Del romanticismo al melodrama, nuestro Conde de Montecristo

Todas las historias ya han sido contadas, se repite entre guionistas. En América Latina, donde el romanticismo y el melodrama han ido de la mano, historias de amores, venganzas y redenciones siguen fundamentando telenovelas y cautivando la atención de las audiencias. Hasta hoy, la trama de El Conde de Montecristo se cuela en varios productos televisivos y culturales

El romanticismo, como corriente artística, se inició a finales del siglo XVIII en Alemania y se desarrolló en el resto de Europa durante la primera mitad del siglo XIX. Las características de este movimiento son conocidas: desborde del sentimiento, exaltación del yo, sensibilidad por encima de la razón, emancipación de toda atadura, libertad del espíritu, entre otras.

Estas particularidades no respondían solo al movimiento artístico, eran asumidas como una postura existencial que marcó el sentir de una época. Así, historias que tenían como eje la venganza, la justicia social o el amor imposible empezaron a posicionarse como las favoritas de un público lector que observaba en El conde de Montecristo (1844), La dama de las camelias (1848) o Los Miserables (1862), una forma genuina de asumir los avatares de la vida.

No es casual pues que en Latinoamérica ese romanticismo tomara impulso después de 1830 –cuando algunos países ya habían logrado su independencia de España– y se siguiera manifestando hasta finales de ese siglo. Sin embargo, el romanticismo de este lado del Atlántico tuvo unos matices particulares por el contexto en que se desarrolló.

Al proceso de emancipación, sucedieron una serie de pugnas entre diversos sectores económicos y políticos; el siglo XIX, en la mayoría de los países de América latina, estuvo caracterizado por levantamientos, revueltas, caos y conflictos. No se deja atrás el anhelo de justicia social, pero a este se le une el ideal de construir la nación, concepto que aún estaba, y nos atreveríamos a afirmar que aún está, en gestación. Así, la patria se convierte en uno de los principales objetos a quienes los románticos dedican sus escritos; no olvidemos el famoso poema de Pérez Bonalde Vuelta a la patria (1876).

Claro, este no era el único eje para los románticos del continente, el objeto amado podría presentarse en forma de patria, la persona deseada o el conflicto producido por el encuentro entre estos dos objetos. Historias como Los mártires (1842), Amalia (1851/1855) –la primera vez que apareció en forma de entrega por folletín fue en 1851, se publica como obra completa en 1855– o María (1867) comenzaron a calar en el espíritu propio del momento.

libros conde montecristo

La recepción de muchas de estas obras se producía a través de entregas, en forma de folletín, en publicaciones que mantenían cautivos a un importante número de lectores y que se convertían luego en productos de consumo. No resulta desacertado afirmar que este formato y las temáticas propias del romanticismo se trasladaron a uno de los discursos que más ha encajado en el imaginario cultural del continente, el melodrama. Amado por unos, despreciado por otros, este género aún, en pleno siglo XXI, sigue moviendo las fibras de una audiencia que no se separa de esas historias propias del romanticismo cuyo centro temático es el mismo y que la única variabilidad que presenta es la forma de abordarlo.

No es casual que muchos guionistas y dialoguistas afirmen que los argumentos centrales de las telenovelas ya han sido escritos y que la única diferencia estriba en cómo se cuentan. Por eso, no es extraño que establezcamos rápidamente analogías entre El patito feo (1843) y Betty, la fea (1999) o La cenicienta (1697, la versión de Perrault) y Avenida Brasil (2012). Pero, no nos apartemos del romanticismo del siglo XIX y su relación directa con historias presentadas en formatos televisados de 45 minutos, con una periodicidad de cinco veces por semana y cuya trama se desarrolla, por lo general, en 80 o 120 capítulos.

betty y patito

De esta manera, encontramos a Edmundo Dantes, un joven marinero exitoso a punto de contraer matrimonio, quien, por traiciones de amigos, cae injustamente preso. En la cárcel entabla amistad con el abate Faria quien le devela el escondite de un gran tesoro. Dantes logra escapar, tomar el tesoro y regresar para vengarse de quienes lo traicionaron. Pero, este regreso, varios años después, lo hace camuflado en otra figura, la del conde de Montecristo.

Francia, Italia y el Mediterráneo constituyen el escenario de esta historia; una serie de reinados, iniciando con Napoleón I y terminando con Luis Felipe I, marca el período de las acciones que se ejecutan entre 1814 y 1838. Este es el argumento central de una de las obras más conocidas de Alejandro Dumas (padre), El conde de Montecristo. La venganza, el amor y un contexto político tumultuoso constituyeron los ingredientes románticos perfectos para que esa historia viajara de Francia a nuestro continente y fuera versionada en varios melodramas.

avenida brasil cenicienta

En Venezuela, José Ignacio Cabrujas y Julio César Mármol escribieron La dueña en 1984, telenovela protagonizada por Amanda Gutiérrez y Daniel Alvarado. A diferencia de la obra original, la protagonista es femenina, como en la mayoría de las producciones melodramáticas. El tiempo recreado corresponde a los últimos años de la dictadura de Juan Vicente Gómez, en diversas escenas se sienten aires subversivos contra el régimen.

Adriana, la figura central, se enamora de un capitán llamado Mauricio; pero es traicionada por su familia adoptiva y personas a quienes consideraba cercanos. Su encierro ocurre en un manicomio del que logra escapar para regresar convertida en una mujer exitosa, luego de encontrar a su padre y heredar su fortuna.

La venganza constituye el núcleo de la historia, pero el contexto social y político no deja de hacer eco en la trama. Adriana no solo regresa años después por Mauricio, sino para hacer justicia y restituir el orden que sus enemigos le habían arrebatado. La historia de amor, efectivamente, hila la acciones; sin embargo, el final no es como el de las novelas tradicionales, la pareja no termina junta. Posiblemente, ese aspecto es uno por los que esta telenovela fue tan exitosa en su momento. Adriana corre sola y feliz por la playa liberada al fin del resentimiento que marcaba la venganza.

Así, ese espíritu libre que corre a la par del fin de la dictadura de Gómez y el hilo del amor imposible marcan la versión femenina de la historia de Edmundo Dantes en pleno siglo XX. Otras versiones seguirán produciéndose en el presente con telenovelas como Montecristo (Argentina) y La reina del flow (Colombia), melodramas que forman parte de ese legado del romanticismo, que sigue teniendo adeptos en pleno siglo XXI.

reina y montecristo