Escoltas: hampones en chaquetas de cuero

Uno de los referentes de la revolución chavista, también símbolo de status, es el uso de escoltas. Los que no tienen sufren los vejámenes de quienes hoy se creen los “dueños” del país

Escoltas: hampones en chaquetas de cuero

Anoche manejaba tarde a casa cuando me percaté de que había olvidado las llaves de mi reja. Para resolver el asunto, decidí detenerme momentáneamente en un semáforo en rojo contiguo a mi casa para marcar la contraseña de mi celular y realizar mi llamada SOS. A todas luces, en esta Venezuela de inseguridades, un error con graves consecuencias. Como era predecible, en menos de tres segundos, cuatro motorizados se detuvieron junto a mi carro. Uno de ellos tocó a mi ventana.

Aquí fue, pues.

Mientras consideraba bajar el vidrio de la ventana para entregar mi objeto de valor y someterme a sus mandatos, el motorizado me gritó: “¿Tú vas a hablar por celular o va vas a terminar de comerte la luz? ¡Pajúo!” Sin comprender, eché mi carro hacia un lado y ahí fue cuando me di cuenta de que no eran motorizados ni hampones, eran escoltas.

Dos camionetas negras con los vidrios blindados detrás de mí aceleraron a toda mecha y las cuatro motos las siguieron en su camino. Eran escoltas de Dios sabe quién. Su misión no era detenerse por nada ni por nadie. Yo solo fui un imbécil que les arruinó la experiencia de seguir recto sin obstáculos en la vía.

Superado el susto, la sensación fue de humillación. No es la primera vez que he tenido que lidiar con órdenes que me da un hombre cuya única tarea es velar por la seguridad de alguien más importante que yo. El problema es que en esta revolución de miserias, surgieron muchos que se creen tan importantes como para contratar a un escuadrón de gorilas que considera al resto de los ciudadanos unas cucarachas. Son hampones en chaqueta de cuero. En flux si su empleador siente que eso le da más caché.

Este tipo de humillación conlleva a la rabia. He sido retirado de un restaurante en Margarita, junto a todos los comensales del local, porque un ministro se antojó de comer ahí sin la presencia de nosotros, los estorbos. De una sastrería me han pedido que vuelva más tarde porque esperan a un cliente importante, el cual veo llegar en caravana como si fuera el Sultán de Brunei. Incluso, ya he aprendido a no transitar por la calle del restaurante Aprile en La Castellana. Una pistola en el pecho porque le grité a un escolta que no podía detener el tráfico para que se bajara una señora vestida de leopardo y cartera de cebra, me enseñó que hay gente que tiene más derechos que yo. Inclusive la gente con el mal gusto de combinar leopardo con cebra.

Una vez en París vi pasar una caravana que llevaba a la entonces Secretaria de Estado de los EEUU, Hillary Clinton. Veinte escoltas en moto trabajaron mano a mano con la policía para lograr que el carro con las banderitas gringas pasara lo más rápido posible. Y eso es entendible, de la misma manera que uno entiende que Nicolás Maduro, como cualquier Jefe de Estado, no debería estar metido en un tráfico por cuestiones de seguridad.

Ahora, ¿cuántos presidentes y gente VIP hay en Caracas?

Yo he conocido gente que debe andar escoltada toda la vida. La naturaleza de su empresa familiar requiere que cuenten con este tipo de servicio. Pero una cosa que caracteriza a los que tienen real de siempre es que sus guardaespaldas son meros fantasmas; gente que no busca ser vista. La sencillez y la discreción son la norma. Son gente rica precisamente por lo sencillas que son, aún cuando tengan tras bambalinas la misma tecnología de seguridad que utiliza Donald Trump.

Esa norma está en desuso. El tener un escolta hoy en día es como cuando se pusieron de moda los calentadores neón en los años ochenta.

Entiendo que esta “revolución” hizo millonario a un gentío. De haber sabido en el año 1998 que CADIVI estaba a la vuelta de la esquina, habría puesto todo mi dinero en una empresa fabricadora de carpetas manila. Probablemente tendría cámaras de seguridad en mi casa, camionetas con vidrios anti-Kalashnikov y un escolta personal que sería interpretado por Steve Seagal si hicieran de mi vida una película.

Pero me gusta pensar, de haber tenido todos los reales, ¿conservaría un mínimo concepto de ciudadanía? Algo, una pizca de respeto por las normas y los “des-escoltados”. Y es ahí cuando me doy cuenta de que la noción de civismo en una ciudad de camionetas y dólares negros no pinta nada en estos tiempos revolucionarios. Un rico, quien sabe su nombre, hace minutos llegó a su casa, protegido de los pajúos como yo que le obstruyeron el paso.