“El placer de volar”: crónica de una larga despedida

Esta es la odisea, también tormento, de un pasajero común que, por asuntos académicos, sale de Venezuela rumbo Argentina. No consigue sino volar con Conviasa. Desde que compró el boleto hasta el momento milagroso de embarcar el avión, este viajero urde la ruta del caos y orfandad que los venezolanos transitan antes de llegar al nuevo destino: ¿de esperanza?

“El placer de volar”: crónica de una larga despedida

1.

Como tantas veces, mi vieja lo sospecha todo desde un principio. Ha oído rumores, leído mensajes de texto, visto noticias en internet y sumado dos más dos para adelantarse a los hechos. Yo, como de costumbre, no le creo ni una palabra, amparado en ese axioma infalible que predica la debilidad de los ancianos por las habladurías. Eso y que tampoco me gusta verla angustiada, sufriendo por cosas que no se saben, o que se saben pero no se pueden remediar. Así recorremos los 45 minutos que separan Caracas del aeropuerto: en orillas opuestas y a la vez juntos en la esperanza, paradójica si se la mira, de despedirnos por dos largos años. A su favor debo decir que a esas alturas, y como tantos de mis amigos, mi madre duda de mi retorno al país y no debe ser fácil decirle adiós a su único hijo. “Los jóvenes se están yendo”, repite desde que pone un pie en el aeropuerto, haciéndose eco de la “diáspora venezolana” anunciada en los periódicos. “Si yo tuviera tu edad también me iría pa’l carajo. Aquí no hay futuro pa’ nadie”, dice, antichavista hasta la médula, como esperando a que me lamente por dejarla atrás en mi supuesta huida. Prefiero quedarme callado. Aún así la vieja guapea en todo momento, incluso cuando se le aguarapan los ojos y se le quiebra la voz. Es dura, la vieja. Necia, pero dura.

La hilera de gente en el terminal de Conviasa tiene tantas vertientes como vuelos y es casi imposible saber adónde terminan. Algo que no es de extrañar en ningún aeropuerto venezolano, a decir verdad. Muy pocas aerolíneas permanecen inmunes la idiosincrasia local, que nos predispone a la más absoluta carencia de instrucciones: se trata en el fondo de nunca confiar en ninguna clase de sistema, métodos o sentido común, ni en ninguna posible organización colectiva. “Individualismo anárquico” lo denomina el psicoanalista venezolano Axel Capriles en su abordaje de nuestro inconsciente colectivo; muchos le pondríamos un nombre menos sofisticado. Preguntando se llega a Roma, o a Buenos Aires, así que iniciamos una encuesta entre los sujetos que hacen fila a nuestro alrededor: “¿Hacia dónde viaja? ¿Para qué vuelo es esta cola?”. Al contrario de lo esperado, la gente que lleva horas de pie en una fila casi sin avanzar se muestra más que dispuesta a oír y sobre todo a ser escuchada, a compartir desventuras y a dar opiniones. Así es el Caribe: cordial en su infinito desorden.

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De esos interlocutores instantáneos aprendemos que allí están reunidos distintos vuelos Caracas-Buenos Aires, mezclados en una misma y hambrienta jauría. Viajeros del viernes, sábado y lunes aún esperan por ser embarcados ese martes en la mañana. Las razones de semejante despropósito varían de acuerdo a la imaginación del enunciante, aunque casi todos coinciden en que hay problemas entre la aerolínea y sus acreedores externos; asuntos de divisas que nadie comprende del todo. Algunos hablan de corrupción, de acaparamiento, otros pocos de dictadura —mi vieja entre ellos, alzando la voz—, pero todos sin excepción se resignan a la fila. Alguien explica que Conviasa no cuenta con una flota propia y debe arrendar el equipo de otras aerolíneas internacionales. Pronto aparece otro a desmentirlo. Pero de ser cierta esa versión, el problema derivaría del control cambiario impuesto por el gobierno del difunto Hugo Chávez en 2003, y de un fantástico retardo en la liquidación de divisas a las aerolíneas extranjeras operando en el país. Se habla de una deuda acumulada de millones de dólares. Del modo que sea, la única certeza comprobable es la ausencia de explicaciones: cada viajero presume tener un mejor informante, una visión más amplia y más docta del problema. En lo que dice la prensa, cosa curiosa, nadie parece creer.

Nos enteramos también de que muchos pasajeros han tenido que hospedarse en hoteles cercanos, gastos pagos, eso sí, por parte de la aerolínea del Estado petrolero. Así lo confirma una chica en la hilera de al lado: cabello lacio y largo, senos turgentes de silicona y tan arreglada que podría entrar al avión o a la discoteca. Nos cuenta que su vuelo estaba pautado para el sábado y ya cumple dos días esperando reubicación. “Pero nos metieron en el Marriott”, dice arqueando una sonrisa satisfecha. Tal vez se sienta, en el fondo, un poco agradecida. Mi vieja y yo nos miramos. “Te lo dije” me dice, sin tener que decirlo. Seguimos haciendo la fila.

2.

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“¿Y ya conseguiste pasaje?” es la pregunta que más me hacen familiares y amigos durante las tres semanas previas al viaje. Cada vez que la oigo se me empaña un poco la alegría de haber entrado a un posgrado en el extranjero. Porque el trasfondo de aquella pregunta es que los pasajes aéreos, así como ocurrió con el papel toilette, el aceite vegetal o con ciertos medicamentos, son casi imposibles de conseguir. Todo el mundo tiene un amigo desesperado por conseguir un boleto, a punto tal que muchos viajan por tierra a la vecina ciudad colombiana de Cúcuta para comprarlos. Al parecer estando allá no aplican las mismas restricciones. Por mi parte, consulto páginas de internet, agentes de viaje conocidos o recomendados por mis amigos más cosmopolitas, cada vez repitiendo como pedigüeño una misma y absurda cantaleta: que el mío es un caso urgente, que de ello depende mi inscripción en el posgrado, que es la oportunidad de mi vida, que ya lo intenté todo, que “Help me Obi-wan Kenobi, you’re my only hope”. A ratos me sorprende lo mucho que me esfuerzo por conmover a una operadora telefónica, casi insistiendo en mi condición de inocencia, de desvalimiento, de juventud a la que le niegan los sueños, como si en el fondo todo dependiera de su disposición a ayudarme, de su rápida apreciación de mi persona basada en un minuto de llamada telefónica, un correo electrónico o una supuesta recomendación. ¿Cómo es que todo al final se vuelve un asunto personal? ¿Cómo es que todo deviene favor, enamoramiento o promesa lejana de una eventual reciprocidad que rige el afecto? ¿Hace cuánto borramos en Venezuela la gruesa línea entre el deseo y el deber?

Al final, un conocido de mi madre responde: es un peruano que lleva una agencia de viajes. Me explica que el único chance aparente es entrar en la lista de espera de Conviasa. Acepto a sabiendas de que eso puede no significar realmente nada: así como no existen explicaciones confiables para la escasez de pasajes, tampoco hay ningún método certero para obtenerlos, a menos que uno pueda pagar en dólares estadounidenses. En ese caso “aparecen” sin mucha demora los cupos. El señor opera por caminos misteriosos.

Casi una semana después, me llega la tan esperada noticia: “Se liberó uno, pero lo tienes que pagar antes de mañana”. Ni son las fechas que quería, ni tampoco el precio que calculaba pagar, ni mucho menos mi aerolínea predilecta, pero como cantan Los Amigos Invisibles, “esto es lo que hay”. Hago una transferencia electrónica para asegurar mi partida y celebro para mis adentros: ahora podré responderle a la gente que sí, que finalmente he conseguido pasaje. Entonces la pregunta que me harán será: “¿Y cómo hiciste?”.

3.

Debe medir casi un metro ochenta y pesar unos cien kilos. Lleva un chaleco anaranjado, como esos que usa el personal de pista del aeropuerto y colgando del cuello un carnet que reza CONVIASA. El placer de volar. Es la viva imagen de la incontinencia, del exceso. Metáfora del país. Se detiene a unos metros de la maraña de hileras y grita llamando a los pasajeros de mi vuelo. Unos cuantos levantamos la mano, expectantes entre las miradas de reojo de los demás. Es casi una escena de La lista de Schindler. Nos piden que formemos una fila nueva, un brote nuevo en el tronco principal. A varios se nos ilumina el rostro: asumimos que nos darán prioridad para no seguir retrasando las cosas. Cuando estamos todos, la actitud casi militar del hombre da un giro súbito hacia el compañerismo: nos informa que por razones de fuerza mayor, nuestro vuelo ha sido diferido entre 24 y 48 horas. La aerolínea nos reubicará en un hotel cercano y nos avisará cuando sea posible el embarque. Se hace un silencio largo, de varios segundos. Nadie reclama: indefensión aprendida. Pero pronto nos agolpamos a su alrededor, haciendo preguntas y consultas sobre cada caso particular. Todos somos especiales, todos queremos ser la excepción, queremos contarle nuestro relato y conmover sus fibras sensibles, si es que le quedan. Del grupo destaca una pareja de argentinos que vocifera algo sobre no volver a pisar el país, mientras el hombre los mira con ojos de camello. Están tan histéricos que les ofrecen algún arreglo con Aerolíneas Argentinas y se los llevan aparte. Intuyo algún argumento en dólares a su favor. A nosotros nos toca esperar.

Cuando empiezan a tomar nota de nuestro número de cédula y pasaporte, interrumpo para preguntar si habría problema en que pase la noche en mi casa. “¿Tú vives en Caracas?”, me pregunta el hombre del chaleco anaranjado. “Sí, claro”. “Bueno, si quieres te devuelves a tu casa”. “¿Y cómo me entero de si podré volar mañana?”. Se encoge de hombros: “Vas a tener que llamar”. Estoy a punto de retirarme, vencido, cuando se me ocurre pedirle el número de celular. “Chamo”, es su primera respuesta, “mejor vete pa’l hotel, papá, te das tu bañito en la piscina, que hay unas argentinas bien buenas, y te gozas tu vaina”. Intuyo en su sugerencia una petición de que ya no le joda la vida. Pero soy irreductible. Me da un número a regañadientes y abandono la fila; mi madre insiste en que todo es culpa del chavismo. Yo ya ni quiero saber. Regresamos a Caracas.

4.

Investigo para esta crónica. Escribo “Conviasa” en Google y presiono Enter. Ignoro los anuncios y las páginas de reserva, que no ofrecen opciones reales de compra en Venezuela. Apuesto por Wikipedia. Leo que el Consorcio Venezolano de Industrias Aeronáuticas y Servicio Aéreo (Conviasa) fue fundado en 2004 por la autodenominada Revolución Bolivariana de Venezuela, para llenar el vacío que dejó en el mercado aeronáutico local la antigua VIASA. Esta última era una de las empresas de transporte aéreo más célebres y reconocidas del continente, tanto por su flota moderna y destinos numerosos, como por su obsequiosa política para con los amigos del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, durante la obscena explosión petrolera de la década del 70. Los años de crisis no tardaron en llegar y pasar la factura: VIASA tuvo que ser privatizada parcialmente en 1991, cuando irónicamente repetía al mando del Estado el señor Pérez. La empresa española Iberia compró el 60% de sus acciones y en 1997, enfrentando a su vez la bancarrota, optó finalmente por liquidarla.

La anécdota parece repetirse: en medio de una bonanza petrolera sin parangón histórico alguno, el difunto Presidente de la República Hugo Chávez, militar golpista que intentara derrocar en 1992 el mandato de Pérez y crítico acérrimo de sus doctrinas neoliberales sentenciadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), decreta en 2004 la creación de Conviasa, la línea aérea de la revolución. Y la crisis también se presenta, una década después, en el período presidencial de Nicolás Maduro, su autodenominado “hijo político”.

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Cuento la cantidad de presidentes sucesivos que ha tenido Conviasa hasta la fecha y la cifra no baja de diez: bien podrían ser uno por año. Cinco de los últimos son militares. Luego repaso una lista de incidentes de la aerolínea, siendo el más grave el del vuelo 2350 en ruta Porlamar-Puerto Ordaz, que se estrelló en 2010 contra las instalaciones industriales de SIDOR a una decena de kilómetros del aeropuerto Manuel Piar, en el estado Bolívar. Diecisiete de las cuarenta y tres personas a bordo mueren en el accidente. Otro evento importante es el veto en 2012 que la Unión Europea le impusiera a la aerolínea, por motivos descritos como “de seguridad”: Conviasa estuvo en una “lista negra” hasta el año siguiente. Durante ese período la estadounidense Vision Airlines suplió la ruta Caracas-Madrid, ofreciéndole a Conviasa en alquiler uno de sus Boeing 767-200ER. Pero lo que ignora la Wikipedia es que nada de eso impidió, a mediados del mismo año, que la aerolínea dejara varados en Barajas a los pasajeros del vuelo VO 3013 a Caracas, sin ofrecer jamás alguna explicación, pero asumiendo el hospedaje de los casi quinientos pasajeros acumulados después de varios días consecutivos de suspensión del servicio.

Finalmente ingreso a la página web de Conviasa y comparo lo antes leído con la reseña histórica que ofrecen. La descripción abunda en términos como “vuelos sociales”, imagino que aludiendo a tarifas realmente económicas, o “la aerolínea social al servicio del pueblo”. Más abajo se afirma que han implementado “una política comercial que permite el intercambio económico y cultural entre las principales ciudades de Latinoamérica, el Caribe y Europa” y se detalla la flota disponible para vuelos internacionales: seis modelos distintos de aeronave. En ningún lado se habla de subarriendos. En ninguna parte se ofrece algún tipo de explicación o de estado actual de la materia aeronáutica en Venezuela. Hago por último un experimento: intento hacer una reserva Caracas-Buenos Aires para dentro de un mes, pero resulta imposible. No hay disponibilidad alguna hasta mediados del año que viene. ¿Viajamos tanto los venezolanos? ¿Es en verdad tan exitosa la política social de la aerolínea?

5.

A mediados de la mañana estoy listo para volver al aeropuerto. Marco el número del hombre de chaleco anaranjado y espero. No repica: la máquina me indica que ese teléfono no existe o es incorrecto. Intento de nuevo, fijándome bien en cada dígito discado. El mismo mensaje. Debo haberlo anotado mal. O eso es quizá lo que prefiero pensar.

6.

En El día de la marmota, una película de los noventa del siglo pasado con Bill Murray, el protagonista queda atrapado en un mismo día del calendario, viviendo los mismos eventos una y otra vez de idéntica manera. Esa es mi exacta impresión al llegar de nuevo al aeropuerto. La misma hilera desordenada en el mismo pasillo y con, básicamente, la misma gente. Me fijo en los rostros nuevos, en su mezcla imposible de esperanza y desilusión. En el mío persiste una parquedad resignada. Síntoma de país. No hay rastro del hombre de chaleco anaranjado; quizá porque esta vez llegamos al aeropuerto seis horas antes de la hora supuesta de vuelo. Uno podría creer que ha sido ese el detalle que inclinó la balanza a mi favor: de algún modo llego al counter, pago el sobrepeso de mi equipaje y recibo mi Boarding Pass. También es posible atribuir esa buena racha a otras causas y explicaciones, incluso de índole sobrenatural: mi madre me cuenta que anoche le prendió una vela a la virgen de Fátima. Da igual a estas alturas, la abrazo fuerte y le agradezco el milagro.

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Horas después aparece mi vuelo en pantalla, junto al cruel cartelito rojo de DELAYED. Una mala noticia que no logra empañar mi entusiasmo de haber hecho finalmente el check-in: ¿qué son una hora o dos de retraso comparadas con las veinticuatro ya transcurridas? He allí lo paradójicamente triste de la condición venezolana: su alegría casi kafkiana, su exhausto agradecimiento por el fin aparente del trámite, que le hace ignorar u olvidar de inmediato las crueldades del trayecto. No en balde somos un pueblo de imaginarios épicos, militaristas, independentistas: el fin, aparentemente, justifica los medios padecidos. Lo cierto es que el retardo añade unas cuatro horas al total de lo esperado: 28 después de lo pautado en mi boleto. ¿Quién podría creer, así, en lo escrito y en su autoridad? ¿Quién podría otorgar valor a la ley y al contenido de la página, naciendo y viviendo en el imperio de la improvisación?

7.

Contemplo el avión desde los ventanales de la puerta de embarque y no reconozco el emblema impreso en sus costados. Tampoco es venezolana la tripulación que nos recibe y que no parece hablar una palabra de español. Podrían ser trinitarios. Contamos apenas con un sobrecargo latino, identificado con el consabido carnet de Conviasa: un cubano que no para de correr de aquí a allá, haciendo las veces de intérprete y embajador cultural, a medida que los pasajeros se ubican en un avión cuya numeración no coincide con la impresa en sus tickets de vuelo. Porque en ese momento, en que se encuentra instalado ya en el avión y frente a una tripulación insegura e incomunicada, el venezolano libera los resentimientos que hasta entonces ha tenido que tragarse. Escucho sus reclamos despóticos, sus chistes racistas, sus aires de soberbia y marginal superioridad, su sonriente violencia contra el otro. Víctima y victimario portan un mismo pasaporte.

Un último gesto de curiosidad, previo a la renuncia: extraigo del asiento los instructivos de vuelo, escritos totalmente en coreano. Arriba de todo, el nombre de la aerolínea: Dynamic Airlines. Ni puta idea. Al “googlearla” sabré, un par de semanas más tarde, que se trata de una aerolínea surcoreana-estadounidense que presta servicios de charter aeronáutico. Pero en ese momento, inmerso en el barullo de mis compatriotas, se me antoja más bien una balsa de náufragos, una jaula de robinsones que finalmente recorre la pista, toma impulso y se abalanza con fuerza ciega hacia el cielo nocturno. Pobres de nosotros, me digo mirando a Caracas allá, en un extremo rezagado de la ventanilla. Pobres de los que se quedan sin otra compañía que la de sí mismos.