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Daniel Rodríguez o la terquedad en cuatro actos

Se formó en los talleres del grupo de teatro Actoral 80. Camaleónico, sabe cómo hacer suyo un texto, un parlamento para dejar sin aliento a espectadores. Lo suyo no son las cámaras pero tampoco el anonimato, Daniel Rodríguez dejó las inseguridades por las seguridades de su cuerpo

Daniel Rodríguez o la terquedad en cuatro actos

I

Daniel Rodríguez Cegarra puede ir a una panadería sin que lo reconozcan. Pero es tan alto que la gente voltea cuando pasa. No pierde la paciencia cuando la empleada, con desdén, se demora en atenderlo. Pide un guayoyo y una palmerita. En algún momento de la conversación atribuye sus buenos modales a la disciplina paterna que años atrás le prohibió andar en cholas o sin camisa en la calle. Daniel Rodríguez Cegarra tiene 36 marzos y es un actor que también ejerce la docencia. Se le puede ver la cara en los films Taita Boves (2010), en Bolívar, el hombre de las dificultades (2013) ―ese curioso y propagandístico fracaso de taquilla―, en Nena, saludame al Diego (2013) y en algunos comerciales. Pero sobre todo se le puede ver en los montajes del Grupo Actoral 80, donde se estrenó en 2007 con Final de Partida, de Samuel Beckett, bajo la dirección de Héctor Manrique: para representar a Clov adoptó una vocecita miserable y tierna, a fin de retorcer los sentimientos del espectador. Una voz que Daniel ejercita a diario, de la misma forma en que el cuerpo y la mente exigen disciplina.

“Mi abuela Rosa fue la que me descubrió como actor. Cada vez que había reuniones en su casa me ponía frente al televisor para que hiciera parodias de los artistas que presentaban en Súper Sábado Sensacional. Y eso de hacer parodias fue una de mis mejores armas para defenderme del lugar donde me criaron, en Caucagüita, donde todo era muy peligroso. Con la broma me sentía a salvo. Éramos muy pobres, con los chamos de la calle inventamos ‘Los colegas’, que eran unos ricachones que competían por los mejores productos, y todos los días sacábamos algo para ver cómo hacíamos reír a la gente. Así me los metía a todos en el bolsillo”.

II

Daniel no sabe responder concretamente a las preguntas de esta entrevista, se distrae porque tiene mucha memoria —porque quiere ser muchas vidas a la vez— y habla como un niño de treinta años menos, disperso y despierto, que arruga la cara o sonríe y se detiene frente a la escena del telón por primera vez arriba: recuerda cuánto le emocionó leer a Rilke, a Vallejo, a Withman y a Cortázar cuando quiso ser más que el niño que solo hacía deportes.

Con la mayoría de edad ingresó a la Escuela Superior de Artes Escénicas Juana Sujo y posteriormente completó su formación con talleres en el Grupo Actoral 80 y en Venevisión, hasta que se estrenó sobre las tablas con Siempre nada, de Orlando Leo, dirigida por Juvel Vielma —quien en su momento increpó a Daniel: ¿tú quieres ser asistente o actor?—, que sería trampolín para aquel montaje beckettiano de 2007, al que seguirían Acto cultural (2011), Profundo (2013), Fresa y chocolate (2014), El americano ilustrado (2014) y finalmente, para el momento en que se escriben estas líneas, Maridos y esposas (2015).

 

“Cuento con tres pilares que me ayudaron en mi formación: Héctor Manrique, el que ahora aparte de ser un maestro es compañero, amigo y hasta un padre con jalada de oreja cuando lo requiere. Felicia Canetti, quien desde un principio ha creído en el esfuerzo y dedicación, cosas me transmitió desde la primera clase donde la inseguridad y la tartamudez eran mis características al expresarme. Por otro lado tengo a Oswaldo Marchionda, mi profesor de expresión corporal: me regaló la soltura, la fortaleza y el campo visual para dominar los espacios y los movimientos que hago en cada uno de mis personajes. Me hizo comprender que un cuerpo preparado y fuerte es un abanico abierto para muchos matices. La mayor herramienta de un actor es su cuerpo. Cuerpo, voz y mente son uno solo. Cada uno se debe ejercitar por el resto de tu vida cuando decides ser un actor. Eso significa que debes prepararte constantemente en educación física, educación vocal y cultura general.”

III

Daniel significa “Dios es mi juez”. El dios de Daniel no obedece a ningún libro sagrado en particular; atiende, mejor dicho, a que se considera un hombre de fe en sí mismo y en lo que decreta, después de haber pasado la última década respondiendo con su trabajo y su terquedad a quienes le dijeron que se dejara de pendejadas porque el teatro es un pasatiempo de gente con plata. “Me gusta entregarme a lo que hago. Héctor Manrique dice que soy fastidioso, porque puedo pasar hasta doce horas ensayando. Es que quiero decir muchas cosas con lo que hago, por eso cada uno debe tener claro quién es y qué quiere”.

Luego arremete contra los enemigos de siempre: los prejuicios, el irrespeto. “El actor es despreciado, cuando dices que eres actor te miran con desconfianza, que actor de qué si no tienes una cara súper famosa. Y además, pretenden imponerte un precio por lo que haces. Porque además no tenemos un sindicato que verdaderamente nos proteja. Quieren pagarte un comercial con el mismo precio de hace cinco años. ¿Por qué yo mismo no puedo ponerle una tarifa a lo que hago? Todos jugamos un papel fundamental. Cuando alguien va al teatro o prende el televisor y va a entretenerse, lo que ve es a alguien trabajando.”

IV

Daniel tiene en la mira obras como Ricardo III o El rey Lear,  personajes épicos que un actor aspira interpretar en el transcurso de su carrera. Así como el Pío Miranda de José Ignacio Cabrujas en El día que me quieras. Mientras tanto, se prepara para estrenar a finales de septiembre su primera obra como director, Máscaras, una adaptación de Payasos, de Timochenco Wehbi, que verá la luz en el Teatro César Rengifo de Petare.

El reguetón estridente que inundaba los rincones de la panadería no impidió que siguiera reflexionando sobre los efectos del arte sobre la gente. “Sí, sí cura, a mí me curó. Piensa por ejemplo en una obra como la que estamos montando ahora, Maridos y esposas, que tiene la inteligencia de Woody Allen pero que también es fresca y divertida. La gente puede ir y relajarse, salirse un momento del conflicto permanente en el que vivimos.”

La presencia de Cabrujas seguía gravitando sobre la conversación. “¿Cabrujas? Fue un profeta. Pensemos en El americano ilustrado y lo que pasó ahorita con el Esequibo. ¡Ja!” La situación que se vive fue otro de los tópicos inevitables. “¿Los venezolanos? Somos unos tercos, no nos gusta reconocer cuando nos equivocamos.”

La entrevista cerró por teléfono con un par de llamadas antes de prepararse para entrar a escena en Maridos y esposas, donde uno de los momentos cumbres es cuando Javier, su personaje, vuela por los aires en medio de una hilarante borrachera. “Aquí para hacer teatro además de actuar hay que hacer de todo, limpiar, cargar y montar la escenografía, hacer la publicidad. Cada vez es más difícil. Pero esto es lo que me hace feliz”. Porque como dice Clov, en Final de partida, con la vocecita miserable y tierna que años atrás le diera Daniel, “algo sigue su curso”.