Diana Carvallo: la mujer junto a Jacobo Borges

Dicen que su única hija es un prodigio del canto lírico y todos sabemos que Jacobo Borges es un grande latinoamericano del pincel, pero ella, diseñadora gráfica y flamante escultora, refuta la idea de que se haya quedado a la sombra de un gigante. Esta es la escueta historia de una falconiana de ojos cristalinos que ha puesto sus manos en el barro para reconstruir, proteger y redimir

Ha llegado su alta humanidad, en blue jean. Blancas la camisa y la piel. Y si llevaba lentes de sol, ya uno ni se acuerda porque el verdiazul de sus lánguidas metras oculares se instala para siempre en la memoria. Cinco collares. Cuatro pulseras. Cinco anillos. Todos saltaron temprano de su “despojador” —“vaya palabra más cursi”— que le enseñó una amiga para describir el platito para las alhajas que se instala en la mesa de noche; pero qué atinado, qué certero. Y aunque la suma de tantas partes pudiera arrojar la imagen de un ser humano rodeado de abalorios, en ella calzan ad hoc y le confieren un aura bohemio-burguesa.

Aun así ni Diana Carvallo es Frida Kahlo ni Jacobo Borges es Diego Rivera: sus historias no se parecen siquiera, sus obras no tienen nada qué ver entre sí, pero ambos son artistas y los dos decidieron cruzar sus pinceles en un solo lienzo enmarcado con el ébano de la vida y titulado Ximena, su amantísima hija. Pero hemos empezado por el final. Echemos a andar hacia atrás la película del cuarto retoño de uno de los primeros ingenieros químicos de Venezuela, de la descendiente del conde de Tovar y el venerable José Gregorio Hernández, de la diseñadora gráfica devenida esposa, madre, quasi socióloga y escultora.

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Del nacimiento

“Yo nací en Amuay, en el estado Falcón, en la refinería, en la mera refinería porque mi padre era uno de los primeros ingenieros químicos venezolanos en una refinería americana, que era la Creole Petroleum o Shell. Debe ser por eso que me encanta estar cerca del mar. Hay gente que dice que uno se conecta con el lugar donde nació geológicamente. Si naces en las montañas, eso te marca un poco. Volviendo a papá, él estudió en Pensilvania Penn State, pero era un venezolano-venezolano, así que nosotros somos súper criollos. Mi familia tiene todos los años del mundo en Venezuela. Sí, tengo mucho de extranjeros —concede cuando le advertimos ciertos rasgos europeos—, y no sé por qué. Somos diez hermanos y todos somos igualitos. Mi familia está en el país desde la época de la colonia”.

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De la infancia

Aquella infancia, súper divertida, como la define, también estaría determinada por la multitud: de chiquitica tenía seis hermanos, primero tres varones, tres niñas y después dos varones y dos niñas, ¡para un total de diez, vaya padres organizados! En definitiva, una docena de nómadas que pasó de la aridez natal falconiana a una época en Estados Unidos mientras papá estudiaba, luego al bucólico terruño avileño de Los Guayabitos, donde crecería la niña Diana, entre Turgua y El Hatillo, cuando eso era “monte y culebras” y ni siquiera existía la autopista Prados del Este-Baruta. Sus hermanos estudiaban en el Colegio San Ignacio y ellas, las niñas Carvallo Álvarez, en el Mater Salvatoris de Las Mercedes. “No había el caos ni el tráfico de ahorita, y subíamos aquella montaña con mi mamá en una camioneta en medio de la noche. Era muy rico, era una aventura constante, perfecta para el montón de chamos que éramos… por ahí no había nada, pero era un lugar donde podíamos estar los seis y mis padres sentían que era más divertido y lo fue mucho más. Vivíamos montados en los árboles de mango pero sin quebrarnos un hueso, y con burros y caballos y serpientes y conejos y gallinas, tú sabes, fue una vida muy chévere. Luego nos vinimos a la ciudad cuando ya mis hermanos crecieron. El tema de los ‘pavos’, la adolescencia. Esa época fue fantástica”.

De los influjos

Sobre algún estímulo recibido temprano para su sensibilidad por las artes, o algún hecho que augurara la propensión actual, “Diana cazadora” dirá que primero habría que revisar la religiosidad, honestidad y coherencia de sus padres: Marcel, un tipo muy disciplinado pero al mismo tiempo muy espiritual, muy poeta, aun cuando tuviera que ocuparse de alimentar a diez hijos; Julieta, una ama de casa estricta hasta cierto punto, nada divertida pero del todo amorosa. Y ambos con una regla doméstica inquebrantable: los niños no podían ver televisión durante la semana; primero porque a papá y mamá no les interesaba tanto esa pantalla animada y segundo porque debían aprovechar aquel monte maravilloso. “Creo que yo era particularmente sensible en relación con mis hermanos. Claro, pintaba, dibujaba, etcétera, pero en mi casa, así como cada uno podía desarrollar su caso, no podríamos decir que cada uno podía especificarse, no. Pero sí siento que mis hermanos eran así como un universo que yo veía un poco desde afuera. Tenía mi mundo privado. Luego, más grandecita, sí me pusieron en clases de dibujo, de pintura. Con mi papá iba a las exposiciones aquí en Caracas. Me encantaba”.

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De la pubertad

Adolescencia, adolescencia, esa palabreja de una parte fulgurante y de otra temible. La de Diana Carvallo fue un poco extraña: sus amigas del colegio tenían una cultura de la televisión, “de las cuñas”, de la moda que ella no tenía; eso le hacía ver las cosas un poco desde la barrera, eso le hace pensar que no participó de la adolescencia común y corriente. Le encantaban Los Beatles pero no se sabía las canciones ni era una fan. O sea, una adolescencia distinta a la de las caraqueñas normales, básicamente por su familia y quizás por una hipersensibilidad suya, porque había cosas que por su familia le molestaban de los otros: valores, actitudes, palabras que en su casa no procedían.

De los estudios

Graduada del colegio, sentía y sabía que todo su ser estaba volcado al arte, a la gráfica, de modo que no dudó en matricularse en Diseño gráfico del encumbrado y ahora extinto Instituto Neumann, con profesores de la talla de Gego y alumnos del talento de Jorge Pizzani, y donde comprobaría lo buena que era con tipografías, exageraciones del gesto, espacios negativos o positivos, referencias plásticas… pero “Lady Di” tenía una angustia: se supone que el diseño gráfico es para comunicarse, al diseñar afiches y libros para conectarse con la gente, pero ella insistía en que no sabía quién era esa gente, no la conocía; bien porque vivía en una burbuja, bien porque venía de un colegio de monjas, bien porque se repetía que no conocía el mundo con el cual se suponía que debía conectarse; de allí que sintiera que no tenía los elementos para comunicarse, y el gusanito de querer estudiar sociología despertó, blanco, baboso, moviendo sus antenas sin parar.

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De la epifanía

Así fue a dar a la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), “porque la Universidad Central de Venezuela (UCV) estaba cerrada”, incluso participó en ese movimiento que hizo clausurar la Católica con una huelga de hambre y que logró destituir al rector, hasta que pasaron tres años y, como asistente de sociólogo entre investigaciones de campo y encuestas, le pidieron hacer “un cuadrito” para ilustrar la información que se había recabado. Sin darse cuenta, se esmeró tanto con el cuadro que —según blasona— quedó maravilloso: las líneas, las letras, los colores, las reglas, la escuadra… entonces concluyó, frente a tal composición, que estaba disfrutando más hacer el cuadro que lo que estaba dentro del cuadro. Más la forma que el fondo. “Me dije: ‘Yo soy diseñador’. Entonces regresé al Instituto de Diseño, después de tres años de sociología, y resulta que me fue fenomenal porque, claro, ya allí entré sabiendo dónde estaba parada. En sociología estudias economía, antropología, ¿sabes? Te llena toda, te informa y te forma. Después que hice diseño, estudié un poquito de escultura en la Cristóbal Rojas. Y básicamente hago diseño, me encanta, me fascina y soy buena haciendo diseño”.

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De ella y el maestro Borges

“¿Cómo y cuándo lo conocí? Esa parte privada a mí no me interesa comentarla. Yo creo que nosotros somos una pareja de cómplices muy distintos, pero nos llevamos súper bien. O sea, yo creo que mi destino era vivir con ese señor y ahí yo ni siquiera podía escoger. Realmente tenemos una vida fantástica y a veces pienso de dónde salió que nos pudiéramos conocer. Nos conocimos en Caracas como por 1975. Yo hacía diseño gráfico, así que aunado a mi interés por la política, comencé a trabajar en el departamento de propaganda del partido político MAS, sin pertenecer ni nada, solo en comunicaciones. Y fue una cosa muy natural. Trabajamos mucho tiempo pero en ese plan de que yo hacía diseño, hacía murales, colaboraba con ellos… y, claro, Jacobo era el jefe de propaganda. Allí fue donde lo conocí, pero yo admiraba el trabajo de Jacobo Borges de toda la vida; incluso iba solita a sus exposiciones porque me gustaba su obra, aunque no lo conocía. Me conectaba muchísimo, añoraba su trabajo de siempre. ¿Que si le reprocharía algo? No le reprocharía nada… miente, miente, miente. ¿Qué me cocina y qué le cocino? Yo no cocino, Jacobo tampoco. Jacobo es feliz con una gelatina, con un helado; nosotros somos muy fáciles en la alimentación, gracias a Dios”.

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Del descubrimiento

Sobre si Diana se quedó dormida en los laureles matrimoniales, Adriana Meneses Imber, directora de la Galería G7, la hija de Guillermo Meneses y Sofía Imber, apuntará en el catálogo de Guardianes, primera individual de Carvallo y sus esculturas en 2015, Centro de Arte Los Galpones de Los Chorros, Caracas: “Diana es la fuerza, el amor, la pareja del maestro Jacobo Borges y la súper productora y asistente detrás de la talentosa y brillante Ximena, su hija; pero además de un trabajo continuo como diseñadora y creadora, Diana venía realizando sus propias búsquedas en silencio. (…). En noviembre pasado, coincidí con los Borges en Nueva York. Le pedí a Diana ver lo que estaba haciendo. Salí del apartamento-taller con una sensación de entusiasmo y alegría por cada uno de los personajes que me encontré surgiendo de la arcilla. Los ensambles, collages, el recuerdo de la tragedia propia y colectiva… todo estaba allí. (…). Con esta primera exposición, la artista refleja su formación, sus búsquedas, su sensibilidad y, sobre todo, su deseo de compartir un nuevo camino”.

Del arte en presente y futuro

Arrobada por el legado de Leonardo Da Vinci y Miguel Ángel, sustraída por los videos, performances e imágenes de Bill Viola, confesará que no cree que haya una forma de arte contemporáneo, sino más bien es del parecer que, como el planeta entero, el arte es indefinible, ahíto de opciones, “todas válidas porque no podemos encasillar”. Para Diana Margarita Carvallo Álvarez de Borges, “el arte es cómo te enfrentas a algo, ya sea poner la mesa o barrer la calle, porque lo llevas dentro y lo malo es que a veces no lo cultivas o lo tienes enterrado; pero todo hombre es un artista, como dice Joseph Beuys”. Incluso desde cómo criar a un niño, tanto que ella cree que ese es el acto creativo y artístico más increíble.

“¿Cuál será el futuro del arte? ¡Me raspaste!, así decía Gabo, Gabriel García Márquez, cuando le hacían una pregunta de ese talante. No sé, vale. Yo creo que el arte siempre va a existir, es imposible que deje de existir. Hay un tipo [¿Olafur Eliasson?] que hace unas nubes en medio de un museo, ¿no las has visto?, que hacen con vapor y genera unas nubes maravillosas rosadas y eso se evapora… Yo no soy nadie para decir qué es lo que es bueno y qué es lo malo, pero sí creo que el ser humano necesita expresarse, hacer arte en su vida cotidiana. Lo malo es cuando no lo hace. Puede ser poesía, puede ser una pieza de arte, todo puede ser arte”.

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Tras una larga conversación con Ximena, la línea Caracas – Nueva York se ha cortado. El maestro duerme. Las luces de la casa han guardado debido respeto. Todos los cuadros están en su santo lugar. El “despojador” tintinea una noche más, cargado con los olores, los perfumes, los brillos de Diana. Pero también con sus secretos de óleo, arcilla y arena Caribe.