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El ballet rompe las últimas fronteras raciales de Sudáfrica

La enseñanza de la danza, antes reservada a la población blanca, comienza a extenderse tímidamente en los barrios pobres del país, dos décadas después del final oficial del Apartheid

El ballet rompe las últimas fronteras raciales de Sudáfrica

En un estudio de baile de Soweto repleto de espejos vetustos, varios adultos repiten la primera posición en la barra. El ballet, que en Sudáfrica estuvo durante décadas reservado a la minoría blanca, hizo su debut en los barrios pobres, allí donde abundan las pieles negras, mayoritarias en ese país donde el Apartheid se recuerda cercano.

Veintidós años después del fin oficial de la segregación racial, “tenemos bailarines extraordinarios de danza contemporánea, pero no de ballet”, constata Dirk Badenhorst, presidente de la Competición Sudafricana de Danza Clásica, que revela nuevos talentos en el continente. “Durante mucho tiempo sólo los blancos podían acceder al ballet, que se enseñaba únicamente en sus áreas. Hoy hay cuatro profesores negros” en todo el país, explica Badenhorst, decidido a cambiar las cosas con su nuevo proyecto de formación en danza clásica en los townships, como se califican los barrios pobres del país marcado por la historia de Nelson Mandela.

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Las clases tienen lugar en el corazón de Soweto, un poblado al suroeste de la capital Johannesburgo emblemático por la masacre de 566 estudiantes negros acribillados por el Gobierno en junio de 1976, dejando huella de la brutalidad. Allí, al lado del Museo Héctor Pieterson –en honor al primer estudiante asesinado en aquella oportunidad cuando apenas tenía 12 años- María de Torguet, profesora de danza clásica, repite “recto, recto, recto” señalando la espalda de uno de sus ocho estudiantes, todos adultos negros.

Cuando era niño no existían las clases de danza clásica en los townships. Teníamos que ir a la ciudad y era demasiado caro”, cuenta Mmule Mokgele, entre dos ejercicios en la barra. “Ahora tenemos danza clásica”, se entusiasma.

Mmule, de 34 años, enseña danza contemporánea y afrofusión en Soweto, pero ahora ha decidido formarse en danza clásica. “Es la base de todos los entrenamientos. La danza clásica te permite adquirir una disciplina mental y física, y aprender luego con más facilidad los otros estilos de baile”, explica esta mujer de cabello corto teñido de rojo, camiseta amplia y piernas musculosas debajo de mallas negras.

Todos los martes por la mañana, repite sin descanso la primera posición, encadena con los pliés, y trabaja la posición de sus brazos, bajo la mirada atenta y sin concesiones de María de Torguet. Por la tarde, enseña a niños de alrededor diez años lo que aprendió unas horas antes.

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“Los profesores experimentan el dolor por la mañana, antes de enseñar por la tarde o al día siguiente lo que han aprendido. Así, tienen más empatía por los niños y pueden explicar mejor la ejercicios”, estima Dirk Badenhorst. Con este proyecto, con el que se aspira a formar a mil profesores en los próximos tres años, “los niños y los adultos recorren el camino juntos”, resume.

María, una de las profesoras, viene de Cuba. “Es muy difícil enseñarles el ballet. En Cuba, los profesores han estudiado 8 años de carrera. Aquí no. Les estoy enseñando la colocación del cuerpo para bailar. La concentración es también muy importante, mucha concentración y amor. Todo lo que se hace con amor se logra”, explica la mujer de 58 años.

Su labor no es fácil. Aún más teniendo en cuenta que su vocabulario en inglés se limita a unas pocas palabras. “Nos hemos acostumbrado a entender la lengua de María. Escuchándola y mirándola entendemos lo que nos quiere decir”, afirma Mmule.

El idioma no es el único impedimento. Los prejuicios también. “Mis amigos me preguntan por qué aprendo el ballet, una danza para mujeres. Pero me encanta bailar”, explica Ncepa Sitokwe, que cuenta con años de experiencia en danzas africanas.

Dirk Badenhorst tiene un sueño. “El exdirector de la Opera de París, Benjamin Millepied, se quejaba por la falta de bailarines negros. Me gustaría que en ocho o diez años, un chico de este proyecto llegue hasta allá”.