El hambre no espera por la ayuda humanitaria

Bajo cuatro toldos blancos, voluntarios ofrecían consultas médicas en un campamento de una empobrecida zona del suroeste de Caracas, como parte de la ofensiva para el ingreso de ayuda humanitaria liderada por Juan Guaidó

En una calle llena de cráteres, una larga fila de vecinos aguardaba su turno en Macarao. En la tienda de campaña otros esperaban, organizados por edad, sentados en sillas dispuestas como una sala de espera: niños y ancianos tenían trato preferencial.

Negando que exista una «emergencia humanitaria», el presidente Nicolás Maduro bloquea la ayuda al calificarla un «show» para una invasión militar y una «limosna» de Estados Unidos. El mandatario culpa a la escasez de alimentos y medicinas a sanciones impuestas por Estados Unidos y asegura que la semana pasada llegaron 933 toneladas de medicamentos que su gobierno compró a China, Rusia y Cuba.

Pero Andrea Hernández, estudiante de fisioterapia de Petare, el barrio más grande del país, se sumó al voluntariado porque cree que la «ayuda humanitaria es lo mejor para Venezuela en este momento de profunda escasez de medicinas». Hija de una enfermera pediátrica, Andrea cuenta que los últimos cuatro años vio varias veces a su mamá llorar «de ver a sus pacientes morir por falta de medicinas».

Juramentados por Guaidó, brigadas de voluntarios atendieron a unas 5.000 personas en diez sectores de varios estados, previo al operativo en el que participarán el próximo sábado 23 de febrero para lograr la entrada de ayuda acopiada en Colombia, Brasil y Curazao, la mayoría enviada por Estados Unidos. Guaidó asegura que la asistencia entrará «sí o sí», pese a que los militares colocaron obstáculos en el puente fronterizo Tienditas, adyacente a la ciudad colombiana de Cúcuta, donde se instaló el primer centro de acopio.

Jessenia aprovechó el consultorio odontológico itinerante para llevar a su hijo con caries. «No tenía dinero para ir a un odontólogo, me daba hasta miedo preguntar», bromeó al referirse a la voraz inflación que este año treparía a 10.000.000%, según el FMI.

Desmayados por hambre

Entre el tumulto, un grupo de voluntarios intentaba abrirle paso a una joven que se desplomó. «¡Despejen el paso! Viene una persona desmayada», pedían usando un micrófono. «Tenía dos días sin comer», comentó a el parlamentario opositor Winston Flores, quien la cargó hasta una camilla.

Además de atención médica, los pacientes recibían una porción de comida. En la consulta se atendieron afecciones respiratorias y enfermedades de la piel como urticaria y escabiosis asociadas a la poca higiene por el acceso limitado al agua.

Personas «por debajo de su peso y talla» centraron las atenciones, dijo Hasler Iglesias, dirigente estudiantil y uno de los organizadores del voluntariado. Ello «puede ser indicio de desnutrición o de mala alimentación», agregó. Algunos recibieron analgésicos, antibióticos, desparasitantes y relajantes musculares recopilados mediante donaciones.

Con los campamentos se busca identificar a la población más vulnerable, en especial niños de 0 a 5 años con cuadros de desnutrición, «para que sean parte de esa ayuda humanitaria», añadió. Yorger Maita, voluntario de la ONG Rescate Venezuela, cree que si la ayuda «no entra, más personas seguirán muriendo» por enfermedades tratables.

«La ayuda que venga de donde sea»

Rómulo Chinchilla, jubilado de 64 años, viajó desde Trujillo a Caracas para buscar medicinas en centros públicos para él y su madre de 84 años, sin éxito. «Vine a perseguir los medicamentos», relata enojado. Desde que llegó a Caracas afirma haber recorrido más de 10 centros públicos de salud. De todos salió con las manos vacías.

Por eso, se acercó al campamento con un puñado de recetas médicas con la esperanza de encontrar alguno de los remedios. «Que la ayuda venga de donde sea, porque estamos necesitados de medicinas y comida», expresó. «Pedimos que nos ayuden otros gobiernos, que envíen la ayuda que están ofreciendo porque nos estamos muriendo de hambre y por falta de medicinas», remarca mientras espera que lo atiendan.

Sin dinero para comprar los pocos antibióticos disponibles en el mercado, cuyos precios son prohibitivos para la mayoría, María Reyes usó una infusión de llantén para curarle un absceso a su nieta de siete años. Su remedio casero no funcionó, por eso la llevó al hospital de campaña en Maracao con la lesión infectada. «No hay remedios, si compro los antbióticos no como, están demasiado caros».