los chinos.

Que vigilar es controlar, es cierto, y pareciera que la solidaridad está escasa entre los escasos, y allí la necesaria vigilancia. Pero, recuérdese (y aquí sí vamos con Foucault), después de vigilar y controlar, viene vigilar y castigar. Y como diría Alan Moore, ¿quién vigila a los vigilantes? ¿Los vigilados?

Que no es el aburrimiento lo que nos afecta, sino la falta de sentido. Pero el sentido se construye con la lentitud de la sabiduría. Cuando nos quitan la velocidad, el vértigo de mantenerse ocupado, ¿qué queda? ¿El sentido que debería ser inmune al vacío? Quizás el aburrimiento es también un virus.

Que a falta de sentido, bueno es el odio como forma de distracción (en las redes).

Que en verdad el hombre es un animal político. Pero quizás hemos cometido el error de enfatizar lo animal y no lo político. Lo animal, digo, en cuanto a lo reactivo, repetitivo, mecanizado y no claramente consciente de los actos.

Que el oikos era un lujo económico, no espiritual.

Que la casa no es un hotel.

Que nos hemos dado cuenta de que habíamos erigido un no-lugar y no una casa.

Que dentro de nuestra casa debería haber otra casa y esa casa deberíamos ser nosotros, continuamente, fluyendo entre esta casa y la otra. Magritte ya lo dijo. Esa es la condición humana: representar es representarnos. El paisaje del interior de la habitación es lo que es el paisaje exterior, uno solo y continúo. Si yo pusiese una pintura distinta frente a la ventana, habría un ruido, una perturbación entre el interior y la realidad, sin flujo, sin intercambio. No importa lo que pintura tapa a la vista de la ventana, lo fundamental acá es la continuidad entre la representación interior (de la habitación nuestra) y el mundo exterior. Habitar, valga decir, es un frecuentativo. Una habitación es un lugar que frecuentamos, y así, la habitación interior debería ser un lugar que frecuentamos. Por otro lado, alcoba es un recinto con cópula donde se guardaban los objetos sagrados (pensemos en las cúpulas de las iglesias, de las mezquitas y las sinagogas). ¿Qué tan sagrada era nuestra alcoba? ¿Qué tan sagrada sigue siendo?

Que los parques están mejor sin nosotros.

Que las ciudades se ven más hermosas sin nosotros.

Que al fin (quizás) entendemos a Edward Hopper.

Que al fin (quizás) entendemos a Atget.

Que las ventanas sí son importantes.

Que hay cielo, pájaros en el aire y en los árboles.

Que nunca el sonido de las ambulancias en la distancia había dado tanto miedo.

Que la poesía está allá afuera. Lo sospechamos, la sentimos. Que duele.

Que los poetas mejor que no lean poemas. Leen muy mal.

Que el arte importa, coño.

casa

Que al final de todos los aburrimientos quedó ese objeto tan antiguo, tan dejado a un lado, tan subestimado por la cultura contemporánea que se llama libro. Algunos han vuelto a los libros. No los leen, pero hacen como si volvieran a los libros. Pero por lo menos, el simulacro de la lectura pareciera provenir de la aceptación del libro como el único objeto que en el fin del mundo nos salvará del aburrimiento.

Que nada más importante en la vida que un barbero y un peluquero.

Que seguimos creyendo, como si fuésemos hombres antiguos, que la palabra es lo mismo que la cosa, que cualquier discurso sustenta y es en sí mismo la realidad, y por lo tanto mucha gente sigue creyendo que todo lo que lee en las redes y en las cadenas de WhatsApp es absolutamente cierto. Por allí leí un meme irrenunciable: «Esto que pongo en WhatsApp es cierto porque lo leí en Twitter».

Que los muertos abandonados en las calles no se convirtieron en zombis. Los zombis son los políticos.

Que los médicos también mueren.

Que los estafadores son más estafadores en momentos de crisis, y estos nunca aprenderán nada de nada, ni cambiarán, ni serán mejores después de la pandemia.

Que todo lo que usted creía de usted mismo, cuando se encuentra usted solo con usted mismo, no es verdad. Usted no era más que un simulacro.

Que una «prueba de vida» no es más que una excusa para una foto selfie. Te hace sentir menos culpable, menos banal. Pero Narciso es narciso, a pesar del tapabocas. A estas alturas, una selfie en su propia esencia de selfie, sin pretextos, es el acto más generoso que nadie puede obsequiarnos. De nuevo con Magritte: «Esta prueba de vida no es una prueba de vida».

Que la gente se está volviendo loca. Y sí avisa: las redes están llenas de señales de esa locura, individual y colectiva. Pero antes también era así, ¿no es cierto? No hay por qué pensar que no seguirá siéndolo.

Que no entendemos el zen.

Que posiblemente olvidaremos todo lo que realmente importa.