La Bonanza hiede a secuestros

La banda de “El Buitre” operaba en el vertedero ubicado en los Valles del Tuy, desde donde amasaba fortunas en dólares gracias a secuestros y extorsiones. Dos balaceras con la PNB diezmaron sus filas y la desactivó, por ahora

La Bonanza hiede a secuestros

El olor espanta a humanos y atrae a zamuros. Quienes hacen vida en el vertedero de La Bonanza , sin embargo, han superado el asco al hedor y se han acostumbrado a su impacto. Algunos ya no lo huelen. Pero en el lugar hay más que desperdicios y buscadores de fortuna entre la basura. En el relleno sanitario que atiende a Caracas, ubicado en los Valles del Tuy, una banda tiene su centro de operaciones.

Hay basura, sí. Mucha. Maloliente. Pestilente. Pero también hay un modo de vida. No allí subsisten los llamados “pepenadores”, quienes se hacen una vida a partir de desechos ajenos, sino que los maleantes de la banda de “El Buitre” manosean muchos billetes, tanto marrones venezolanos como verdes estadounidenses. Forma parte de los ritos que cumple la banda de secuestradores que opera en el lugar.

La empresa Cotécnica es la encargada de administrar el botadero, un área de 180 hectáreas de extensión que cada día procesa cuatro millones de kilos de desechos y recicla 800.000 kilos mensuales, provenientes de Caracas y varias poblaciones del estado Miranda, según informa en su página web. Para ello, cuenta con las labores de 70 empleados en un espacio de terreno sin custodia policial desde que la Policía Metropolitana desapareció, la Policía Nacional Bolivariana (PNB) nunca asumiera el control del lugar. La Guardia Nacional no traspasa el perímetro.

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Muchos menos integrantes tiene la banda de “El Buitre”, especialmente luego del pasado 21 de octubre cuando la cotidianidad del relleno sanitario se vio interrumpida por una balacera. Ese día, una comisión de PNB arribó al vertedero para tratar de capturar a los delincuentes que amasan fortunas entre la basura, con La Bonanza como centro de operaciones. Ninguno quiso caer al llamado de la ley.

“Estaban dispuestos a matarnos”, cuenta un oficial de policía que participó del operativo en el que los uniformados enfrentaron a 15 hombres armados con fusiles, granadas y armas automáticas. Un arsenal. Hubo fuego cerrado, corrió sangre. El funcionario recuerda haber sentido miedo y haber visto pasar, como dice el cliché y las películas, su vida frente a sus ojos. “Pensé que iba a morir”, dice al afirmar que los nubarrones de la memoria también recuperaron buenos recuerdos.

Aún cuenta la historia porque no fue suya la sangre que salpicó la tierra, ni su cuerpo el que cayó al suelo que oculta años de basura compactada. Pero la historia no puede ser relatada por José Narciso Mujica Martínez, de 33 años y oficial jefe de la PNB, quien cayó gravemente herido al recibir el impacto de una de las tres granadas que lanzaron los antisociales. Su muerte no fue instantánea. Fue peor. Los delincuentes lo acribillaron a con armas largas hasta hacerlo exhalar su último respiro. “Nos rodearon y disparaban con fusiles, era una batalla campal. Nosotros tenemos la preparación para el contraataque y por eso logramos salir airosos, aunque con una baja lamentable”, detalla el uniformado de la Dirección Antiextorsión y Secuestros (DAES) de “la Bolivariana”, quien prefiere ocultar su identidad para relatar el suceso.

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Los uniformados mostraron la preparación de su entrenamiento, única ventaja ante el maximizado poder de fuego de los maleantes. Pero todo tiene su final, incluyendo las municiones de los criminales que los hicieron comenzar a retroceder. La opción era adentrarse en la suciedad, montaña de desperdicios adentro, para escabullirse de las autoridades. La huida no fue exitosa para cinco de ellos.

“De los 15 delincuentes que eran solo quedan nueve, porque cinco fueron ultimados ese día del enfrentamiento”, detalla el policía. Tres de los caídos fueron identificados como “Cari Cari”, “Carroñero” y “Cara de perro”, sus sobrenombres. Los otros dos fallecidos no pudieron ser precisados por falta de documentos.

Las pesquisas no terminaron ahí. En otro punto de la Gran Caracas, con menos hedor y lixiviados, la policía halló a un sexto integrante de la banda de “El Buitre”. Hasta Artigas acudió una comisión de uniformados bien armados para capturar a “René”, quien se resistió y terminó muerto. Su nombre de pila era Renato Alfredo Peña Virriel, de 29 años, aunque al momento del enfrentamiento portaba una cédula de identidad forjada. “Todos residen o residían en los barrios El Ciprés de Las Adjuntas y en sectores de Caricuao. Usan La Bonanza para fraguar los secuestros, de resto se mueven en Caracas”, explica el funcionario del DAES.

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Modus operandi

Tanto la Policía Nacional Bolivariana como la Policía Municipal de Cristóbal Rojas conocen a la banda de “El Buitre”, un grupo que operaba desde La Bonanza donde, entre montañas de basura y en un rancho improvisado y sin lujo alguno, se dedicaba al tráfico de droga, los secuestros y extorsiones, además de realizar los contactos con víctimas para lograr liberaciones a cambio de grandes sumas de dinero. Su rango de acción es externo al vertedero, pero puertas adentro del terreno también los pepenadores debían cumplir órdenes so pena de ser execrados del basurero o poner en peligro su vida.

Cuando la PNB llegó al lugar, de hecho, seguían la pista de un “pago controlado” por un rapto que estaban investigando, siguiendo la pista de la localización georeferencial del rastreo telefónico.

Sus víctimas eran, la mayoría, conductores de transporte público y de carga pesada que circulaban por las carreteras y autopistas que bordean la región mirandina (la vía Charallave-Ocumare y la Autopista Regional del Centro). Los secuestros se negociaban con los familiares, contactados vía celular, a quienes se les exigía entregas de sumas de dinero en dólares para garantizar la liberación. Pero también su red incluía el pago de vacunas en divisas por parte de comerciantes de los Valles del Tuy, a quienes extorsionaban regularmente. Era la costumbre: la búsqueda de “los imperiales”, como le llamaban a los billetes del país del norte. Según registros policiales, no se les conoce el homicidio de alguna víctima.

La Bonanza llegó a parecer un estacionamiento informal. Unidades de transporte público, camiones y hasta vehículos oficiales fueron llevados al relleno sanitario. El negocio incluía el secuestro de personas, pero también de automóviles. Allí los “enfriaban” o negociaban los rescates. La liberación era costosa, y mientras las víctimas o sus familiares tardaban en cancelar las cantidades exigidas la cuota podía ir en aumento. Todo era una operación comercial, con todo e intereses de mora, cuando correspondían. Una condición que buscaba garantizar a los maleantes una manera de obtener dinero lo más rápido posible.

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El dinero, sin embargo, se iba rápido. “Ellos tienen un parque de armas especializado donde exhiben fusiles M-16, sub ametralladoras MP-5, granadas y armas automáticas calibre 9mm. Se gastan el dinero en eso, porque no tienen lujos, sus casas son ranchos o con muchas deficiencias, y tampoco tienen vehículos de lujo en su poder. El delincuente de este tipo vive para las fiestas, el alcohol y la droga, no viajan ni acomodan a sus familias. El mundo ilícito es así, superficial y corto de tiempo”, confirma el policía especialista en este tipo de bandas delictivas.

Por ahora, la banda está “de reposo”. Sus integrantes aún vivos permanecen “enconchados” al saberse buscados por las autoridades y diezmados en aquella confrontación armada. “El Buitre”, el líder, no ha podido ser capturado en ninguna delas tres ocasiones que la policía ha estado cerca de “ponerle los ganchos”. Ni siquiera este miércoles 9 de noviembre cuando una comisión de 90 funcionarios de la PNB ingresó en la tarde al relleno sanitario con el objetivo de capturar a quienes aún quedaban cometiendo delitos.

Tres de ellos se toparon frente a frente con los uniformados y comenzaron a disparar. Fue un intercambio duro, sonoro, una balacera en toda regla. La pólvora olía más que la basura. Fue lo último que respiraron Yorman José Tovar, alias “El Chino Cojo”; Jesús Gregorio Guzmán, de 16 años, alias “el Fresa”; y un tercer jovencito que no fue identificado. Heridos primero, muertos después, no les dio tiempo de avisar a sus compañeros.

Inadvertidos los otros seis maleantes, y con las manos en la masa -una víctima de secuestro amarrada de manos y pies dentro de una camioneta Chevrolet Pick Up beige- se dirigían por la carretera hacia el basurero. Eran seis cuando entromparon La Bonanza y se encontraron con decenas de patrullas, un despliegue policial completo. El miedo los invadió, el deseo de resguardarse de las balas que seguramente saldrían de cañones humeantes amparados por a ley. Y emprendieron la huida, a pie, deseando perderse entre los desechos, aprovechando las montañas artificiales. Pero los policías fueron preparados, y ya tenían tomado el lugar. Por eso lograron «neutralizarlos», a punta de plomo.

Los delincuentes cayeron todos heridos, y fueron trasladados a un centro de salud de los Valles del Tuy donde uno a uno fueron muriendo. Las fichas policiales dejaron asentados a los caídos como José Celestino Clavo Macadan, de 43 años, apodado “El Administrador”; Jesús Alberto Ruiz Villarroel, de 29 años; dos malandros conocidos como “El Memín” y “El Virolo”; además de un tercero indocumentado conocido como “El Plateado”. Todos tenían armas de fuego automáticas en su poder. El secuestrado fue identificado como Freddy Díaz Moreno, de 65 años, y está a salvo. «El Buitre», por ahora, también.

Combatir el delito y el miedo

Familiares y allegados de Renato Alfredo Peña Virriel conocían sus andanzas. Sabían que trabajaba en La Bonanza hacía diez años, que en ocasiones duraba hasta un mes inmerso entre la basura y el delito, para luego volver a su casa en Artigas, donde vivía con su esposa y otros familiares de ella. Las horas y los días en ese hogar los pasaba encerrado en una habitación, sin despegarse de la computadora con conexión a Internet. Según el relato postmortem, era una manera de “El René” de limpiar su reputación entre vecinos al mantenerse como un sujeto sin malas juntas, y a la vez de buscar posibles víctimas de secuestro y extorsión en la red. Es la versión que también manejan los cuerpos de seguridad.

“Ese hombre ni salía, tuve muchos problemas con él y con mi familia por su culpa. Yo sabía que estaba en algo raro. A veces creen que uno se chupa el dedo”, confesó Henry González, tío de la esposa del sujeto el día que la policía “le cayó” en su casa.

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El allanamiento en Artigas llegó sin que los residentes imaginaran que sucedería. El miedo evita que se produzcan denuncias y la banda de “El Buitre” se especializó en imprimir verdadero terror psicológico a sus víctimas y familiares. La amenaza era clara: la muerte. “Siempre insistimos en la necesidad de denunciar los casos, porque solo así podemos trabajarlos y desmantelar estas bandas”, insiste el funcionario a sabiendas que sus palabras se enfrentan a la cruz de la desconfianza que los uniformados cargan en la opinión pública.

A La Bonanza acudió la PNB justamente porque algunos valientes –cansados de seguir “pariendo” dólares- decidieron llevar el caso a las autoridades. Eso sí, fue una denuncia anónima la que logró tal resultado parcial. Aún quedan nueve delincuentes en la calle, o un poco más, dice el policía. Asegura, no obstante, que todos ya están plenamente identificados, reseñados y casi localizados. “Solo pedimos un poco de paciencia, porque hay que ser estratégico con estas bandas criminales que hoy usan un vertedero y mañana pueden usar un alcantarilla para refugiarse y actuar».