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De guardia en el Pérez Carreño: “¿Y si ahora estoy contaminada?”

El Hospital Pérez Carreño, en La Yaguara, no se cuenta entre los llamado centros centinela activados por la pandemia. Pero sí tiene una sala de aislamiento en la que ingresan casos posibles de Covid-19. En condiciones insuficientes y a riesgo trabaja el personal sanitario. Este es el testimonio de una enfermera que ahora vive con miedo

De guardia en el Pérez Carreño: “¿Y si ahora estoy contaminada?”

Cuando a Mariana* le dieron la noticia, sintió una presión en pecho y en todos lados. De inmediato, prestó atención a las instrucciones más que al síntoma. No es una paciente, pero debía ser más que paciente durante las siguientes seis horas: Mariana formaba parte del grupo de tres enfermeros que iniciaría guardia en la sala de aislamiento del Hospital Miguel Pérez Carreño.

No le dijo a su mamá, solo a sus amigas enfermeras más allegadas. Entre ellas se dieron ánimos. Desayunó la arepa con queso y café que siempre se prepara, pero esta vez, comió sola y con apuro. Entre bocados y sorbos, pensó en su suerte: estaría en la sala porque el tercer enfermero no llegó a la guardia. Recordó que días atrás se había preguntado cuándo le tocaría a ella. Y el día llegó. Le pareció demasiado pronto. Se consoló: era mejor, así salía de eso de una vez.

Pensó: “¿Y si ahora estoy contaminada?” Esta vez, sonrió para animarse. Nunca se quitó el tapabocas. Se cambió los guantes cinco veces y el miedo cada vez que pudo.

Repasó el cambio más relevante del nuevo protocolo: cualquier material necesario se solicitaría al enfermero de enlace, porque una vez adentro no se puede salir hasta entregar la guardia. Sintió el peor de sus temores: contagiar a su familia. Y le pidió a Dios que la protegiera porque haría una buena labor. No se persignó, lo hace cada mañana antes de salir de casa.

Fue al servicio a recibir el kit de protección personal: un pantalón, una camisa, una bata, un gorro, un par de botas, un par de guantes, unos lentes con etiqueta china y un tapaboca de cuatro tiras. Todo nuevo y descartable, pero ese no era el tapaboca N95 del cual le hablaron en la sesión educativa para el personal. Se molestó y no dijo nada. Tampoco estaba la careta de protección respiratoria y mucho menos la bata de aislamiento que visten los superhéroes de otros países.

Aunque el Pérez Carreño no es un hospital centinela, ya tiene una sala habilitada de aislamiento para posibles casos de Covid-19 y es la única en el país del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales

Mariana cubrió su uniforme blanco lavado con cloro y bien planchado con el traje azul que iguala a médicos, enfermeras, técnicos y camareros. Sonrió y se tomó fotos para mostrárselas a su mamá. Esta vez no se las envió antes de iniciar la guardia, ni al culminarla. Lo haría al volver a casa.

―Es mi trabajo y sé lo que debo hacer.

Se repitió esta misma frase al abrir la puerta del área posiblemente contaminada. Así como sabe de su trabajo, Mariana sabe también cuáles serían las fallas que la rodearían en las siguientes horas y que están allí desde mucho antes que la catástrofe mundial de salud pública.

“El anexo” es el área de triaje de medicina interna que, por ahora, se llama “Aislamiento”. Aunque el Pérez Carreño no es un hospital centinela, ya tiene una sala habilitada y es la única en el país del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales.

Cuenta Mariana que arreglaron la fachada y pintaron paredes del Pérez Carreño, pero hay filtraciones, fallas de iluminación, un baño fuera de servicio y salas cerradas. Al menos hay dos grifos de agua en funcionamiento y tres sillas. La sala está concebida para cuatro pacientes (dos adultos y dos niños), y cada cama cuenta con puerto de oxígeno y monitores. Hay también una sala de RX, otra de observación y un depósito de materiales. La sala se equipó con lo estrictamente necesario y mucho de lo realmente necesario no lo hay.

Mariana recibió el kit de protección personal: todo nuevo y descartable, pero ese no era el tapaboca N95 del cual le hablaron, tampoco estaba la careta de protección respiratoria ni la bata de aislamiento que visten los superhéroes de otros países

Así que Mariana ejecutó su propio protocolo de bioseguridad: le pidió a Dios que esta fuese una oportunidad que iluminara su camino. Otra vez sintió el golpe del pánico y le apretó la mano a Dios. Contuvo la animosidad con la que abraza, habla y acompaña, y se acercó lo justo a cada una de esas tres soledades tendidas en las camas esperando los resultados de la prueba. Les preguntó cómo se sentían, los tocó para que se sintieran protegidos y sonrió para animarlos.

Pensó: “¿Y si ahora estoy contaminada?” Esta vez, sonrió para animarse. Nunca se quitó el tapabocas. Se cambió los guantes cinco veces y el miedo cada vez que pudo.

Al ser la única enfermera de esa guardia con experiencia en sala de emergencias del Pérez Carreño, Mariana explicó los procedimientos para la requisición de farmacia y banco de sangre a los otros dos que eran enfermeros de piso y a quienes les correspondía la guardia de 24 horas.

Sintió el peor de sus temores: contagiar a su familia. Y le pidió a Dios que la protegiera porque haría una buena labor

Mientras tanto, el médico internista realizaba las evaluaciones respiratorias y las encuestas en la sala de observación a los pacientes que iban llegando con los síntomas. El técnico de RX hacía lo suyo.

La mamá de Mariana, en su casa, recién terminaba de pasarle cloro a los pisos para preparar el almuerzo que comería con su hija.

Los diagnósticos durante la guardia de Mariana no aumentaron la cifra de posibles casos y ninguno de los que estaban allí fue remitido al hospital centinela “El Algodonal”.

―El trabajo fue el mismo que en cualquier otra área de la sala de emergencias: atender a unos pacientes que estaban relativamente estables.

Mariana formaba parte del grupo de tres enfermeros que iniciaría guardia en la sala de aislamiento del Hospital Miguel Pérez Carreño

Mariana se desvistió y desechó la indumentaria. Volvía ser una enfermera, pero no la misma. Se lavó las manos por mucho más que 20 segundos y sin cantar un coro ni recitar un poema. Fue a despedirse de sus amigas antes de salir y ver que había demasiada gente, carros y camioneticas desentendidas de la cuarentena y de los riesgos de contagio a los cuales Mariana y todo el personal médico de Venezuela está sometido tan solo porque la gente no se queda en casa.

Al llegar a la suya, Mariana le mostró las fotos a su mamá, quien sintió “un susto entre el estómago y el corazón. La miré y me imaginé lo peor”. Sustos que se espantaron encomendándose a Dios, tomando una manzanilla e hirviendo más agua para lavar ese uniforme que al virus no espanta y tampoco a la enfermera Mariana.

*El nombre fue cambiado a petición de la fuente por razones obvias: el personal médico no solo teme al virus