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Libros imposibles: El Voynich

El Voynich es un libro con más de 600 años de historia, tiene 200 páginas y está constituido por imágenes de plantas extrañas, constelaciones desconocidas y mujeres desnudas sumergiéndose en raras aguas. Es tan extraño que aún hoy no hay quien lo descifre

Libros imposibles: El Voynich

“Todo libro es autosuficiente”, escribe Fabio Morábito en el cuento «La cigala». También dice que, a la larga, “todo libro facilita sus propias explicaciones”. Quizás el Voynich fue escrito para recordarnos precisamente lo contrario. Es decir, existe para asumir el rol de la excepción que confirma que todo libro sí puede ser leído, pero, sobre todo, entendido, porque, de no ser así, no sería libro, sino una infatigable cosa.

Un libro es un objeto —así como objeto es un lápiz y una nevera—, una cosa, en cambio, es algo que aún no ha sido deglutido por el entendimiento. Una cosa puede estar cercana a la locura, ser producto de la locura, producir la locura. En «Cocora», magnífico relato —o poema— de Álvaro Mutis, se lee a Maqroll el Gaviero haciendo de cuidador de una mina abandonada, visitando las distintas galerías, Minotauro o Teseo de la nada en aquel laberinto. En una de esas galerías, Maqroll se detendrá durante días interminables, «en los que estuve a punto de perder la razón»1 . Algo, al fondo del socavón, es la causa:

Algo que podría llamar una máquina si no fuera por la imposibilidad de mover ninguna de sus piezas de que parecía componerse. Partes metálicas de las más diversas formas y tamaños, cilindros, esferas, ajustados en una rigidez inapelable, formaban la indecible estructura. Nunca pude hallar los límites, ni medir las proporciones de esta construcción desventurada. 2.

Hay que recordar también las máquinas solteras o masturbatorias de Picabia, las también inútiles de Jean Tinguely, o el Gran Vidrio de Duchamp, cosas, más que objetos, que no llevaban a ningún lado, que no servían para nada, paradojas profundas, contradicciones maléficas de la modernidad, de la máquina del capital.

Vidrio-Marcel

Jean-Tinguely

Nada más inútil que una máquina inútil, cuyas partes, como las de Picabia, se conectan entre sí, creando una especie de sin fin o anillo de Moebius, cuyo funcionamiento no se exterioriza, sino que se queda en sí mismo, satisfaciéndose a sí mismo. De allí que sean máquinas solteras o masturbatorias. Máquinas de la locura. Michel Foucault: “el loco es incapaz de mantenerse dentro de la maquinaria del trabajo. El loco no le sirve al poder, es inútil para el trabajo, y debe ser puesto a un lado”.

Picabia-Parade

El libro, ese objeto de culto, no se ha escapado a la producción en serie, al consumo, a la lectura masificada. El libro comunica, está conformado por caracteres que guardan una información necesaria, es una máquina que produce conocimientos y dinero.

El libro, al contrario de aquella máquina de Mutis, es factible de ser descifrado. Su utilidad, en la inutilidad más concreta, como la literaria, es comunicar por lo menos un cierto sentido narrativo, emocional, descriptivo…

Pero el lenguaje, dirá Walter Benjamin, y como también lo entendió Charles S. Peirce, es algo más. «Mediante la palabra, el ser humano se encuentra conectado con lo que es el lenguaje de las cosas» 4. Para Benjamin la palabra, dentro la concepción burguesa —uso la terminología de Benjamin—, solo guarda una relación accidental con cada cosa establecida por convención a través del signo.

Pero «el lenguaje no da nunca meros signos» . Esto, por supuesto, abre la posibilidad de entender el lenguaje más allá de la convención de la lengua, de un determinado idioma o sistema de signos. El Voynich, si se ve bajo esta perspectiva, no comunica nada y es la excepción de la regla. Pero si se piensa desde Benjamin, desde una semiótica o una teoría del conocimiento más abierta, entonces el Voynich sí comunica o expresa algo.

Pero antes de seguir, qué es el Voynich.

Voynich2

Se trata de un libro ilustrado de unas 200 páginas de pergamino, escrito alrededor de 1400 y que está constituido por imágenes de plantas extrañas, constelaciones desconocidas, mujeres desnudas sumergiéndose en raras aguas, rodeado todo de textos en un idioma o algo que parece ser un idioma desconocido —ya denominado voynichés. El nombre del manuscrito se debe al especialista en libros antiguos Wilfrid M. Voynich, quien lo adquirió en 1912 luego de encontrarlo en la biblioteca del colegio jesuita de Villa Mondragone, Italia.

Actualmente está catalogado como el ítem ms408 en la biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos de la universidad de Yale.

Voynich1

Nadie, ni siquiera importantes especialistas en códigos secretos han podido descifrar una sola palabra de aquel oscuro volumen. El Voynich, se dice, es el santo grial de la criptografía. Algunos, sin embargo, aseguran que es una estafa y que tales signos han sido puestos al azar. Sin embargo, el manuscrito parece cumplir con la ley de Zipf —formulada por George Kingsley Zipf— que estable rangos o repeticiones de palabras. Es decir, si determinadas palabras son repetidas con cierta frecuencia, no hay allí, en apariencia, un juego aleatorio, sino una cierta estructura de fondo. Tal estructura, que presupone un lenguaje, en el caso del Voynich y tal como algunos aseguran, ha sido evidenciada —mas no descifrada— por la ley de Zipf.

El Voynich, para volver con la metáfora de Picabia, Duchamp y compañía, es una máquina soltera, masturbartoria. En apariencia, desde el punto de vista del lenguaje como sistema de signos convencionales, no tiene sentido. Pero más allá de que sus palabras digan algo, más allá de que haya sido legado por extraterrestres o cualquier tontería que a la gente se le ocurra, el Voynich sí habla, sí se expresa y sí se puede descifrar.

Si bien la excepción confirma la regla de que todo libro puede ser leído, en el Voynich está también la paradoja de la imposibilidad del lenguaje de comunicar exactamente lo que se quiere comunicar. Lo saben los poetas, y así lo anotó Eugenio Montejo en «Los árboles». El poeta dirá que ha escuchado al atardecer el grito de un tordo negro, «grito final de quien no aguarda otro verano», y luego: «uno de tantos, / pero no sé qué hacer con ese grito, / no sé cómo anotarlo» 5.

El Voynich demuestra esa impotencia del lenguaje para decir, pero también es algo más que el simple y divertido empeño de realizar la lectura de unos signos oscuros. Somos seres limitados intentando descifrar grandes verdades, absolutos. El hecho de que todavía el Voynich sea estudiado, pensado, discutido, habla de esa necesidad del hombre de no dejarse sin respuestas. No sabemos vivir en un mundo de enigmas. Quizás nuestro propio orgullo no nos lo permite. Hemos llevado lejos nuestra razón, nuestra razón que quiere ordenar, entender y dominar el mundo.

Cada vez que alguien intenta leer el Voynich, lo que en realidad hace, en su fracaso, es leer esta historia. La historia de nuestra limitación y nuestro orgullo.

Ahora, ¿se trata de un mal chiste pensado hace ya más de cinco siglos? Pues se sabe: la razón humana es demasiado seria para entender un chiste. El chiste es caos, el chiste juega con el lenguaje, se burla de la sintaxis social, de la media correcta del comportamiento cultural. El chiste es la locura del lenguaje y, por supuesto, la locura debe ser aislada, pero también estudiada. ¿No hemos intentado entender cómo funcionan los chistes? Freud y Hobbes son dos ejemplos a la mano.

El Voynich desespera, la locura se mueve en su centro. Descifrarlo, es desterrar esa locura que acosaba a Maqroll el Gaviero. Si lo descifro, si lo comprendo, deja de ser una cosa, la poseo, me vuelvo su dueño. Esto último, claro está, es también una lectura de un libro que no podemos leer.

¿Todo texto es autosuficiente? Pues Morábito pareciera tener la razón: todo texto, todo libro tiene sus respuestas y, que me disculpe Derrida, quizás al final, después de leerlo, aunque no hayamos entendido nada, debamos escucharlo escuchándonos a nosotros mismos. Allí está el Voynich, un buen ejemplo de esa otra lectura que nos habla.

Fuentes: 

1. Álvaro Mutis, “Cocora” en Caravansary. México D.F, Fondo de Cultura Económica, 1988, p. 41.

2. Ídem., pp.41-42.

3. Walter Benjamin, “Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre” en Obras completas, vol. 2. Madrid, Abada Editores, 2008, p. 154.

4. Ídem.

5. Eugenio Montejo, Algunas palabras. Caracas, Monte Ávila editores, 1976, p. 7.