Los golpes de Baldo Verdú

Cantor y payador que estalla en percusiones afrolatinas. También rasga las cuerdas de la guitarra lo mismo que las del cuatro y bajo. Junto a su mujer fundó The Baby Factory: una pequeña fábrica de notas, partera de Out of the road, su primer disco. Hace de la intemperancia estímulo de creación “no ha bajado, simplemente está más y mejor enfocada”

En la mecánica de ese equilibrio entre opuestos que es la vida, hay tragedias que parecen contener la semilla de una futura bendición. Lo oscuro, eso que nadie enfrenta voluntariamente, es el causante de no pocos puntos de inflexión que nos empujan hacia la persona que terminamos siendo. Eso lo ha podido constatar Baldomero Verdú, músico venezolano asentado en Londres, para quien algunas de sus encrucijadas vitales se han presentado como las sacudidas de un trueno. En forma de una pistola en el rostro. O de una insustituible y entrañable ausencia. Tragedias que han configurado el bastimento que carga a cuestas, en el que lleva solo lo indispensable.

Nacido en Caracas el 24 de febrero de un año que sugiere distopía (1984), ha sido músico desde que tiene uso de razón. Ya a los cinco años tocaba en casa, con su hermano y sus primos, percusión caribeña y afrovenezolana. Culo e’ puya, fulía, puja’o, quitiplá, mina, congas, bongó, fueron instrumentos que aprendió a ejecutar como quien juega con sus carritos. Un buen día Karelia, su madre, decidió instalarse con sus dos hijos —Baldomero e Isaac, su hermano menor— en un campamento minero donde se explotaba bauxita, en el estado Bolívar. “Ahí viví los mejores años de mi vida. Toda mi etapa primaria, en uno de los mejores colegios del país para la época y el ambiente más idóneo para desarrollar mis capacidades creativas”, rememora. El colegio se llamaba Unidad Educativa Autónoma Bauxiven, y estaba ubicado entre Puerto Ayacucho y Caicara del Orinoco, a dos horas en medio de ambos, en una comunidad indígena llamada Los Pijiguaos, rodeado del vasto océano que es la selva.

Allí seguiría tocando en agrupaciones folklóricas y luego en las fiestas de San Juan, cada junio, en Barlovento. Su madre, sus primos y tíos y especialmente su tía Lilliam Frías, miembro fundadora de Un solo pueblo, conformaban un ambiente donde la música, el canto y la danza folklórica eran parte de la vida cotidiana. De tal manera, a los 12 años ya tocaba cuatro y se iniciaría en el violín, y a los 17 comenzó con la guitarra. Más adelante también abordaría el bajo y los teclados.

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De paradojas y caminos

El cine ha sido su eterna pasión paralela. Al terminar el bachillerato estaba decidido a mudarse a Mérida para estudiar esa carrera. Pero, justo en esa época su madre se enfermó de cáncer y, ese hecho, cambiaría por supuesto sus prioridades. Le resultaba imposible irse tan lejos cuando la persona más importante de su vida estaba atravesando ese momento tan difícil. Por tanto, con la opinión de ella en contra, suspendió sus planes de estudio.

Tiempo después, ya con 20 años, se inscribiría en la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab), a estudiar Comunicación Social. La mención en Artes audiovisuales lo acercaba de alguna forma a sus planes originales. Su paso por la UCAB fue irregular. De hecho, se graduó en siete años. Hubo semestres que abandonó por la enfermedad de su progenitora, pero también porque ya comenzaba a hacer música de manera profesional. Pese a su inconstancia en ella, considera la universidad —“te gradúes o no”, desliza— parte fundamental de la formación de las personas. Es allí “cuando te das cuenta de que te falta mucho camino por recorrer y miles de cosas por aprender. Es el conocimiento, la enseñanza y el aprendizaje servido en tu mesa. Tú verás si lo tomas o lo dejas”, reflexiona.

Curiosamente en ese Plan B llamado UCAB conocería a las dos personas más importantes en la confección de su nuevo universo afectivo: Harry Febres y Bárbara Combellas. La amistad con Febres resultó fundamental, tanto en su desarrollo musical como en su visión de la vida. Una confluencia de sus visiones estéticas a partir de sus definidas diferencias, los condujo a la creación de Fibonacci, una experiencia que supondría un antes y un después en su proceso creativo y personal.

A ellos se sumaría Kenny Gómez, quien pronto se mudó a Europa por razones académicas, por lo que Baldo animó a Sergio Barreto, un excelente músico que había conocido en Los Pijiguaos, a instalarse en Caracas para integrarse al proyecto. Luego encontrarían baterista y bajista, para establecer la conformación definitiva de la banda. Luego de varios años fogueándose en tarimas, el país y las inquietudes personales de cada uno los llevaron a replantearse sus propios caminos, aunque Baldomero confía “que algún día nos volveremos a reunir para continuar lo que una vez iniciamos”.

El legado que dejó Fibonacci en él no se circunscribe a lo musical. La apología a la superación profesional, creativa y personal que se respiraba en casa de los Febres, en San Antonio de los Altos, fue esencial en su vida. “Fueron los padres, el hermano y la hermana que tuve luego de que mi mamá muriera. Mucho de lo que soy y de lo que he logrado hoy también se los debo en gran medida a ellos por dejarme ser parte de su núcleo sin pedirme absolutamente nada a cambio”, afirma.

Ese refugio afectivo y la música salvaron su vida, literalmente, luego de atravesar “el infierno de dos años que significó perder al ser más maravilloso en mi existencia y darme cuenta de que después de ella finalmente me encontraba absolutamente solo”.

Pasó dos años encerrado en un cuarto. Finalmente, gracias a la música, salió a flote. Y la comprensión cabal de una compleja paradoja, lo blindaría: a diferencia de su hermano, que siempre tuvo claro su horizonte, él necesitó del permanente empujón materno para acometer sus proyectos. “Si mi madre no hubiera muerto yo no sería ni la mitad de la persona que soy hoy. No hubiera madurado tan rápido ni con una perspectiva tan clara de cómo funciona el mundo, los afectos, la familia, entre muchas otras cosas”, puntualiza. “Quisiera tenerla acá, pero jamás quisiera ser la misma persona que era antes de que ella partiera”, concluye.

Una socia para una peculiar fábrica

Para seguir mitigando la soledad y el dolor, a ese amparo afectivo y musical que fue el hogar de los Febres, le llegaría un refuerzo bajo la etérea y menuda figura de Bárbara Combellas, quien deambulaba por los mismos pasillos que él, inocente de su futuro. La había visto unas cuantas veces en la universidad, y algunos amigos le habían comentado que cantaba muy bonito. Un día, el mismo que intentó venderle el EP de Fibonacci, se le acercó y le preguntó si estaría interesada en conformar un dúo musical con connotaciones folk-rock.

Quiso el destino que no solo le comprara el EP sino también el proyecto. Así nació The Baby Factory, y ambas cosas —amor y proyecto artístico— fueron desarrollándose poco a poco, de forma paralela, en un proceso de ensayo y error, ensamblando un perfecto complemento de opuestos, como tanto gusta a la vida. Resulta curioso que una banda de rock tenga un nombre tan dulce. Explica, sin embargo, que existen dos lecturas, y de inmediato pasa a contar la “todo público”, acotando que la acuñó Bárbara. “Las canciones son nuestros bebés. Nosotros somos la fábrica”. Ante el silencio que sigue, la explicación de la “horario restringido” es pasto fácil de la curiosidad.

A pesar de tener en The Baby Factory un proyecto que lo tenía entusiasmado, con el que habían lanzado el álbum Out of the road, a Baldomero se le hacía cada vez más difícil convivir con el discurso violento, retrechero y revanchista que emanaba desde el poder en Venezuela, cuando un día, en un autobús de Caracas a San Antonio de Los Altos en el que se encontraba, ese discurso se corporizó en la forma de cuatro tipos sometiendo a los pasajeros para robarlos. Una pistola en su rostro colmó y condensó todo ese desacuerdo, atizando además un sueño adolescente de probar fortuna en otras geografías.

Fue así como hizo maletas y, un día de mediados de 2013, aterrizó en Europa junto a su cómplice de música y vida, primero en una breve estancia en Amsterdam para luego asentarse en Londres, donde viven desde hace casi dos años, fabricando bebés sonoros.

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Hacer música aquí y allá

Si bien Inglaterra resultó duro al principio en lo económico y en lo laboral, no lo fue tanto en lo musical. A los seis meses ya estaba tocando con sus proyectos y algunas otras agrupaciones llegando, incluso, a crear allá otra banda, más orientada hacia la cultura popular venezolana. “Cuando vienes a Reino Unido y resultas ser capaz de tocar percusión afrolatina, cantar, ejecutar la guitarra, el cuatro, el bajo, ser capaz de exponer tu propio material pero de igual forma tocar el de otros artistas y hacer relaciones públicas con conocidos, amigos y contactos de la industria con una disciplina, entrega y vehemencia que no descansa, es muy difícil que te vaya mal”, explica.

¿Qué diferencia fundamental encontraste entre hacer música aquí y hacerla allá?

—La diferencia está en el approach en función de qué tipo de música haces. Acá estoy más tranquilo. Hay mucho más tiempo para pensar en el arte de las cosas y trabajar conceptualmente lo que creas para luego sacarlo a la calle. En Venezuela era un asunto más catártico, de drenar la rabia y la frustración que la realidad te originaba. Quería escupir mucho más rápido lo que estaba sintiendo. Era el demonio que como buen caraqueño llevaba adentro, tratando de hacerse escuchar entre la contaminación sónica y visual a la que mi ciudad me estaba enfrentando. Hoy, desde afuera, puedo ver las cosas con un poco más de madurez y paciencia. La intemperancia no ha bajado, simplemente está más y mejor enfocada.

—En Venezuela hay mucho más talento que criterio. Y el talento no es garante de que tu producción creativa sea necesariamente formidable. Hay que enrumbar el barco más hacia lo artístico que hacia lo específicamente musical. Es un tema de estética, de conceptualización sonora, discursiva, entre otras cosas. El músico venezolano está más enfocado en la ejecución instrumental que en abarcar aspectos artísticos puntuales de su trabajo, y eso me parece un error.

Acerca de sus influencias, señala que son muchas. “Pero últimamente hago exagerada apología a artistas que han sido profundamente fieles a su obra y a su criterio al momento de presentarlas al mundo”. Cita a Trent Reznor, de Nine Inch Nails, a quien considera “posiblemente el artista más serio que ha existido en los últimos años”, pero también a su influencia incondicional de siempre: Draco Rosa, “a mi parecer, el artista más completo a la hora de pasearse por diferentes géneros y reinventar su sonido”, y a Otilio Galíndez, “mi favorito entre nuestros cantores. Mucha sensibilidad y fragilidad desde los predios más tristes de nuestra realidad”, para cerrar esta breve lista con Frank Ocean.

Lo que resta del camino

Actualmente está trabajando duro en lo que será el próximo álbum de The Baby Factory. “Será el trabajo conceptual más importante que haya realizado en mi vida y tal vez en los próximos 10 o 20 años”, sentencia entusiasmado. El lanzamiento será en el 2016 y espera que llegue “a las manos, los ojos y los oídos de la mayor cantidad de gente posible”.

Mientras, sigue trabajando por consolidarse en la industria musical para que el dinero deje de ser un problema, y poder ayudar “a toda esa gente que aún sigue en Venezuela haciendo cosas sumamente interesantes y que merecen ser expuestas, cosa que ese contexto extremadamente adverso jamás permitirá que pase. Por mí y por ellos es que estoy haciendo lo que hago”.