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Diana Rangel Lampe: diferentes a ella

Esta sicóloga y fotógrafa de finas maneras supo conquistar los barrios de Petare. Comenzó en La Dolorita. Con buena fe, voluntad y su cámara se interna en las fauces que muchos consideran peligrosas. No le teme sino a la ignorancia. Con arte quiere cambiar la delincuencia por educación

Diana Rangel Lampe: diferentes a ella

Ha visto muchas formas de violencia en su trabajo en las comunidades. Nada que lamentar, por fortuna. Salvo algunos sustos. Como cuando un muchacho le contó que la única manera de caminar por la calle donde vive es dejando ver una granada que siempre lleva consigo. “Si me hacen algo, morimos todos”, grita a su paso. Para confirmar la veracidad de su relato, se la mostró.

A sus padres y a su novio no les gusta que se arriesgue tanto. Pero si no es así, ¿cómo vas a trabajar en una comunidad?, se pregunta ella. “Cuando la gente me dice que es peligroso, yo les digo que si uno no se mete y no hace este tipo de trabajo, ¿cómo vas a hablar con ellos? Te tendrás que meter en un bunker”, comenta, asegurando que el límite de “lo peligroso” es muy delgado. Ha visto atracos y secuestros en Los Palos Grandes, donde vive, que no ha presenciado en La Dolorita, Petare. “En el barrio lo más que puede pasar es que se forme una balacera y te alcance una bala perdida, pero es más probable que te atraquen aquí”, concluye.

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Psicólogo y fotógrafa, Diana Rangel nació en Caracas hace 27 años, y se ha dedicado a desentrañar la violencia de los barrios caraqueños, valiéndose del arte como vehículo comunicacional.

Gente que influye en la vida

Fue una niña tímida y temerosa. Es, con su único hermano, hija del matrimonio formado por Annie y Alfredo, una diseñadora gráfica y un asesor financiero, los cuales siguen “casados, felices y bastante fastidiosos”, como señala juguetonamente. Define a la niña que fue como muy observadora y curiosa, ensimismada y consentida. Estudió la primaria y el bachillerato en el colegio Cristo Rey, de Altamira. Aunque durante la escuela fue muy aplicada, en el liceo le brotó un poco el germen de la rebeldía. A los 15 escribió un libro que títuló Una gota de aceite en el agua. Contaba cómo se sentía por preferir la lectura y el arte a otros temas que las niñas de su colegio perseguían. A los 16 se delineaba los ojos de negro y quería ser como Avril Lavigne.

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Se atrevió a mostrarle ese manuscrito a su profesor Luis Yslas, quien le dijo que tenía madera de escritora. “Yo me lo creí completamente y aunque después decidiera estudiar psicología, siempre tuve la inclinación de escribir”, comenta. Con el tiempo se harían buenos amigos y, según asegura, no hay libro que compre sin consultarlo con él. Señala a Yslas, junto con la madre Maureen —quien le cambió su perspectiva acerca de la religión durante unas misiones— y a su abuela Josefina, como las personas que más han influido  en su vida.

¿Cómo surgió esa decisión de trabajar en la prevención de la violencia en los barrios? Dice no poder señalar un día específico. El primero fue cuando decidió participar en las misiones del colegio, en un pueblo muy pobre cuyo nombre no recuerda. La madre Maureen, que rebatía un poco la parafernalia de la iglesia, les decía que no tenían que ir a obligar a la gente a que creyera en Dios, sino a “que sepan que ustedes están ahí y que quieren echar una mano en cualquier cosa que necesiten”.

Tenía 17 años. Esa experiencia la dejó una marca indeleble.

Segunda estación

Siempre tuvo claro que sus inclinaciones eran hacia alguna carrera humanística. En algún momento pensó estudiar Letras, pero se decidió por Psicología, en la Universidad Central de Venezuela. Antes de eso, a los 18, vivió en Londres un año, estudiando inglés. En esa estadía aprovechó para conocer todos los destinos de Europa que le resultaron posibles. Entre 2011 y 2013 hizo un master en Fotografía y Bellas Artes, en Nueva York, y posteriormente estudios de posgrado en Artes expresivas y transformación social, en Suiza.

En su primer año en la UCV vivió el segundo suceso que definiría su vocación.

Ocurrió en 2006, durante un taller de fotografía documental dictado por Lurdes Basolí, una española que había ganado el premio de fotografía documental Inge Morath, otorgado por la agencia Magnum a documentalistas menores de 30 años, por un trabajo que hizo sobre la delincuencia en los barrios de Venezuela, realizado en 1999.

Durante el taller, ella les preguntó por qué no estaban metidos en los barrios reflejando esa realidad. Eso animó una discusión muy interesante, que llevó a cada uno a fijar su posición. En ese taller estaba el asistente de ella, un muchacho llamado Ibrahim al que Basolí conoció durante sus incursiones a los barrios caraqueños. Cuando terminó el taller, Ibrahim preguntó quién se animaba a ir al barrio con él.

Diana fue la única en anotarse. Tenía 21 años cuando empezó a hacer visitas a La Dolorita. No como estudiante de psicología ni como fotógrafa, sino simplemente porque “a mí siempre me han dado curiosidad las vidas que son muy diferentes a la mía”.

¿Cuáles fueron tus primeras impresiones?

—Lo primero que recuerdo es que tenía miedo. Pero lo veía a él caminando por la calle conversando con la gente, mientras me decía “saluda bien a todo el mundo para que sepan que no está pasando nada”, y empecé a sentirme más tranquila. Él me enseñó a conocer esos códigos. Subíamos en moto, la dejábamos en algún lugar y caminábamos por diferentes sectores mientras  él me comentaba acerca de las personas que veíamos.

—¿Y qué te decían en tu casa de esas incursiones?

“No lo recuerdo. Sé que casi nunca le decía a mi mamá dónde iba”.

Allí conoció a una niña, como de 14 años, llamada Jessica. Estaba embarazada y el novio le estaba construyendo una casa en un terreno invadido por él mismo, con unas tablas que conseguía en la calle. Ibrahim le pidió que hablara con ella. ¿Pero qué le voy a decir?, le preguntó Diana. “Cualquier cosa que tú le digas va a ser bueno para ella”, le respondió él. Y así comenzó a involucrarse en sus vidas, a tratar de descifrar sus dinámicas, a hacerse preguntas.

Luego de los primeros meses, en que subía con Ibrahim, comenzó a hacerlo sola.

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Tercera estación

En el año 2010, el profesor Antonio Pignatiello entró al salón con el libro Tiros en la cara, de Alejandro Moreno. “Hoy vamos a hablar sobre Alfredo ‘El faramallero’. ¿Todos lo leyeron?”, preguntó. Diana se lo había devorado hasta la madrugada del día anterior. Durante la clase escuchó atentamente los análisis de sus compañeros sobre ese delincuente, entendiendo que su manera de existir se basaba en un sistema de relaciones que difería de los comunes y que las causas de su violencia eran tan diversas y complejas que su conducta no resultaba predecible. Al finalizar la clase, mientras recogía sus libros en silencio, sintió que algo se había movido dentro de sí. Sin pensarlo demasiado, se acercó al profesor y le dijo que quería trabajar ese tema.

Apenas se quedó sola en el salón, comenzó a desarrollar el plan a seguir. Así nació Voces de un lugar imposible, con jóvenes violentos de La Dolorita, en Petare. Fue su proyecto de tesis y duró un año trabajando en ello. Luego lo seguiría desarrollando a través de exposiciones, hasta convertirlo en un conjunto de charlas de prevención y sensibilización social que todavía dicta.

Entre 2013 y 2014 desarrolló los proyectos Quisiera ser invisible, con personas con discapacidad motora; Nosotros somos y Memoria visual de Petare e Identiarte, trabajo de prevención de la violencia a través de artes escénicas y audiovisuales en el barrio La Cruz, de Chacao, así como varios proyectos en Petare, El Valle y en la ciudad de Maracay, en lo que va de 2015.

—¿Sientes que todavía hay trabajo pendiente?

Sí, claro. Acabo de crear mi Asociación Civil y el año pasado toqué muchas puertas y casi todas se abrieron. Estoy muy comprometida. Aunque me ha tocado aprender a ser prudente. El sábado pasado, por ejemplo, trabajando en una comunidad en El Valle, en un salón en la planta baja de un edificio, llegué a dar mi clase y nadie se apareció. Cuando voy llevo mi computadora, mi cámara, todos mis equipos, porque quiero que los chamos toquen las cámaras, las usen. La actividad no se dio. Nunca supe por qué. El lugar estaba rodeado de jóvenes en motos que pasaban a cada rato. Por entrenamiento uno sabe quién está haciendo qué y al menos dos de ellos estaban sospechosos. Eran las cuatro de la tarde y me tocó bajar sola, sin haber hablado con ninguno de mis talleristas. En esas situaciones es que veo los riesgos a los que me expongo.

El camino señalado

El interés por la fotografía le viene desde que su mamá, en un viaje que hicieron por Europa, teniendo ella como 15 años, le dio una cámara. “Me recuerdo caminando con ella, viendo qué era lo que veía, mientras me iba diciendo: esta flor es muy interesante, si tú la pones más hacia acá… y me daba ideas sobre el encuadre y la luz, y en ese momento me hice fan de la fotografía”.

Su rostro de facciones finas y sus cientocincuenta y tantos centímetros de estatura, le hacen aparentar menos edad. Pero sabe inspirar respeto. Un respeto cimentado en su capacidad de ser fiel a sus decisiones. Ese timbre de voz y esa sonrisa que hacen juego con su cara de niña, engañan solo a primera vista. Algo en su mirada y en las inflexiones de su voz delatan una resolución férrea por realizar las cosas que se propone.

Debe ser difícil tratar de quitarle una idea de la cabeza.

Dice que su aspecto púber jamás ha sido obstáculo para llevar a cabo sus actividades. El problema ha sido, a veces, su color de piel. «Primero no creen que soy de Venezuela. Antes me enfrascaba en unas discusiones sobre racismo», pero luego aprendió a restarle importancia y, cuando le preguntan, dice que es de Holanda, lo cual no es falso del todo, porque los Lampe son una mezcla de alemanes con holandeses.

¿Qué les pasa con tu color de piel?

—Depende de la población con la que esté. Si es en una asociación comunal de barrio, les produce desconfianza. En una comuna la cosa está tan politizada que cualquiera más blanco que café con leche genera suspicacias. ¿De dónde vienes tú? ¿Por qué estás aquí? ¿Tú eres de aquí? ¿Qué quieres hacer? ¿Cuál es tu plan? ¿Tu ideología? En colegios y liceos, aunque les llama la atención, no hay un juicio de valor tan fuerte.

Tiene un símbolo del infinito tatuado a un costado del dedo índice de su mano derecha. Cuando señala con él parece indicar, también, el tamaño de su curiosidad por nuevos hallazgos.

¿Qué buscas con ese trabajo, qué sientes que dejas?

—Lo que más me llena es educar desde lo concreto. Así sea una pequeña cosa: que la persona, a través de la fotografía, del arte, de una conversación, lo pueda ver. Me encanta cuando eso sucede. ¿Qué busco? Al menos hacer sentir bien a la gente, demostrarles que me importan. Antes era más ambiciosa. Juraba que se podía cambiar a una comunidad, o a delincuentes. Para cambiar un delincuente necesitas un sistema mucho más grande que una conversación y una cámara fotográfica. Pero hay una semillita que uno les deja a los chamos. Y hay los que sí han cambiado su rumbo con cosas muy pequeñas. Es impresionante cuando eso pasa.