Depresión colectiva y ceguera gubernamental

Mientas libros rojos de supuestos logros llenan la Asamblea Nacional, la realidad en la calle y en la encuestas demuestra el hartazgo del país, agobiado por una crisis cuya hoguera recibe a diario la leña de un Gobierno que opta por no escuchar ni resolver. Su condena es la de todos

Depresión colectiva y ceguera gubernamental

El vicepresidente Aristóbulo Istúriz, junto a todo el tren ministerial de Nicolás Maduro, acudió a la Asamblea Nacional para rendir su Memoria y Cuenta por la gestión del año 2015. Como es costumbre, en dicha cita se reiteró que este Gobierno es lo mejor que le ha pasado al Hombre desde que lo botaron del Jardín de Edén. Completamente ignorantes de la depresión colectiva que alberga a la población de Venezuela, los ministros entregaron a la Asamblea sus ya famosos “libritos rojos” con hazañas seguramente dignas de Nuestro Insólito Universo.

El creer que el Ministro de Alimentación o el de Energía Eléctrica o la de Servicios Penitenciarios tienen motivos para sentirse orgullosos de su labor es una bofetada a todos aquellos que hacemos cola para la harina, pasamos 10 horas sin luz o somos las víctimas de personas que por hacinamiento y ocio salen de la cárcel sin posibilidad alguna de regeneración.

Lo cierto es que ni el Vicepresidente ni los Ministros, mucho menos el Presidente de la República, parecen tener idea del verdadero calvario diario que sufre un venezolano común y corriente. El Gobierno Bolivariano tiene 17 años escribiendo el guion versallesco para una película romántica sobre un socialismo fracasado mientras los venezolanos intentamos por todos los medios de advertirles de que no queremos ser los protagonistas de una fatal estadística. Caso omiso nos hacen. A lo sumo nos lanzan una cotufa de vez en cuando.

La población venezolana ha sido reducida a su máxima expresión de miseria. Si la intención del Gobierno era igualarnos a todos pues lo logró. La última encuesta publicada por Venebarómetro en febrero de 2016 indica que al 79,6% de los venezolanos no les alcanza para comprar comida, al 79,9% medicinas, y el 57,2% de la gente se la está viendo negras para pagar el alquiler o condominio de su vivienda. Dicha situación alarma cuando la misma encuesta señala que el 56% de la población afirma que el ingreso mensual de su hogar es menor a los 17 mil bolívares. A pesar de esto, el Gobierno insiste en culpar en vez de solucionar.

“Candelita que se prenda, candelita que se apaga”, fue una de las tantas frases acuñadas por Hugo Chávez y que Nicolás Maduro le repite a su tren ministerial como si alguien en ese vagón le hiciera caso. La candelita fue opacada hace tiempo por la hoguera de vanidades de los ministros y militares que han dejado sin vigilancia a una fogata social al que a diario se le une más leña y que ya peligra de convertirse en un gran incendio.

La gente está cansada. El 85,1% de los venezolanos, según declara Venebarómetro, desea un cambio en la conducción del país. Ahora, no hay encuesta que mida la desesperación que causa el que llegue un agua un día y otro día no. No hay estudio que le ponga palabras a lo que siente un padre cuando le entregan a su hija asesinada o le dicen que no hay medicinas para sus enfermos; que más tarde todo cueste más que hace unas horas y que la vida sea un poco más difícil que ayer. Eso no es medible en números, eso ya es sensación de calle.

Es una derrota moral vivir bajo un gobierno de mucho billete y poco dinero que mermó la inteligencia en favor de la militancia. Es una depresión sentir que cada ineficacia ministerial parece hasta intencional. Solo esperamos que se rectifique a tiempo o, en caso de no querer hacerlo, se procedan a mecanismos constitucionales que le permitan a la población participar en la transición democrática hacia un nuevo gobierno para Venezuela que haga caso a las estadísticas, tome acciones concretas y levante los ánimos a los venezolanos.

A fin de cuentas, un gobierno que hace memoria y cuenta de la leyenda de un comandante golpista y no cuenta con la memoria de los buenos gerentes no se hace leyenda.

Se hace polvo.