Cuando los esteroides manchan el béisbol

La polémica de los antidopajes en Venezuela apenas comienza. Las canchas, donde se dirimen diferencias con bate y pelota, no están exentas de escándalo, como el protagonizado por Alex Cabrera. Para algunos, la Liga Venezolana de Béisbol Profesional no ha sabido manejar el asunto. Mientras su credibilidad pende de un hilo

«¿No sé cuál esa comezón que tienen ahorita con esos antidoping? Debe ser que quieren joder a alguien o poner a pelear a los equipos con la liga. No sé si será por la temporada de Álex Cabrera?». Así se expresaba Oscar Prieto Párraga, presidente de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional (LVBP), el trece de diciembre de 2013 ante los cuestionamientos que, el diario marabino La Verdad, hacía acerca del supuesto uso de esteroides y anabolizantes por parte de Alex Cabrera. Este pelotero, de los Tiburones de La Guaira, a sus 41 años, impuso un nuevo récord de jonrones para la liga local.

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Al fuerte toletero oriental no se le pudo probar su asociación con esas sustancias prohibidas, pero meses después, como integrante de los Rojos del Águila de Veracruz, equipo de la Liga Mexicana de Béisbol, fue suspendido y posteriormente expulsado de ese torneo por haber dado positivo en una prueba antidopaje. El examen confirmó la presencia de una sustancia anabolizante —stanozolol— en la muestra de orina. El camino de Cabrera es incierto dada su edad y la dificultad que existe para probar algo contrario. Pero de lo que no queda ninguna duda es que, ante la opinión pública, la LVBP ha quedado muy mal parada.

El 25 de mayo, días antes del inicio de la convención anual de la LVBP, el periodista del diario El Nacional, Ignacio Serrano, afirmaba en un artículo que “entre los propietarios y gerentes existe consenso casi unánime en cuanto a que los sucesos protagonizados por el Samurái dañan la imagen de un circuito que se jacta, con buenas razones, de ser el mejor organizado del Caribe”. Y no se equivocó. El 31 del mismo mes, una vez finalizada la reunión de los ocho equipos que conforman el circuito rentado criollo, Prieto Párraga declaraba a los medios presentes que: “revisamos exhaustivamente lo que vamos a hacer con el antidopaje y podríamos decir que ya estamos un 90% listos. Lo que más nos tomó tiempo fue explicarles cómo lo vamos a hacer. No es fácil. Hay que tener un laboratorio en Estados Unidos, recolectar las muestras y tener una manipulación perfecta de estas. Afortunadamente, conseguimos a una gente que es experta y nos va a ayudar. Creo que vamos a tener un buen sistema”. ¿Qué cambió en el seno de la Liga si al fin y al cabo el positivo de Cabrera fue en otro torneo que nada tiene que ver con el venezolano?

Cuestión de imagen

Desde hace mucho tiempo, el béisbol profesional venezolano se ha convertido en el espectáculo deportivo mejor producido y con mayor credibilidad del país. Son aislados los episodios en los que la violencia se ha hecho presente. Por ello, luego de una época con algunos nubarrones, la familia puede disfrutar en pleno de la cancha. Ha existido, claro está, jornadas cuando menos llamativas. Por ejemplo: aquella que protagonizó Diosa Canales. Como parte de una campaña publicitaria, la vedette se presentó semidesnuda un domingo al mediodía para hacer el lanzamiento inicial de un partido en el estadio Universitario de la Universidad Central de Venezuela. Pero los esteroides son cosa seria y la sola sospecha de su uso enfurece a un público que vive con efervescencia los éxitos y las derrotas de sus ídolos.

Arturo Marcano, abogado venezolano, con una maestría en Gerencia Deportiva (M.S.) de la Universidad de Massachusetts-Amherst, consultado vía telefónica para este trabajo recuerda: “los esteroides están en el béisbol desde la década de los 70, y ni hablar de las anfetaminas que han estado en los dugout desde hace mucho más tiempo”. El columnista de ESPN y coautor con David P. Fidler del libro Stealing Lives y del Capítulo 12 (Latinoamérica) del libro Cambridge Companion to Baseball es contundente al afirmar: “la política antidopaje, en general, es utilizada para dar la sensación de querer proteger la integridad del juego. Ahora bien, no sé si esta política sea efectiva. WADA —siglas en inglés de la Agencia Mundial Antidopaje— dice claramente que no es la correcta; que es una vía importante para combatir las sustancias prohibidas pero no es la mejor para capturar la trampa en el béisbol”.

“Yo no defiendo al dopaje”, sentencia Marcano y continúa: “pero es un mundo muy complejo. A los jugadores se les exige estar en el máximo de sus condiciones durante 162 partidos al año, o de lo contrario se les somete al escarnio público”. El caso venezolano es aún más enredado. En los anuncios hechos por el presidente de la LVBP se esconde algo realmente fascinante: cada muestra de orina debe ser enviada a un laboratorio reconocido por la WADA. En Venezuela país no existen tales instalaciones. La prueba debe ser enviada a Estados Unidos o, en su defecto, a Cuba o a México. ¿Cuánto tarda hacer efectivo este proceso? Seguramente mucho más que en las Grandes Ligas.

Reglas claras conservan amistades

Marcano es enfático al aconsejar a la LVBP. “Sé que hay una buena intención para combatir el dopaje en nuestro béisbol, pero para ello también hace falta que exista un reglamento muy pero muy específico. Se deben señalar con exactitud cuáles son las sustancias prohibidas. Y después, que haya un proceso de apelación que les permita a los jugadores defenderse. En Major League Baseball se estila a que sólo cuando se haya agotado el derecho a la defensa del pelotero es que se comunica el resultado de sus pruebas. Nunca se consiente, salvo por una filtración a la prensa —casi Ryan Braun—, que el público se entere antes de que la liga haya escuchado los alegatos y examinado las pruebas del pelotero en cuestión”.

Oscar Prieto Párraga afirmó que aún deben pulir el reglamento antidopaje para discutirlo con los equipos. Valdría la pena que también se haga una diferencia entre sustancias dopantes y drogas sociales para evitar una generalización muy peligrosa. Parece que es mucho el camino que aún hay que recorrer para liberar al deporte de la trampa.