Gustavo Sucre y Mayz Vallenilla: beneméritos de la Academia

Mayz Vallenilla y el padre Gustavo Sucre fueron por muchos años la columna vertebral de las casas de estudio que ayudaron a erguir. La Universidad Simón Bolívar y la Universidad Católica Andrés Bello son las obras más grandes de estos precursores de la educación. En menos de 72 horas ambos ficharon su partida del mundo terrenal, pero su legado no ha caducado

Gustavo Sucre y Mayz Vallenilla: beneméritos de la Academia

Maracaibo fue la cuna de Mayz Vallenilla, quien nació el 3 de septiembre de 1925. Juan Vicente Gómez era presidente. Muy joven se mudó a Caracas y fue alumno del Liceo de Aplicación, Fermín Toro, pero terminó por graduarse de bachiller en el Liceo Andrés Bello.

Era imparable. Hombre de constante movimiento. Hace falta tomar una bocanada de aire para resumir 90 años de su existencia con palabras y cargos. Formó parte de la primera promoción de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela (UCV) en 1950. Asumió el cargo de director de esa escuela durante 10 años. Fue rector de la Universidad Simón Bolívar (USB) por 9 años —desde julio de 1969 hasta febrero de 1979. Miembro del Directorio del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicit) en dos oportunidades. Escribió 46 publicaciones traducidas a cinco idiomas. En 1993, y durante siete años consecutivos, se desempeñó como director del Centro Interdisciplinario de Investigaciones Teóricas (Cenit) del Instituto de Estudios Avanzados (Idea). Participó en la redacción de la Constituyente de 1999 y se desligó del proyecto político del expresidente Hugo Chávez en 2003.

 

Es difícil jerarquizar la importancia de sus acciones, pero sin duda alguna la Universidad Simón Bolívar es el testimonio más visible y viviente. El 18 de julio de 1967 esta institución fue el regalo presidencial que hizo Raúl Leoni a la ciudad de Caracas con motivo de sus cuatrocientos años de fundación. Dos años más tarde, en 1969, Mayz Vallenilla es nombrado rector. Impregnó el campus con su esencia y a pesar de desempeñar cargos académicos y administrativos durante más de 25 años, se rehusó a aceptar cualquier tipo de distinción honorífica. Solo aceptó con regocijo un reconocimiento sentimental: Jardinero Honorario de la universidad.

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El cronista de la USB, Luis Loreto, señala en su libro El Jardín (2007) que la aceptación de este título “confirma, en intención y de manera aleccionadora, el orgullo y a la vez la humildad en que debe fundamentarse la vocación académica”. El exrector Freddy Malpica refiere que “la universidad creció en el valle de Sartenejas y el doctor Mayz lo transformó en un jardín del conocimiento, de la juventud y de la esperanza. Como él decía: ‘Es la mejor ciencia y conciencia del país’”.

“Él fue una persona excepcional, tanto por su obra filosófica como por lo que hizo en la universidad. Él le dio forma a la Simón Bolívar, una distinta al resto. Es una organización matricial, no por facultades, sino por departamentos donde lo principal son los programas. Es una organización eficiente que busca mejorar el desempeño de la institución” expresa Benjamín Sharifker, exrector de la casa de estudios desde 2005 hasta 2009. Esa estructura diferenciadora continúa dando resultados. En junio de 2015 el Ranking Quacquarelli Symonds situó a la USB en el segundo lugar de Venezuela y en el puesto 34 de Latinoamérica.

 

Nombrar todas sus publicaciones sería rezar las letanías, pero cabe destacar que la educación y el rol de la universidad en la sociedad contemporánea siempre fueron sus temas recurrentes. Dedicó más de 10 títulos entre los que destacan La enseñanza de la Filosofía en Venezuela (1955) y El ocaso de las universidades (1984), en esta última propone una concepción novedosa de la universidad a partir de la evaluación del ordenamiento de las estructuras organizativas de las instituciones.

La autonomía de las universidades ya era parte de su preocupación en 1970 cuando publica La crisis universitaria y nuestro tiempo. Señala que la insuficiencia de presupuesto afecta el desarrollo educativo de las instituciones. Pese a estas inquietudes sociopolíticas, persistió en el intento de elaborar un pensamiento filosófico original de América Latina. En el año 2001, la Sociedad Argentina de Filosofía valoró estos esfuerzos y lo consideró el filósofo latinoamericano más destacado del siglo XX.

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Menor que Mayz Vallenilla, tan solo por dos años, era el padre Gustavo Sucre, quien nació en la parroquia La Candelaria el seis de mayo de 1927. Él también compartió la pasión por la construcción de futuro en Venezuela. Luchó contra el estigma que existía sobre la educación privada dirigida por jesuitas en los años 50 y participó en las reuniones que mantuvieron los sacerdotes dirigentes de la Compañía de Jesús desde el año 1948 con el Colegio San Ignacio de Loyola. El plantel accedió a vender sus terrenos donde se encuentra la actual sede de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) Montalbán, inaugurada el 24 de octubre de 1953.

El padre Sucre siempre quiso ser abogado, pero su interés quedó relegado a lo que él consideraba necesario en la práctica. La universidad tenía demasiados hombres de leyes y carecía de quienes supieran ciencia económica. Por eso estudió Economía. Fue director de la escuela de Economía, decano de la facultad de Ciencias Económicas y Sociales, y Secretario General de la UCAB por más de 10 años.

No era de extrañar que de sus labios salieran comentarios jocosos porque el buen humor lo caracterizaba. “Convivir con él era todo un disfrute, era muy juguetón y chistoso. Fue un ser generoso abocado a las causas sociales apoyando siempre a los más necesitados”, comenta Jaime Reyes, trabajador del departamento de cultura de la UCAB quien lo ayudaba a trasladarse ocasionalmente dentro del campus.

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La preocupación del padre Sucre, además de la excelencia educativa, era que los jóvenes pudieran tener acceso a ella. La Fundación Andrés Bello cuenta con un programa de recaudación de fondos que lleva su nombre. El propósito es poder financiar mediante donaciones la matrícula universitaria de jóvenes que no puedan costearla por cuenta propia. Alrededor de 200 estudiantes han sido beneficiados con ese programa.

“Él contaba con una humanidad extraordinaria. Era una persona muy sistemática y ordenada. Fue el tercer representante estudiantil en los consejos universitarios. Siempre los defendía. Para él era clave el sentido del otro”, manifiesta el padre Danny Socorro, quien lo recuerda como un maestro debido a la amistad que compartieron durante varios años.

El padre Sucre rozó la muerte en reiteradas oportunidades y logró esquivarla. En los momentos de agonía decía: “con el humor hasta el último momento”, rememora el padre Socorro. Finalmente, no pudo eludirla más y falleció la noche del 18 de diciembre de 2015, tres días más tarde, el 21 de diciembre le siguió Vallenilla.

Mayz Vallenilla y el padre Gustavo Sucre fueron dos venezolanos coetáneos que compartieron la misma visión educativa: construir país con la excelencia como cimiento. Llegaron al mundo casi al unísono y se marcharon de la misma manera. Las casas de estudio que erigieron se encuentran enlutadas, pero la ausencia se extiende al mundo académico e intelectual donde ahora su labor pasa a ser una inextinguible referencia.