Los apodos de los malandros o nombres del crimen

Aunque en la pila bautismal o en los registros tengan otros nombres, se hacen llamar "El Caimán", "Boca de Bagre", "Gandola", "El Zancudo" o "El Oriente", entre otros muchos. La intención no es otra más que sembrar temor en los oídos de la policía y de la población. La delincuencia sabe incluso cómo hacerse conocida con estos alias que, en el mejor de los casos, resaltan una perversa cualidad

Los apodos de los malandros o nombres del crimen

Una manera de referirse a los delincuentes es utilizando apodos. Los hay extravagantes, raros, graciosos y hasta increíbles. El mote es un lenguaje policial prácticamente obligado. Cuando ocurren detenciones de personas implicadas en delitos, los funcionarios lo primero que hacen es colocar un «alias» —con comillas incluidas—, como si ese ejercicio del lenguaje le diera más peso al procedimiento.

Pero más allá del apodo, lo que existe es una relación de poder del Estado, donde el detenido —culpable o no— pierde el derecho a refutar el sobrenombre impuesto. Los propios funcionarios policiales admiten que están obligados a ponerlos para «resaltar la minuta y darle más fuerza».

En Venezuela ya es típico conocer a los delincuentes por nombres de animales, y en los barrios es una regla usarlo. Las organizaciones delictivas se distinguen por el uso de remoquetes. El líder, generalmente es quien los asigna, la mayoría de las veces se inclina por el diminutivo del nombre del sujeto. Por ejemplo: «el Joe», «Luisito», «Miguelito», etc. Los más extravagantes, sin embargo, surgen por la fisonomía del delincuente. De allí que se conocen como: «Poste Chocao», «Cara de Curda», «Petróleo», «Hulk», y unos casi inverosímiles: «Tormenta», «Coca Cola», «Plátano Verde»‘ y un sujeto de Valencia que fue conocido como «Jurasic Park».

Otros, en cambio, responden a la zona de la que era oriundo el delincuente. Es el caso de «El Oriente» o Yorvit López, como le pusieron en la pila bautismal, y quien fuera asesinado en Monagas por funcionarios de inteligencia de la policía regional. Si bien su nombre no era de temer, sí lo eran sus actos. López lideró el motín del Rodeo II en 2011 -en el que murieron 23 presos y 11 resultaros heridos-, de ahí se escapó con otros 29 reos. Fue racapturado en El Callao.Pasó por Tocuyito donde secuestró a 60 trabajadores y lo trasladaron a la cárcel de Coro, en Falcón, donde en enero de 2016 protagonizó un motín y de ahí lo trasladaron a Puente Ayala, de la que se fugó sin que se hiciera mucho ruido. Desde entonces las autoridades lo buscaban.

MALANDROS EN EL VALLE

Los más buscados

Adrián de Jesús Linares, de 24 años, fue acribillado en un basurero de la calle 9 de Los Jardines de El Valle. Fue en la noche del seis de julio. El cadáver quedó tirado en la entrada del estacionamiento de las residencias El Parque. Nadie lo reconoció. Los vecinos de esa zona dijeron al día siguiente que habían escuchado las detonaciones y después se toparon con el cuerpo —que vestía un short de jean, una franellilla blanca y solo medias.

Horas después de que el Cicpc se llevara el cadáver a la morgue de Bello Monte, se supo que la víctima era el conocido delincuente apodado «el Koala», uno de los más buscados por las autoridades venezolanas y líder de una organización delictiva dedicada al secuestro, la extorsión, los homicidios y robos en Caracas. Una joyita. Su alto expediente reposaba en los archivos de la policía científica hasta ese día —cuando lo enviaron a la sección de archivos muertos. Dicen que lo mató el hampa, sus enemigos.

Familiares de «el Koala» admitieron los malos pasos del muchacho que, incluso, les trajo muchos problemas. Lo llamaron así desde niño por su ligero parecido al animal. Era de cara redonda y pequeña con ojos saltones. El mínimo bigote que siempre tuvo era su marca.

Saltó a la palestra pública y al señalamiento de las autoridades en el año 2013 cuando se intensificaron los secuestros en los sectores del oeste de la capital: El Cementerio y la Cota 905. Siempre trabajó para Oswaldo Oropeza Guariguan, el «Lucifer». Este sujeto comandaba los delitos en Caracas y algunos estados del centro del país como Aragua y Carabobo. Lo fuerte de su apodo lo hacía temeroso y casi invencible. Era la lucha entre el bien y el mal. Es decir, entre las autoridades policiales y él.

Con solo nombrar a «Lucifer», la gente temblaba y evitaba emitir cualquier comentario en su contra. El líder del mal caraqueño fue ultimado el 27 de mayo de este año en el hotel Bosque Dorado de la carretera Panamericana. Funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) lo siguieron y lo sorprendieron allí. Él era el jede de los jefes.

MALANDROS EN EL VALLE

Para el psiquiatra Roberto De Vries, el uso de apodos entre malandros tiene connotaciones. Una de tipo cultural que reconoce la parte más primitiva del ser humano y otra, que considera un poco más importante, es la relación que quita poder a la persona. «Los apodos concentran o reúnen, en el mayor de los casos, los defectos de la persona. Se ponen por ellos, por resaltarlos. Por lo tanto, usarlos es como quitarle poder y su nombre a quien lo lleva. Generalmente son por debilidades y no por fortalezas. Es descalificar, es despectivo. Es una forma muy amigable de restarle la identidad. Se asocia una personalidad con características físicas, psicológicas y socioculturales», refiere el especialista”.

Además, una de esas características que se resalta con el alias es lo que hace público y reconocible al sujeto. Por ejemplo, a José Antonio Tovar Colina, de 33 años, no lo conocían por su nombre de pila sino por su apodo: «El Picure». Aunque no tenía semejanza física con el animal, quienes lo conocieron, incluidos los policías que estuvieron tras él durante cuatro años, coincidieron en resaltar la capacidad que tenía para huir rápidamente, para despistar a las autoridades y siempre salir airoso de los cercos. Una cualidad única de esos animales. “El Picure» fue ultimado por una comisión de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) el 2 de mayo de este año en El Sombrero, estado Guárico, donde residía.

Tres días después, una comisión del Sebin dio de baja a Jamilton Andrés Ulloa Sánchez, de 43 años, conocido como «el Topo». Otro «animal» audaz que burló a las autoridades después de haber ordenado la masacre de 17 mineros de Tumeremo, el ocho de marzo de 2016. Fueron cuatro bajas emblemáticas este año. Ellos eran los más buscados. Expertos en materia de seguridad aseguran que el mismo Gobierno levantó a estos sujetos y les creó fama nacional. Con solo empezarlos a nombrar y calificarlos como de alta peligrosidad, se inició un matiz de miedo y respeto en la sociedad. » Ciertamente fueron delincuentes famosos, pero por el trampolín de las autoridades. Fueron ellas quienes crearon un perfil delictivo aterrador», destacan.

MALANDROS EN EL VALLE

El comisario jubilado del Cuerpo de Investigaciones Científica Penal y Criminalística (Cicpc), Luis Bustillo Tábata, resaltó que el uso alias en delincuentes también viene dado por la relación de poder que tienen en los barrios o sectores donde operan. Así se conocen sujetos apodados «el Gato», «el Mono», «Fresita», y muchos más. «Sin duda que en esos sujetos hay características físicas asociadas a los animales, por ello nombre. A quienes apodan ‘Gato’ es porque tienen los ojos claros; los ‘Mono’ son personas de piel oscura. Es una asociación directa. Ahora bien, en los sectores populares es común ver la relación directa entre habitantes y delincuentes a través de apodos. Para los delincuentes es sinónimo de respeto hacia ellos, es un patrón de conducta que empieza a temprana edad. Apodar a un joven desde los nueve años es marcarlo, etiquetarlo para siempre, pero la familia no refuta y, por el contrario, acepta la nueva identidad. En las bandas delictivas se adoptan integrantes desde los 13 años y les endilgan sus sobrenombres. Es el líder que asigna el nuevo nombre y maneja a estos muchachos a su conveniencia. Algo importante, apodo impuesto no puede cambiarse porque es símbolo de desobediencia. Sin embargo, hay delincuentes que se conocen por varios”, refirió el exfuncionario.

Intramuros carcelarios surgió un delincuente reconocido por su operatividad: Teófilo Alfredo Rodríguez Carzola, alias «Conejo». Era líder del penal de Margarita, en donde estuvo recluido entre los años 2003 y 2010. Lo mataron el 24 de enero de este año en la salida de una discoteca de la isla. Quienes lo conocieron, aseguran su apodo se lo debía a la forma de sus dientes y al gusto por la revista PlayBoy.

La mafia carcelaria la manejaba con mucha seguridad, al punto de que marcaba su rebaño con un tatuaje del famoso conejito de Playboy. Todos sus seguidores dentro del penal tenían la piel entintada, así como paredes y celdas. Era una forma de marcar territorio. Su figura se convirtió en una cultura popular carcelaria.

MALANDROS EN EL VALLE

No faltan apodos extravagantes, graciosos y extraños dentro del mundo delictivo nacional. El jueves 25 de agosto dos jóvenes fueron ultimados por funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana en el sector La Haciendita de Valle de La Pascua. Se trata de «Harry Potter» y «Era de Hielo». En los registros civiles fueron presentados como Jeremy Alejandro Esthuar González y José Antonio Orduño, respectivamente. El primero usaba lentes como la estrella de cine, y el segundo tenía cierto parecido con uno de los animales de la película de Blue Sky Studios. Así refirió la fuente policial.

En el inventario también figuran: «El Caimán», «Boca de Bagre», «Gandola», «El Zancudo», «El Rochela», «Lengua Muerta», «Puñito», «Buñuelo», «Piel Canela», «El Tiempo», «El mostaza», «Salsa Salsa», «Cara e’ lancha», entre otros.