En Caracas el agua también arrastró vidas

Las lluvias de diciembre de 1999 no solo afectaron al estado Vargas, también causaron estragos en sectores de la capital, donde el agua -al igual que en el litoral central- cobró fuerza y recuperó su cauce llevándose construcciones, personas, enseres y esperanzas a su paso

Carmen Molina aún no olvida la ola que la arrastró colina abajo en el callejón Mariño de Los Mecedores, en Caracas. Fue aquella negra tarde del 15 de diciembre de 1999, cuando con furia la quebrada Catuche decidió salir de su dique y correr por las vías que hacía décadas le habían arrebatado.

La lluvia no había parado en días y la fuerza del agua ya había amenazado a los habitantes del sector. La quebrada se empezaba a desbordar y las casas a inundar. Carmen observó cómo el torrente se aproximaba devastando a su paso cada pared levantada en sus adyacencias. No esperó para salir de su casa, y a los minutos observó cómo ese lugar al que llamaba hogar “reventó”. “Nosotros vimos cómo se venía el agua y nos salimos pa’l frente. De repente vimos como salían los muebles, las bombonas, todo”.

Hoy Carmen Molina cuenta su historia, con suerte

Molina estaba sola con su hija de 10 años y un sobrino de la misma edad. Los dejó refugiados en la casa de un vecino que comenzaba a resguardar a la comunidad en su terraza. Mientras tanto, corrió unas casas más arriba para ayudar a un señor, pero en ese momento el agua con fuerza se llevó otra vivienda, solo tuvo tiempo de cruzar miradas con su hija -quien gritaba desesperada- antes de ser sumergida en la marea. Una cabilla fue su salvavidas…

“Quedé en la acera. Me enterré la cabilla aquí -señala su muñeca derecha-, duro. Sentí cuando la ropa se me salió, las cholas; me quedé desnuda”. El recuerdo amargo asoma lágrimas en sus ojos. Carmen es una sobreviviente que hoy lleva tatuada en la piel -y hasta en los huesos- las heridas de ese día.

“El agua empezó a correr y empezó el desastre en pleno centro de Caracas; lo primero que pensé fue ‘si esto es así aquí, imagina cómo está el estado Vargas’”

Ahogada, mareada, desmayada fue encontrada. Protección Civil le lanzó un mecate para tratar de sacarla y Carmen se lo amarró hasta quemar. Le dieron ropa y la metieron a una casa; como pudo sacó fuerzas para subir hasta la platabanda y comenzar a pasar de techo en techo. Las calles estaban inundadas. Sola y desesperada por no saber el paradero de su familia, gritaba y lloraba imaginando lo peor. “Esto fue horrible, fue una tragedia horrible. Cuando el agua empezó a bajar un poquito, pensé que me iba a morir igual. Nos bajaron por una escalera y nos metieron para otra casa”.

Un vestigio de lo que trajo el agua permanece en la comunidad como recuerdo tangible, ubicado en la Calle Real de Cotiza

Los bomberos le dieron primeros auxilios y cosieron las heridas. Debía quedarse refugiada en el lugar, pero la necesidad de ver a su hija la hizo olvidar el dolor y volver por ella. Con los dos muchachos tomados de la mano, las autoridades les pidieron dirigirse hasta “El Seminario”, calle en la que funciona la Universidad Católica Santa Rosa (Ucsar). El espacio sirvió para dar albergue a los afectados en el momento, luego fueron enviados a refugios determinados por el Estado.

A Carmen la trasladaron al Parque Naciones Unidas, en la parroquia El Paraíso. Su estancia ahí fue corta, su condición demandaba que fuera hospitalizada. Una vez en el Hospital Universitario de Caracas, el dolor despertó. “Me sacaron arena de los oídos. Donde me amarré la cuerda era una zaguasa que yo botaba, estaba mal. De las piernas me sacaban pus. Esto (la muñeca) me lo abrieron, los bomberos me lo cosieron y cuando los médicos lo vieron tenía arena y lo tuvieron que volver a abrir, me lo limpiaban a carne viva y yo daba gritos”. Recibió ayuda psiquiátrica para superar el shock. Duró 27 días internada.

“Si algo pagué en la vida fue eso. No sé qué hice tan mal”.

El verde oculta el cauce que puede ser poderoso

De alta fue hasta Fuerte Tiuna con sus familiares durante unos días, y después trasladada a un refugio permanente en Valencia. Posteriormente, la familia de Carmen fue una de esas que corrió con la suerte de tener asignada una casa, pero ella y su esposo rechazaron la oferta de comenzar desde cero en Guacara, Carabobo. Volvió a Los Mecedores. “Si aquí paso necesidad, allá más. Yo me vine para acá, aquí es donde uno se crió, yo soy de aquí, nosotros fuimos criados aquí. Yo preferí venirme”.

Levantó como pudo la casa que era de su madre justo a la orilla del embaulado de Catuche donde le habían prohibido volver. Hoy, dos décadas después, cuando llueve y crece el río siente el mismo miedo que la invadió aquella tarde. “Nosotros perdimos todo. Nosotros nos quedamos desnudos. Estábamos todos regados. Nosotros quedamos sin nada, nada, nada”.

Ledezma asegura que la coordinación de parte de la Gobernación y la Presidencia era dispersa; de aquel presupuesto que se debía otorgar a Caracas, el alcalde no recibió nada

En la acera de enfrente, pero unas casas más abajo, vive Wladimir González, el mismo hombre que refugió en su platabanda aproximadamente a 80 personas del sector, entre esos la hija y el sobrino de Carmen. El ahora sexagenario recuerda cómo aquella tarde “la quebrada empezó a crecer. Eran gotas gruesas de agua y empezó a arreciar. Subí y vi cómo empezaba el agua a llevarse las casas que estaban detrás. Un embaulado que estaba ahí se tapó y traía árboles. Empezamos a salir (de las casas), pero como a golpe de 6:30 no teníamos chance de bajar porque el agua era más continua, el cántaro de agua era más creciente. Resulta que se trajo carros, piedras, tumbó el puente, se llevó casas. Fue un desastre”.

Wladimir salvó gente

Quienes pudieron salir antes de que la quebrada inundara las calles corrieron hacia Puerta Caracas, pero los que no tuvieron tiempo quedaron atrapados; su única opción fue pasar de techo en techo con cuidado para alcanzar la calle Real de Los Mecedores, donde el agua no amenazaba con matar; no obstante, no pudieron salir por el raudal. Cuentan que uno de los camiones de bomberos que subía para auxiliarlos fue sorprendido por la quebrada y también se lo llevó. “Estaba Defensa Civil, la Guardia, todos tratando de ayudar, pero el agua bajaba muy caudalosa. Los bomberos pasaron un cable, lo amarraron a un poste al lado de una casa y logramos pasar”.

González recuerda que el día siguiente todas las calles parecían haber sido epicentro de una guerra. Pero sin respuestas propias ni por parte del Gobierno, y con una estructura que había soportado el agua, volvieron a ella.

El callejón Mariño, En Los Mecedores, fue de los que más sufrió

Hubo oídos sordos

Antonio Ledezma, alcalde del municipio Libertador en esa fecha, rememora el estado de Los Mecedores luego de las lluvias “con una inmensa pena (…). Los Mecedores estaba arrasado por las rocas que impactaron las viviendas y las calles estaban colapsadas por el barro”.

En entrevista para Clímax, Ledezma asegura que las lluvias que azotaban al país tenían días presentándose de forma irregular. “El 15 ya temíamos algo fuera de lo común. Desde la Corporación de Servicios Municipales, a cargo del ingeniero José Luis Cova, hacíamos una medición de las lluvias y aquellas ya representaban una amenaza”.

“No había a dónde coger, teníamos que brincar los techos. Esto es un río y lo mandaron a embaular. Nosotros estamos viviendo arriba del río”.

Tras salir esa mañana del centro de votación -donde se decidía la entrada en vigencia de una nueva Constitución nacional-, Ledezma solicitó ante los medios de comunicación “se declarara un estado de alerta porque el reporte que recibía, minutos antes, así lo aconsejaba. El nivel pluviométrico, sistema que mide el comportamiento de las lluvias era, sencillamente, fuera de lo normal”.

La advertencia no fue atendida y “ya consumado el desastre, solo quedaba atender las emergencias”.

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Se cuenta y no se cree, pero hay que recordarlo

El 16 de diciembre, la prensa reseñó que el Gabinete Ejecutivo en Consejo de Ministros extraordinarios decretó estado de emergencia por las lluvias “sobre los estados Vargas, Falcón, Miranda, Yaracuy, Zulia y Distrito Federal, y mantener en observación constante a Carabobo, Sucre y Nueva Esparta”. Para solventar la emergencia, el Ejecutivo aprobó 14 mil millones de bolívares, distribuidos a distintos estados sin incluir Caracas. El Ministro de Interior y Justicia del momento, Ignacio Arcaya “dijo no tener aún cifras exactas sobre el monto que será asignado a Distrito Federal”, especificó el diario Últimas Noticias de aquel día.

Los Mecedores no era la única zona de la capital afectada, Catia, el barrio Federico Quiróz (ubicado en este mismo sector), la carretera vieja Caracas-La Guaira, La Pastora, San José, Cotiza, El Manicomio, Antímano, Macarao, La Vega, San Bernardino, la Avenida México (Parque Carabobo y Bellas Artes), las avenida Urdaneta y Fuerzas Armadas y otras partes de la parroquia Candelaria, también sufrían la misma suerte. El desborde de las quebradas Fermín Toro, Humboldt, Anauco, Catuche y Agua Salud, afectaron también inmuebles ubicados en los sectores Sabana del Blanco, El Portillo, La Trilla, Puente Páez y Altos de Lídice.

Se estimaba que alrededor de 12 mil personas quedaron damnificadas en Caracas

Ledezma asegura que la coordinación de parte de la Gobernación y la Presidencia era dispersa; de aquel presupuesto que se debía otorgar a Caracas, el alcalde no recibió nada, acción que lo obligó a utilizar fondos locales y donaciones de privados para atender la crisis. “Usamos todos los recursos del presupuesto ordinario, más los que decretamos por la vía de partidas de rectificación del municipio Libertador, que atravesaba un déficit fiscal porque el situado constitucional nos fue arrebatado por la Gobernación bajo el mando del almirante Gruber Odreman, a quien le reclamamos que estaba obligado a enterar esos fondos a las arcas municipales. Su respuesta fue que ‘la revolución necesitaba esos dineros y que ya los había gastado’”.

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El zinc tapa desde hace 20 años el voladero que dejó una pared arrastrada por la tragedia

«Esto no es una quebrada, sino un río»

Ubicado en la parroquia San Bernardino, el barrio Los Anaucos lleva su nombre en honor a la quebrada que lo atraviesa. Berta Carvajal es casi una memoria viva del lugar, describe que hace más de cincuenta años predominaba el verdor de la vegetación y un caudal de agua en el que hasta la gente se bañaba, pero los cambios arrasaron con todo. La flora fue sustituida por bloques, y en lugar de observar una afluente quebrada ahora solo hay un hilo de agua al que todos temen. La razón se traduce en una fecha: 15 de diciembre de 1999… Berta lo recuerda y llora, pensaba que moriría ahogada.

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A Berta el recuerdo le llega con lágrimas

Ese día la alegría la invadía porque el SÍ había ganado y el cambio por el que había votado tenía luz verde para ejecutarse. Pero entrada la tarde, la lluvia -que desde hacía días azotaba- había hecho crecer la quebrada y desencadenó la desgracia. “Había ganado Chávez, todo el mundo estaba alegre, como mareado. Yo estaba echándome mis palos también, cuando llegó una amiga gritando ‘ay nos vamos a morir´’. Todos le dijimos: ‘qué nos vamos a morir, chica. Eso es fin de mundo si llega el agua aquí’; y cuando salgo, el agua ya había agarrado todas las puertas de las familias”.

«Nosotros perdimos todo. Nosotros nos quedamos desnudos. Estábamos todos regados. Nosotros quedamos sin nada, nada, nada”.

El agua corría con fuerza por aquellas laderas. Había rebasado el embaulamiento y se había desbordado hacia las calles; traía consigo piedras gigantescas que rompían a su paso los puentes y las paredes de todas las casas que estaban en su orilla. “No había a dónde coger, teníamos que brincar los techos. Esto es un río y lo mandaron a embaular. Nosotros estamos viviendo arriba del río”.

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Berta y su nieto, que entonces tenía apenas 10 años

Carvajal, como pudo, salió de su casa y subió hasta la de su hijo, unos metros más arriba; pero el lugar no era seguro, el agua no solo recuperaba su tránsito por la barriada, también había encontrado la manera de llegar a la avenida. Jorge, su nieto, tenía 10 años, y de su mente no borra el miedo que sintió al ver las calles convertidas en un mar salvaje. Recuerda los gritos de las personas huyendo del desastre, y a su padre negado a salir del lugar pensando que estarían más seguros, pero Berta lo hizo entrar en razón y antes de que la casa ahogara, salieron. “Todo se metió pa’ la casa. Se perdió casi todo, nevera, cocina, todo”.

Fueron llevados a Miraflores; pero luego la solidaridad de familiares los hizo pasar poco tiempo en aquel refugio. “Vivimos en casa de mi tío en el 23 de Enero, vivimos en El Valle con mis tíos, luego en La Pastora”, comenta Jorge, mientras añade que volver fue difícil, pues el aroma de la tierra mojada seguía impregnado en las paredes. “Empezamos de cero, dormíamos en colchonetas, y poco a poco nos acostumbramos y empezamos a limpiar. Tardamos casi un año para recuperarlo todo”.

Berta recibió ayuda psiquiátrica durante un año. Sin embargo, el miedo aún la atormenta. “Cuando el río crece me pongo nerviosa, me pongo a pegar gritos y a llorar”. Aunque aquel día había salido con lluvia a respaldar al gobierno de Hugo Chávez, no olvida que el Estado no cumplió lo prometido: “Ellos no dieron casas. A ninguno les dieron ayuda”.

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A Petra el agua le tumbó una pared

Petra Velásquez trabajaba como camillera en la maternidad Santa Ana en el turno de la noche, cuando vecinos la fueron a buscar para decirle que una parte de la fachada se la llevó el agua. Su hogar era uno de esos que estaba a la orilla del embaulado; esa pared no se derrumbó con el torrente, pero el agua entró con fuerza por la ventana y tumbó la pared opuesta. “Fue una pesadilla. La casa estaba llena de tierra hasta arriba”.

“Esa noche fue una noche fuerte. Por aquí pasaron carros, carritos, autobuses. La desesperación de todos nosotros fue horrible”, recuerda Luis Chacón, habitante del barrio Los Anaucos y cuya casa está al nivel del río, pero el frente de la misma es por la avenida principal. Vio como el agua se llevó cientos de casas. Da gracias a Dios porque su residencia se encuentra protegida por otra pared, de lo contrario su hogar habría corrido la misma suerte. No obstante, el agua entró y vio flotar todos sus enseres.

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El agua alcanzó ese segúndo piso de la vivienda donde aún se asoma Petra

Los habitantes saben que con la tragedia hubo vidas que el río cobró. Sin embargo un solo nombre vine a la memoria de Berta: su comadre Margarita. Insiste en que el agua llegaba de la montaña, pero aún así le agradecen a El Ávila su presencia. “Si no es por el cerro nosotros no existiríamos”.

La furia en las Fuerzas Armadas

La fuerza de Catuche llegó hasta la avenida Fuerzas Armadas, ubicada en pleno centro de Caracas. Era casi la medianoche y Marvin Velásquez recuerda un ruido estruendoso que lo obligó a salir al balcón. Al asomarse vio cómo un auto -arrastrado por el agua- impactó contra la santamaría de un local. “El agua empezó a correr y empezó el desastre. No lo creía, era como un sueño ver el desastre en pleno centro de Caracas; lo primero que pensé fue ‘si esto es así aquí, imagina cómo está el estado Vargas’”.

En la esquina de Abanico a Socorro hay un puente desde donde se observaba el paso de la quebrada Catuche. Con las lluvias, los habitantes de la avenida Fuerzas Armadas habían notado que el regato crecía, pero jamás imaginaron que subiría tantos metros. El agua tocaba la estructura.

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Cuando la quebrada se encuentra con la avenida Fuerzas Armadas, quién pensaría que llegaría a mojarla

El embaulado de la quebrada colinda con los sótanos del edificio Beta y el edificio Importadora Abanico. Nelson Presilla, inquilino del primero, explica que el agua entró por unos ventanales que posee el sótano que comunica a ambas torres, poco a poco se fue inundando y una vez rebasado el acceso, la fuerza del agua rompió las rejas de la entrada principal y bajó hacia la avenida Urdaneta hasta La Candelaria. Indica que el torrente arrastró al vigilante del edificio comercial y fue encontrado metros más abajo sin vida. “Aquí veías bombonas de gas, cocinas, neveras, camas. Veías cualquier cantidad de cosas que se trajo de casas de arriba”, añade Velásquez.

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Quien resguardaba el Edificio Beta fue arrastrado por el agua hasta morir

A las 5:30 am del jueves 16 de diciembre, Paulo Rafael Amatimo llegó para abrir el kiosco en el que labora como zapatero. Sabía que las lluvias habían hecho daño, pero se encontró con la estructura fuera de lugar: el agua lo había tirado en las escaleras de un callejón unos metros más adelante. “Me impresioné. No pensaba que mi kiosco estaría allí lleno de lodo; perdí materiales, zapatos, perdí todo”.

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El kiosco de Paulo rodó por la avenida, pero logró recuperarlo

Río arriba

A unos 1,7 kilómetros al norte, más cerca del Waraira Repano, una pequeña barriada se alza en lo que antes era el paso del río Cotiza, atravesando la calle Parque Forestal, detrás de los bloques de Cotiza. En una de esas pequeñas casas, Esther Aponte -de tan solo 15 años entonces- guardaba el segundo día de reposo tras haberle sido practicada una cesárea. Casi inmóvil sintió que las paredes temblaban, y con paso lento se acercó hasta la venta: observó como el río -que hacía años había sido frenado por un dique- nuevamente volvía a su cauce.

El agua llegó al segundo nivel de la casa. Los bomberos pasaron a la bebé sujetada con cuerdas a través de un puente improvisado con tablas que conectaban con la escuela José María Páez. Luego, un funcionario ayudó a Esther a cruzar la estructura. “La gente gritaba ‘salgan, salgan’, y venía la ola inmensa con carros, piedras, etc. Aquí había un árbol, el agua venía con mucha furia y se lo tragó completo. Casi que me dejan ahí porque no me podían tocar del dolor”.

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Esther tenía 15 y vio cómo un dique no aguantó la presión de la naturaleza

La quinceañera fue trasladada de emergencia a la maternidad Santa Ana para recibir primeros auxilios y examinarla junto con su bebé. Al segundo día le dieron de alta y la regresaron nuevamente a la escuela, centro que funcionaba como resguardo de los damnificados. Estaba sola, su madre cayó al agua cruzando el puente improvisado y la rama de un árbol le había golpeado la cara. “Me quedé en la escuela Jesús María Páez ocho días a esperar a que aparecieran mis familiares. Yo no coordinaba, estaba en shock, lo que hacía era llorar. Le quitaron la teta a la bebé y le tuvieron que dar leche porque yo lloraba y vomitaba”.

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En Cotiza las calles se convirtieron en caudalosos ríos

Su vecino, a quien consideraba su primo por lo cercanos que eran, murió cuando intentó salvar a un niño que había quedado atrapado en la casa de enfrente. “Creyó que podía agarrarlo, lo que no se imaginó es que venía la ola y se lo llevó. Apareció por allá abajo”.

«Un embaulado que estaba ahí se tapó y traía árboles. Resulta que se trajo carros, piedras, tumbó el puente, se llevó casas. Fue un desastre”.

Tras casi tres años viviendo en un refugio en Maracay y sin respuesta de una vivienda en la capital, Esther y su madre regresaron al barrio en el que casi pierden la vida. “¿Dónde vamos a estar? ¿Para dónde vamos a agarrar?”. A diario la sombra de esa vivencia la persigue, siente temor y frustración. Su casa no es más que el remiendo de una estructura que a medias quedó. “El río siempre va a buscar su cauce, y este es su cauce”.

El insomnio del alcalde

Para el entonces alcalde Antonio Ledezma, “esa noche, prácticamente, fue de insomnio”. Ante la gravedad, se hizo un balance de las áreas afectadas y se clasificaron según el volumen de los daños; asimismo, se evaluaron los hospitales y centros de educación que también sufrieron daños por la tragedia. Luego, se definieron los centros de acopio para distribuir el equipo humano y técnico, así como el envío de maquinaria: “desde tractores y motosierras, hasta camiones cisternas” para hacerle frente al despeje y limpieza de las zonas dañadas.

“Otro capítulo era dedicado a los centros de atención, a los afectados. Clasificar a las familias, los niños, mujeres, ancianos, enfermos, heridos, etc. Contamos con muchos voluntarios que ayudaban a atender a las personas, en su alimentación y salud; también terapistas y recreadores para entretener a los menores. También equipos de seguridad para asegurar el orden y proteger a las familias y evitar uso indebido de las ayudas y de los espacios”.

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El embaulamiento no aguantó tanta agua

Sin embargo, la falta de organización desde el Ejecutivo complicaba la situación. Para el exalcalde y perseguido político del régimen de Nicolás Maduro, la acción del difunto Hugo Chávez “fue insólita, llena de contradicciones y de enigmas”. Insiste en que el mandatario desestimó un sinfín de planes y propuestas para la atención de los afectados. “Chávez no facilitaba la coordinación, reinaba el caos. Pero logramos dominar por nuestra experiencia”.

En Caracas los hospitales a diario recibían un número importante de víctimas no solo de la capital, también provenientes de Vargas. Sin embargo, no todos los centros de salud se encontraban aptos para brindar servicios; un ejemplo fue el Hospital Jesús Yerena de Lídice, que atravesaba la remodelación y los bomberos limitaron el ingreso de pacientes por no contar con la infraestructura pertinente. El doctor Douglas Mendoza, director del Periférico de Catia en 1999, informó entonces que el jueves 16 se recibieron en la unidad 160 pacientes y 17 cadáveres. Mientras que el viernes 17, se atendieron a 65 pacientes y en la tarde 47.

Por otra parte, aunque se desconoce el número oficial de víctimas de la tragedia, el diario El Universal reportó el 22 de diciembre que la Corporación de Servicios Municipales Libertador había hallado 54 cadáveres en Caracas. No obstante, el Cementerio General del Sur fue el camposanto donde se enterraron los cuerpos de las víctimas de la capital y Vargas. El lunes 20 de diciembre, 120 cadáveres fueron sepultados, y se ordenó la construcción de dos mil fosas más, según registros de prensa.

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No te confíes

Lo que vino tras el desastre

La Alcaldía de Caracas informó el 18 de diciembre de 1999, por medio de la resolución N° 132 firmada por Antonio Ledezma, la prohibición de construcciones en nueve parroquias de la capital: Caricuao, Sucre, Antímano, El Valle, La Pastora, Altagracia, Candelaria, San Bernardino y San José. También se dio a conocer en ese entonces que la alcaldía, con apoyo de la gobernación, llevarían a cabo un plan de desalojo de las zonas inestables de Caracas; proyecto que tenía como objetivo poner fin a que un centenar de familias vivieran en riesgo sobre “zonas de alta peligrosidad sobre cabeceras de quebradas y laderas pronunciadas en las montañas”. El plan tenía el apoyo del sector privado para desarrollarse y solo requería del impulso del Ejecutivo Nacional.

Asimismo, la Alcaldía inició el 28 de diciembre la demolición de viviendas que “quedaron seriamente afectadas por las lluvias”. Los trabajos se ejecutaron “después de haberse realizado un estudio de la zona, de conversar con los dueños de las viviendas, explicarles que esta decisión fue tomada para resguardar su seguridad y para prevenir nuevas tragedias”, reseñó Últimas Noticias. Se estimaba que alrededor de 12 mil personas quedaron damnificadas en Caracas y debían optar por las soluciones habitacionales que ofrecía el Estado en el interior del país.

La advertencia no fue atendida y “ya consumado el desastre, solo quedaba atender las emergencias”.

Pero, aunque en principio los afectados tuvieron fe y soportaron en refugios, no fueron pocos los que regresaron al lugar donde casi mueren. El sentido de pertenencia fue más fuerte que el de sobrevivencia.

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Y la gente volvió

Ledezma no los juzga. Manifiesta que a los damnificados de Caracas, Vargas, Miranda y los demás estados afectados “no se les sacó de la miseria ni se les devolvió la estabilidad prometida”. Por el contrario, “simplemente fueron desplazados a zonas donde no tenían raíces, ni trabajo, ni los servicios de educación ni salud garantizados. Gente de Naiguatá que fue a parar a Camaguan; o gente de Barlovento que fue a tener a Mérida. ¡Una verdadera locura!”.

Veinte años después de la tragedia, Antonio Ledezma aplaude el trabajo de quienes contribuyeron en esos días a poner orden en medio de una desgracia, así como también enaltece el Plan Estratégico de urbanismo. Y advierte, desde la distancia, que ni Caracas ni el resto del territorio nacional se encuentra realmente preparado para enfrentar una tragedia como la que sufrió durante el cierre del siglo XX.

“Nosotros vimos cómo se venía el agua y nos salimos pa’l frente. De repente vimos como salían los muebles, las bombonas, todo”.

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Mejor tenerlo y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo