Hernán Zamora: “El poeta recoge los sonidos de la vida”

Arquitecto y poeta, Hernán Zamora sabe de construir mundos. Con líneas y formas imagina los suyos a través de la arquitectura. Con letras y escenas dibuja otros con la poesía. Escritos a dos bandas, pasa a debutar de nuevo, ahora en las lides del libro digital

Hernán Zamora: “El poeta recoge los sonidos de la vida”

Hernán Zamora va sembrando memorias poéticas a futuro. Escribe y en el poemario naciente está la semilla del que vendrá. Y funda una colección de poesía para Amazon. Orfeado Insilio es el titulo elegido para iniciarla. El poeta sostenido por el mito de Orfeo ofrece su canto para estremecer la era digital.

Arquitecto, egresado de la Universidad Simón Bolívar en 1988, se ha dedicado también a la docencia como profesor de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela. Desde 1998, tiene una maestría en Diseño Arquitectónico (UCV, 2011) y un doctorado en Arquitectura. Las formas también las ha dejado plasmada en letras, en libros como Ser arquitecto. Argumentos para fundar una línea de investigación en arquitectura (Editorial Académica Española, 2011) y en revistas académicas como Argos (USB), Portafolio (LUZ), Tecnología y construcción (UCV-LUZ), A parte rei.

Pero más allá de las concreciones y los planos, Hernán Zamora hace poesía. Su primer poemario, Desde el espejo del baño (La liebre libre, 2000) obtuvo el XIII Premio de Poesía Fernando Paz Castillo que otorga el Celarg. Es también autor de La casa de las hormigas (El pez soluble, 2000), No somos nuestros (La nave va, 2002), Cantos cardinales (La cucaracha ilustrada, 2007) y A contrasombra, padre (Smashwords, 2012).

Cuando escribo imagino que converso con alguien de quien quisiera estar cerca o más cerca

Ahora Hernán Zamora inaugura una nueva etapa con su primer libro en formato digital, pensado para descarga y lectura en aparatos Kindle, o por impresión contra demanda directamente en Amazon. El primero de una senda que Oscar Todtman Editores inicia en 2020.

-Eres arquitecto. Escribes sobre arquitectura y reflexionas sobre darle forma a lo no creado. Eres poeta y te solazas en lo no creado para desarmar con el lenguaje aquello que has llamado «ese mismo mundo que, fatalmente, permanece inabarcable, inaprensible, inefable.» ¿Cómo llegas a la poesía?

-La poesía llegó a mí en tres momentos y desde entonces la busco. Un día, en la niñez de quien ya no soy, se hizo canto. Otro día, uno cualquiera en la medianía, se hizo oda elemental provenida de la mano de un amigo que elogiaba las sombras. La vez tercera llegó vestida de razón, engañándome; acarició mis ojos cerrados y sopló. Desciendo cada día presintiéndola, pero es en vano. Solo ella sabe lo que sabe y no soy yo quien lo decide. Mientras espero su llegada, su nueva llegada, entre vivir y no vivir, leo; en silencio.

-Un poeta escribió: «la mismidad no tiene nacimiento ni muerte, por eso la poesía no representa a la realidad…». ¿Qué es la poesía para ti?

-Con esta pregunta me siento en un salón de puertas cerradas. Ciertamente nada sé sobre el origen de ese yo que en cada uno de nosotros es; nada sé sobre su final -si hay un final-. Entretanto, estoy ante todas las puertas que me rodean y no logro discernir si están abiertas o cerradas hasta que, vencido el miedo, a alguna me acerco, escucho voces detrás de ellas y toco. A través de una llegué una vez a un patio donde hallé, en su centro, un pozo, desde el cual abrieron acequias quienes me precedieron. En el deseo de convertir ese pozo en fuente y regar ese onírico patio en el que nos encontramos, presiento la poesía.

-Tienes en tu haber una serie de poemarios, y un premio como el Fernando Paz Castillo. Has dicho que tu punto de anclaje poético es Eugenio Montejo, el poeta del poema cósmico ¿Cómo te sostiene Montejo?

-Creo que Eugenio Montejo es el paisaje en el que me presiento. «Estar aquí por años en la tierrano más lejos que un árbol, no más inexplicables…». Es la voz, la primera voz, con la que converso en silencio. Voz por la que me encontré en un lugar y pude comenzar a escuchar a los pájaros, interrogar a las piedras, creer en la vida por el murmullo de los árboles y las nubes escritas en el tiempo. Siento que Montejo es el padre de una familia en la que me reconozco.

Hernán Zamora

-Según leemos en el texto de presentación de esta colección de Oscar Todtman Poesía en Amazon, que abre tu poemario, incorporas a tu temática de la nostalgia por afectos de la infancia o la figura del padre la angustia ontológica. ¿Cómo nació este poemario?

-Creo que cada libro que he intentado surgió como una semilla que cayó de uno anterior y, como semilla, necesitó del tiempo fértil en el cual convertirse en brote hasta crecer y, quizás, desprenderse de él otra semilla que no sé si podré verbalizar. De un borrador de 39 grados de cielo en la tierra surgió en 2011 otro libro que aún no está plenamente formado; pero del que a su vez brotó Orfeado insilio en 2015. El poema «Descenso al Éstige» no pertenecía a ninguno de aquellos y fue el primero que me dio pie para pensar en otro libro cuando entró en resonancia con los dos poemas que Eugenio escribió a partir del mito clásico: «Orfeo» (de Muerte y Memoria, 1972) y «Orfeo revisitado» (de Alfabeto del mundo, 1986). Sentí el camino de Orfeado insilio cuando intuí que el personaje de «Descenso al Éstige» era ese condenado ser que «Viene a cantar (si canta) a nuestra puerta / ante todas las puertas. Aquí se queda…» y es un hombre cualquiera, solo, enfrentado a su final, quien Orfea «…sin para quién…», que «…paga en cantos su vida y jura a ciegas / que tras sus pasos un ángel musicante / va recogiendo los últimos sonidos».

En este nuevo poemario tomas el arquetipo de Orfeo, ese personaje trágico que baja al averno y con su llanto y sobre todo con su genio musical convence a Hades de devolverle a su amada Eurídice. Pero también aludes al insilio, que sería una fuerza opuesta al vagar sin rumbo de Orfeo que va ofreciendo de puerta en puerta -como diría Montejo- su canto, su sensibilidad desesperada ante un mundo inconmovible, instrumentalizado hasta el paroxismo. ¿Consideras al poeta como una suerte de condenado a vagar en una suerte de encierro apartado del mundo?

-Creo que el poeta es a quien se refiere Eugenio cuando imagina a un “ángel musicante” que, tras Orfeo, «…va recogiendo los últimos sonidos». El poeta es un ser musicante que recoge los sonidos de la vida para atesorarlos y ofrecerlos a quien, un día, quizás, los necesite. Ciertamente parece una paradoja que ese recoger los sonidos de la vida pueda plantearse desde el insilio. Lo que creo es que ese vagar del condenado en su encierro que señalas no lo aparta del mundo, sino que lo arroja a otro mundo, tan difícil de comprender como al que te refieres: el mundo interior; el adentro que cada uno de nosotros es. La vida ahí es la de las voces que resuenan en la caverna que somos: sus libros, sus recuerdos, los miedos que nos encadenan, nuestros sueños y deseos. Es Orfeo despedazado flotando en el río de nuestras imaginaciones y pensamientos. El milagro es que ese río, impregnado de él, también canta y la pasión que nos mueve es el deseo de escuchar ese canto, seguirlo, recuperarlo.

Entre el libro impreso y el libro en la pantalla casi es común la percepción visual, en cierta medida, mientras creamos encontrar coincidencias

-¿Qué te significa el insilio? ¿Una huída hacia dentro?

-¿Huir o pelear? No sé pelear; no sé luchar y nunca he querido aprender a hacerlo. Sí, el insilio puede ser interpretado como una huída, hacia dentro. Es también protegerse, resguardarse, cuando sabes que no hay otro lugar, otro paisaje, otro mundo en el que puedas ser. El país se me ha reducido a un puñado de cuadras en Caracas. Dicho así, parece que he perdido; que lo he perdido. Pero no es cierto: mis raíces provienen de Angostura, mi sangre huele a Guayana; yo respiré en Maturín, en Tucupita, en Cumaná y Carúpano; sentí el aroma de la sal en Barcelona, en Puerto La Cruz, en Pampatar, La Asunción, Juan Griego y Punta Blanca; fui abrazado en Macuto, recibí un beso en Maracay; dormí en Valencia, atravesé hacia otro tiempo en Santa Ana de Coro; soñé una noche en Mérida, me perdí en Puerto Cabello; sembré mi corazón en Maracaibo. Yo viví un país que ahora no puedo recorrer, pero que contemplé desde un balcón en San José, siguiendo los pasos de un gato sobre techos de tejas que se iban deshaciendo en mil recuerdos de palabras. Parafraseando a Caeiro, yo soy del tamaño del mundo que llevo dentro, no del que puedo trashumar.

-¿La poesía se siente acogida por las plataformas tecnológicas?

-Prefiero la lectura como un acto de intimidad y silencio. La lectura es solo una de las muchas formas en las que podemos encontrarnos con la poesía. El ser humano aprendió a leer sobre la piedra; sobre piel y huesos; sobre tablillas de arcilla, madera o metal; sobre rollos de fibras de bambú o de papiro; sobre láminas de papel impresas, plegadas, perfiladas, encartadas, engrapadas, cosidas o encuadernadas. Hoy leemos también sobre ventanas de vidrio que contienen luz eléctrica. La lectura sigue siendo, ante todo, un rito de intimidad y silencio que, a veces, compartimos en voz alta ante un gato o ante una concurrida asamblea. Las plataformas digitales son una alternativa contemporánea para ofrecer nuestro trabajo a quienes puedan desearlo o necesitarlo. Ha significado para mí una adaptación de mis experiencias estéticas a otras maneras de presentar las creaciones gráficas. Tener un libro impreso en las manos, sentir su peso, ojear su páginas, incluso sentir su olor y las pequeñas texturas que la tinta puede dejar sobre el papel, es una experiencia muy diferente a estar sentado dentro de una habitación ante una pantalla o con una pantalla entre las manos. Entre el libro impreso y el libro en la pantalla casi es común la percepción visual, en cierta medida, mientras creamos encontrar coincidencias en la expresión gráfica y, también, quizás, sea común la estancia en la que leemos, los sonidos que desde ahí nos acompañan, la bebida que nos da calor o alivio; pero es bastante diferente en cuanto a nuestra sensación táctil, háptica. Se trata de una experiencia estética diferente y eso es algo que he tenido que tratar de aprender.

-¿Cuál es tu lector ideal?

-No tengo un lector ideal, en cuanto a las implicaciones que se derivan de la noción de idea. Cuando escribo imagino que converso con alguien de quien quisiera estar cerca o más cerca. Escribir y leer son modos de conversar; desde una vivencia ácrona y dislocalizada. Como en la vida misma, cada texto es un trozo de conversación con alguien que quiero y conozco o a quien quisiera conocer. Mi primera lectora real, entre desayunos y faenas, siempre, es Jacqueline (Goldberg, también poeta) .