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Las metas inalcanzables de las marchas opositoras

Se sabe: llegar a las instituciones públicas en el centro de la capital es prácticamente una quimera o misión imposible para la oposición. Sí, dirigentes y seguidores lo intentan, pero son contadas las veces que han logrado dar frente al Consejo Nacional Electoral o la Defensoría del Pueblo —puntos prohibidos para las marchas que detraen el gobierno de Nicolás Maduro

Las metas inalcanzables de las marchas opositoras

En Bellas Artes, hay once efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) que podrían morir de aburrimiento. No tienen vestimenta antibalas ni escopetas a la vista. Mucho menos bombas lacrimógenas o cartuchos de perdigones. Sus escudos de plástico son aparentemente suficientes para resguardar la Defensoría del Pueblo en Caracas. Están apostado en pequeños grupos de tres en la entrada de la institución que se ubica en la avenida México. Conversan entre ellos, miran sus celulares. Otros se separan del grupo e inician tertulias con algunos vendedores ambulantes. El peligro inminente es el sueño, que hace cabecear a más de uno en pleno mediodía.
Son pocas las veces que han tenido que estar alerta. Ocho veces la oposición ha convocado movilizaciones que tienen aquel punto como destino final: seis en abril y dos en mayo. Ninguna ha podido llegar al corazón de la capital. Jimmy, quien prefirió guardarse su apellido, ha olido los gases lacrimógenos que llegan desde Plaza Venezuela, cuando reprimen en la autopista Francisco Fajardo o en las inmediaciones de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Pero el leve picor en sus ojos no lo exime de seguir en su jornada de trabajo, vendiendo pulseras artesanales hechas con cuero. Para él, “todo está siempre tranquilo. Es como si estuviéramos en otro país. Por el este pueden estar reprimiendo y acá ni se siente. No es otro país, es otro mundo”.
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Eduardo vende libros usados al frente del teatro Teresa Carreño en una mesa improvisada. Se sienta en una silla con una pierna sobre la otra y su pequeño celular rojo en la mano izquierda. Su tranquilidad cotidiana se turba solo cuando las estaciones de Metro se cierran. “Ahí se siente un poco la tensión. Se ve un río de gente caminando de acá pa’ allá. De resto no pasa nada. La gente no llega. No los dejan”. El librero de calle afirma que el sitio más cercano a la Defensoría donde se ven alzamientos populares —espontáneos u orquestados— es La Candelaria.
Destinos utópicos
Bellas Artes no es un sitio donde se vea un “plantón”, como ha ocurrido tres veces en la Fajardo a la altura de Altamira, o trancazos de calles y avenidas. Las protestas allí son una rareza, como cuando un grupo de 15 artistas posó en la entrada del sitio el 28 de abril con franelas blancas pintadas con letras azules, luego de haber negociado su derecho con guardias y abogados de la institución. Juntos formaban la frase “Pude haber sido yo”, mensaje que rodó por las redes sociales. Fue la primera y última intervención artística de aquel espacio público.
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En más de 90 días de protesta, la Defensoría del Pueblo ha sido una de las metas inalcanzables de la oposición. También la pionera: cuando el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) emitió las sentencias 155 y 156 a finales de marzo, una masa de gente se planteó llegar hasta las inmediaciones para expresar su descontento el primero de abril. Para entonces, la oposición pedía el respeto a la autonomía de la Asamblea Nacional (AN), en vista de que sus competencias pendían de un hilo tras la reciente decisión del TSJ.
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Esa instancia del Poder Ciudadano marcó la pauta de las protestas de 2017. Son pocas las marchas que tienen otro destino que no sea una institución pública. También son contadas las veces que la oposición, en efecto, ha logrado llegar a su destino. Solo ha sucedido en dos oportunidades: el 2 de junio, cuando manifestantes llegaron hasta Venezolana de Televisión (VTV) en Los Ruices para exigir “que dijeran la verdad” luego de la muerte de Juan Pablo Pernalete, fallecido el 26 de abril por el impacto de una bomba lacrimógena en el pecho; y el 9 de junio, cuando se desplazaron hasta la sede de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel) en Las Mercedes para pedir un alto a la censura en los medios de comunicación del país. El Movimiento Estudiantil convocó ambas movilizaciones.
La barandita más cuidada
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Además de transeúntes, vendedores ambulantes y motorizados, el Consejo Nacional Electoral (CNE) está rodeado de militares. No hay flanco que no tenga tintes verde oliva. Tampoco hay entrada por la que se pueda pasar sin supervisión: rejas tubulares que llegan a la mitad del cuerpo cortan el paso originalmente peatonal. Es el punto privilegiado del Centro Simón Bolívar, que alberga más de un ministerio. Ninguno está tan custodiado como el CNE.
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Niños y adolescentes posan sin pudor al lado de la fuente circular que adorna la plaza Diego Ibarra. Sin temor a robos furtivos, sus madres sacan sus celulares para captar el momento que quedará grabado en pixeles. Sacar una cámara o cualquier dispositivo móvil para retratar la cuantiosa seguridad militar que tiene la sede del Poder Electoral no se mira con tan buenos ojos. “¡Acá las fotos no cuadran!”, grita con tono desafiante una voz masculina desconocida ante la mera posibilidad. Los forasteros son fácilmente identificados.
“Por aquí siempre ha habido guardias vigilando, pero yo digo que se reforzó la seguridad desde que la oposición ganó el 6 de diciembre las parlamentarias. Y ahora siempre están”, dice a modo de anonimato un quiosquero ubicado en las adyacencias del sitio. A veces ha sido testigo de cómo pasan por detrás de su puesto motos en fila con policías nacionales bolivarianos (PNB) o guardias. Sin embargo, jamás ha visto vehículos anti motín que tranquen el paso vehicular en la vía o gas lacrimógeno que le impacte sus mucosas.
En cinco oportunidades, la oposición intentó alcanzar el ente presidido por Tibisay Lucena. Se ha exigido desde la defensa del voto hasta el cese del fraude constitucional encarnado en una Asamblea Nacional Constituyente. Los manifestantes tampoco suelen llegar.
El 11 de mayo, un marchista se convirtió en un elemento de discordia. El ucevista Diego Hernández pudo sortear todos los obstáculos puestos por la GNB para que la oposición no alcanzara su destino. Esa tarde se plantó en la entrada del CNE. Su mensaje “Revocatorio YA” escrito sobre un papel blanco se hizo viral en las redes sociales al ser la única persona que logró el cometido planteado por la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Las grabadoras captaron cuando el Coronel Bladimir Lugo, encargado para entonces de la supervisión de la sede del Poder Electoral, le arrancó el cartel de la mano, y seguidamente un grupo de guardias se lo llevó detenido. “De resto, esto está tranquilazo. El peo no pasa de Plaza Venezuela nunca”, le secunda un sexagenario de piel oscura que reposa sentado al lado del quiosco y que prefiere guardar su identidad. Con un ejemplar de Ciudad CCS en su regazo, se lava las manos: “Tú sabes cómo es todo acá”.
Sin derecho al libre tránsito
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Transitar por las inmediaciones del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) en días de protesta supone esquivar los zumbidos de la GNB. También tanquetas blancas o camionetas verdes paradas en doble fila a pocos metros de la sede del Poder Judicial. El viernes 9 de junio ni siquiera motos particulares podían estar estacionadas en frente del lugar. “Tiene que pararse más adelante”, era la respuesta predeterminada de los efectivos que estaban anclados en la acera.
Esa mañana, la avenida Baralt amaneció con “murciélagos”  que impedían el libre tránsito de vehículos por la avenida Baralt, a la altura de la esquina El Guanábano. El día anterior, la fiscal general Luisa Ortega Díaz había invitado a quien así lo quisiera a respaldar su recurso de nulidad en rechazo del proceso reformatorio de la Constitución. La cita era en el piso 4, al que ni siquiera abogados pudieron acceder.
Es entonces cuando el ecosistema se altera. Las santamarías de los locales se bajan, los autobuses buscan rutas alternas, los transeúntes llegan con mayor retraso a sus oficinas o trabajos, el ambiente se tensa ante la militarización del centro de Caracas. Solo una de tres ocasiones en este año la oposición ha rozado siquiera la posibilidad de manifestar frente al Poder Judicial. El 12 de mayo, la MUD convocó a sus seguidores a que se movilizaran hasta allí vía Metro. Así lo hicieron y se encontraron con guardias nacionales que no tardaron en echarles gas lacrimógeno.
Las similitudes saltan frente al Ministerio de Relaciones Interiores, Justicia y Paz. La avenida Urdaneta colapsa más de lo normal cuando es meta final de movilizaciones opositoras. Dos alcabalas de la Guardia Nacional trancan dos de los tres canales de circulación en ambos sentidos. Comerciantes de la zona lo afirman desde el anonimato —desde el miedo. Aunque la seguridad es mayor en protesta, no hay día en que falten individuos ataviados de camuflaje en la esquina Platanal, donde está el ministerio. Tampoco día en que no se sientan vigilados, mas no seguros.
Un quiosquero, que acumula años trabajando en la misma esquina, asegura que desde finales de 2016 la avenida Norte 11 está sobrepoblada de guardias nacionales. “Eso es porque está el señor ese a la cabeza”, dice haciendo referencia al mayor general Néstor Reverol, actual ministro de la cartera. Desde su perspectiva “esto no era tan así. Y tú ves ese montón de guardias e igualito más abajo roban a la gente. Entonces pa’ qué están”.
¿Próxima meta?
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Los más de veinte uniformados que resguardan el Ministerio de Relaciones Interiores, Justicia y Paz contrastan con los cuatro efectivos que hacen lo propio en el Ministerio Público, ubicado en la avenida México. Sus caras traslucen hastío, hasta indiferencia, tal como sucede a pocos metros en la Defensoría del Pueblo. Josefina se planta como los árboles de la plaza Parque Carabobo con un termo plateado y una torre de vasos de plástico. A diario vende café justo en frente de la sede que encabeza Ortega Díaz. Para ella, la situación es “normal” haya o no protesta en el este de la ciudad. Voltea los ojos ante la mera posibilidad. “¿Protestas? Nada de eso se ve por acá. Tú ves a los guardias que están ahí tranquilos. Ellos hacen su trabajo, igual que yo”.
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El Ministerio Público era alcanzable hace tres años. Para entonces, la oposición se concentró en Plaza Venezuela y se desplazó por la avenida Libertador hasta llegar a la avenida México. El 12 de febrero de 2014, en celebración del día de la Juventud, estudiantes, sociedad civil y partidos políticos marcharon para denunciar las detenciones arbitrarias que se habían ejecutado en el interior del país. Líderes de la oposición participaron en la actividad, como el dirigente de Voluntad Popular Leopoldo López, días antes de que fuera apresado y recluido en la cárcel Ramo Verde. Ese día, Bassil Da Costa murió de un disparo en la cabeza en un tiroteo en la esquina Tracabordo.
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Es la última gran manifestación que los comerciantes recuerdan por aquellos predios. La más significativa. Los vestigios de un alzamiento popular ahora se encuentran en el asfalto. Cauchos quemados y algunos vidrios han reposado en las vías aledañas al Ministerio Público. Aunque no duran. El aseo se encarga de borrar todo rastro de inconformidad. Desde entonces, las únicas veces que José Fernández ha visto protestas desde la fuente de soda donde trabaja es cuando el oficialismo convoca las “contramarchas” los mismos días que la oposición hace sus llamados a la calle. “Si aquí dejaran pasar a todo el mundo, esto se llenaría más de escuálidos que de chavistas, pero les ponen los cordones desde la Fajardo para que no puedan pasar. Ahora con estas declaraciones de la fiscal hay que ver cómo se va a poner esto. ¿Será que los chavistas vendrán a protestar para acá?”, dice y suelta una risa.
El 22 de junio la oposición llamó su primera marcha de 2017 al Ministerio Público, un día después de convocar la activación del artículo 350. Según el vicepresidente de la Asamblea Nacional, Freddy Guevara, se buscaba “desconocer la medida del TSJ contra Luisa Ortega Díaz”, haciendo referencia a la solicitud de antejuicio de mérito interpuesta por el diputado Pedro Carreño días antes. Los marchistas tampoco pudieron llegar. Caracas, la infranqueable.]]>