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Divorciados, pero bajo el mismo techo por la crisis

El bolsillo es más fuerte que el orgullo. Muchas parejas venezolanas, que no sienten amor, permanecen juntas. La razón no es la ilusión de una posible reconciliación, sino porque la crisis económica no las deja poner el punto final a la relación

Divorciados, pero bajo el mismo techo por la crisis

Despertar y ver al ex es una rutina que se ha hecho más frecuente en Venezuela. Es un consenso voluntario para sobrellevar los gastos de vivir en un país fracturado económicamente. Alfonso Cardona tiene más tiempo separado sentimental y legalmente de Catherine López del que duraron como marido y mujer. Ya son tres años tildándose de exesposos —aunque vivan bajo el mismo techo. “Cuando terminamos, yo traté de mudarme y alquilar, pero todo era impagable. Tenemos tres años separados y uno divorciados. Ya yo tengo 42. Irme a vivir con mis padres no era una opción. Así que decidimos que para reducir costos mejor seguíamos viviendo juntos. Ella por su lado y yo por el mío”, explica Cardona pese a que la ruptura no fue fácil. “Al principio fue tormentoso. Si uno termina es porque ya no siente lo mismo o los problemas que no pueden solucionarse. Entre nosotros había resentimiento de por medio. Sin embargo, tuvimos que tragarnos el orgullo porque la situación lo amerita. Ya tenemos tres años así y cada vez veo más difícil que cambie, a menos que alguno de los dos se encuentre a alguien más y se vaya con esa persona. No vendemos el apartamento porque la mitad que nos tocaría a cada uno es un paño de agua caliente. Eso no alcanza para comprarnos algo bueno por separado, ni para asegurar una situación estable. Para bien o para mal, así aguantamos la crisis”, afirma.

En junio de 2014, el economista y jefe de investigación para América Latina de la banca de inversión Barclays, Alejandro Grisanti, explicó: “los ciudadanos han sufrido la caída del poder adquisitivo más grande de su historia. Una baja del ingreso per cápita de cerca de 40%”, según una reseña del diario El Tiempo. El porcentaje refleja que hace dos “de cada 10 bolívares con los que compraba una persona en términos reales, se le han esfumado casi 4 bolívares, es decir, cerca de la mitad de los ingresos. Entonces cada venezolano está llevando menos productos a su casa”. Ante esta realidad, las diferencias amorosas no tienen reconciliación, pero mantener la nevera llena, si es que la escasez lo permite, es más fácil hacerlo entre dos.

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La psicoterapeuta familiar Ofelia Granados expone que en la actualidad este tipo de arreglo es bastante frecuente. “En general es una situación compleja. Convivir cuando ya no se quiere estar juntos crea niveles de tensión emocional y mental muy grandes entre los dos sujetos”. Alfonso y Catherine no tuvieron que lidiar con el engorroso proceso de explicarle a un hijo el fenómeno de “juntos, pero no revueltos”. No obstante, cuando nuevos pretendientes se avecinan, la extraña relación con el ex, se quiera o no, afecta a la tercera persona. “Ya yo tuve una relación nueva y terminó porque mi novia no entendía el porqué seguía viviendo con mi exmujer. Me pedía que me mudara con ella por celos, pero era una situación en la que no me quería comprometer. No era tan seria todavía. Entonces no iba a perder una casa que, si bien es compartida, también es mía. Si algo aprendí de esta situación es que no hay chance para equivocarse”, comenta Alfonso.

Juntos pero no revueltos

El matrimonio de Daniela Joves se desplomó por múltiples razones. Pero hubo una de peso, aunque no decisiva: la situación económica de la pareja. En 2014 acababan de instalarse en una vivienda que compraron entre ambos con la ayuda de un préstamo bancario. Recién mudados las diferencias empezaron a aparecer y decidieron separarse sentimentalmente, pero no había manera física de concretarlo. “El primer año de crédito bancario no se puede adelantar y estábamos en una situación económica difícil porque recién acabábamos de comprar. Él no tenía cómo irse de la casa y nosotros no podíamos negociar el apartamento. Estábamos como atrapados por el crédito. Además, no había oferta posible de alquiler. El apartamento más económico era entre 10 mil y 15 mil bolívares mensuales y el crédito eran cinco mil. Económicamente no teníamos manera de que ninguno se fuera porque no podíamos costearlo”, cuenta Daniela.

El cónyuge de Daniela era quien debía buscar otro techo. Nunca hubo mala intención, solo parecía el paso lógico de la disyuntiva. En varios casos se repite esta historia. Es una especie de acuerdo tácito social: la figura masculina es quien debe partir. “Es un patrón cultural. Desde siempre quien se queda con los hijos y el hogar es la madre. Por naturaleza es el hombre quien se iba. Sin embargo, eso ha cambiado. Es un tema de libertad. Eso era antes que la mujer era de la casa y el hombre de la calle. No debe tomarse como tajante que siempre él es quien deba irse. La mujer espera a que el hombre se vaya y resulta que él es un ser humano que siente, que también le duele la separación. Ese cuento no es equilibrado ni sano. Para el hombre como ser humano es difícil porque siente que pierde pareja, pierde familia, pierde espacio y dinero”.

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Las leyes no expulsan al hombre del inmueble. La división material puede hacerse mediante una separación de bienes, pero en cuanto a custodia de un menor es la mujer la favorecida. El Código Civil venezolano establece que durante los primeros siete años de edad del descendiente involucrado es la madre quien tiene preferencia para quedarse con los hijos. La edad fue fijada y extendida en la reforma del código en 1982, anteriormente la predilección se mantenía hasta los tres años de edad. “La ley tiende a favorecer a la madre porque si el niño es pequeño es ella quien amamanta. Los psicólogos dicen que hace más falta la madre y por razones biológicas está más capacitada”, glosa Lourdes Willis, abogada especializada en derecho civil. Los estatutos reglamentarios incurren en un prejuicio porque la condición de género no delimita quién es más apto para la crianza. “Hay hombres que atienden extraordinariamente bien a sus hijos”, manifiesta Granados.

A diferencia de la relación de Alfonso, la de Daniela sí encontró la reconciliación después de un año de separación. Durante ese intervalo la ruptura fue formal, papeles en tribunales incluidos. Por tener una hija de cinco años, el poder judicial les exigía asistir a reuniones de conciliación para mantener una convivencia armoniosa. Los trámites legales se hicieron mediante amigos abogados o funcionarios públicos. “Teníamos que separarnos por mutuo acuerdo, no podíamos enfrentar demanda. Si demandas a la contraparte sí tienes que pagar abogado privado y no teníamos para eso. Tuvimos que ser civilizados a juro porque dinero no había para costear una batalla legal”, expresa Joves.

“El divorcio puede tardar más tiempo que una separación por mutuo consentimiento en la que no se acude a terceros. Si es un divorcio por demanda se tiene que alegar una causa y llevar testigos que lo avalen”, discurre leguleya Lourdes. En ese ínterin, la crisis los mantenía juntos por la imposibilidad de mudarse, pero los costos se duplicaron. Los gastos personales de alimentación eran individuales y los servicios divididos, así que al final lo único compartido era el techo. Su esposo vivía por meses en casa de un familiar que viajaba frecuentemente por trabajo. Al volver a Venezuela, él retornaba al hogar que adquirió con Daniela.

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La hija de ambos supone un lazo no dirimible. “Toda separación crea niveles de tensión en los hijos. El diseño evolutivo de la especie humana es que el niño nace con una familia: papá y mamá. Y el deseo superior del niño es tenerlos para siempre juntos. Cuando eso no puede ser, es fundamental hablarlo con los hijos. No necesariamente tienen que quedar marcados. Hay que transmitirles que las cosas entre papá y mamá no están bien, que no son responsables de la situación y que sus padres lo aman por encima de todo. De esa manera el niño puede pasar por la situación con menos afectación”, aconseja la psicoterapeuta. En medio de la ruptura, lo más importante para Daniela y su esposo “era mantener a la niña estable porque ella estaba en una edad en la que no había que darle muchas explicaciones. Es muy agotador emocionalmente explicarle a un niño que sus papás están separados pero viven en la misma casa. Por su edad fue más manejable. Igual se dio cuenta, pero no había que ahondar demasiado en la situación”.

Ese laberinto sin salida sirvió para evitar el desenlace de la unión matrimonial. “En medio de la terapia decidimos hacer un primer acercamiento. En otra reunión decidimos cancelar la separación de bienes, pero no de cuerpos y luego sí terminamos en reconciliación”, señala Joves. La crisis que les impedía separarse, terminó por unirlos de nuevo como pareja.

Convivencia forzosa con el desamor

Hace ocho años que Yamileth Jacinto no es pareja sentimental de su esposo Julio Martínez, pero todavía duermen en la misma casa donde viven con sus hijos de 16 y 19 años de edad. Al mirar atrás, en 2008, la debacle económica no parecía tan grave. Todavía el venezolano no sabía qué era hacer colas por horas para conseguir algún alimento fortuito, ni qué era padecer una enfermedad sin medicinas. Aunque la época no parecía sombría, las posibilidades de Yamileth y su marido de vivir separados eran escuetas. Ninguno posee vivienda propia. Ahora la casa es una quimera. “Yo soy manicurista y él conserje. Vivimos en el apartamento de conserjería del edificio. Siempre nos mantuvimos por la comodidad de compartir los gastos y, aunque siempre tuvimos la idea de hacerlo oficial, la ruptura legal se postergó. Nunca llegó un buen momento económico para los dos. Nuestros empleos nunca han dado gran ganancia, mucho menos ahora”, comenta la mujer de 39 años.

“Al principio fue extraño para nuestros hijos. Estaban más pequeños, pero ha pasado tanto tiempo que se han acostumbrado a que somos así y ya. Lo que sí ha surgido es preferencia entre ellos por nosotros. La niña es más dada conmigo y el varón con su padre. Lo más difícil es tener que soportar una personalidad con la que ya no estás de acuerdo. Él es cristiano y el niño también, entonces piensan que yo soy una mundana. Duele que tu hijo piense así de ti, pero ya pasará”.

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Granados manifiesta que este comportamiento proviene de no haber explicado con precisión la realidad. “Lo ideal es tener un acompañamiento profesional porque si no se supo separar al hijo de la situación de conflicto entre la pareja, este puede estar del lado de uno de los padres y enjuiciar al otro”. Fenómeno que sufre Yamileth.

La doctora sostiene que la prolongada convivencia física entre estos cónyuges a pesar del distanciamiento puede ser tóxica. “No es sano porque es una situación no resuelta. Por debajo de cuerda, emocionalmente, uno de los dos está enganchado a la relación. Los hijos que crecen en esa relación y aprenden ese patrón de pareja que en el fondo no tiene manifestaciones de amor. Lo que hay es mucho miedo a vivir una vida independiente, a tomar las riendas de la vida. Es un patrón de dependencia con la otra persona».

El descenso del poder adquisitivo en Venezuela instaura escenarios familiares anómalos que se convierten en usuales. Convivir sin amor se hace posible frente al deterioro financiero nacional. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), en 2010 se registraron 25.869 divorcios. 2015 no cuenta con una cifra oficial, pero cuando las estadísticas sean publicadas habrá que considerar a este aglomerado de parejas que conviven solo para paliar la crisis económica.