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La señora Amelia guarda los escarpines del Niño Jesús

Hay gente que vive para servir. La señora Amelia, por ejemplo, tiene 82 años, y por lo menos 70 los ha dedicado al servicio divino en la Iglesia Dulce Nombre de Jesús. Pero este año su oficio fue interrumpido por la pandemia. En su casa conserva parte de la memoria histórica de Petare, desde legajos del siglo XVIII hasta los zapatos milagrosos del Niño Jesús

La señora Amelia guarda los escarpines del Niño Jesús

Coqui, el gato beige de 24 años, se levanta y pasa su cola por el sofá. Es uno de los cuatro gatos que tiene. Los otros son Blanca, La niña y Fígaro. Coqui es sordo y, aparte de Néstor, –el muchacho que la ayuda con los preparativos de las fiestas patronales y su rutina— es el único que se pasea por la sala en las tardes. Allí, en su vieja morada colonial, Amelia recibe a las visitas. Les ofrece dulce de plátano y café. También es el sitio de las tertulias sobre el acontecer de la casa parroquial.

A las 3 de la tarde llega un periodista que se interesó en hablar con ella. Vino para que le contara sus anécdotas, las memorias del pasado petareño. Amelia guarda algunos legajos del siglo XVIII y otro centenar de objetos que hablan del país que fuimos.

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La noche cayó y Amelia no dejó de contar esas historias. No fue a la misa. Otra vez se la perdió. Tampoco tenía ganas de ir. No se lleva bien con el padre. Cuenta que llegó hace 2 años a la parroquia y ya quiere quitarle la tradición al pueblo de organizar la Semana Mayor. O al menos, a ella que lleva toda su vida colaborando en eso y se siente amenazada ante la injerencia del nuevo párroco.

La iglesia es lo único que le queda de su familia, el último recuerdo que conserva y que está dispuesta a defender ante cualquiera, así sea una pandemia sin cura. Ella dice gozar del respaldo divino y confía en que no le pasará nada.

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Amelia nació bendita, enmantillada en un matrimonio de una de las familias más acaudalas de Petare en ese momento: los Rivas Rodríguez.

Con ayuda de la señora Dolores, la partera de la zona, vino al mundo el 7 de octubre de 1937, cuando el país transitaba paulatinamente de la tiranía a la democracia, bajo el orden y la disciplina del general Eleazar López Contreras.

Fue la segunda de los tres hijos que tuvo la unión entre don Tomás Domingo Rodríguez y doña Dominga Cecilia Rivas. Hoy es la última descendiente de esa estirpe. Por eso quedó a cargo del negocio familiar, una quincalla que fue fundada el 1 de mayo de 1928, y que tuvo que cerrar cuando la crisis económica comenzó a asfixiarla.

–¿Y ahora de qué vive usted, señora Amelia?

—Mire, de la pensión no vivo. Eso no alcanza ni para un cartón de huevos. He vendido mis prendas. También vendo cuerdas de guitarra, cuatros y maracas de la tienda que cerramos.

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“Materiales La Minita” llevaba por nombre la tienda. Algunos la recuerdan como el abasto donde vendían recuerditos folclóricos, pero hoy es otra de esas santamarías que más nunca se subieron, otro de los tantos locales que el socialismo se llevó a su paso. Una esquina verde que pasa desapercibida para los foráneos.

El antiguo local está compartido con su propio hogar, que ya es una de las pocas casas de tapia de la zona colonial de Petare. Adentro, las maracas y las guitarras cuelgan del techo. Pilas de libros y periódicos viejos están regados por el piso. Una cartelera con fotografías de las haciendas petareñas resalta en la oscuridad por el brillo las fotos ante la linterna del celular. Cestas, afiches y cuadros del Petare antañón hacen que el lugar parezca un depósito de la historia. Esa es su casa y también su vieja tienda.

El compromiso de Amelia con la Iglesia Dulce Nombre de Jesús de Petare empezó en 1945, cuando asistía a las catequesis de las señoras Belén Soto y María Pacheco, quienes se encargaban de la formación de quienes recibirían los sacramentos.

La iglesia entonces estaba bajo la administración del párroco Guillermo Figuera, un hombre que más allá de su religiosidad, era de armas tomar, militarista hasta la médula, como la dictadura que llegó tres años después. Pero ella no la padeció, porque cuenta que la cárcel era para los políticos y para los comunistas. Y no tenía nada que ver con eso.

Durante los carnavales de 1952 fue electa reina de la Escuela Federal Juan Manuel Velásquez Level, institución que quedaba frente a la plaza principal. 6 años después, el 1 de enero de 1958, entre las celebraciones de Año Nuevo, los traqui-traqui y tumba-ranchos, se acuerda de que varios aviones surcaron el cielo caraqueño, y su familia apreciaba el suceso en primera fila.

–¿Qué pasó?, preguntó don Tomas Domingo Rodríguez, su papá.

–Cayó el gobierno, le respondió el vecino.

No era verdad, todavía faltaban 22 días para que Marcos Pérez Jiménez se fuera.

En 1972 se encargó por primera vez de un santo. Y no uno cualquiera, sino de uno muy especial: el patrono de la iglesia, el que le da nombre al templo, el Dulce Nombre de Jesús.

Se trata de una imagen de madera policromada de menos de un metro de altura del Niño Jesús. Fue tallada en el siglo XVIII. Es una de las figuras más antiguas en el templo. Un legajo que data de su elaboración se encontraba dentro de uno de sus pies y fue hallado por Amelia cuando mandó a remodelar la escultura años atrás. El papel fechado hace tres siglos lo conserva en su casa. Asegura que en la iglesia no le prestaron atención que correspondía.

Como una guardiana del acervo histórico de su parroquia, conserva las huellas de los orígenes coloniales petareños, sobre todo aquellas que tienen un vínculo con la fe.

Después, en 1975, se dedicó a otra imagen, la del Santo Sepulcro. De manera que en ella recaen las dos imágenes fundamentales del cristianismo: el Jesús recién nacido, cuya fiesta se celebra en enero, y el Jesús sepultado, que sale en procesión el Viernes Santo. La vida y la muerte en sus manos.

Con lucidez, recuerda cada uno de los milagros concedidos. El más importante se lo contó su abuelo y por las referencias que dice, ocurrió en el siglo XIX:

—Una vez hubo un incendio en El Ávila. Nadie podía apagarlo. Las llamas se veían hasta el tope, hasta el pico más alto. La parroquia se organizó y enviaba brigadas de rescate, pero los heridos aumentaban, así que el pueblo sacó al santo en rogativa, pidiendo que aplacara la quema. A la noche siguiente, aparecieron en el altar sus escarpines llenos de carbón. Ya no había incendio y la gente comenzó a decir que fue Jesús quien lo hizo. Yo tengo esos zapatos.

Amelia es la más longeva de las señoras que visten y decoran a los santos en la Iglesia Dulce Nombre de Jesús de Petare. Es respetada por todos. Quizá porque saben que es testigo de una época que se desvaneció. O quizá es por su corazón noble y servicial. Amelia se resiste y se niega a abandonar sus tradiciones, que son el eslabón que aun la une a sus familiares muertos.

Ante la Covid-19, debe quedarse en casa, sobre todo porque ella es parte de la población en la que virus resulta más letal. Pero en su vida nunca vivió algo similar. Este año, si no salían las procesiones iba a quedarse confinada, pero como pasó todo lo contrario, fue la primera en estar allí. Total, no le teme al contagio, lo ve como una posibilidad de reencontrarse con sus allegados que ya partieron, pero ahora con el gusto de haber cumplido la tradición.