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Ford v Ferrari: el triunfo sobre el cine actual

Con cuatro nominaciones al Óscar -Mejor película, Mejor montaje, Mejor sonido y Mejor edición de sonido-, la cinta de James Mangold muestra un episodio histórico como ventana a la identidad norteamericana, mientras repasa la masculinidad

El 23 de junio de 1971, el drama sobre el circuito de carreras automovilísticas Le Mans dirigida por Lee H. Katzin, llegó a las pantallas de cine. Se trató de un suceso de considerable importancia: no sólo se retrataba el tema de la evolución automotriz norteamericana, sino también la insistente noción de que el país reflejaba su prosperidad —o su idea sobre ella— en su industria automotriz. Además, estaba protagonizada por Steve McQueen y Siegfried Rauch como rivales, lo que prometía, además de buenas actuaciones, una recreación fidedigna del emocionante circuito de carreras, quizás el más famoso del mundo.

Con su aire tenso y por momentos casi mítico, la lucha de dos pilotos por completar las 24 horas de carrera se convirtió en una especie de épica sobre lo masculino, lo viril y, también, una percepción sobre EEUU, todo en clave de una elegantísima versión sobre una de las pruebas de resistencia automovilistas más demandantes del mundo.

Producida por Jack N. Reddish (que en realidad, tenía una especial obsesión por el diseño automotriz) y con Robert E. Relyea como productor ejecutivo, Le Mans fue una oda a muchas ideas que en la actualidad podrían parecer ajenas pero que por entonces tenían un lustre de pura elegancia. Hay algo extraordinario en la forma en que la película reproduce la experiencia visual de una carrera automovilística: desde el sonido incidental hasta la música (nunca con más importancia que el rugido de motores), el recorrido visual de Le Mans es además, una oda a cierto tipo de cine sensorial que emparenta además, con una versión de lo masculino que en la actualidad podría parecer del todo anticuada, pero que en su momento, resultó la glorificación de los valores norteamericanos. Sobre todo, por Steve McQueen que brinda un toque realista a las escenas en las que el riesgo de morir para los personajes es muy cierto pero se conjuga en último minuto.

Ford vs Ferrari

La cinta además, fue un juego de texturas y una cuidada versión cinematográfica de una época: se le llamó una película “con clase” en una década en la que la mayoría de los realizadores (con Scorsese y Mamet a la cabeza) apostaban a una realidad sucia y destartalada. El fuerte atractivo del filme tenía una relación directa y radiante con el estilo de vida del país y una vitalidad deslumbrante.

La película Ford v Ferrari de James Mangold (2019) tiene mucho de la mítica Le Mans de Katzin, pero también, es una reinvención del viejo mito de la virilidad y la identidad de un país, a través de un cristal moderno. Ágil, astuta, sofisticada y con una personalidad arrolladora, la película también tiene la misma intención del clásico, pero a una escala más modesta.

Por supuesto, se trata de un momento histórico en el circuito Le Mans —a diferencia de la película de Katzin, que sólo mostró la carrera en todo su poder— y para Mangold es la oportunidad perfecta para explorar, profundizar y redimensionar los símbolos de la Norteamérica próspera, inocente y limpia de mediados de los años 60. Mientras Steve McQueen se preguntaba en Le Mans si era importante “vivir o morir en busca de la gloria”, el Carroll Shelby de Matt Damon es más comedido y realista. Su objetivo es la supervivencia.

Con su aire de niño grande y cansado, Damon crea un personaje que se sostiene sobre su integridad y su aire de norteamericano en estado puro. Los primeros planos de Mangold le captan con los ojos entrecerrados, mientras mastica de mala gana y piensa en algo más duro que el mero hecho de que jamás volverá a la pista de carreras.

Por otro lado, Ken Miles (Christian Bale) es un piloto nato y mecánico intuitivo que arroja herramientas, se pelea a gritos y se obsesiona con la aerodinámica automotriz. El personaje es quizás el más semejante al legendario Michael Delaney de McQueen, pero Bale carece del encanto y la elegancia de aquél, cuando a ratos parece excesivo e irritante por el mero hecho de no ser capaz de expresar la furia, la ira y la frustración sino a través de la exageración.

Ford v Ferrari es una película sobre contradicciones y competencias, no sólo entre las grandes escuderías y compañías, sino entre los hombres que se mueven en medio de las sombras en escenarios más reducidos. James Mangold reflexiona sobre el poder, la fuerza y la capacidad para el triunfo, y lo hace con una delicadeza argumental que se aprecia, aunque en ocasiones pierde el tino y se desvía hacia lugares comunes. Pero la película funciona a pesar de todo, porque la confrontación es realista y está plasmada de manera verídica.

En realidad, Ford v Ferrari es una sorpresa por su capacidad de profundizar en sus personajes y sus disputas internas. También es, por supuesto, una película sobre la mítica rivalidad entre los gigantes del mundo automotriz y el director disfruta mostrando las grandes líneas de ensamblaje Ford para recordar que hay una noción furiosa y poderosa sobre la prosperidad que los automóviles representan de forma muy notoria. Henry Ford II (interpretado por Tracy Letts) se queda de pie frente a la enorme ventana de su estudio y mira de reojo a Matt Damon, que aguarda ser despedido o perdonado luego de cometer un garrafal error sobre la pista. “¿Ves allá? los aviones de la Segunda Gran Guerra se construyeron aquí. No es la primera vez que vamos a Europa a luchar”, dice Ford. Y quizás, sea esa línea la que resuma lo que vendrá después.

La película parece entablar un diálogo profundo, extravagante y mordaz con el espectador. Un pequeño secreto a voces que deja claro que vencer a Ferrari es algo más que una carrera o un asunto de honor. Es el símbolo del país que sobrevivió a la postguerra, que necesita demostrar su valor y que lo hará en el terreno del enemigo. La película se vuelve entonces trepidante.

Crear un automóvil capaz de resistir las arduas veinticuatro horas del circuito se convierte en un trabajo de equipo, arduo, vistoso y artesanal. Y mientras Shelby batalla en las oficinas, Miles se sienta al volante y conduce a toda velocidad, con el rostro contorsionado de placer y una concentración furiosa. A diferencia de McQueen —que conducía con una placidez llana y cuya actuación más parecía una extensión de su vida cotidiana— a Bale le lleva esfuerzos mostrar lo cómodo que su personaje se siente al conducir. Y lo logra, con cierta sobreactuación.

Hay mucha luz en Ford v Ferrari y es notorio que el director de fotografía Phedon Papamichael, utiliza la iluminación como acento de varios de los grandes momentos de la película. La luz radiante y natural baña a Miles, empapado en sudor, mientras trabaja en su taller. Y una más fina y delicada, a Shelby, que batalla en la burocracia de oficinas.

La película está llena de texturas lujosas: paneles de madera, muebles de cuero, metal pulido y la luz las destaca todas, las hace brillar. Si en la saga The Fast and the Furious, los automóviles son monstruos destinados a ser conducidos en condiciones imposibles, meros mecanismos llamativos que forman parte de la utileria del guión, en Ford v Ferrari son piezas de arte.

El guión del film —escrito por Jez Butterworth, John-Henry Butterworth y Jason Keller— lleva las conexiones entre automóviles y los hombres que los conducen a un nivel por completo emocional. Si a Le Mans de Katzin se le acusó de ser visualmente portentosa, pero “carecer de corazón”, de Ford v Ferrari se podría decir exactamente lo contrario. La cinta está llena de emociones, de una pura estructura de furia y pasión por conducir, pero también por alimentar la noción del triunfo.

Por supuesto, es un largometraje de hombres y sobre la masculinidad, pero no uno tóxico, abrasivo y violento, sino un tipo de saludable fortaleza emocional que se agradece. Mangold muestra a estos dedicados y en ocasiones agresivos hombres siendo también buenos padres, esposos, compañeros de trabajo, amigos. Para Shelby y Miles la amistad es un refugio a las batallas corporativas y los riesgos en pista, pero hay una versión casi infantil, como de dos adolescentes que comparten obsesiones y una forma de ver el mundo.

El resto de los hombres de la película también son espléndidos ejemplos de una masculinidad poderosa pero llena de matices. Tracy Letts (ese maravilloso dramaturgo que de vez en cuando decide incursionar en el mundo de la actuación) brinda a Ford una patina de viejo zorro venido de todas las batallas, hasta que sube al automovil de nueve millones que cristalizará el sueño familiar de ganar la gran batalla en Le Mans; una de las escenas más conmovedoras de la película.

Incluso Enzo Ferrari (interpretado por el actor de teatro Remo Girone) es una sorpresa, con su aire duro y su elegante italiano, en medio de conversaciones rápidas y trascendentales en inglés. Incluso el villano Leo Beebe (Josh Lucas) es un hombre de su época, con el olfato maligno de la manipulación y la extraña capacidad de resultar creíble incluso en sus momentos más extraños.

Ford v Ferrari no es una obra de arte ni tampoco tiene la intención de serlo. Es una película sobria, sólida e inteligente en una época en que la mayoría de las producciones tienden al riesgo sin saber muy bien a dónde le conducen sus consecuencias. Para Mangold se trata de un gran homenaje al hombre norteamericano y quizás, es esa percepción de poder lo que brinda mayor fuerza. Una ventana para mirar a la historia dentro de las historias.