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Islandia y Montejo

He aquí la crónica de viaje de un excursionista que no sabía de Islandia más que era y es tierra de volcanes y dioses vikingos. Paisajes oníricos que bien Hollywood ha sabido llevar al celuloide. En su mochila, además de las ansias de descubrir lo que capturara Tolkien, llevaba una botella de ron maracayero y un poema que azuzó el periplo. Rimas del más grande poeta de Venezuela: Eugenio Montejo, quien cumpliría sus 77 años este 19 de octubre

Islandia y Montejo

Apolonia abrió el falso libro y reveló un compartimiento secreto que escondía una botella de Brennivin. “Muerte Negra”, le llaman los locales. Tiene un sabor anisado y quema. Es aguardiente, la bebida universal. Sonrió y levantó el libro para enseñármelo. Ella daba una vuelta por el duty free para probar las tarjetas de crédito, mientras yo trataba de atajar la señal del wifi gratis del aeropuerto. Apolonia, por supuesto, no es el nombre de mi esposa. Es un sobrenombre, un chiste interno, por su parecido a la primera señora de Michael Corleone. La que lo hizo enamorarse de Sicilia. La que muere asesinada por Fabrizio, el guardaespaldas traidor. Tétrico, pero divertido.

Con la precaria intensidad del wifi, típica de aeropuertos, solo pasaron dos emails. Una invitación de Linkedin —descartada inmediatamente— y un correo de un amigo, que en son de broma y coincidencia, me enviaba un poema de Eugenio Montejo que se había cruzado esa misma mañana: “Islandia”. Leí la primera línea, “Islandia y lo lejos que nos queda…”. De eso no había duda. 16 horas de vuelo y tres escalas. Al levantar la mirada, me encontré a mi esposa con sonrisa de pirata, y las bolsas con el botín en las manos: “¡funcionan!”.

Nuestro anfitrión nos esperaba fuera de la terminal. Einar es periodista para uno de los canales de televisión del Estado, recientemente le habían dado la conducción de uno de los programas de entrevistas más importantes de la isla y por esto la mayoría de la gente en la calle le reconoce.

Adiós a la oscuridad, el sol de las 11 de la noche ardía muy por encima del horizonte. El aeropuerto se encuentra en el sitio de una vieja base aérea estadounidense, en un inmenso desierto de roca volcánica. A lo lejos, pueden divisarse grandes columnas de humo blanco de una de las plantas de energía geotérmica más grandes del país. La mayoría de la electricidad de Islandia proviene de energía limpia. Cerca de las fumarolas, se encuentra una de las piscinas de aguas termales más famosas del mundo, Blue Lagoon: el nombre es un cliché absoluto, pero solo al ver el azul eléctrico de sus aguas se entiende que no podían llamarse de otra manera. Perfecto para pasar una resaca —como de hecho lo hicimos un par de días después. Mientras nos desplazábamos por la autopista, una vez despejados del paisaje volcánico, y aproximando las verdes lomas de Reykjavik y su arquitectura de Ikea, me hundí en el poema de Montejo por primera vez.

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“Islandia y lo lejos que nos queda,
con sus brumas heladas y sus fiordos
donde se hablan dialectos de hielo”.

Al llegar a casa de nuestros amigos, cerca de la medianoche, nos esperaba un festín a la parrilla. De todo menos carne de res, que es una exquisitez en la isla, pues no hay ni una vaca. Los islandeses consumen, principalmente, lo que producen. Sus vidas son gobernadas por un sentido común abrumador. Nuestros amigos son una pareja de jóvenes exitosos: Helga, la esposa de Einar, es decano de la escuela de derecho de una importante universidad del país. Viven con su hija en un apartamento cómodo, pero justo con lo que necesitan. Dos cuartos, un baño y una buena sala. Sin excesos.

Además, los islandeses son imbuidos con una capacidad épica de contar historias. Quizás el idioma les ayuda. Incluso Jorge Luis Borges quedó prendado de aquella veloz lengua de chasquidos y melodías harmónicas —tanto que llegó a estudiarla profundamente. La forma en que los islandeses hablan y estructuran sus oraciones contiene una solemnidad muy particular, que se cuela incluso cuando hablan otros idiomas.

Existe entre esa gente un especial respeto por la palabra, por las historias, así sea que relaten sus sagas vikingas, canten sobre guerreros y pescadores, o cuenten chistes sobre criadores de corderos. Entendimos sin mayor sorpresa, por qué de aquél punto en el Atlántico —con tan solo 320.000 habitantes— había salido un Nobel de Literatura: Halldór Laxness, 1902-1998.

El tour de agencia de viajes —que lo hicimos en un día— incluye una vuelta al círculo de oro: Gullfoss, las poderosas cascadas que han servido de paisaje épico para distintas producciones de Hollywood; Geysir, una visita al geyser original y; Thingvellir, el lugar que los primeros habitantes de la isla utilizaron como su primer parlamento, uno de los más antiguos del mundo. Einar nos contó que, por una mística casualidad, ese pequeño valle de piedras donde se dictaron las primeras leyes es el sitio donde se encuentran las placas continentales. O más bien, donde se desencuentran, pues cada vez se separan un poco más. Se puede ver claramente a nuestra América unos metros más arriba que Europa. Ahí queda Islandia, atrapada entre dos continentes.

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“Islandia dibujada en mi cuaderno,
la ilusión y la pena (o viceversa)”.

La noche islandesa —noche, desde luego, es un decir— reveló a los vikingos que habíamos estado buscando desde que llegamos. Los habitantes del pequeño país se toman muy en serio sus rumbas. Reykjavik se camina en menos de 45 minutos, pero tiene un boulevard dedicado exclusivamente a bares y discotecas que cruza todo el centro de la ciudad. Los lugareños, confiados en su seguridad personal, empujan y se abren paso a discreción. Beben literalmente hasta que dan con el suelo. Al preguntarle a nuestros amigos ¿Qué hacen con toda esta gente? Nos explicaron que alrededor de las 9:00 am pasa la policía, los despierta y, en algunos casos, hasta los llevan a sus casas.

Compartimos un par de cenas en Fish Company y Grillmarket, dos de los mejores restaurantes de la ciudad. En una misma mesa reunieron gente de derecha —derecha de verdad, no la que existe en Venezuela— con sus íntimos amigos de izquierda, bebiendo y comiendo, para agasajar a sus invitados expertos en dictaduras caribeñas. Divertimos a todos sacando cuentas de lo que había costado la comida en nuestra moneda. Hacia arriba de bolívares a dólares a euros, para bajarlo a Coronas, y luego de regreso, de euros a dólares a bolívares. Cuando comentamos nuestra sorpresa por el monto del IVA —23% para restaurantes— todos, hasta la férrea derecha —que es derecha de verdad, no la que existe en Venezuela— nos explicaron que era necesario para soportar el sistema de seguridad social nórdico. Pagan casi 60% de sus ingresos en impuestos, pero no pagan nada en hospitales y educación de primera línea.

Islandia tiene uno de los elementos fundamentales para que funcione el socialismo: una población con la capacidad y disposición de pagar impuestos.

Luego, en una nota sombría, Einar nos contó, con un tanto de vergüenza, que con la ola de productos financieros de mediados de la década pasada, Islandia se había convertido en una suerte de hedge fund orgánico para Inglaterra. En consecuencia, los islandeses abandonaron sus profesiones habituales para dedicarse al mercado financiero. Tuve un flashback distópico con lo que ocurrió en Venezuela con las permutas de bonos. Luego, con la crisis financiera de 2008 el sistema bancario del país se desplomó e Islandia quebró. Pero el gobierno, distinto al estadounidense, no otorgó “bailouts” —no había plata para eso. Los bancos quebrados se liquidaron y se fundaron nuevas instituciones. Entonces, el dinero volvió a apestar. Esto es, apestar a pescado. Con la pesca como punta de lanza, en un par de años el país se había recuperado. “Imagínate, importamos el pescado, lo vendemos en dólares o euros, y cuando lo traemos, por lo devaluado de la moneda, hacemos una ganancia cambiaria”. Luego de este comentario de mi amigo, dicté cátedra.

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“Esta contradicción ecuatorial
de buscar una nieve
que preserve en el fondo su calor,
que no borre las hojas de los cedros”.

Nos zafamos, por fin, del tour de folleto. Y fue ahí, donde hizo la diferencia haber viajado con locales. Iríamos a una cabaña que solo podía utilizar gente ligada a la familia de Helga. Nunca entendimos cómo se identificaban con sus primos, pues no tienen apellidos. Por ejemplo, el apellido de la hija de Einar es “hija de Einar” —Einarsdottir. En alguna oportunidad vimos a nuestro amigo sacar un descuento de un paquete turístico porque el vendedor era su primo y él no lo sabía. Nos imaginamos que la presentación debió ser algo sacado de la prosa Edda: “Buenos días soy Einar, hijo de Thorstein, hijo de Ragnar, hijo de Skaffi, hijo de…”, hasta llegar al pariente común.

Apolonia quedó postrada al ver que la cabaña quedaba —íngrima y sola— en una sabana frente a un salto de agua impresionante que la trasladó a Canaima. Al día siguiente, saldríamos de excursión. Einar explicó la ruta: “Primero debemos atravesar Thorsmork hasta llegar a la entrada de Godaland, caminaremos y es ahí donde entraremos al cráter del volcán”. Después de esa descripción era imposible rechazar el ofrecimiento de aventura. Entiéndase, Thorsmork significa “Bosques de Thor” y, Godaland, “La Morada de los Dioses”. Debíamos subir por los “Bosques de Thor”, cruzar “La Morada de los Dioses”, para luego bajar al Eyjafjallajökull, el impronunciable volcán que hace pocos años hizo erupción y cerró todas las vías aéreas que comunicaban Europa y América. “La subida tarda alrededor de cinco horas y para regresar son tres más”, me dijo Einar viendo a Apolonia. “Es como subir el Ávila, Sabas Nieves, dos veces”, le mentí a mi esposa con ternura.

El chofer del SuperJeep que nos acercó al pie de la montaña era un gordo pelirrojo muy conversador. Nos explicó que solo había dos cosas que no se le podían decir a un islandés: que sus caballos son ponys —por su baja estatura— ni que sus bosques son arbustos. Este último dato es increíble. En Islandia no hay árboles. O al menos que lleguen más alto que el pecho. El simpático hombre se despidió con una advertencia: “no bajen de noche, esos peñascos tenebrosos que ven allá atrás son troles convertidos en piedra por la luz del día”. Al llegar a la cima agradecí la referencia a Tolkien —quien hizo varios viajes a Islandia cuando escribía El Señor de los Anillos—, entre las la tierra todavía caliente por la última erupción y las fumarolas disparando vapor y un fuerte olor a azufre, no había duda que habíamos llegado a Mordor.

La última noche antes de regresar a la ciudad, la pasamos en Álsey: un pequeño islote en las Vestmann Islands al sur del volcán que habíamos coronado. Lo único sobre la isla es una cabaña que se utiliza por cazadores de puffins. El puffin es un simpático pajarito que parece la mezcla entre una guacamaya y un pingüino. Los islandeses comen —con conciencia— todo lo que se mueve en sus tierras y su mar. Álsey está reservada solo para los cazadores miembros de una asociación que más bien asemeja una tribu. Tuvimos que pedir un permiso especial para que dejaran desembarcar a las mujeres. Luego de una tarde atrapando —para estudio— y liberando puffins, nos relajamos con unos tragos y la imponente vista del volcán Katla. Terminamos una botella de ron Santa Teresa que había llevado bajo el brazo y tuvimos que rematar con shots de lo que solo podría describir como miche de aleta de tiburón. No dormimos. Bebimos y cantamos canciones de marineros mientras el sol bailaba a nuestro alrededor hasta el día siguiente.

Decretamos a Islandia y Venezuela como dos hermanas que no se parecen, pero que nadie, nunca, dudaría que son hermanas. Una con la tierra más joven del mundo y la otra con la más antigua.

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“En este sol de mi país
que tanto quema
el que me hace soñar con sus inviernos”.

Eugenio Montejo había subtitulado mi viaje desde el principio. Necesitaba saber ¿por qué Islandia? ¿La habrá estudiado? ¿La habrá conocido? Pasé días con estas preguntas martirizando mi cabeza hasta que la intriga encontró su camino hasta la puerta de un amigo poeta. “Habla con Alexis Romero en la librería Templo Interno”, me dijo. Entonces, me acerqué al cómodo sofá de Alexis en la librería que regenta en Centro Plaza. “Eugenio no estaba escribiendo sobre Islandia, no se trata sobre la nieve que allá hay, es sobre la nieve que no tenemos aquí. ¿Entiendes la diferencia?”.
Montejo termina el poema con el más bello regalo. Al despedirse de aquella pequeña isla huérfana, despojada de árboles, promete cubrir sus fiordos con bosques de palmeras. La promesa de algo que no tienen y que ellos creen les hace falta.

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“Nunca iré a Islandia. Está muy lejos.
A muchos grados bajo cero.
Voy a plegar el mapa para acercarla.
Voy a cubrir sus fiordos con bosques de palmeras”.

-Eugenio Montejo (1938-2008)

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