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El teatro, esa pequeña luz para Héctor Manrique

Al hablar, Héctor Manrique no separa el arte de la sociedad. Le interesa comprenderse para comprender al otro. Al actor, director y docente, que actualmente interpreta a Edmundo Chirinos en las tablas, las butacas no le suelen quedar vacías

El teatro, esa pequeña luz para Héctor Manrique

Aún no ha comenzado la obra, pero Edmundo Chirinos está recostado ya sobre el diván. Agita los brazos, se agarra la sien. Y el público lo observa atento. Silencioso. Aún no ha comenzado la obra, quedan pocos palcos por ser ocupados. Quienes van a escuchar a este perturbado personaje han llenado la sala desde el primer día. Es la segunda temporada de la pieza en Caracas, sin contar las funciones en el interior del país.

Pero la luz permanece encendida y Chirinos sigue horizontal. Alguien tose. Alguien mueve una silla que rechina. Y él “está bien”. Él “está muy bien”. Entonces sí se apaga la luz.

Sangre en el diván es el más reciente montaje de Héctor Manrique. Lo dirige y actúa. Podría decirse que son dos de sus obsesiones en el teatro —sin excluir la docencia—; así como las de Chirinos fueron la locura y la muerte. La pieza, basada en el capítulo “El delirio” del libro homónimo de Ibeyice Pacheco, se desarrolla en un cubo blanco, que puede ser un consultorio o una cárcel. Allí queda claro que el silencio cómplice puede ser terrible también.
“Uno debe entender que tiene responsabilidades en todos los ámbitos. Y que hay una palabra esencial: ética”, dice. Manrique está sentado sobre un banco acolchado en los camerinos del Teatro de Chacao. En su mesa hay un café, un encendedor y dos cajas de cigarro.

─¿Qué es lo obsesiona del caso Chirinos?
Uno cuando ve una tragedia se pregunta qué se pudo haber hecho para evitar que ocurriera. Fue lo que yo me pregunté. De Chirinos siempre se comentó que abusaba de sus pacientes. Pero nadie lo enfrentó. Él no entendió la magnitud de su cargo como rector de la Universidad Central de Venezuela cuando dijo que había una generación boba. Y yo me pregunto: ¿Qué nos pasó que no lo sacamos del rectorado? ¿Dónde estaba la señora que no se indignó y le quitó el peluquín?

─¿A qué le atribuye el éxito del montaje?
El éxito siempre es un poco inexplicable. Por un lado creo que ha sido el libro, pero también sé que debe haber algo que sostenga la historia en las tablas. Es un espectáculo que ha ido creciendo con el espectador. Porque repetir es crear. Yo no me enajeno con un personaje, lo disfruto. No lo juzgo, lo interpreto. Yo no soy Chirinos ni me interesa. Una de las primeras cosas que hago al salir es bañarme.

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El debut de Héctor Manrique en el teatro fue en octubre de 1983, como actor y asistente de Juan Carlos Gené en una pieza de Ricardo Lombardi escenificada por el Grupo Actoral 80. Diez años después quedaría al frente de la agrupación.

Puede presentar varias piezas en cartelera al mismo tiempo. Las funciones se agotan para Monólogos de la vagina, pero también para Profundo, de José Ignacio Cabrujas, a quien le gusta citar cuando habla.

─¿Qué le interesa decir sobre las tablas?
Busco es entenderme a mí mismo, o procurar hacerlo. Porque así puedo entender lo que está alrededor también. Las obras no son un consejo, las que los dan son muy malas. Yo no hago un teatro para que pensemos iguales.

─¿Qué no se puede permitir jamás un actor?
Hacer un espectáculo en el que no crea absolutamente nada de lo que dice. Tú puedes interpretar al personaje más malo del mundo, pero tienes que estar de acuerdo con el mensaje de la obra.

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El país se le escapa a Manrique por todos lados. Cuando habla, cuando enciende un cigarro, cuando se le pierde la mirada. “El mundo en el que estamos es una insensatez. No puedo decir que soy feliz mientras miles de personas que viven en mi país hacen cola para comprar comida, mueren en los hospitales porque no hay insumos o las matan para quitarles un teléfono”.

─¿Ha sentido que es muy grande el peso de lo que quiere confrontar desde el escenario?
A veces me he preguntado qué sentido tiene todo esto. Yo me he comprometido mucho con lo que pasa en mi país, y he sufrido porque he perdido.

─¿Por qué sigue intentándolo?
Te voy a responder con una frase de Rimbaud que utilizó Pablo Neruda cuando se ganó el Premio Nobel de Literatura: “solo con una ardiente paciencia conquistaremos las espléndidas ciudades”.

─¿Sobre qué conversaría con su maestro Gené en estos momentos?
Como tantas veces lo hice, le diría: ayúdame a comprender esa vocación suicida que tienen nuestras naciones. ¿Cómo Venezuela, con todo lo que tiene, se ha convertido en esto? Es difícil de entender. A veces veo que la relación de los venezolanos con su país es descomprometida. Somos una sociedad encantable.

─¿Qué posee el teatro que lo hace perdurar?
El teatro ve al hombre en su dimensión. Sigue siendo el espacio donde más se reconoce. La diferencia con el cine y la televisión es que estos pretenden la masificación del mensaje y del pensamiento. El teatro no. El teatro es un espacio donde pretendes que el hombre se encuentre consigo mismo. Es esa pequeña luz.