El Evangelio de Caracas, según Jimmy Alcock

Este legendario arquitecto advierte que Caracas avanza hacia un caos radical y absoluto, si no se toman las medidas pertinentes de inmediato. Premio Nacional de Arquitectura en 1993, dice que la capital pasa por la absoluta orfandad en todo lo que respecta a arte y arquitectura. Por ello urge a convocar a los mejores planificadores, arquitectos y urbanistas, si se quiere levantar de su lecho de muerte a “la infeliz Caracas”, como la bautizó el nobel Gabriel García Márquez

“Anticipe su pago y su parada, dice en el cartoncito pegado al quitasol. Ningún carro se mueve en la avenida, sólo roncan los motores para ahuyentar el fastidio o hacer fuerza, un empuje desesperado y sin sentido por abrirse paso en esta selva de animales metálicos que aúllan, ponen a reverberar su aceite, se les atraganta el combustible, hacen runnnn… runnn… para anunciar que están todavía vivos y que el calor no ha derretido sus huesos y tornillos”, muerde duro la pluma masculina y callejera de Adriano González León, en un trozo de su conocida novela País Portátil.

La novela describe la lucha guerrillera de los años 60 y, en este fragmento, hay un retrato nítido de algo que Caracas siempre ha llevado en el vientre: las busetas, el estruendo, la goma de una rueda que le busca camorra al asfalto, la desazón del pasajero que suda su pan de cada día bajo el impío sol caribeño, en este nido violento de escorpiones.

Las oficinas del legendario arquitecto Jimmy Alcock están en el piso 2 del edificio Easo, en Chacaíto, justo a la entrada del Country Club, donde una decena de casas de su autoría son testigos del bambolear espeso de los árboles, bajo la reverberación azul pizarra del Ávila.

Llegamos hasta la zona montados en el Metro: caos, peste a hombre, agresividad y abarrotamiento total anteceden al festín de caras lánguidas que están haciendo galería frente a la tienda por departamentos Beco. Un pequeño tarantín vende flores, y un poco más allá una ristra bronca de autobuses llena su panza de hierro para la ruta que lleva hasta El Cafetal.

En la planta baja del edificio Easo hay un atlético vigilante con tatuajes brillantes en el cuello y vestido de negro. Una pastelería artesanal nos dice que todavía la ciudad esconde ciertos encantos. Subimos hasta el piso 2, y en la antesala de las oficinas de Alcock puede verse enmarcado un inmenso diploma: Premio Nacional de Arquitectura, 1993. El artista está contestando una llamada telefónica.

Estamos en las oficinas de Jimmy Alcock para hablar sobre el derrumbe de Caracas, que acaba de cumplir 452 años. Al lado del diploma, varias fotos también enmarcadas, en blanco y negro, de algunas de sus creaciones: la boca de una quinta deja ver en la imagen una especie de forma tubular, con un mágico tragaluz en el tope. Un desparpajo de cartones y papeles contra la pared, al lado del sofá, nos dice que Alcock todavía trabaja duro, casi sobre los 90 años.

Click. Cierra la llamada, y aparece en escena, jeans y zapatillas de goma marca Nike, camisa remangada. Una maraña ensortijada de canas corona su sesera, y sus ojos azules y diminutos centellean con la vida de un espíritu adolescente. Su humanidad es elástica y gatuna; sus manos parecen tijeras afiladas.

parque cristal alcock

Cuando el arte ataque

“Caracas se ha apagado completamente. Ya no hay exposiciones de arte en nuestros museos. Yo estoy muy ligado a los museos, en todas partes del mundo. Estaba ojeando anoche el libro La emblemática de Gert Leufert (echa mano de un libraco color negro petróleo, diseñado por Álvaro Sotillo), y recordaba lo que fue Venezuela en esa época -el texto está fechado en 1984-. Gert Leufert, Gego, Miguel Arroyo, Nedo, Soto, todos ellos fueron parte importante de mi formación. Sólo las exposiciones que hacía Miguel Arroyo en el museo eran extraordinarias. Junto con Leufert hacía los montajes. Son extranjeros, judíos, gente muy humilde que significó mucho para Venezuela”, abre fuegos ante la grabadora el creador del Poliedro de Caracas; una gigantografía con una foto de la obra de La Rinconada custodia la mesa circular donde tiene lugar la entrevista. Al fondo del estudio, una inclinación de 45 grados más o menos deja ver la mesa de trabajo de Alcock.

Entre sus obras destacan Parque Cristal, el centro comercial Paseo Las Mercedes, el edificio Altolar, la Torre Las Mercedes y otras. Se recibió de arquitecto en la UCV, en el año 1960. Dictó cátedra en la Facultad de Arquitectura de esa casa de estudios por 14 años (“me quitaba demasiado tiempo, por eso lo dejé aunque sigo en contacto con la facultad y la universidad”) y todavía da algunas conferencias allí para estudiantes. “La última que dicté fue sobre el paisajismo como arquitectura”, nos cuenta.

-¿Cómo encuentra el nivel de la Facultad de Arquitectura de la UCV?

-Actualmente muy mal. Ha bajado bastante el nivel académico por no tener presupuesto y mantenimiento. Un desastre porque se está yendo la mayoría de los profesores, y de alumnos también.

-¿Y la ciudad universitaria?

-Igual que todo el país y quizá peor. Allí entran terroristas a destruir lo que encuentran por delante. Tampoco hay presupuesto. Está en un estado deplorable, hasta las obras de arte.

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Dice que no se explica el auge inmobiliario que serpentea desde Chacaíto hasta Altamira, y en Las Mercedes, en medio de la debacle de un país quebrado, y echa de menos que en materia de autopistas en Venezuela “no se ha hecho nada desde Carlos Andrés Pérez, quien no era santo de mi devoción. El país venía cayendo, pero las cosas más o menos seguían andando. Desde que llegó Chávez no se ha hecho nada”, denuncia. “Estamos peor que en Cuba, aunque un buen amigo que estuvo allá me dice que no vio gente comiendo en la basura”.

-¿Por qué se ha quedado en Venezuela?

-Yo nací y me formé aquí, y no podría vivir en otro país. Seguiré aquí, a pesar de la dictadura. Pero casi toda mi familia se ha marchado, y muchos de mis amigos también. Todas las ciudades de Latinoamérica están mejor que Venezuela, y nos hemos emparejado con Haití.

Alcock vive en una quinta en el Alto Hatillo que él mismo diseñó, y si bien su casa es un refugio que agradece, dice que todos los días va a la oficina: “siempre hay algo que hacer. Ahora mismo estoy haciendo un proyecto en Las Bahamas”, explica. Nos cuenta que acaba de ser seleccionado para representar a Venezuela en una muestra itinerante que recorrerá América Latina desde Uruguay, sobre grandes maestros de la arquitectura.

poliedro alcock

Un estridente derrumbe

“He viajado mucho por el interior del país, y todas las ciudades en Venezuela están desbaratadas. En Maiquetía la obra de Carlos Cruz Diez que cubre el piso de Terminal Internacional no tiene mantenimiento, y es terrible porque pusieron una especie de clones uniformados que acosan a los pasajeros”, resiente Alcock.

El arquitecto recuerda la época en que se desarrollaron en Inglaterra las ciudades satélites, después de la Segunda Guerra Mundial; un concepto que luego se expandió por otros países de Europa. Cita el caso de París o Roma. “Esa idea de los ingleses fue un buen ejemplo pero no una solución definitiva. En Europa las autopistas son las que mandan, porque hay un intercambio muy fuerte de mercancías”.

Alcock expresa que viaja mucho para observar y aprender, contrasta con lecturas e intercambios con amigos -“nos bombardeamos de ideas”-; y reivindica el poder de “ver y saber ver”. Viene llegando de Noruega donde “todo es muy civilizado”, según relata.

-¿Ya no se puede trabajar como arquitecto en Venezuela?

-Sí se puede, pero depende del propietario, los constructores que escojas, y la mística que pongas al proyecto. Eso se ha acabado. Casi nadie está trabajando. Nadie quiere invertir en Venezuela.

-¿Qué noticias tiene del Poliedro?

-Tengo muchos años que no lo visito. Pero me informan que está en pésimas condiciones y sin mantenimiento. Se están construyendo edificaciones a su alrededor, eliminando muchos puestos de estacionamiento y causando un caos vial para su funcionamiento.

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Caracas ha cambiado. Pasó a ser la capital del infierno, luego de ser la sucursal del cielo. Si fue una higiénica película de Audrey Hepburn en la época de Rómulo Betancourt, tal vez hoy en día se parece más a Mad Max.

Maquiavelo sostenía que las buenas ciudades son flexibles y soportan los cambios de la fortuna, y centralizó allí sus análisis sobre la virtud en la República. La debacle rojita es toda una prueba de fuego para Caracas. “Amo más a mi ciudad que a mi alma”, dijo el genio de Florencia, creador del realismo político, y a quien se atribuye siempre un espíritu de cinismo y maldad, a partir de su obra El Príncipe, cuando en realidad una parte clave de su pensamiento es noblemente republicana. Es el caso de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio.

“Si queremos comprender la clave del éxito político, si pretendemos entender las razones de la grandeza de una ciudad, sostiene Maquiavelo, debemos detenernos en su virtud propiamente política -en su virtù-, en la capacidad que ella muestra de hacer frente a la fortuna”, escribe la académica Claudia Hilb, en su estudio «Maquiavelo, la república y la ‘virtú’», fechado en el año 2000, y recogido en una obra del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Argentina).

“La aportación decisiva de Maquiavelo fue, desde mi punto de vista, poner a ‘las ciudades primero’ (Jacobs, Soja) en su reflexión sobre los proyectos históricos de la sociedad. Maquiavelo defendió en los capítulos más importantes de los Discursos una noción sumamente moderna de la misión histórica de las sociedades. Negó que el objetivo de estas fuera mantenerse inalterables a lo largo del tiempo ya que ‘las cosas de los hombres están siempre en movimiento y no pueden permanecer estables’. Ante ello apostó por ciudades preparadas para acometer grandes cambios en el presente que acabarían dejando huella en la memoria histórica de lo social”, escribe Álvaro Moral García en el diario El País, de España, en su artículo “Las ciudades de Maquiavelo”, publicado el 3 de agosto de 2013.

altolar alcock

La flojera como norma

Alcock dice que para rescatar a Caracas de ese estado de postración en el cual se encuentra, habría que convocar a un gran equipo de planificadores, arquitectos, urbanistas y sociólogos del más alto nivel. En contraste, recuerda cómo “desde que se eliminó la Oficina de Planeamiento Urbano se puede hacer en Caracas lo que te dé la gana”, se encoge de hombros y enflaquece el semblante.

Cita los casos de ciudades que lograron ensamblar los talentos para renacer, como Barcelona (España) tras los Juegos Olímpicos. También es el caso de Bilbao, asegura. Relata cómo hace cuatro años visitó Shangai, una de las más grandes ciudades de China, que solamente en vialidad tiene 350 kilómetros de autopistas aéreas; menciona también el caso de un túnel construido atravesando Boston (EEUU), que cambió el tráfico de la ciudad; refiere los aros de París, “últimamente hicieron uno para tranvías que no han terminado”.

-¿Eso se podría hacer acá?

-Todo se puede hacer. Caracas necesita empezar de nuevo con otra visión. Hay que ver cómo estamos hoy en día con relación al mundo. Acá uno no puede moverse porque no hay transporte público. Yo, cuando voy a París, me muevo en Metro y en bus. El Metro pasa cada tres minutos. Acá las autoridades ni saben lo que tienen que hacer. No hay el menor esfuerzo.

Caracas va en picada por un barranco, como un coche ebrio al que se le han ido los frenos. Y tal vez convenga citar a Manuel Caballero, en su ensayo Defensa de la ciudad y maldición de la aldea, donde remarca: “Y vive y vivirá la ciudad porque en ninguna parte como en ella –mientras más grande, mejor- puede el hombre darse cuenta de que sólo llegará a ser tal cuando todos puedan serlo. En ninguna parte como en ella la solidaridad deja de ser un élan moral para convertirse en garantía casi única de supervivencia”.

Es verdad que Caracas ostenta hoy un tufo a cadáver o a mortaja rancia. Tal vez toque gritar a voz en cuello: Caracas ha muerto, que viva Caracas.