Laurence Debray: “Uno se construye en contra de algo”

América Latina está marcada por su apellido. El francés Régis Debray fue fundamental para el auge guerrillero y revolucionario de la región hace tantas décadas. Su madre, la venezolana Elizabeth Burgos hizo lo propio, por sus propios méritos. En ese seno nació Laurence Debray, una rebelde con causa que se desprendió de revoluciones, como lo cuenta en su libro Hija de revolucionarios

Varias generaciones de venezolanos han escuchado alabanzas a un Marcos Pérez Jiménez que mantuvo campos de concentración o a un Rómulo Betancourt que violó inmunidades parlamentarias. Pero también las instrigas de las guerrillas de los cincuenta y sesenta, en las cuales un grupo de estudiosos luchasen por sus ideales, costara lo que costara, contra un sistema que consideraban tiránico. Hay quienes incluso, a pesar de considerar a Fidel Castro una figura justificable, han pintado al Ché Guevara como un tipo de ideales honestos, cuyo fusilamiento es comparable con el de un nazi rendido en Normandía.

Sobre Betancourt ha escrito el profesor Alejando Velasco en Barrio Rising, donde evidencia políticas represivas del adeco, ocultas bajo cierta historia oficial. Del otro lado, un movimiento guerrillero con unidades de combate de insuficientes integrantes, que no estaban articuladas entre sí, con las utopías de un grupo liderado por Douglas Bravo y las de otro por Américo Martín, que eran distintas. Pero de allí surgieron personajes que cuestionaron nuestras artes hasta el punto de refundarlas, ¿o seríamos los mismos sin las pinturas de Jacobo Borges, los poemas de Rafael Cadenas, las narraciones de Adriano González León?

LaurenceDebray-cita6Un protagonista de aquella insensatez fue Oswaldo Barreto. Nació en el seno de una familia importante de Trujillo; cursó estudios de Sociología en La Sorbonne con ayuda del Partido Comunista; asistió en nombre de Cuba en el proceso de independencia de Argelia; participó en la resistencia contra el golpe a Salvador Allende en Chile. Luego de la pacificación, pecó de criminal: asaltó un banco en Puerto La Cruz en el sesenta y nueve y secuestró un avión que iba de Porlamar a Maiquetía en el ochenta. Pero las amistades que entramó en el globo, el conocimiento que chorreaba por sus barbas y el encanto que caracteriza a todo didacta lo volvieron una rara avis que, para la academia, no podía pudrirse en una jaula. Sus labores como docente e investigador en la Universidad Central, la de Los Andes y el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos dan fe de ello. Es más, en una conversación afirmó que a Tzvetan Todorov se le da tanta importancia en nuestras escuelas de Humanidades porque fue él quien lo invitó a Venezuela.

Ahora, Oswaldo nunca se interesó en ser cara de la gesta comunista en Venezuela, o en cualquier otro lugar del mundo. Como sus admirados Martin Heidegger y Jean-Paul Sartre, su misión siempre fue educar. Y bien entendió que la educación no se limita a dictar una clase o escribir un ensayo. También educar es socializar, dar pie a que se conozcan personajes de otros países y se intercambien perspectivas, que se fomente la discusión y la solidaridad. En ese sentido la mayor, aunque no necesariamente mejor, hazaña que cometió el profe Barreto fue presentarle el pensador francés Régis Debray al Ché Guevara. América Latina más nunca fue la misma.

LaurenceDebray-cita5Hoy se suele leer a Debray por teorizar el cómo se transmite la cultura en los medios, en vez del qué. Pero en la Bolivia de Barrientos, hasta fue tratado como el europeo más peligroso del Sur. Su libro ¿Revolución en la revolución? sirvió como manual para guerrilleros tanto en Bolivia, donde acompañó al Ché hasta poco antes de su muerte, como en Vietnam. Después de un intercambio importante con Allende, que publicó como Conversación con Allende, así como un Teodoro Petkoff alternó el fusil por la política partidista, Debray se acercó al Partido Socialista Francés y fue parte del gabinete de François Mitterrand.

En cierto modo, una de las lecturas fundamentales para que la experiencia cubana se volviera inspiradora en el globo, para que mucho después se intentase resucitar so pena de tantos exguerrilleros, nació de la astucia de un venezolano.

Pero ese no fue el único lazo importante de Debray con Venezuela. Su exesposa, Elizabeth Burgos, no solo fue copartícipe de muchas de las misiones del francés, sino quien dio a conocer la opresión de los indígenas guatemaltecos con su Me llamó Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia en los ochenta. La documentación en su libro fue tal que devino en un Premio Nobel de la Paz para la protagonista. Ambos, Régis y Elizabeth, han sido ejemplo de lo que Sartre llamó intelectuales comprometidos; comprometidos, según su hija Laurence, con una fantasía que los hizo olvidar las responsabilidades de adultez.

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Hija de revolucionarios, segundo libro de Laurence Debray, recientemente traducido del francés al español por la editorial Anagrama, relata un proceso de rebeldía contrapuesto a la tragedia guerrillera. Sus padres fueron paranoicos con su destino, con sus placeres; pero pertenecían a un entorno, si bien privilegiado, de izquierda.

Laurence Debray visitó Caracas para presentar su libro en 2019 y participar del conversatorio «El fracaso de la utopía: un relato íntimo». En la capital contestó estas preguntas.

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–Cerca del inicio de Hija de revolucionarios escribe: “Toda pertenencia es una cárcel; toda leyenda una servidumbre”. ¿Tiene sentido dotar una celda de mejores condiciones para sus presos, o es toda entrega a un círculo social –familia, iglesia, país– o a un mito –religión, fábula, creencias políticas–, moderada o no, un modo de esclavitud?

–Pues sí, toda pertenencia es una cárcel. Tú puedes escoger tu pertenencia. O te imponen una y te quedas con esa, o escoges otra. Cualquier grupo que sea una familia, un partido político, un grupo de amigos, está siempre sometido a unos valores o unas reglas. Entonces tienes que escoger tu individualismo o el grupo, tu libertad o el grupo.

LaurenceDebray-cita4–En una escena del libro, comenta que su padre, a pesar de sus experiencias en América Latina, le aconsejó jamás aprender español. ¿Cree que ese tono, quizá condescendiente, refleja el de muchos europeos que dicen abogar por la liberación y la revolución, pero mantienen una distancia cómoda?

–Creo que hay un grupo de extrema izquierda, romántica, que sigue creyendo en el cuento de los años sesenta. La propaganda funciona muy bien; la propaganda es algo muy eficaz. Es muy difícil, cuando ya has construido tu vida alrededor de la revolución y de la propaganda, despertar. Sobre todo cuando eres viejo, ¿no? Pero es verdad que no viven las consecuencias de la revolución. La piensan, la sueñan, la imaginan, la quieren; pero quizá la quieren mejor para un país lejano que para su propio país.

–¿Por qué ocurre?

–Bueno, los franceses hicieron la revolución francesa, ahí hay algo genético. La idea de que la revolución es algo positivo, de que fuimos precursores de los Derechos Humanos, de quitar el rey… Pero creo que también hay otra cosa: la propaganda fue muy eficaz. Entonces hay esa cosa de la Revolución Francesa, de que los franceses fueron dueños del siglo XVIII, pero luego también hubo el encanto de la revolución cubana y de su propaganda, que fue muy eficaz en el mundo, particularmente en Europa. Fidel Castro entendió enseguida la importancia de los intelectuales, el papel político que podían tener, el papel de influencia sobre grupos de gente y de jóvenes.

–¿Es la violencia hoy día un modo válido de hacer política para quienes han visto todo medio diplomático o democrático desgastado? ¿Lo ha sido alguna vez?

–Es más fácil ser pacífico frente a una persona que está dispuesta a negociar y hacer compromisos. Pero estoy muy en contra de la violencia. Me parece algo muy en contra de la civilización. Es muy fácil recurrir a la violencia, es muy primario. Cuando estás arrecho, quieres matar a alguien, ¿no?, es muy primario. La civilización no debería pasar por la violencia. En Venezuela siempre hubo mucha violencia. Yo siempre conocí Caracas como una ciudad muy peligrosa. Es muy extraño, porque puede ser un pueblo muy pacífico que hace unas marchas increíbles, pero también hay armas, hay mafias. Hay diferentes niveles de violencia, pero para mí, en un mundo ideal, no deberíamos usar la violencia.

LaurenceDebray-cita3–Tenemos casos como lo que ocurrió en la ex Yugoslavia, en Ruanda, donde mecanismos multilaterales y procesos de diálogo fracasaron varias veces y al final pareció que la violencia, sancionada internacionalmente, fue necesaria para solucionar ambas crisis.

–Lo que pasa es que tienes que verlo a largo plazo. Luego eso te deja unas heridas en la sociedad, en la nación… Yo trabajé mucho sobre España, la Guerra Civil, su transición a la democracia, y todavía están viendo cómo cerrar las heridas. El tema no es simple, no es maniqueísta.

–Queda claro a lo largo de la novela que hay cierto recelo hacia la crianza de sus padres y ciertas vivencias en un tiempo distinto al suyo, le llevó a un modo de pensar y vivir el mundo muy distinto al de su entorno familiar. Quién se habría imaginado que la hija de un compañero del Ché y de una relatora de Rigoberta Menchú escribiría un libro sobre el rey Juan Carlos I. ¿Cree, pues, que la rebeldía es un deber o necesidad de todo hijo ante su familia?

–La rebeldía es un proceso muy común. De hijos hacia los padres, es algo como muy generacional: uno se enfrenta a los padres, a los valores, eso se repite, es un esquema. Uno se construye en contra de algo. Uno se construye porque no quiere ser como sus padres; tal vez al final escoges que sí quieres ser como ellos, pero pruebas algo en el camino. Hay que tener la libertad y la fuerza de rebelarse, me parece lo más sano.

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LaurenceDebray-cita2–¿Qué ocurre con los chamos que siguen totalmente el esquema de sus padres?

–No tienen libertad, están metidos en una cárcel. Es una opción más fácil, pero viven en una cárcel.

–El intelectual, el pensador, el profesor universitario que toma su sociedad como objeto de estudio, ¿debería comprometerse, tanto en su voz como en sus acciones, con una causa política?

–Yo creo que el analista puede quedarse en el plano intelectual, tener influencia sobre la sociedad, sobre los líderes políticos; pero tampoco tiene que hacer como mis padres, lanzarse a las guerrillas, a trabajar con el Ché. Cada uno en lo suyo. Pero sí me parece importante que haya intelectuales. A veces los franceses se quejan de que hay demasiados intelectuales, demasiadas opiniones, pero es un contrapeso necesario. Los intelectuales deberían ser gente que suenan alarmas. Creo que en Venezuela hicieron falta. Chávez llegó al poder y no hubo alarmas, hizo todas sus reformas y no hubo alarmas. Hubo mucha complicidad de la élite. Entonces, me parece que el papel del intelectual es fundamental. Y cuando ya no los hay en un país, la política se queda sin contrapeso.

LaurenceDebray-cita1En un debate televisado que tuvo con Jean-Luc Mélenchon, cabeza del principal movimiento marxista de Francia, insistió en la ridiculez de tomar a Chávez como inspiración. ¿Cree que hace falta una discusión más pública, dejando a un lado cualquier declaración gubernamental, sobre el tema en Europa?

–Mira, América Latina queda muy lejos. La realidad venezolana queda muy lejos de Francia. Mélenchon tiene ese sueño de la revolución, era muy amigo de Chávez; pero aquí tienen que entender que la realidad venezolana no se comenta mucho. Que si hay dos presidentes, la están pasando mal, qué pena, hasta allí. Además que la propaganda chavista también fue muy efectiva, es solo ahora que empiezan a abrir los ojos. Pero eso, es una realidad muy lejana. Hubo muchos periodistas cuando empezó lo de Guaidó, se vio sus semejanzas con la Primavera Árabe. Pero ya cuando no hubo agua ni electricidad, dejaron de venir. Y cuando vieron que no hubo cambio, pues se pasó a otro tema. Entonces claro, hay que tener una discusión pública, pero para eso hacen falta opiniones y análisis que en Francia no se pueden dar.