La deconstrucción de la democracia del "peligroso" Aleksandr Dugin

Tildado por algunos como el filósofo más peligroso del mundo y por otros como el cerebro de Putin, Aleksandr Dugin ha saltado las fronteras de Rusia para volverse un personaje discutido en el mundo. En estos tiempos en que los nacionalismos ganan popularidad y la identidad es permanente objeto de discusión, sus críticas contra la democracia que torna tantas voces en contaminación sónica son cada vez más leídas. Para Dugin, el liberalismo es una estafa, y es en las tradiciones que comparten una comunidad, que la cohesionan, donde está el modo de gobierno al que hay que apostar

Dugin es profesor de la Universidad Estatal de Moscú y asesor de personajes importantes de la política rusa y su ejército: es, quizás, el epítome del intelectual orgánico que teorizó Antonio Gramsci. Sus tratados contra la globalización se corresponden ideológicamente con la Rusia que apoya movimientos escépticos sobre la inmigración y gobiernos caudillistas que se basan en fuertes componentes étnicos. Ante lo que ocurre en Estados Unidos, se ha mostrado a favor de Donald Trump.

Lo que viene es una traducción de su ensayo The Deconstruction of Democracy, publicado originalmente en junio en la website de Arktos, la editorial que publica sus libros en inglés. Luego de contactar al pensador por Facebook, recibimos su permiso para usar este tratado de platonismo político. Más que avalar lo que dice, creemos que poner en cuestión nuestro entorno y nuestros principios es una tarea permanente; que ponernos al día con lo que se discute en el resto del globo es un deber.

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La deconstrucción de la democracia

por Aleksandr Dugin
(trad. de Carlos Egaña)

El concepto de “democracia” no es neutro ni se explica por sí mismo

Hoy la democracia no se puede discutir de forma objetiva. No es un concepto neutro: detrás de la “democracia,” como régimen político y su correspondiente sistema de valores, están Occidente, Europa y Los Estados Unidos. Para ellos, la “democracia” es una forma de secta secular o una herramienta de dogmática política. Por ende, para ser aceptado plenamente en Occidente, es necesario por defecto estás “a favor” de la democracia. Cualquiera que lo ponga en cuestión es excluido del campo de la corrección política. Se tolera una oposición marginal; pero si es más que marginal, la democracia ajusta sus máquinas de opresión contra sus alternativas como lo hacen todo régimen, toda ideología y toda religión.

No es posible hablar de “democracia” imparcialmente. Por eso es que en discusiones sobre la democracia debemos decir de inmediato si estamos completamente a favor o en contra de ella. Respondo con extremo candor: estoy en contra de ella, pero solo estoy en contra de ella porque Occidente está a favor de ella. No estoy preparado para aceptar algo sin pensarlo y sin crítica alguna, tan solo por fe, incluso si todo el mundo lo cree, y sobre todo si va acompañado de una amenaza oculta (o evidente).

¿Sugieres que confío en mi propia razón, no? Comienzo por el hecho de que la razón me aconseja rechazar todas las sugerencias [predlozheniy, ofertas, propuestas]. Un esclavo convertirá hasta la libertad en esclavitud, o al menos en puercadas, y una persona libre jamás será en esclavo, ni siquiera usando grillos. Desde que fue esclavizado, Platón no se volvió menos Platón ni se sintió menos libre, mientras que pronunciamos el nombre del tirano Dionisio con desprecio. Entonces, ¿cuál de los dos es el esclavo? En cualquier caso, como dice un manual popular de análisis técnico, “la mayoría siempre se equivoca.”

Solo esta distancia crítica en relación con la “democracia” provee un campo para su comprensión conceptual. Ponemos en duda la “democracia,” en cuestión, la retamos como dogma. Por ello ganamos el derecho a la distancia, pero solo de un modo en que podemos conseguir un resultado válido y bien fundamentado. No creer en la democracia no significa ser su oponente. Significa no ser su cautivo, estar bajo su hipnosis y su sugerencia. Comenzando desde tal descreimiento y tal duda, es enteramente posible que concluyamos que la democracia es algo valioso o aceptable, o tal vez no. Deberíamos razonar de la exacta misma manera sobre todas las demás cosas. Solo eso es filosofía. No existe la evidencia a priori para un filósofo. Es exactamente igual para un filósofo político.

Vale la pena recordar que la democracia no es un concepto que se explica por sí mismo. La democracia puede ser aceptada o rechaza, constituida o destruida. Hubo sociedades espléndidas sin democracia y detestables con democracia, pero también hubo lo contrario. La democracia es un proyecto humano, un constructo, un plan, no el destino. Puede ser rechazada o aceptada. Eso significa que necesita una justificación, una apología. Si no hay apologías para la democracia, esta perderá su sentido. Una forma no-democrática de gobierno no debería ser tratada como la evidentemente peor. La fórmula del “menor de los males” es una triquiñuela propagandística. La democracia no es el menor de los males…, tal vez ni siquiera es un mal, o tal vez sí. Todo demanda una reconsideración.

Solo desde estas dos presunciones podemos examinar la democracia con cuidado. No es un dogma, su imposición solo causa su rechazo, y tiene alternativas posibles, efectivas y totalmente relevantes.

Elevarla a un dogma y negar sus alternativas cierra la misma posibilidad de un discurso filosófico libre.

Demos en “democracia”: la etimología de Aristóteles

Volvamos hacia la etimología de la palabra “demos,” pues “democracia” significa “el gobierno del demos.” Esta palabra suele traducirse por la palabra “narod.” No obstante, en griego había bastantes sinónimos de la palabra narod: “ethnos,” “laos,” “phule,” etc. “Demos” fue uno entre ellos y tuvo connotaciones específicas. Inicialmente, “demos” describía habitantes, es decir, personas que vivían en un territorio concreto y bien definido. Mientras las ciudades se expandieron, estos territorios comenzaron a dividirse dentro de la ciudad, como las regiones de hoy o los extremos de la ciudad de la vieja Rusia [gorodskiye kontsy], así que los habitantes de una y otra región se llamaban “demos.”

En el Diccionario etimológico indoeuropeo de Julius Pokorny, notamos que el “demos” griego viene de la raíz indoeuropea dā (*dǝ-), que significa “dividir” o “separar.” Con el formante «mo-» se compone el “demos” griego, y con el formante “lo-“ se construyen el alemán teilin (dividir) y el ruso delit’.

Entonces, en la misma etimología de “demos” se hace referencia a algo dividido, cortado en fragmentos separados y ordenado en un territorio específico. Lo más cercano en ruso es la palabra que se usa por población [naselenie], pero para nada narod, pues narod implica una unidad lingüística y cultural, una comunidad con una esencia histórica y la presencia de cierto destino. Una población (teóricamente) puede manejarse sin eso. “Población” se refiere a cualquiera que se ha asentado o ha sido asentado en un territorio dado, pero que no está conectado a esa tierra por sus raíces o por la marca de ciudadanía [es decir, hay tres nociones distintivas aquí: pertenecer por las raíces, pertenecer por el mero hecho de estar asentado y pertenecer a través de la ciudadanía].

Aristóteles, que introdujo el concepto de “democracia,” lo veía con una negatividad extrema, tomando en cuenta todos estos matices griegos de su significado. Según Aristóteles, la “democracia” y la “ley de la calle”, la “oclocracia (ley del populacho)” son lo mismo, pues la población de una región cívica consiste en todo el mundo sin distinción. Aristóteles se opone a la “democracia” como la peor forma de gobierno no solo comparada con la monarquía y la aristocracia, que corresponden al gobierno de uno o de los mejores, cosas que en contraste mira positivamente, pero también con la “politeia” (del griego “polis,” “ciudad”). Como la “democracia,” la “politeia” es el gobierno de muchos –no de todo el mundo sin distinción, pero de los calificados, el gobierno de ciudadanos concienzudos que se diferencian de los demás por indicadores culturales, genealógicos, sociales y económicos. La politeia es el autogobierno de los ciudadanos de la ciudad, cimentado en tradiciones y fundaciones. La democracia es la agitación caótica de la turba rebelde.

La politeia supone la presencia de una unidad cultural, una base histórico-religiosa y cultual común entre ciudadanos. La democracia puede establecerse sobre una colección arbitraria de individuos atómicos “distribuidos” en sectores aleatorios.

Es cierto que Aristóteles conoce otras formas de gobierno injusto además de la democracia: la tiranía (el gobierno de un usurpador) y la oligarquía (el gobierno de un grupo cerrado de sinvergüenzas ricos y corruptos). Todas las formas negativas de gobierno están interconectadas: a menudo, los tiranos dependen precisamente de la “democracia,” así como las “democracias” suelen gustar a la oligarquía. La integridad, tan importante para Aristóteles, está del lado de la monarquía, la aristocracia y la politeia. La división, la fragmentación, la atomización están del lado de la tiranía, la oligarquía y la democracia.

Las fundaciones metafísicas de la democracia: las hipótesis del Parménides

Demos la vuelta hacia las fundaciones metafísicas de la democracia. Para esto, elaboraremos sobre el Parménides, un diálogo platónico. Es costumbre distinguir dos tesis y ocho hipótesis en sus páginas. La primera tesis afirma lo Uno. Siguen cuatro hipótesis (es cierto que los neoplatónicos agregaron una quinta, pero eso no es crucial ahora). La primera tesis sobre lo Uno y las cuatro hipótesis que le siguen pueden ser aplicadas a la descripción de una república [gosudartsvo, la palabra usada para traducir el diálogo de Platón titulado República en español; gosudartsvo puede significar Estado en un sentido estricto o, como en Platón, régimen en un sentido lato] basada en jerarquías, que parte de la idea, el principio más alto. El mundo construido sobre la afirmación de lo Uno está construido desde la cima hasta la base, desde lo Uno hasta lo mucho. Lo mismo es cierto sobre la república, que reproduce la estructura del universo. A la cabeza de tal república están los monarcas y los sacerdotes, servidores de lo Uno. Tal monarquía sagrada es un modelo del cosmos y una base para el ordenamiento de la república [gosudarstvennogo ustroystva] de forma simultánea. La tesis sobre lo Uno y las hipótesis que siguen describe para nosotros el espectro de modelos políticos de una sociedad tradicional, donde el principio de integridad, la autoridad y la naturaleza sagrada del poder, y la ley divina predominaban.

El sociólogo Louis Dumont llamaba tal acercamiento basado en la primera tesis y las cuatro hipótesis “holismo metodológico;” después de todo, el entendimiento de la sociedad está basada en la convicción en su naturaleza orgánica, integral.

La segunda tesis en el Parménides, y las segundas cuatro hipótesis, parten de la afirmación de lo Mucho en vez de lo Uno. Aquí, sobre la base de la perspectiva del mundo, no yace la unidad, sino la pluralidad, el atomismo, el juego de fragmentos. Esta perspectiva lleva a una perspectiva atomista del cosmos (la teoría de Demócrito) y a la justificación de regímenes políticos de un tipo precisamente “democrático;” es decir, no construidos desde arriba hacia abajo, sino hacia arriba desde abajo, no sobre la base de la transición de lo Uno a lo mucho, sino, por lo contrario, en la dirección opuesta. El mismo Platón vio el atomismo de Leucipo y Demócrito como una enseñanza “hereje,” y acorde a ciertas fuentes, hasta promovió la quema de sus libros en su academia. Para el entendimiento platónico del mundo, la sociedad construida sobre el principio de lo Mucho (no-Uno) puede verse de forma similar como una “herejía política.”

Precisamente, esta segunda tesis del Parménides y las cuatro hipótesis que siguen nos interesan. Tomando en cuenta las primeras cuatro, que se relacionan al cosmos monárquico, es costumbre llamas a estas la 5ta, 6ta, 7ma y 8va hipótesis del Parménides. Si las consideramos con cuidado, nos quedamos con cuatro tipos de democracia, que son fáciles de descubrir en la teoría o práctica de nuestro mundo circundante.

Platonismo político

Las hipótesis platónicas nos ayudan a entender el código de la filosofía política contemporánea. En el análisis final, todas las ocho hipótesis pueden verse como modelos plenamente racionales del mundo y de la sociedad, y si nos removemos de las sugerencias hipnóticas del progreso, podemos tomar una decisión totalmente consciente a favor de una de estas hipótesis.

Esto significa que podemos escoger la democracia, y cualquier versión de la democracia, tomando la postura de la segunda tesis, o podemos elegir la no-democracia y tomar la postura de la primera y reconocer lo Uno. Lo que es interesante es que esta elección puede hacerse no solo hoy, pues también se planteó ante los habitantes de la Grecia antigua, que elegían entre Atlantis y Atenas (Critias, el diálogo platónico), Atenas y Esparta (La guerra del Peloponeso, alabada por Tucídides), y la filosofía de los monarquistas Platón y Aristóteles y los atomistas-liberales Demócrito y Epicuro. Mientras el hombre permanece hombre, carga dentro de sí una capacidad para la filosofía, aunque sea vaga y distantemente. Eso significa que carga dentro de sí la libertad de elección. El hombre puede elegir la democracia, una de sus formas, o puede rechazarla.

Al mismo tiempo, si tomamos la posición de Platón y el platonismo, entonces sobre la base de la yuxtaposición de la democracia y las tesis del Parménides podemos llegar a la conclusión de que vivimos en un cosmos que no puede ser: en una sociedad construida sobre un dogma absolutamente falso. Hoy día se presume que, de entrada, todo el mundo está a favor de la democracia. No estaría mal para esas personas “de entrada” que cobrasen conciencia sobre los principios filosóficos a los que se adscriben automáticamente (es decir, sin que se les haya preguntado al respecto).

Por otra parte, todos los oponentes de la democracia están enlistados inmediatamente en la clase de personas que profesan una ideología cuyo mismo nombre se haya vuelto un tabú y un insulto, y los menos escrupulosos de los hipnotistas usan esta técnica cada vez más. En vez de esta palabra, vuelta odiosa y sin sentido, que ni siquiera quisiera pronunciar en este ensayo, es mejor hacernos llamar “platonistas.” Sí, somos garantes del platonismo político. Necesitamos una concepción del mundo y de la sociedad que parta de la primera tesis del Parménides y las primeras cuatro hipótesis. Otros construyen las suyas a partir de la segunda tesis y las segundas cuatro hipótesis. Por el amor de Dios – ¿estaría tan mal saber sobre esta lealtad de antemano?

Siendo filósofos, o sea seres libres, podemos muy bien decir que “sí” al statu quo metafísico, cosa que consiste en la dogmatización de la segunda tesis del Parménides; es decir, la democracia. Pero también podemos decir que “no.”

Digo “no” al individualismo metodológico y a la segunda tesis del Parménides platónico y, por ello, claramente establezco un lugar en las filas, en el ejército de quienes apoyamos a Platón.

Platón quemó los libros de Demócrito. Los demócratas y en particular Popper, el gurú espiritual de Soros, en su catecismo La sociedad abierta y sus enemigos, llaman a quemar los libros de Platón. Popper lo dice directamente: o enemigos de la sociedad abierta, de la democracia liberal, de la segunda tesis de Parménides, o amigos. Esta es una verdadera guerra de hipótesis, una batalla de epistemologías, una pugna de paradigmas gnoseológicos, una lucha de ideas.

Por ello, para nosotros, platonistas, la democracia es una doctrina falsa; está construida sobre un mundo que no existe y una sociedad que no puede existir.

Si eso es así, el platonista llega a una elección: la democracia, por sus falsas pretensiones, oculta otra cosa, pero otra cosa muy mala, injusta, poco saludable, en cualquier caso. Por ejemplo, una oligarquía secreta o una tiranía disfraza, pero ese ya es un tema para otro ensayo.

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