Historias de cárcel: pandemonio tras las rejas

Las historias de tres hombres, dos ex reclusos y un fugitivo solicitado por la justicia, sirven de cuaderno de bitácora para desmenuzar la siniestra realidad de las cárceles venezolanas. Un paseo por Yare, Tocuyito y el explotado retén de Catia desnuda las heridas, aprensiones y odios de quienes llevan la perpetua impronta del presidio

Los desmanes del héroe

José Enrique Moreno, alias “Cachete”, siempre “Cachete”, como lo apodan en los bajos fondos, fue recibido, en 2008, por Tapipa El Pueblo, Estado Miranda, de donde es oriundo, entre vítores y aplausos. Los niños en su inocente euforia se abalanzaban sobre él en tanto las mujeres, al son de una pachanga, prodigaban coqueteos y carantoñas. No era para menos. Había llegado, pringado de glorias y sangre, su salvador. La embriaguez de la jarana duró varios días acompañada de cervezas y zalamerías. “Hasta el consejo comunal me apoyó”, se envanece de orgullo José. Los juerguistas, aun cuando sospechaban las maneras libertarias de su ídolo, desconocían a ciencia cierta qué había ocurrido. En cambio, sí sabían que los cañones de “Mochoroco”, azote de barrio que diezmaba sus alegrías desde hacía mucho, se habían extinguido para siempre. “Mochoroco” armó unas huestes asesinas en 2007. Sus impunes rifles habían apagado los pulsos de más de 20 hombres de este poblado barloventeño, entre ellos un comisario del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) de la subdelagación de Higuerote, un teniente de la Fuerza Armada y el tío y mejor amigo de “Cachete”.

“Tenía a mi gente acoquinada. Hasta tal punto que, a las cuatro de la tarde, la comunidad hacía un voluntario toque de queda”, justifica Moreno. Incendiado de desprecio por quien le había arrebatado al entrañable de su niñez, juró sembrar la calma y procurar el orden y la paz con sus propias manos —ya que ni los sabuesos ni radares de la Brigada de Acciones Especiales del CICPC pudieron hallar en varias oportunidades la madriguera del delincuente.

“Pero me localizó el cuerpo policial y me propuso participar en una misión secreta para arrestarlo. No me negué. Mis informantes me habían dicho que se escondía en Caño Negro, otro pueblo de la zona, monte adentro. La operación fue de noche. Llegamos hasta su rancho. La policía me pidió abandonar el cometido. Que del resto se encargaría sola”, urde el plan diseñado. Sin embargo, hizo caso omiso. Penetró, junto a sus hombres, la espesura de la hojarasca y, aunque arrullado por el fragor de los grillos, emboscó a las secuaces de “Mochoroco”. “Yo asesiné al menos a tres. Pero liberé a mi pueblo”, pone José Enrique las balas sobre las íes: i de irracional, i de ignominioso, i de imprudente.

Todo cae por su propio peso. Cuando hubo concluido su “Campaña admirable” o su “decreto de guerra a muerte”, el Cuerpo Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas se lanzó a su captura. Aún hoy, fisga cada recoveco de la nación para aprehenderlo. “Estoy solicitado por los tribunales y Fiscalía. Me camuflo entre la gente común para pasar inadvertido”, musita para que no se enteren de su verdad. Prófugo es. Para rematar, en su billetera reposa una identidad falsa que usurpa. “Es el nombre y número de cédula de un pana. No lo expongo porque no me meto en rollos. Además, yo cambié. No es justo que por ayudar me quieran volver a encarcelar”, impugna lo que solo para él es un sinsentido.

“Cachete” apenas soplaba las 18 velitas de su mocedad cuando lo depositaron en la cárcel de Tocuyito, estado Carabobo. “Me dictaron dos años por robo a mano armada. Los suficientes para recorrer casi todos los penales del país por mala conducta. Yo conozco muy bien cómo se vive en ese infierno”, admite y sus ojos cansados de tanto huir traslucen su desamparo. “Adentro entendí los movimientos. Para todo hay códigos. ‘Comerse la luz’, es cometer un error o desliz con alguien. ‘Pagar la causa’ refiere a entregar la tarifa a los jefes para comprar armamento, trasladar camaradas o cualquier otro trance, en mi época eran 18 bolos. Esto es un súper negocio”, traduce la jerga carcelaria. Por eso, según asevera, ningún pran —así le llaman al jefe máximo de un retén cualquiera en Venezuela— suelta esa bicoca. Ingentes ganancias acumulan por la expoliación de los internos. “También aprendí en quienes confiar. Por ejemplo: ‘las brujas’, los trabajadores sin familia que se encargan del mantenimiento de los calabozos, no son de fiar, aunque entregan las caletas de drogas y los mandados. En cambio, en ‘la iglesia’, sí. La conforman los evangélicos. Ellos rezan y abogan por uno… Sirven de intermediarios con los más violentos. Los respetan. Es que el poder de Dios es tremendo”, exclama la oración con fe. Teje el resto del gobelino que alegoriza el bochinche intramuros: ‘Los luceros’, por su parte, son los escoltas y manos derechas de los superiores. Y, por último, la Guardia Nacional Bolivariana. El gran cáncer. Los soldados y militares venden y meten las armas en conchupancia con los custodios”.

“No me quiero entregar. Tengo una mujer y siete hijos que atender y cuidar. Me merezco un chance. Me he portado bien. Estuve trabajando en el zoológico de El Pinar, pero por no comprometer a mis jefes renuncié. Quiero ir a la universidad, estudiar derecho y regresar a mi casa”, enumera las metas que jamás conquistará por su conducta criminal. Y su pueblo lo espera. Sigue allí, quietecito. Con el mismo calor de costumbre que barre sus polvorientas callejuelas y con la sempiterna pobreza que destiñe las sonrisas de sus habitantes. Aunque lejos, en su delirio se proclama: “El Libertador de Tapipa”.

pandemonio-en-la-carcel

Las brujas de Yare

Cuando Enderson hubo franqueado el portón de Yare I, cárcel en el estado Miranda, el vértigo de una desgracia en ciernes apuñaleó su estómago y resignación. Como no contaba con un camastro, sorteó la primera noche, con el alma en vilo, tendido en ese suelo salpicado de sudores, secreciones y barro. A su derredor, los resuellos y ronquidos, de aquellos que acostumbraron el olfato a los tufos de excrementos y comida descompuesta, velaban sus sollozos y plegarias. Supo entonces que la costra de narcotraficante que blindaba su voluntad se rompería en mil pedazos y lo desnudaría en esos pasillos en los que gobernaban, con autocrático mando, la trampa, la abyección y la infidencia. Desposeído, y sin más refugio que la oración, la valentía que lo empujó a traficar cocaína —y por la que le engarzaron las esposas y una pena de ocho años de reclusión— se eclipsaría hasta un nuevo aviso. “Me metieron en el piso uno, donde están las ‘brujas’”, desliza quien, para esta entre-vista, adoptó una identidad falsa so pretexto de escabullirse de su pasado. Mas, su pasado lo persigue. Lo hostiga.

Un mes después, con la cabeza siembre abajo, un grupo de tres irrumpió en el pedacito de su tierra. “Estaba profundo. En la tarde había tenido un encontronazo con alguien que me exigía el pago por usar un baño. Como no tenía plata me enfrenté”, desgaja mientras los regateos y sandungas de los buhoneros de la Plaza de La Candelaria, al frente de la Avenida Urdaneta, Caracas, atizan los recuerdos de la única vez que respingó su bravura. Ese coraje que incendió su carácter pendenciero, no obstante, lo sentenció a la peor de las agresiones. Los hombres, entre improperios, lo zurraron a punta de patadas y trancazos hasta hacerlo sangrar. Como colofón de la tragedia, corrompieron, en nefandas embestidas, sí, en palos y palos, su fortaleza masculina. “Me violaron uno a uno. No podía defenderme. Me tenían sujeto y con una pistola en la frente. Hubiera preferido mil veces que me dispararan”, tartajea y comprime el llanto.

Desde ese momento pasó a ser una “bruja”. “Son aquellos prisioneros que no tienen para cancelar las vacunas que obligan los pranes o jefes de bandas”, se avinagra en la medida que despatarra su confesión. Desde 1998 hasta 2003, confinó sus silencios, fiebres y clamores detrás de las rejas. De acuerdo a la pirámide u orden de Yare, esta casta está subyugada por el ominoso látigo de los caudillos y mandamases. Es, asimismo, la encargada del aseo de los pabellones y barracas. Estos “ilotas” modernos limpian, barren, friegan, cocinan y, en el peor de los casos, hasta se entregan en favores de hembras. “Son las sirvientas sin dignidad. La violación es un escarmiento y señal para todo aquel que intente rebelarse. Por corolario, es una manera de decirle al resto de la población que los abusados no son hombres y por eso no pueden sino servir”, explica con entonación académica el ex director de cárcel La Planta Ciro Camerlingo.

“Pero eso no es todo. Vi cómo a un muchacho, luego de que lo violaran, lo hicieron sentar sobre una hornilla ardiente para marcarlo como a una vaca”, vuelve amurallado en su hosquedad Enderson. “Nunca hablo de esto. Acepté esta entrevista por el pana que te contactó y te dio mi teléfono. Yo le debo una. Desde que me concedieron el beneficio, que gané por buena conducta, me propuse olvidar. Quiero formar un hogar pero me ha costado. Te engañaría si te digo que no siento odio. Deseo que se mueran los tres malditos que me malograron. Nunca pensé que esto me sucedería”, concluye. Atrás quedaron los tiempos en los que correteaba y danzaba en Cotiza, su barrio natal. Atrás, los días de hastío, penas y privaciones que lo empujaron a escamotearle a su destino una racha de buena suerte, como osó llamarla, vendiendo cocaína a costa no solo de su seguridad, sino también de la salud de miles. Hoy solo le queda resentimiento, humillación y, por supuesto, los antecedentes que manchan su hoja de vida.

“La leyes y la sociedad me cobraron con creces mis faltas. Es mentira que te limpias o redimes adentro. No existe ni un solo plan que ayude a uno a enfrentar la calle luego de la prisión. En mi caso, yo la dejé con un hambre feroz de vengarme por todo el daño que me hicieron. Adentro, solo los más fuertes o los que tienen mucho billete salen ilesos. Mira lo que ocurrió con el pran de El Rodeo II”, ‘El Oriente’, como lo llamaban, hasta con miles de millones en los bolsillos se fugó. En cambio, los que tenemos nuestras manos como único medio para sobrevivir, somos sometidos a la vejación…”, se calla y, mientras se pierde entre la muchedumbre, el repiqueteo de una última frase se diluye en la barahúnda de la Av. Urdaneta. “Hay cosas que no se pueden comprar ni reparar con dinero, mi hombría, por ejemplo”.

pandemonio-3

La marca de la muerte

En su celda, cada noche, durante los nueve años que Argenis Sánchez desafió a las Parcas en el extinto retén de Catia, hasta el trajín de los ratones, el zumbido de las moscas y los vientos de invierno quebraban su frágil sueño. “Dormía con un ojo abierto y otro cerrado”, alude con verbo amodorrado. Cuando dormitaba en un descanso trémulo, agarrado no un rosario sino a un puñal debajo de la almohada, en tanto los demás reos emponzoñaban sus odios y conjuraban felonías, la pesadilla, que hasta hoy lo arrebata, confirmaba su trauma de la infancia. Entonces se veía de cinco años, junto a su hermanita de tres, escondido debajo de la cama y tiritando de miedo. Al frente, su papá, ciego por el ron que inflamaba su locura, golpeaba, a puño cerrado, a su mamá. “En mi casa conocí la violencia. Esas cuatro paredes me tatuaron mi cruz o sentencia de muerte. Mi futuro, mis esperanzas, mis anhelos me los destruyeron mis padres”, suscribe Argenis que detenta un grueso prontuario delictivo. Sí, la marca que raya su pecho no se enjuaga con agua ni con lágrimas. Mucha sangre mancha su nombre, que para muchos está proscrito de las puertas de San Pedro. “No. En la tierra yo pagué mis delitos…”, se repite, a guisa de mantra, luego de haber pagado condena, desde 1991 hasta 1999, por los cargos de homicidio calificado con ordinal 99, o sea: continuado. Aspira una bocanada y retoma el cabo suelto. “Y en el cielo Dios perdonó mis pecados”, se persuade y se desembaraza de culpas. “Porque todos tenemos una oportunidad. Ahora soy un hombre… de bien”, lo jura por el Viejo Testamento y por el bautismo evangélico que recién recibió, a pesar de que, sin conmiseración, enlutó a más de quince madres.

“Asesiné a muchos”, zanja sin aspavientos de falso arrepentimiento y continúa: “No sabía lo que hacía. Estaba poseído por el espíritu del mal. Comencé a trabajar cuando cumplí los 14. A los meses, decidí renunciar y con la liquidación —era de tres millones de bolívares— compré un revólver y 40 gramos de bazuco. Así empezaron mis fechorías. Poco tiempo después, atraqué a una señora y para celebrar iba a la playa con unos amigos. Cuando estaba esperando, afuera de la casa de uno de ellos, me tropecé con un chamo con el que tenía una culebra”, discurre en caló delincuencial Argenis. O sea: tenía un problema con otro delincuente. Sin vacilar, accionó el gatillo una y dos veces. Calló su oponente. Al ver que de su cuerpo manaban borbotones de rojos huyó, pero no se amilanó. Al contrario, infundió el terror en el barrio 24 de Julio de Petare. Drogas, armas, exterminio y más exterminio lo sumieron en un abismo sin luz que lo jalonaría finalmente a Los Flores de Catia —una de las cárceles más peligrosas de país. Hoy explotada.

Ahora que está a punto de pisar el umbral de los 40, los días de horror aletean, sin embargo, en su memoria. No ha podido arrumbar en el rincón del olvido los gritos de llanto y dolor de quienes exhalaban, al ras de sus talones, un último aliento. Las nítidas imágenes de un infierno prendido relampaguean, como una descarga eléctrica, en sus ojos negros y cansados de ex convicto. “Fui testigo de las atrocidades más espantosas. Observé cómo desmembraban a un hombre y cómo sus restos fueron echados en los basureros. Presencié, además, la masacre de Los Flores”, zumban en sus oídos los disparos que musicalizaron la famosa fuga de 1992, que sumó a más de 500 fallecidos. Decenas y decenas de cadáveres se apiñaban en las esquinas del penal. Los montículos de carne descompuesta poblaron de desolación y mortandad los pabellones que, el 17 de marzo de 1997, estallaran, dinamita mediante, por órdenes del entonces presidente Rafael Caldera. “Claro, Catia no era como las penitenciarías de ahora. Antes no existían pranes ni el orden recaía en un solo jerarca. Eras tú con tu honor. Yo viví una época sin armas ni bombas. Todo el mundo era indio. No había caciques. Tampoco se pagaba por nada… En aquel momento cada cual luchaba por su vida a punta de chuzos. Las peleas se dirimían sin plomo. Eso no significa que era menos peligrosa. Al contrario, éramos una parranda de alzados que, por una mala mirada, nos lanzábamos al ataque”, rememora su pasado que no se distancia mucho de la realidad actual de las prisiones venezolanas. “Claro que no. Sufríamos de los mismos males: retardo procesal, agresiones, hacinamiento, enfermedades como sida y tuberculosis. Sabes ¿por qué? Las cárceles han sido la papa caliente de todos los presidentes. Los penados somos los muertos vivientes. Los olvidados… Nadie se acuerda de nosotros”, se mete en el mismo saco para de defender con contumacia lo que siempre será: un ex presidiario.

Por eso fundó la ONG Liberados en marcha —en virtud de todos aquellos que, al cumplir castigos, no saben cómo reinsertarse en la sociedad. “Soy un canal de ayuda para otros. La fundación ofrece un trabajo preventivo. Cuenta con planes sociales, culturales y deportivos. No creo en esa teoría que reza que los presos nos morimos malandros, drogadictos o asesinos. Yo, junto a otros miembros, soy la prueba y ejemplo. Por cierto, alcé el espacio con fondos que salieron de El Rodeo. Los hermanos cristianos desde adentro me mandaban donaciones para que construyéramos, ladrillo por ladrillo, la residencia que nos alberga. Se puede cambiar y esta casa abre su amor”, extiende los brazos que dejan mostrar sus indelebles cicatrices de puñaladas. Sí, las mismas que, fieles, lo acompañarán hasta el día de su sepelio.