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Dr Yaso me ayudó a sobrellevar mi enfermedad

La gran misión risas, y nada tiene que ver el gobierno en esto, cumple diez años. Es eficiente y sus resultados son reales: miles de niños han resurgido de sus padecimientos con las narices rojas de Dr. Yaso. Una iniciativa privada que busca escamotear el dolor a pacientes con enfermedades crónicas

Dr Yaso me ayudó a sobrellevar mi enfermedad

No todas las historias son de película. Afortunadamente para Patch Adams la suya sí lo fue. Protagonizada por Robin Williams, el largometraje cuenta la historia de varios pacientes con enfermedades crónicas que, a través de la risa, mejoran sus condiciones de salud. Patch es médico. También payaso. Más tarde la estimulación de las endorfinas viajaría lejos y la “risoterapia” encontraría hogar en Venezuela.

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En febrero del 2005, Lilver Tovar y Jorge Parra, una joven pareja, comenzaron la aventura con la creación de Fundación Dr. Yaso. “Buscamos aliviar el sufrimiento de los niños y adolescentes enfermos. Contribuir a la humanización en los centros hospitalarios. Los voluntarios se visten con batas médicas. También con narices rojas y chalupas. Utilizan técnicas clown y juegos para alegrar a quienes se encuentran en salas médicas. Hasta el sol de hoy, con más de 100 miembros, llevamos 10 años animando en ocho hospitales de Caracas y en 25 estados del país”, discurre sin que el ánimo se les parta pese a las penas que han velado.

Patch Adams no es solo un personaje de película. Es un héroe de la vida real. En 2007, se puso en contacto con Lilver Tovar y le informó el deseo de conocer su tierra. Entonces la directora se puso manos a la obra para recibir al payaso precursor e introducirlo a pacientes y voluntarios.

Todos los jueves y sábados se encuentran en algún hospital de Caracas a las nueve de la mañana. Cuando se ponen la bata blanca dejan de ser ellos. Ahora son el Dr. Tin Tan o la Dra. Galleta —cada uno con su apodo. Sus alter ego, que parecen producto de algún espectáculo de variedades, tienen como objetivo de vida sacarle una sonrisa a quienes sudan camas. Entre paletas de maquillaje exornan con colores su nuevo rostro. Agregan pestañas y escarchadas. Finalizan el proceso bendiciendo su pomposa nariz roja —la que les dará toda la energía que requiere la jornada.

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El equipo de labor social se entrena durante dos semanas para ser payasos de hospital. Se dirigen al piso de pediatría y en duplas entran a las habitaciones. En cada cubículo se encuentran con distintos rostros: de sorpresa, temor o curiosidad. Otros niños los señalan con el dedo y dicen: “¡Mamá mira! Son los de la película”. Pero no todos los casos son iguales, tampoco los pacientes. “Entramos a sus habitaciones para llenarlos de ánimo. Los respetamos y no intervenimos de manera forzosa. Velamos por su bienestar”, aclara Franklin Romero coordinador de Dr. Yaso en Caracas.

El antes y el después de Dr. Yaso

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Quienes aplauden a los voluntarios son los pacientes. Muchos de ellos se encuentran tristes en una habitación y al ser sorprendidos participan en el show. Cambian su estado de ánimo y mejoran levemente su salud, al menos mental.

Lilver Tovar, fundadora, comenta: “En Valencia, España, la figura del payaso es obligatoria. Tanto así que les pagan como si fueran enfermeros. Los médicos son conscientes de que subiendo el estado de ánimo de las personas tratadas, se pueden generar avances”.

Junior, un niño de 10 años que se encuentra la hospitalización del Domingo Lucciani dice: “cuando entraron me asusté porque pensé que eran doctores que venían a inyectarme. Luego me di cuenta de que eran payasitos y me puse a rapear con ellos”. Después del asombro, globos e hilaridad, muchos padres comentan el cambio de sus retoños después de las visitas.

Sandra Arias, madre de una paciente animada, suscribe: “mi hija tenía dos días recibiendo suero y sintiéndose muy mal. No tenía ganas de levantarse. Cuando el equipo de Dr. Yaso entró se emocionó mucho. Agradezco la sonrisa que le dibujaron”.

Lilver añade henchido de satisfacción: “una vez irrumpimos en el espacio de un niño con diabetes. Al parecer llevaba días con los niveles de azúcar muy bajos. A penas salimos, la mamá gritó que los niveles se habían reestablecidos”.

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La doctora Eva Salabert del libro Reir es saludable asevera: “Al reírnos, el cerebro emite una orden que provoca la segregación de endorfinas, sustancias que poseen unas propiedades similares a la morfina. Alivian el dolor y aportan el equilibrio entre el tono vital y la depresión”.

Una de las payasitas se topó con un paciente al que ya había hecho reír en alguna visita anterior. La madre con emoción le dijo: “desde que nos visitaron aquel día, el espíritu del hospital cambió. Todos los niños se reanimaron y empezaron a jugar entre sí”. Muchas veces hay seis personas en una sala que no se conocen. Pasan una semana juntos y ni los nombres del otro saben. La acción lúdica busca que se sientan felices.

En el cuarto 610 del Domingo Lucciani se encuentra Geiker, un niño de siete, mientras escucha a las dos payasitas desliza: “Me están haciendo disfrutar, pero prefiero un gran abrazo”.

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