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Lionel Muñoz: La democracia directa es el futuro

El historiador sostiene que el mundo apunta a sistemas con mayor participación, en los que el sufragio es el mecanismo consensuado para llegar al poder. Clímax presenta «Democracia en crisis», una serie de entrevistas de opinión sobre el papel de la representación política en el siglo XXI

Una democracia sin representación, esa fue la idea que Jean Jacques Rousseau esbozó en El contrato social, publicado en 1762. Un sistema en el que la voluntad general privara por encima de la voluntad común de ciudadanos capacitados, pues la soberanía no podía ser representada “(…) por la misma razón por la que no puede ser enajenada: consiste en la voluntad general, y la voluntad no se representa, porque o es ella misma, o es otra; en esto no hay medio”. Su crítica es fulminante contra el gobierno representativo que entonces Inglaterra había establecido tras la Revolución Gloriosa y que más tarde adoptaría Estados Unidos por la influencia de Emmanuel Sieyès y James Madison. Pero Rousseau hablaba de un sistema político más directo, participativo y total.

Bajo la tesis de Rousseau florecieron las interpretaciones de la democracia directa, y para muchos también los totalitarismos del siglo XX. La noción de voluntad general roussoniana se basa en un escenario donde todos son parte de la toma de decisiones porque no existe la figura de representación política. No hay diferencias ni contradicciones como las que hay en una democracia representativa, porque el consenso colectivo está de acuerdo de forma total y completa con las acciones ejecutadas. Es una democracia absoluta, sin voces disidentes, ni oposición con fuerza o contrapeso que sucumba el objetivo final: la participación política y activa de cada uno de los integrantes.

Democracia

También es una democracia expansiva, con más participación y sin disensos, tal vez la base de los gobiernos populares que proliferan en la actualidad y que parecen derrumbar las columnas de la representatividad, demandando mayor intervención y protagonismo en la toma de decisiones. Con esto último coincide el historiador Lionel Muñoz, director del Instituto de Estudios Hispanoamericanos de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y quien considera que, por lo menos en América Latina, se están construyendo sociedades cada vez más democráticas: “Un ejemplo son las mujeres, quienes han ido ganando terrenos antes exclusivamente masculinos, y en muchos de ellos han pasado a tener la voz cantante. Ese es un indicador inapelable: los derechos de la mujer y de las personas al margen de su identidad de género. Los progresos en esta materia hacen pensar en un futuro promisorio en el mediano y el largo plazo, aunque puede haber contramarchas y no pocas amenazas en el corto tiempo”.

Más allá de condiciones particulares, la fuente de legitimidad del poder político reside en las urnas electorales. Eso hoy día nadie lo discute en América Latina

—Ante el auge del nacionalismo y de tendencias antiglobalizantes que hemos visto en el mundo y en la región particularmente, ¿la democracia liberal está en crisis?

Aunque se puedan contar ejemplos en contrario a lo que te voy a decir, ejemplos como los que aludes en tu pregunta, yo creo que la tendencia general de la historia de la América Latina y del Caribe hoy día apunta en sentido de construir sociedades cada vez más democráticas. Digo esto en términos generales y apelando a la larga duración de los procesos históricos. Hablo de sociedades cada vez más apegadas a la libre expresión de las ideas y al sufragio como forma efectiva de llegar al poder político. Hablo de la libertad de asociación y de reunión con fines pacíficos, y en el marco del ordenamiento jurídico respectivo. Las fuerzas que antes pugnaban a favor del golpe de estado o de la vía armada en el continente, casi en su totalidad se inclinan hoy por fórmulas pacíficas y electorales. Y en no pocos casos de manera exitosa. Por supuesto, hay ejemplos en contra de lo que vengo diciendo, pero son casos que históricamente no interrumpen la marcha. Se me viene mencionar a Colombia. Allí vemos cómo, luego de más de medio siglo de guerra, se arribó a un acuerdo de paz con las FARC. Contra esos acuerdos de paz tristemente se levantan miles de asesinatos en contra de líderes sociales y en contra de excombatientes de la vieja guerrilla, pero esa cruda realidad no debe comprometer el alcance y la vigencia de los acuerdos. En términos sociales ha habido correlato con esta tendencia hacia sociedades cada vez más democráticas.

—Desde las dictaduras militares de los cincuenta, la región transita por sendero hacia la democracia, pero ha encontrado obstáculos y varios traspiés. ¿Cómo ha sido ese camino?

—Yo creo que el continente, en la medida que se zafó el corsé de la guerra fría, comenzó a transitar una ruta en la que ha ido, entre ensayo y error, encontrando sus propias respuestas.  Y en esa ruta han aparecido problemas históricamente no resueltos o no resueltos del todo por nuestras sociedades. La historia a veces funciona así, mediante problemas que se formulan inicialmente y van siendo solapados por nuevas realidades que no indican que esos antiguos asuntos se hayan superado. Al desaparecer aquel socialismo de Europa del este, el liberalismo en lo económico fue la respuesta para nuestras sociedades. Pero esa respuesta pronto encontró dificultades importantes y fue allí cuando surgieron las banderas otrora levantadas por la izquierda, y se abrió el tiempo de los llamados gobiernos progresistas en la región. Este ciclo encuentra expresión en Chávez, en Evo Morales, en Lula y en los Kirchner, así como en Lugo, en Zelaya, en Ortega, en Tabaré Vázquez y Pepe Mujica. Yo creo que luego se produjo una restauración neoconservadora en el continente. Esa restauración comenzó con la salida de Zelaya del poder en 2009. Después vino Lugo en Paraguay en 2012, y más adelante el proceso contra Dilma Rousseff y el triunfo electoral de Macri. Pero todo parece anunciar que estamos en puertas de un nuevo ciclo de gobiernos de izquierda. El triunfo de Fernández en Argentina, Brasil con Lula libre y la presencia de López Obrador en México, parecen ser la puerta de una nueva oleada de gobiernos de izquierda.

«Creo que el continente, en la medida que se zafó el corsé de la guerra fría, comenzó a transitar una ruta en la que ha ido, entre ensayo y error, encontrando sus propias respuestas»

—¿Por qué opciones liberales o de derecha no han construido una narrativa que les garantice el poder como la izquierda?

—Creo que algunas de las expresiones de esta última oleada conservadora en el continente son abiertamente excluyentes de los llamados sectores populares. Baste citar el ejemplo de la actual presidenta de Bolivia, quien siendo presidenta de un país en el que cerca de la mitad de la población domina otras lenguas además del castellano y buena parte de ellos ni siquiera habla español, considera “satánicos” los rituales aymara. Un espanto total. Pero hay un fondo de razón en su pregunta, y es que las opciones abiertamente de derecha en nuestro continente no tienen futuro. Tal vez por el hecho de que la promesa no puede ser el sacrificio, sino el beneficio, y las opciones ubicadas en el campo de la izquierda prometen esos beneficios. Muy seguramente sea por eso.

—Sin embargo, esa reacción podría deberse al fracaso de los gobiernos de izquierda que no parecieron atender las demandas, sino atornillarse en el poder.

—Los gobiernos de izquierda no han fracasado en América Latina. Con ellos se han fortalecido los trabajadores en sus organizaciones naturales, ha crecido la clase media, ha habido nuevas formas de gobernabilidad que se han puesto en práctica y se ha incluido efectivamente a sectores sociales antes preteridos o marginados. El Brasil de Lula es muestra de lo que digo. Ahora bien, la nueva oleada de la izquierda en el continente tendría por reto conjugar estos logros en materia de inclusión social en programas que garanticen progreso y bienestar material para la gente. Crecimiento y satisfacción en materia económica, por decirlo en dos palabras.

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«La tendencia general de la historia de la América Latina y del Caribe hoy día apunta en sentido de construir sociedades cada vez más democráticas»

—¿Y las protestas generadas a finales del año pasado qué reflejan?

—Si se refiere a lo que ha venido sucediendo en Chile, pienso que se trata de la erupción de un problema no resuelto por esa sociedad. Es verdad, la cartilla liberal en lo económico produjo indicadores más que interesantes en ese terreno, pero a costa de aplicarla a sangre y fuego por parte de Pinochet. Es verdad, entrados los noventa se convino una transición a una democracia pactada con los personeros del pinochetismo, pero eso no quiere decir borrón y cuenta nueva. Allí hay una sociedad que la dictadura dividió por ríos de sangre, con miles de desaparecidos, una sociedad que de pronto estalló por un aumento de pasaje. Ya nadie se acuerda del pasaje, por cierto. Pero es eso: un asunto no resulto por la sociedad, que permanecía solapado por debajo de la bonanza económica y la estabilidad política, y que de pronto estalla. Es el pasado que no pasa. El pasado que sigue pasando.

—¿Y las de Venezuela, Nicaragua o Bolivia que están al otro lado de la acera?

—Todas recogen realidades sociohistóricas diversas, y por tanto son el reflejo de condiciones específicas de cada uno de esos países. Pero en todos esos procesos hay un elemento común, que aparece de manera directa o indirecta: los sectores sociales y políticos en pugna se abrogan para sí el beneficio del sufragio. Esto quiere decir que, más allá de condiciones particulares, la fuente de legitimidad del poder político reside en las urnas electorales. Eso hoy día nadie lo discute en América Latina. Anteriormente existía una legitimidad basada en la fuerza ejercida por obra de la influencia de poderes fácticos, como fue el caso de las dictaduras militares que azolaron el continente en el siglo XX. Eso cambió históricamente. Insisto en que, pese a marchas y contramarchas, la inclusión social y la democracia son nuestro único destino.

Ese es un indicador inapelable: los derechos de la mujer y de las personas al margen de su identidad de género. Los progresos en esta materia hacen pensar en un futuro promisorio en el mediano y el largo plazo

—En definitiva, ¿considera que Latinoamérica entrampada en una discusión anquilosada de derechas e izquierdas? ¿o ese debate sigue estando vigente?

—Ser de izquierda es hablar y actuar contra la injusticia y la inequidad. Es abogar a favor de la igualdad de oportunidades y condiciones de acceso a los derechos sociales, sin distinciones de color, ni de vestido ni de género. Es procurar una relación de respeto entre los miembros de la comunidad internacional. Es aspirar a una sociedad cada vez más humana y democrática, más incluyente. Mientras estas procuras tengan pertinencia, tendrá sentido ser de izquierda.

No hay diferencias ni contradicciones como las que hay en las democracias representativas, porque el consenso colectivo está de acuerdo de forma total y completa con las acciones ejecutadas

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