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Directores jóvenes de teatro, con las tablas en la cabeza

En la última década, las salas caraqueñas se han llenado de nuevas voces con inquietudes propias de la época. Migración, soledad, homofobia, embarazo precoz. Sin embargo, la nueva camada de directores de teatro no se asusta ante las adversidades del país. Su pasión puede más que la censura

Directores jóvenes de teatro, con las tablas en la cabeza

Unos son desconocidos para el público. Otros ya tienen renombre internacional. Desde las tablas, una generación de jóvenes directores domina a la Venezuela del siglo XXI. Su edad no los amilana; se saben jóvenes y con ganas de romper estereotipos. Tampoco les asusta la reducción de espacios culturales ni los escasos recursos económicos para proyectos artísticos. Como pueden, crean, y en ello despuntan. Con discursos y metodologías que distan en propósitos y aspiraciones, estos siete directores confluyen en una pasión común: la dirección escénica. Jorge Souki, Fernando Azpúrua, Pedro Borgo, Jennifer Gásperi, Axel Valdivieso, Carlos Fabián Medina y Rafael Barazarte hablan fuera de las salas en representación de la juventud.

Jorge Souki, en tres y dos

El director caraqueño Jorge Souki ha tenido momentos de momentos, contados y determinantes. Como cuando eligió hacer voluntariado fuera de Venezuela para encontrarse a sí mismo y olvidar las preocupaciones que envolvían al país en 2002; o cuando escogió dirigir una novela en Radio Caracas Televisión (RCTV) antes que irse a Barcelona, España, a estudiar una maestría en dirección. Con una impronta teatral que viene con su apellido, Souki se encontró poco a poco en las encrucijadas.
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En el colegio La Salle de La Colina “empecé a asistir a la dirección de mi primo —Juan Souki— desde muy chamín y a partir de allí se dieron cosas como dirigir performances desde el propio colegio. Por haber transcurrido varias experiencias como actor, a los trece años entendí que la actuación no era mi territorio”. Sin tenerlo enteramente claro, supo encauzar su destino hacia lo que le interesaba: la dirección teatral.
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El primer Festival de Jóvenes Directores del Trasnocho fue terreno fértil para mostrar su potencial enjaulado. Con una adaptación criolla de La señorita Julia, del dramaturgo sueco August Strindberg, se acreditó el galardón del primer lugar. Progresivamente halló su voz como director. Su línea discursiva va de la mano de dos interrogantes que le quitan el sueño: ¿por qué somos lo que somos? y ¿qué queremos ser como sociedad? “Son dos preguntas muy complicadas de responder. Como venezolanos no sabemos definirlas demasiado. Es un interés muy particular que tengo y que se ha sostenido en el tiempo sobre el país. No solo en términos de análisis sociopolítico o de comprensión política, sino de interpretación de sus ciudadanos”.
Además de las piezas teatrales que montó luego de su ópera prima en 2014, Souki ha dirigido dos novelas con el equipo de RCTV. No discrimina el mundo audiovisual, sabe conjugarlo. Reina Pepeada, obra original del dramaturgo venezolano Román Chalbaud, es su pieza más reciente. Muestra en escena a actores de ambos mundos como Norkys Batista, Caridad Canelón, Djamil Jassir y Carlos Sánchez Torrealba. “El teatro es mi relación más larga, es mi amor menos tóxico, menos complicado, menos celoso porque hasta además me deja hacer otras cosas como la televisión, que la cela eventualmente. Le ha dado sentido a mi vida”, confiesa.
El éxito que lo ha catapultado a la palestra artística nacional no le preocupa. No se considera exitoso, “probablemente porque veo las cosas en blanco y negro. Cuando ves la lista de lo que quieres conseguir, ves que hay mucho más por hacer”. Souki tiene la dirección de un largometraje y un teatro propio como ítems en su bucket list. Sin embargo, vive el momento de su vida, con las 24 funciones de Reina Pepeada agotadas y la dirección asegurada de 25 escenas de Corazón Traicionado, su primera novela internacional para RCTV. El triunfo lo maneja con más trabajo, al punto de rozar conductas compulsivas. “A mí me interesa que los productos que pueda generar en Venezuela sean pasaportes para internacionalización, por respeto a mi país. Quiero productos de importación, no quiero ser un importado”.
Las inquietudes sociales lo anclaron a su país. El director de 30 años no emigra, a pesar de ser el único de su núcleo familiar que se mantiene. “A mí Venezuela no me deja ir porque yo no me quiero ir. Siento que este país me ha dado muchas oportunidades, me llama todo el tiempo a seguir trabajando y yo siento una responsabilidad casi moral de poder retribuir esas oportunidades que me ha dado”.
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Pedro Borgo, el niño que se halló

Tarde, pero seguro. El director Pedro Borgo llegó al teatro sin pensarlo mucho en 2013. Antes de ser galardonado y contar con un renombre incipiente entre sus pares más expertos, el caraqueño de 25 años carecía de interés por la actuación y sus afines. Recuerda jocosamente cómo su hermana mayor lo arrastró del brazo a una presentación de Acto cultural, del fallecido dramaturgo venezolano José Ignacio Cabrujas. Ese fue su punto de quiebre: “Me gustó la manera en que los actores te mienten y te hacen entrar a una realidad distinta a la tuya, te abren las puertas a otro universo”. De un momento a otro, las expectativas que no tenía mutaron a grandes aspiraciones en el mundo de la interpretación, donde podía ser quien quisiera ser: policía, médico, bombero, profesor. Borgo escogió ser director.
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Los proyectos surgieron de forma natural para el estudiante de Artes de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Mientras cursaba un taller de dirección con el Grupo Actoral 80 —donde inició su carrera profesional— la ventana del primer Festival de Jóvenes Directores del Trasnocho se abrió, y no dejó que se cerrara. Participó en 2015 con un montaje de Historia de zoológico del estadounidense Edward Albee. Estaba arrancando motores con su primera dirección teatral.
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No ganar no le quitó las ganas de competir en la segunda edición. Era más maduro luego de descubrir que la disposición era la clave. Pasó de mover sillas en la obra El día que me quieras a codirigir junto al director venezolano Héctor Manrique Sangre en el diván, en el Trasnocho Cultural. En 2016, participó nuevamente en el festival con el montaje de La escala humana, una pieza argentina de humor negro. La segunda fue su vencida; quedó empatado en el primer lugar con Fernando Azpúrua y su obra Los amantes inconstantes.
Borgo se sigue maravillando del mismo modo en que lo hizo hace cuatro años. Además del galardón obtenido el año pasado, fue reconocido con el Premio Marco Antonio Ettedgui, otorgado por la Fundación Rajatabla desde hace casi tres décadas. “Hace menos de un año no lo hubiese imaginado siquiera. Creo que las condiciones en que hacemos teatro en este país ayudan a que el ego no se te suba. Me dieron el Ettedgui un miércoles y el jueves estaba cociendo un vestuario y pintando una escenografía para Sangre en el diván”.
Explica que se guía con la filosofía de Juan Carlos Gené, que decía: “El teatro no puede cambiar al mundo, pero puede cambiar a la persona correcta”. Busca hacerlo, y se pone la barra alta para ello. Las tablas son su reto constante. Confiesa entre risas: “Siempre que me enfrento a un proyecto no sé cómo voy a salir de eso. Ahí es cuando digo ‘tengo que hacerlo’, porque me ayuda a salir de mi zona de confort. Uno aprende a no encerrarse tanto en una caja y abrir un poco la visión, descubrir que hay muchas realidades distintas a la tuya y quizá eso ayude a sensibilizar un poco”. Acumula cuatro años de ruleta rusa que parecen no detenerse pronto, esta vez con Los Ciegos, un proyecto propio presentado en la Sala Rajatabla.
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La dirección nata de Fernando Azpúrua

Con una mezcla de conocimientos adquiridos dentro y fuera de Venezuela, el joven director Fernando Azpúrua ha sabido posicionarse como una de las voces más influyentes en el área. Se reconoce joven, pero no inexperto. Su corta edad no le ha impedido hacerse de galardones, como el Premio Isaac Chocrón a la Mejor Dramaturgia Venezolana en 2014 con Niños lindos, pieza que llegó a presentarse incluso en tablas internacionales, y el primer lugar en el Festival de Jóvenes Directores de Trasnocho de 2016 con su obra Los amantes inconstantes.
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Sus casi veinte años de formación teatral no le han sido de gratis. Se inició con una incursión pedagógica en el teatro a los seis años, como una manera de aprender francés y poder socializar con sus compañeros parisinos estando recién mudado a París. Vivió cerca del Sena hasta los nueve y luego regresó a su país de origen. Su formación profesional la cuenta desde que ingresó al Gimnasio de Actores con Matilda Corral, a pesar de que ya venía dirigiendo obras colegiales. Ha vivido en Francia, Argentina, Canadá, pero es de los que le tiene un “amor eterno” a Venezuela. Cada vez regresa al país donde hizo y sigue haciendo carrera.
Trabajar de la mano de Orlando Arocha —uno de los directores que más admira— y estar en contacto con su dinámico proceder le enseñaron que “la dirección no es simplemente dar órdenes. Es un acompañamiento activo del proceso de un actor hacia una idea en común que tú logras convencerlo de que esa idea también sea suya, y viceversa. Es una gran negociación hasta que todos los discursos tengan coherencia entre sí, un sentido”. Confiesa que la dirección le es natural; siempre lo supo, era lo suyo.
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Aunque ha estado relacionado a las temáticas LGBT, Azpúrua no le tiene miedo a las etiquetas. “Tengo apenas 26 años. Puedo hacer lo que me dé la gana. Y si me atan solo a ese lugar encontraré la manera de salirme de eso, a que no me ate a mí como creador”. El teatro infantil y los musicales le pican el ojo. También le interesan la soledad y la crisis venezolana, de la que nadie escapa. A pesar de formar parte de la generación del “Me iría demasiado”, que se graduó de la Universidad Monteávila en su mismo año, no evade la migración venezolana como un posible tópico. “Son temas que me interesan mucho porque te obligan a pensar indirectamente, a ver cómo los puedo tocar sin que la gente los rechace a primera vista, porque es lo que vives todos los días. Ese es el juego del artista”, explica.
Se siente con la madurez suficiente para no hacer por hacer, para perseguir proyectos personales. Espera no tener aún una voz definida como director para poder crear a plenitud. “Quiero que en el futuro no se me olvide que dirijo y escribo porque estoy tratando cosas que me afectan hoy en día y empiece a hacer las cosas por la foto o porque tenga otro trabajo que me dé un poco más de dinero. He aprendido que quiero hacer las cosas porque tengo una ansiedad de creación que implica que me concentre en lo que siento en este momento. Dentro de cinco años, aquí y ahora, espero”.
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Jennifer Gásperi va contra la marea

Es imposible pasar por alto a Jennifer Gásperi, de las pocas representaciones femeninas en la dirección teatral de Venezuela. No precisamente por su pelo rojo y rizado o sus grandes ojos verdes que se escoden tras sus lentes. Gásperi es la directora de Teatro Nueva Era, grupo en el que inició con talleres de actuación a los 14 hasta llegar al más alto escalafón de la compañía. “Hubo un momento en que hubo que tomar una decisión: ser directora y que mi nombre empezara a sonar solito o hacer crecer al grupo. Yo opté por la casa donde me había formado”. Hoy, a sus 35 años, su nombre resuena.
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Sus montajes tienen un para quién y un porqué. Desde hace años, hace teatro para niños y adolescentes, especialmente de comunidades menos afortunadas de la capital. Busca impactarlos sobre temas específicos, como el despertar sexual con Pechos de niña, o la muerte con Calaveritas. No le pone aditivos: su teatro cambia, tanto a su público como a ella misma. “Me sigue cambiando, en cada montaje, cada relación con actores. El director le pone todos los sentidos y, aunque no está en la escena, está transitando el proceso del actor. Es súper transformador. Creo que nos cambia más a nosotros que al espectador. Me ha enseñado a escuchar, comprender, a ponerme en los zapatos del otro, bien sea el actor o el personaje”.
Dos años viviendo al sur del continente le bastaron para tener un norte claro. En Argentina estudió una especialización en Gestión y Políticas Culturales, con la que mezclaba a la perfección sus dos mundos: la sociología —es egresada de la Universidad Central de Venezuela— y el teatro.
La dirección que inició en 2001 la fue puliendo a pulso, corroborándole al equipo técnico que era la directora de sus piezas y no la productora ni parte del reparto. Confiesa que aún lidia con esa piedra en su zapato. “Ellos esperan una voz masculina el día del montaje. No sabes la cantidad de veces que me han dicho ‘tú eres la productora, dónde está el director’”. Sin embargo, la caraqueña no se siente discriminada o disminuida por sus pares. Se encuentra en un nicho pequeño en el que están la consagrada Karen Valecillos o la millennial Rossana Hernández, que lucha por abrirse paso entre la preeminencia masculina. “Se requiere mucha valentía ser mujer en este negocio. Las actrices y las productoras tienen muchísima cancha, es como su lugar, pero ser directora es mucho más complicado. Es fácil querer tirar la toalla, facilísimo”.
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En su femineidad se halla, y desde allí crea y dirige. “Soy mujer y no hay otra forma de verlo”, ríe. De la mano de su prometido y productor Willy McKey y el dramaturgo y escritor venezolano José España, presenta obras con una fuerte carga de estrógeno. Además, reconoce que “el trabajo con el actor es mucho más sencillo desde lo femenino. Nosotras tenemos una oreja mucho más abierta y atenta. Una capacidad de mediación particular. Nos dejamos permear más con la creación del actor. El trabajo con el equipo, tanto actoral como creativo, me resulta súper sencillo y súper agradable”. Gásperi espera verse dirigiendo en su futuro próximo y atacando las problemáticas del momento. “¿Cómo no vamos a hablar de las cosas que nos pasan sin tinte político? Se tiene que hacer. Si no, ¿para qué se hace teatro y para quién, para el gremio o para el espectador? Yo me quedo con el espectador”.
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Axel Valdivieso, con el teatro como denuncia

Axel Valdivieso puede simular años de vivencia y experiencia profesional, que sobrepasan sus cortos 21 años. Con su alta estatura y su voz grave explica sus preocupaciones sobre la comodidad al momento de escoger temáticas. Para él, las tablas deben generar incomodidades en quienes se encuentran en las butacas. Así se evidenció con Triciclo, obra que dirigió para el Festival de Jóvenes Directores del Trasnocho de este año y con la que alcanzó el segundo lugar de la competencia. Allí, sumergía al espectador en la historia de cuatro indigentes que comparten sus vidas a las orillas de un río que atraviesa la ciudad, y que se dedican a pasear niños en el parque sobre un triciclo alquilado.
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Su ópera prima es su punto de partida. Valdivieso está dispuesto a generar reacciones que vayan más allá de la estética. Con un ímpetu que se cuela en la rapidez de su voz, tiene la necesidad de aprovechar espacios, cada vez más escasos e inaccesibles en muchos casos, para decir lo que le incomoda. Desde su perspectiva, “en nuestro país se ha dejado de montar textos que son necesarios. Estamos viendo las mismas obras de los años 90 montadas como si estuviéramos en esa época. Estamos en 2017. Hay cosas que aún se pueden decir y que se deberían decir. Es importante que se haga un acto de conciencia desde la persona que dirige el espectáculo. Hay que amarrarse bien los pantalones, escoger textos que sean necesarios y no quedarse en el terreno de lo que ya se dijo”.
Estar en la zona de confort no es su modus operandi. Desde que comenzó su formación en el Taller Experimental de Teatro (TET) a los siete años, no ha bajado la guardia. Siempre está a la caza de las oportunidades: llena huecos en el personal de un montaje y absorbe conocimientos como una esponja. Actuó y asistió en la dirección, producción y vestuario de obras diversas, actividades que le abrió las puertas en La Caja de Fósforos como taquillero y en el Teatro de Petare con el manejo de la programación. Además, el caraqueño tiene su propio grupo teatral junto a Moisés Rivas, llamado Funámbulo.
Valdivieso no para y no quiere parar. Es de los que piensa que del teatro se puede vivir, si se traza una estrategia dinámica y sin pausa. “La agilidad está en cómo uno trate de involucrar todo lo que hace con respecto a lo que le gusta. Siempre la idea es que presentemos lo que sintamos que hay que presentar. No por el hecho de que estamos en crisis y de que tenemos que comer, uno se va a alejar de lo que es el teatro en sí: una forma de controlar el caos”.
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El Festival de Trasnocho de 2017 fue solo el abrebocas de su carrera profesional en la dirección escénica. Además de seguir “dándole rosca al Triciclo”, el joven director trabajará de la mano de su colega Miguel Issa en un proyecto musical para el aniversario de Caracas. Aunque en un futuro próximo ideal le gustaría verse estudiando en Dinamarca, no quiere ser parte de las estadísticas. “Estamos en un proceso en el que nos faltan aún muchos golpes para aprender de verdad como sociedad. Pero no soy una persona que se exilie. Soy muy pronacionalista igual”, dice, con su sonrisa tan amplia como sus ambiciones.
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El florecer de Carlos Fabián Medina

Si hay algo que Carlos Fabian Medina le puede agradecer al teatro es haberse convertido en quien realmente es. Sin caretas ni remilgos. Aunque el joven director de teatro se intimida con las entrevistas y sesiones fotográficas, el aplomo de una voz escondida salió para nunca más esconderse. La evasión de no poder ver directamente a los ojos la compensa con un discurso claro y raspado dirigido a la Venezuela del siglo XXI, que se quedó atorada en el siglo pasado. “Mi inquietud era y sigue siendo la homofobia. Ahora se habla mucho de la crisis por la que pasa el país y la homofobia no es un tema que se esté desarrollando como política, económica o socialmente. Pero mi corazón está en eso”.
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Al caraqueño no le avergüenza llevar el pelo largo en una ciudad de cabezas rapadas o hablar de la homosexualidad en una sociedad en la que prevalece el machismo. Con 25 años, Medina intenta no mentirse a sí mismo ni a los que lo rodean. La dirección es su manera de afrontar la mentira. Comenzó su formación profesional con el Taller Experimental de Teatro (TET) casi a la par de su carrera en la Universidad Central de Venezuela, de la que está próximo a graduarse de Filosofía este año. En su alma máter también cursó un diplomado en actuación bajo la instrucción de Santiago Sánchez. Además de los casi cinco años que acumuló en el TET, pasó dos más asistiendo pieza tras pieza: La señorita Julia, de Jorge Souki; Rojo, de Daniel Dannery; Thriller Night, de Ana Melo; Carmina Burana, de Miguel Issa; El diario del loco, de Carlos Sánchez Torrealba.“Trabajar con ellos fue mi escuela. Tenía una libretica escondida donde anotaba lo que hacían. Esa era como mi pequeña biblia de trabajo, cosa que ellos no saben”, dice entre risas.
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No lo pensó dos veces cuando se abrieron las convocatorias para el tercer Festival de Jóvenes Directores del Trasnocho. Luego de un debate emocional, mandó la propuesta de Tom en la granja, pieza teatral del escritor canadiense Michel Marc Bouchard. Con su primera experiencia dirigiendo transmitió sus inquietudes sobre la homosexualidad socialmente rechazada. Sus esfuerzos dieron frutos: resultó ser el montaje ganador del 2017. Con una confianza que no reconocería pocos años atrás, asegura que “nosotros solemos mentirnos a nosotros mismos y en mi primer proceso de dirección, yo también era una persona que lo hacía demasiado. Me puse la tarea de hablar mucho de mí, de lo que me preocupa. Ahora me permito ser más honesto conmigo mismo. El teatro me abrió al mundo”.
Aunque trabaja en una agencia de publicidad que lo estabiliza económicamente, Medina preferiría ganarse el pan haciendo lo que realmente le gusta. No faltan las ocasiones en las que compara al teatro con un sueño, por lo inalcanzable que puede llegar a convertírsele. Sin embargo, la pasión no lo separa de las tablas, donde aprendió a desenvolverse con la soltura que hoy atesora. Es su lugar “del simple ser, de estar, de olvidar, de aprender”. Con las diferencias sociales en la mira creativa, Medina buscará impactar desde donde sabe: sus problemas, anclados en Venezuela. “Hay mucho que hacer en el país y nos vamos quedando solos. Lo que quiero tratar lo he visto aquí, por eso no podría llevar mis inquietudes a otro lugar si no he terminado de resolver el problema que tengo con la vida acá”.
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Poquito a poco con Rafael Barazarte

Rafael Barazarte estaba en las sombras. Lo reconoce. En una parte oscura de su vida, de su formación académica, de sus ambiciones personales. A sus 23 años, agradece que pudo esclarecerlas a través de una incursión más profunda en la dirección teatral con su participación en el tercer Festival de Jóvenes Directores del Trasnocho. Unos minutos de fama que no le caen mal a nadie, menos a este caraqueño que estaba acostumbrado a la “rochela que se forma en Bellas Artes y Unearte con puros grupos emergentes”, donde las entrevistas, las fotografías y las apariciones en televisión no eran el común denominador.
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Sin un rumbo profesional claro, Barazarte pasó de formar parte de la Armada Nacional a estudiar Biología Marina en la Universidad de Oriente, hasta aterrizar en las múltiples disciplinas de la Comunicación Social, donde actualmente se encuentra. Su interés por el teatro fue mera casualidad, lo suyo era y sigue siendo la radio, cuando su hermana lo incita a tomar talleres de actuación de Rajatabla. “Una formación como tal no la he tenido, pero lo que ha impresionado es la pasión y el cariño que uno le pone a esto. Me fui colando por estos caminos de dirección. Poco a poco, insistiendo. Realmente no es que no he hecho cursos porque no he podido, sino porque hay unas exigencias laborales y estudiantiles que te lo impiden”. A pesar de ello, aprovecha su puesto como guía de sala en el Trasnocho Cultural para nutrirse de piezas teatrales.
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Su breve estadía en la Universidad Monteávila dejó huella con sus montajes de Edipo Rey y Antígona. Su dirección también resonó en las salas del Celarg cuando participó en el Festival CreaJoven de 2015. Aún se maravilla al recordar cómo “con 20 actores en escena quedamos en tercer lugar. Todos nos quedamos como ‘qué coño. Cómo unos muchachos que no sabíamos nada o que no teníamos la misma experiencia de otros, pudieron quedar en tercer lugar’”.
Desde su incipiente labor en la dirección escénica, Barazarte ha lidiado con problemáticas que se esconden cuando sube el telón. “He tenido que solventar pérdidas de novios, de familiares, pérdidas materiales. Todos vienen con una energía que hay que procesar. Más allá de director, he sido un amigo. Mi actitud de vida es otra. El Rafael Barazarte que hace teatro no es ni la sombra del Rafael Barazarte militar que no quería saber nada de esto. Ha sido un vuelco total”. Ese giro de 180 grados se lo toma con soda: la presentación de Comegato, obra con la que participó en la competición del Trasnocho Cultural, marca el inicio de su pausa correspondiente: “Ahorita estoy paralizado porque vienen mis seis meses de descanso, siempre los tomo con cada montaje que hago, y estoy tratando de olvidar la obra. Pero ya me verás que en el cuatro mes ya me están picando los pies”.
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