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Historias de la represión: heridos, enfermos y muertos

Casi 60 días de protesta han dejado víctimas fatales, heridos de gravedad y hospitalizados. Sus historias dan cuenta de la represión infligida por los cuerpos de seguridad del Estado a los manifestantes que repudian el gobierno de Nicolás Maduro. El miedo, el lamento, la desgarradura que arde y supura, sin embargo, no detienen a quienes juraron rescatar la democracia

Historias de la represión: heridos, enfermos y muertos

Este martes 30 de mayo de 2017 Venezuela cumplirá 60 días de protesta. La fecha quizá se iguale con el mismo número de personas fallecidas. La muerte es ruidosa. Pero hay otra cifra que se agazapa detrás de ella, más silenciosa. Sigue allí, en sigilo, como una sombra: se trata del número de heridos. Oficialmente, según el Ministerio Público, habría 1.000 personas lesionadas, de las cuales 771 son civiles y 229 funcionarios policiales y militares.
Las alcaldías de Baruta, Chacao y El Hatillo manejan otros datos. Incluso advierten que sus cálculos podrían tener un subregistro, pues no todas las personas afectadas durante las manifestaciones acuden a los puestos de atención primaria. Hasta el sábado 27 de mayo se contaban 1.941 heridos entre los tres municipios. La mayoría de ellos recibidos en Baruta, donde solo el sábado hubo 87 —41 de ellos por bombas lacrimógenas, 27 por asfixia, 10 por cuadros de ansiedad, cinco por perdigones, tres esguinces y una fractura.
Salud Baruta advierte que la tendencia de las agresiones ha cambiado con los días. Al principio, la mayoría eran asfixiados, debido a la inhalación de gases. Ahora ingresan por impacto de perdigones y otros proyectiles: esferas, metras y balas.
De seis testimonios que se recogen en este reportaje, solo dos entrevistados ofrecieron su nombre y su apellido. Otros dos siguen en cuidados intensivos, batiéndose por seguir con vida. La quinta historia se apagó mientras alguien la contaba; y la sexta es anónima —los involucrados tienen mucho miedo de declarar. En algunos casos, el terror llega más profundo que un disparo de plomo. Todos ellos, anónimos o no, son víctimas de la violencia por rebelarse contra el gobierno de Nicolás Maduro.
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“Escuché disparos que sonaban como metralletas”

Augusto Sergio Puga Velásquez quería comer dulce el miércoles 24 de mayo. No tuvo tiempo. El estudiante de Enfermería del núcleo de la Universidad de Oriente (UDO) de Ciudad Bolívar protestaba ese día, junto a otros jóvenes, contra la convocatoria a una Constituyente realizada por el presidente Maduro. En tanto consignas y reclamos rebullían un grupo de la Policía del estado Bolívar ingresó al campus universitario, en una operación tipo comando. Esa tarde recibió un disparo en la cabeza. Lo mató.
Así lo relata fray Luis Antonio Salazar, capellán del Hospital Ruiz y Páez de la entidad, quien se encontraba en el Edificio del Decanato de la UDO acompañando a los manifestantes. “Ellos nos habían dicho: ‘¡Dulces, padre, dulces! ¡Tráiganos dulces!’ A eso de las 4:00 pm, gente de la Iglesia y yo les estábamos llevando chupetas y caramelos. También pan con mortadela. Nos habían pedido comida. Cuando llegamos para entregárselas, escuché disparos que sonaban como metralletas. Empezaron a masacrarlos. Era la Policía de Bolívar. Hubo diez heridos, dos de ellos de gravedad: uno por disparo en el abdomen y otro en el cráneo”, se lamenta el religioso.
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Alrededor de las 7:30 de la noche, Salazar narraba lo que había vivido esa misma tarde del miércoles 24 de mayo. Aunque el pronóstico de salud de Augusto Puga era reservado, todavía formaba parte de esa imprecisa lista de heridos surgida tras 54 días de protesta. A minutos de concluir la entrevista, realizada vía telefónica, el sacerdote llamó para informar que el chico había fallecido. “Cuando yo llegué al campus en la tarde los mismos muchachos me dijeron: ‘váyase de aquí’. Les habían disparado a quemarropa. Muchos de ellos estaban adoloridos, porque tuvieron que saltar una cerca y cayeron sobre el asfalto. Salí de allí. Tenía que dar una misa. En el camino vi cómo soltaban a los muchachos que estaban retenidos en el Parque Ferial, donde queda la manga de coleo. Pasé también por un edificio cercano a la Gobernación de Bolívar. Allí un funcionario de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) me abordó. Me dijo que él también era hijo de Dios, que quería saber, que le explicara, lo que estaba pasando. Dijo que la gente le gritaba: ‘¡Asesino!’ y él no entendía por qué”, comentó Salazar.
Pero esa supuesta liberación de los chamos, no se repitió en el Comando 82 de la GNB, donde al menos 17 de ellos permanecían desde el martes 23 de mayo al mediodía por haber protestado en el sector Tijuana. El fray capuchino añadió que la bala que mató a Puga entró por la parte posterior del cráneo y salió por la frente, como puede verse en un video difundido por las redes sociales: “Nunca había visto nada similar. Cuando cerraron RCTV yo estaba en Caracas, en una manifestación frente a la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Allí hubo disparos pero nada como esto. Parece una guerra. Es horrendo ver morir a estos jóvenes. Ellos están armados, sí, pero con piedras, bombas molotov y escudos de latón. Solo eso”.
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Francotiradores y civiles armados
El lunes 22 de mayo hubo un punto de quiebre en la dinámica de protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro. Para ese día estaba pautada la Gran Marcha por la Salud y la Vida, en la que pacientes, médicos, defensores de derechos humanos, representantes de ONG dedicadas al área y ciudadanos en general, pretendían llegar al Ministerio de la Salud para solicitar la apertura de un canal humanitario. Una vez más se les impidió el paso por la autopista Francisco Fajardo.
Imágenes y videos difundidos en las redes muestran cómo una “ballena” de la GNB lanza un potente chorro de agua contra uno de los profesionales de la salud que intentaba dialogar con los agentes y lo lanza al piso. A las 2:56 de la tarde el usuario @joaogoncalvesvp escribió un tuit denunciando la presencia de francotiradores sobre el edificio del Centro Internacional de Educación y Desarrollo (Cied), ubicado en La Boyera.
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David Smolansky, alcalde de El Hatillo, subió un video en Twitter 45 minutos después. Denunció que un sujeto vestido de civil disparó con un arma de fuego desde la misma edificación, en la Avenida Intercomunal La Trinidad-La Boyera, espacio fronterizo entre los municipios Baruta y El Hatillo. Al parecer lo hizo contra los manifestantes que allí se encontraban.

Fuentes extraoficiales indicaron que al menos tres heridos de bala fueron atendidos en el Centro Médico Docente La Trinidad esa tarde. Además de los disparos realizados desde el antiguo edificio de Pdvsa, hubo lesionados en el casco histórico de Baruta. La policía municipal aseguró que no manejaba detalles de lo ocurrido. Alega que no tiene facultades para intervenir en asuntos de orden público.
En la clínica privada reinó el terror. Nadie quiso declarar ni explicar la procedencia de los heridos. Extraoficialmente se supo que allí fue atendido un menor de 16 años de edad. Este recibió una bala en su brazo izquierdo. Aunque no tuvo orificio de salida, no causó mayores consecuencias. El paciente fue dado de alta. Andrés Eloy Viso, de 20 años de edad, fue lastimado en el abdomen. Su bala tampoco tuvo orificio de salida, pero no comprometió órganos vitales.
La herida más grave la recibió José Ramírez, de 22 años de edad. La bala que impacto en su pierna izquierda le fracturó la tibia y el peroné, además de romperle vasos sanguíneos importantes. Al parecer el disparo fue presuntamente provocado por un arma de alta potencia, por cómo quedaron los tejidos.
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Un experto que prefirió omitir su identidad explicó que los proyectiles de alta potencia son de calibres mayores a 38 milímetros. Son de baja velocidad pero con alto impacto, tienen mucha energía. En cambio, los de alta velocidad, usualmente entran y atraviesan la mira, el objetivo. “En los casos de las balas contra el brazo del menor y el abdomen de Viso, no salieron porque quizá el tiro venía de muy lejos. Al perder velocidad se terminaron alojando en el organismo. En contraste, el disparo realizado con el arma de alta potencia contra Ramírez produjo destrozo de tejidos. Una vez que entró, fue arrastrando todo hacia afuera. Pudo haber sido una escopeta o un fusil”, indicó.
La periodista Vanessa Moreno, del portal web Efecto Cocuyo, informó que el joven de 16 años de edad fue herido a la altura del edificio del Cied. Mientras que José Ramírez recibió el impacto en el propio pueblo de Baruta, donde, al parecer, se produjo un enfrentamiento entre encapuchados que pretendían quemar las instalaciones del Centro de Diagnóstico Integral, CDI, y funcionarios de la GNB que cuidaban esa sede.
Esperando una señal de Oscar
“¡En Altamira había un muchacho que estaba verde, como trancado, no podía respirar! Creo que le dieron en el pecho. ¿No lo trajeron para acá?”, preguntó una periodista a sus colegas, reunidos en la entrada de la sede de Salud Chacao el jueves 18 de mayo; pero allí no estaba Oscar Antonio Navarrete, el joven por el que empezaban a preguntarse los comunicadores sociales.Navarrete, de 18 años de edad y estudiante de quinto año de bachillerato, fue trasladado a un centro de salud privado. Una semana después todavía seguía allí, en Terapia Intensiva.
 
Génesis Ruiz, su hermana mayor, informó que apenas ha abierto los ojos, pero sigue sin realizar movimiento alguno. Esto como consecuencia del presunto disparo de una bomba lacrimógena que le lanzó la GNB, cuando protestaba en las cercanías de plaza Altamira.
Oscar vive en Guarenas con su tía Ninette Ruiz. De su papá no se conocen detalles. Su mamá vive en el oriente del país. Ese día, estaba convocada una marcha para llegar al ministerio de Interior, Justicia y Paz. Oscar resolvió subir a Caracas para apoyarla. Se vino sin avisar.
 
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A las puertas de la Emergencia de la clínica esa noche Ninette contaba que ella se había enterado de lo ocurrido a su sobrino, gracias a llamadas telefónicas de amigos. La noticia se supo, luego de que una fotografía de la cédula de identidad del muchacho se retuiteara infinidad de veces, pidiendo la presencia de los familiares en el centro de salud.“Los médicos nos dijeron que la bomba le pegó en el pecho, como por el costado izquierdo. Esto le provocó una arritmia en el corazón y también le afectó el pulmón. El impacto hizo que tuviera dificultades para respirar y llegó a perder la conciencia”, informó la tía.
Los vigilantes de la clínica fueron mucho más gráficos al momento de detallar la situación. De manera informal, uno de ellos comentó que Oscar había llegado gracias a un motorizado quien, junto a un acompañante, procuró salvarlo: “Él estaba como la manga de mi camisa: blaaaaanco y si no hubiese sido por la reanimación y los golpes que le dieron en el pecho, ese chamo no reacciona. Él llegó sin signos vitales y volvió a nacer aquí”.
Su primo Leibert Reyes fue más discreto. Estaba sentado a un ladito de la entrada de la Emergencia. Es un joven alto y moreno, de trato sencillo y amable. Contó que su primo es un muchacho “tranquilo, alegre, jodedor y demasiado chistoso”. Solo estudiaba y escuchaba música. No se metía con nadie. La hermana añadió que en Guarenas “la gente está como dormida y por eso él se venía a protestar a Caracas”.
Hasta ahora sigue conectado a un respirador artificial. El jueves 25 de mayo dejó de estar sedado pero su comportamiento seguía siendo el mismo. Génesis dijo que los médicos pensaban hacerle una traqueotomía, para evitar que se le dañaran las cuerdas vocales. No tiene más detalles para compartir, o por lo menos ni ella ni su madre quieren ofrecerlos. Cuando uno le pregunta a Elizabeth, la mamá de Oscar, por la salud de su hijo, ella dice que solo quiere que se levante, que salga de allí. Pero si uno conversa con la hermana y le suelta el: “¿Cómo lo ves?” Ella responderá: “Sinceramente mal”.
“Me dieron un metrazo en la pierna derecha pero no voy a dejar de salir”
Ese mismo jueves 18 de mayo otro Oscar fue herido e igualmente por los alrededores de Altamira. Su apellido es Serrada, de 22 años de edad, recibió un disparo de metra por la parte trasera de su pierna derecha. Fue atendido en la sede de Salud Chacao, de donde salió caminando y con una venda manchada de rojo. “Estaba en el Distribuidor Altamira, como a 30 metros de la Guardia Nacional. En una de esas me volteé a la derecha y me dispararon por la parte de atrás de la pierna. Sentí un frío y me toqué. Creí que era una bala. Subí caminando hasta el edificio de la Torre Británica y de allí me trasladaron hasta acá. Todavía tengo la metra alojada allí. Me explicaron que no la pueden quitar pues dañarían el músculo. Tengo que esperar que salga solita, que el músculo la rechace”, explicó el joven.
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Serrada, estudiante del séptimo semestre en la carrera de Comercio Exterior en la Universidad Alejandro Humboldt asegura que los uniformados están cometiendo abusos de poder al dispersar las manifestaciones con metras. Se pregunta cuál sería su suerte si le hubieran disparado en la cabeza. Se responde a sí mismo: “¡Me hubieran matado pal coño!”
A pesar del riesgo que corrió, Oscar asegura que no abandonará la calle: “No voy a dejar de salir. En la unión está la fuerza. Mientras no salgamos todos, no se logrará nada. Mi parte la estoy haciendo. Creo que es hora de que cada uno se pregunte qué está haciendo por su país».
“A Oriana la salvó su pelo”

Oriana Wadskier sigue en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Miguel Pérez Carreño, del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales. Ella es la estudiante de Medicina, 25 años de edad, que fue arrollada por una camioneta el martes 9 de mayo, cuando protestaba pacíficamente en Calabozo estado Guárico.
No nació en los llanos. Es de Valencia. Solo que unos amigos la habían invitado al Guárico, justamente para alejarla de las manifestaciones, a las que acudía sin falta. Ese martes llegó temprano a la redoma de Los Frailes. Allí se reunirían los productores del campo para elevar su rechazo al gobierno nacional que, según creen, ha incidido con políticas erradas en el descenso de las siembras en la región. También estaban algunos médicos y ciudadanos comunes que deseaban drenar su malestar.
El grupo resolvió detener el tráfico cada cierto tiempo y explicarle a quienes iban en la vía los motivos del llamado. Testigos que estuvieron en la convocatoria relatan cómo sucedieron los hechos. Ninguno quiere ofrecer su identidad. Temen represalias, en vista de lo que le pasó a Oriana: fue atropellada delante de todo el mundo y a plena luz del día, por el solo hecho de cargar una bandera amarrada a su cuello.
La propia Oriana no recuerda bien qué pasó. Lo cierto es que de acuerdo a las fuentes, el choque no provocó fractura alguna. Sí perdió buena parte de su cuero cabelludo, pero no masa encefálica como se especuló semanas atrás. En lo inmediato se encuentra estable de salud y sigue recuperándose. Tiene un edema cerebral producto de los golpes recibidos y quemaduras de segundo grado en la espalda, las piernas y el brazo derecho. Su piel quedó blanquecina, como pelada, tras ser arrastrada 81 metros por la carretera. A pesar de esto aseguran que no se encuentra en estado vegetal.
¿Cómo sucedió todo? Uno de los asistentes a la manifestación dijo que Oriana fue una de las primeras en llegar y en anudarse la bandera de Venezuela al cuello. En su cartel se leía la palabra Libertad. Era una protesta con pocas personas, quizá no más de 300, y allí estaban como a 100 metros del destacamento de la Guardia Nacional de Calabozo. Cerca también de la policía municipal.
Al parecer, a media mañana, llegó un camión Encava y una camioneta. Esta última escoltaba al camión, que supuestamente transportaba carne: “Nosotros les hacíamos saber a las personas el porqué de la protesta. Lo más invasivo que hicimos fue rayarle los vidrios a los carros, pero ellos lo permitían. En una de esas se bajó un hombre de la camioneta exigiendo que le abrieran el paso y le gritó al conductor de ese carro: ‘¡Arranca esta mierda!’ Así pasó. El carro arrancó y se llevó entre 20 y 30 personas por delante. Oriana estaba distraída, mirando hacia otro lado. Le daba la espalda a la camioneta”, discurrió el testigo.
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Otra persona también presente en la manifestación admitió que jamás pensó que el chofer arrastraría a tanta gente: “Yo escuché pan, pan, pan, pan, pan. Era el choque de la camioneta contra los manifestantes. Se llevó como a 20 personas. Cinco de ellos heridos más Oriana, la de mayor gravedad. Ella no se quitó. Seguro ni se dio cuenta. Entonces el carro se la llevó por delante, y ella cayó de lado. Iba arrastrada por la camioneta y su cabeza rebotaba entre el caucho y el pavimento. El cabello de Oriana era larguísimo y se enrolló entre el caucho y el cardán. Entonces, como estaba enredado, el caucho no rodaba sino que deslizaba. A Oriana la salvó su pelo”.
“La gente le empezó a gritar: ‘¡Coño, párate, párate!’, y el carajo como que se dio cuenta de que iba arrastrando a una persona”. Aseguran que el cabello se fue quedando en la carretera y cuando el carro finalmente se detuvo, Oriana quedó debajo. La gente abrió la puerta del vehículo rápidamente. Eran tres personas: una mujer y dos hombres. Salieron huyendo. Dicen quienes allí estuvieron que no hubo chance de agarrarlos. Uno de los hombres huyó hacia la policía. El otro se fue corriendo hacia el parque, y de la mujer nadie sabe nada.
“Cuando vimos la gorra debajo de la camioneta confirmamos que era ella. Empezamos a empujar el carro para poder sacarla. Le cubrimos la cabeza con la bandera que ella cargaba en el cuello para evitar que sangrara más. Estaba consciente. Pidió que la cubrieran, que no quería que la vieran así. Ella misma se bajaba la franelita”, detallan quienes allí la vieron. Luego fue llevada al hospital de Calabozo, donde la familia tuvo que comprar hasta las suturas y las gasas porque no tenían. Después la trasladaron al hospital de San Juan de los Morros y ocurrió lo mismo. Nadie explica las razones de su hospitalización en el hospital Pérez Carreño. Algunas voces aseguran que son las mejores instalaciones del país en cuanto a Unidad de Cuidados Intensivos se refiere.
No se descarta que se trate de una mínima atención frente a semejante perjuicio: la camioneta que la atropelló pertenece al Instituto Venezolano de los Seguros Sociales. Algo que ahora Oriana no recuerda.
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“La Guardia Nacional nos seguía lanzando bombas dentro del Guaire”
Una semana antes de perder un trozo de cráneo, Andrés se comprometió con su novia Andrea. Se nota que quiere casarse con ella. Durante toda la entrevista la nombra sin siquiera darse cuenta y si ahora ella no está físicamente en la entrevista, es porque se ocupa de Pita, una perra de raza Beagle que está a punto de parir.
Andrés Simón Guinand Montalva es un arquitecto de 28 años de edad. El 19 de abril decidió ir a marchar junto a su prometida, Andrea Brandt, y los padres de esta para rechazar la convocatoria oficial a una Constituyente. El grupo salió de Altamira y cuando tomó la autopista Francisco Fajardo estaba lejos de ir en la vanguardia. A la altura de Bello Monte se encontraba a unos 400 metros del piquete de la GNB. Andrés creyó que las lacrimógenas jamás lo alcanzarían.
“Veía las bombas a lo lejos y los chamos valientes que las devolvían. En algún momento la Guardia empezó a repeler con bombas y a los 20 minutos se fueron con todo. ¡Pum, pum, pum!, se escuchaba; pero esa ruta fue terrible. No había por dónde dispersarse. A la derecha había una calle pero hubiera tenido que saltar al vacío para llegar hasta ella. A la izquierda estaba el Guaire y si te volteabas había una multitud de personas detrás de ti, como el metro a la hora pico”, recuerda su odisea.
Junto a su novia decidió saltar a un terreno baldío al lado del río Guaire, justo donde están los pilares que sostienen la autopista. Pero hasta allá llegó la represión, la saña. Los explosivos caían a los pies de decenas de personas que caminaban en fila india tratando de huir del horror. A los minutos la pareja quedó atrapada entre el humo tóxico. Se fueron hacia el río para tomar un poco de aire. Allá los siguieron atacando.
“No podíamos seguir caminando por la pendiente de la vía porque era demasiado inclinada. Empezamos a cruzar el río. No era tan hondo. En el centro nos llegó hasta la cintura. La GNB nos seguía lanzando bombas, incluso mientras íbamos cruzando el río. Luego de pasarlo nos encontramos con el mismo problema de la pendiente. Entonces vimos que un chico se quitó los zapatos y empezó a subir el trecho en medias. Empezamos a imitarlo pero allí éramos un blanco fácil. Éramos como diez, parecíamos un paredón. Hasta que me pegaron: ‘Me dieron’”, dije; relata.
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Quiso pararse y no pudo sostenerse de pie. No sentía las piernas. Un desconocido lo volteó y lo dejó mirando al cielo. La novia, mientras tanto, llamó a unos paramédicos de vía rápida que justo pasaban por allí. Ellos bajaron en rapel y le dieron los primeros auxilios: le colocaron una venda en la cabeza, le pusieron un collarín y lo acostaron sobre una camilla, para poder sacarlo de allí. Guinand asegura que todavía a ese nivel le seguían disparando.
Andrés fue llevado a una clínica. Allí lo bañaron, le hicieron una tomografía y cuando le estaban cosiendo unos puntos en la cabeza le indicaron que tenían que operarlo enseguida: el impacto le había ocasionado la fractura del hueso parietal. Probablemente el pedazo afectado estaba contaminado tras su paso por el río. Los médicos decidieron hacerle una craniectomía parietal —eliminar una parte del cráneo— y una limpieza quirúrgica de la fractura hundida y contaminada.
La idea de la operación era buscar que se desinflamara el cerebro de Andrés, para que él pueda recuperar completamente la sensibilidad de sus extremidades. A los pocos días de la intervención no podía leer ni siquiera un mensajito por el celular, mucho menos ver televisión, manejar o trabajar. Ahora las puntadas sobre su cabeza permiten reconocerlo públicamente. Él saluda con sencillez. No puede agitarse, debe descansar.
“Me quitaron un pedazo de hueso en el cráneo del tamaño de una pelota de golf. Ahora debo esperar al menos seis meses para que me coloquen ese trozo que me falta. Luego de la operación tendré que esperar un tiempo más hasta que se desinflame el área. Ojalá que cuando esté recuperado no necesite ir a marchar. De lo contrario, volvería a la calle. Lo repetiría todo de nuevo. Quizá ahora solo me ponga un casco. De resto, lo viviría todo igualito. No me arrepiento de lo ocurrido pues lo que pasó no fue culpa mía. Yo tenía que estar allí y apoyar la manifestación, algo necesario para salir de este gobierno que poco a poco ha ido pudriendo al país. Tenemos que jugarnos esta carta. Protestar es una de las pocas cosas que aún nos quedan”, sentencia.]]>