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La inquietante simetría de Parasite

El director Bong Joon-ho entrega un ensayo sobre las máscaras de la cotidianidad reveladas, en un juego técnico estético que plantea un diálogo incluso de géneros

Una línea de luz divide un salón ultramoderno en dos mitades. El rostro de una mujer aparece bajo la impecable superficie de una pared blanca. Un espacio pequeño y claustrofóbico se esconde debajo. Poco a poco, los pequeños fragmentos de dos mundos antagónicos se entremezclan para crear algo más extraño, doloroso y fundamentalmente venenoso. Bienvenidos al mundo de Parasite que se esconde bajo los juegos de sombras, las apariencias y las máscaras rotas.

“El espacio, la luz y el orden —dijo en más de una ocasión el célebre Le Corbusier— son tan necesarios como el pan o un lugar para dormir”. La frase, que el arquitecto solía usar para explicar su obsesión por la simetría y lo simétrico, podría definir las extrañas capas de simbolismo y el trayecto inquietante hacia el miedo de Parasite, la magistral versión del director Bong Joon-ho sobre el mundo, las leyes invisibles que lo rigen y las líneas paralelas y a menudo profundamente duras que sostienen la realidad o lo que interpretamos sobre ella.

Parasite

El filme, desconcertante por su cualidad inclasificable, es una búsqueda insistente entre la identidad, la percepción del espacio como una forma de estatus de pura supervivencia y algo más tenebroso, relacionado con la naturaleza humana en estado puro. Al final, Joon-ho parece más interesado en los infinitos matices de la luz y la sombra que habita en cada uno de sus personajes que en una mirada directa sobre una idea concreta sobre sus intenciones y dolores.

De hecho, el director surcoreano está obsesionado con los espacios brillantes y lóbregos que están destinados a colisionar entre sí antes o después, lo que convierte a Parasite, en una búsqueda constante y deliberada de significado sobre un concepto más general y amplio sobre la convivencia. La película, que comienza como un peculiar juego de espejos entre dos familias separadas por la clase y las infinitas clasificaciones inmutables de la vida cotidiana, se convierte rápidamente en una broma macabra para terminar como una fábula terrorífica sobre lo que se esconde debajo de la normalidad.

Parasite

Parasite está consciente de su cualidad como rareza y exploración de la identidad oculta, de lo que subsiste en los extremos de lo que consideramos corriente y lo explota con una libertad argumental, que rara vez se permite el cine. Joon-ho extrapola la concepción del bien y el mal moderno y lo convierte en algo más, en un recorrido pendenciero por lo macabro que pocas veces se muestra en lo cotidiano. Con un pulso impecable, el director crea espacios que contienen no sólo todo tipo de metáforas y simbolismos sino que, además, confronta al espectador con la percepción de la oscuridad moral como una catástrofe diminuta.

Por supuesto, Parasite es un alegato sobre la dignidad humana, los prejuicios, la discriminación y la vida moderna, en medio de un torbellino de propuestas que, en manos menos hábiles, habrían quizás creado un mosaico contradictorio y desagradable.

El universo que Joon-ho elabora es una estructura cuidadosa, que se sostiene sobre una estética pulcra, precisa y que el director utiliza para definir los diferentes espacios en que se mueven sus personajes. De la frialdad a la decadencia, de la emoción al terror en estado puro, la cámara del director subcoreano lo abarca todo desde una concepción de lo monumental que recrea una curiosidad inquietante que nunca se satisface del todo.

Parasite nunca termina de definir su tono y no lo necesita: puede hacer reír pero también es una macabra interpretación sobre lo que se oculta detrás de las brillantes escenas cotidianas que Joon-ho capta como instantáneas de algo más elaborado. El director mezcla con una intuitiva inteligencia géneros distintos para, al final, crear un recorrido aterrador por un tipo de noción sobre la naturaleza humana que resulta escalofriante por su belleza.

Lo cínico de la propuesta del realizador se enlaza con una percepción más angustiosa sobre lo que se esconde en esa férrea convicción moderna sobre el optimismo y la felicidad como una obligación venial. A la vez, Parasite es un reflejo fidedigno de los terrores que condensan la avaricia, la noción sobre las tragedias mínimas y el miedo a la diferencia.

Parasite

Si en The Host Joon-ho analizaba desde lo metafórico los rigores del control social y las duras relaciones entre los dolores y pesares colectivos, en Parasite va más allá para elaborar una condición infame y dolorosa que justifica sobre un tipo de crítica social feroz que el humor negro no suaviza, sino que más bien hace más duro de digerir. A medida que la película avanza, la percepción sobre la lucha de clases es más violenta y denigrante, como si la idea de elaborar un lenguaje invisible sobre lo que puede condenar a la pobreza o premiar con la riqueza fuera tan aleatorio como burlón. Todo los personajes batallan entre sí para sostener la máscara que muestran al mundo. Pero, debajo, palpita una crueldad tan directa como sincera.

Para Joon-ho el mundo tal y como los conocemos puede resumirse en dos espacios, y lo hace, desde una cuidadosa puesta en escena que alude a la percepción de estratos exactos de un mismo lugar, sólo que analizados desde extremos por completo distintos. Para el director surcoreano —experto en crear atmósferas incómodas a las que añade toques complejos de ternura y sensibilidad— la confrotación silenciosa lo es todo. Las dos familias que coexisten en Parasite son algo más que una excusa necesaria para elaborar ideas muy complejas sobre la arquitectura del mundo moderno.

Parasite

A medida que avanza la película, es mucho más obvio que el director juega con la metáfora para atacar los rígidos vínculos que atan a los individuos a la vida que conocen y evitan puedan escapar de ellas. ¿Se trata de una crítica a las clases sociales, a la estructura del capitalismo, a la idea misma de la riqueza como límite y frontera entre lo real y la fantasía alegórica bajo la que se esconde una realidad crudísima? Para Joon-ho no es necesario definir el sentido casi lírico de su búsqueda de sentido sobre el mundo tal y como está estructurado. Solo lo muestra, desde sus ángulos impolutos hasta sus cimientos movedizos y peligrosamente cercanos al abismo.

Parasite es una película que utiliza el espacio para hilvanar las relaciones humanas. Y lo hace desde el preciosismo doméstico y la condición de cuidadosa de explorar los motivos que nos hacen aferrarnos a los pequeños símbolos de estatus, para contemplar y definir nuestro lugar en el mundo. Con una mirada despiadada, el director recorre los diferentes lugares en que coexisten sus personajes para asimilar sus pequeños triunfos en medio de una convivencia forzada que resulta claustrofóbica, y al final monstruosa, en su capacidad para desmenuzar la percepción colectiva sobre la identidad.

La propuesta de Joon-ho guarda notorios paralelismos con argumentos retorcidos como el Discreto encanto de la burguesía de Luis Buñuel, en una elaborada y caótica visión a los lugares comunes y la reinvención del mito estético de lo absurdo. De la misma forma en que lo hizo el español, el surcoreano crea un juego de simbología donde lo cotidiano se distorsiona y se transforma en algo más, en una contradicción a esas escenas de una aparente cotidianidad que se entremezclan en un mosaico casi construido a la medida para desconcertar. El director opta por una interpretación sutilísima de la paradoja, de lo que sobresalta, de lo que no parece encajar en lo que se mira.

Parasite podría resumirse como el choque de dos mundos en medio de una ráfaga violenta y colosal, que termina aniquilando todo su paso como una ola expansiva incombustible. Para Bong Jooh-ho ese enfrentamiento violento entre los estratos invisibles de nuestra sociedad es la gran máscara que cubre el rostro de lo cotidiano.