Los poetas les arrebataron Medellín a los asesinos

Hace 25 años comenzó una transformación cultural en la ciudad más grande de Colombia. En 1991, cuando la pólvora era moneda de cambio y las empuñaduras de las armas acumulaban huellas, nació el Festival Internacional de Poesía, un evento que convoca a la comunidad literaria internacional y se ha convertido en referencia regional de las letras

Los poetas les arrebataron Medellín a los asesinos

En el año 1991 la ciudad colombiana de Medellín era pasto de la violencia. El diario El Tiempo reportaba entonces que se habían registrado 7.081 asesinatos en esa urbe en apenas 12 meses, según el informe anual del Departamento de Estudios Criminológicos y Policía Judicial de Medellín (Decypol).

Era, entonces, una de las ciudades más violentas de todo Colombia, y con la criminalidad en aumento. Tan solo un año antes, 1990, en Medellín fueron cometidos 5.434 crímenes, 34% más respecto de 1989, cuando la ciudad registró 4.047 muertes violentas. Los asesinatos, entonces, doblaban en cantidad a todos los registrados en el mismo período en toda la región de Antioquia.

En Medellín, en 1991, había atentados y Milicias Populares –grupos de autodefensa armados-, y hasta balaceras dentro de salones de clase escolares. Ese año explotó un carrobomba dejando 25 cadáveres en febrero, y otro en diciembre con 8 víctimas. Además, según registros oficiales en 1991 las “masacres” se redujeron casi a la mitad (hubo 35) y los policías muertos fueron 83.

En ese entorno, un contexto de desolación, nació el Festival Internacional de Poesía que esta semana cumple 25 años y que ha limpiado la imagen de Medellín para convertirla en el epicentro latinoamericano de ese género.

En esos cinco lustros la segunda ciudad más grande de Colombia se ha convertido en un referente mundial en innovación y se ha remozado por completo integrando las barriadas más pobres con edificios punteros de diseño como la Biblioteca España, enclavada en el centro de la Comuna 13, una de las más violentas de la metrópoli.

«Queríamos transformar la conciencia de la ciudad a través de la poesía», explica el director del certamen, Fernando Rendón. En aquel 1991 ni tan siquiera levantaron la voz para expresar su voluntad porque si «hubiéramos declarado abiertamente lo que declaramos hoy, que la poesía puede parar la violencia, se hubieran reído de nosotros», agrega.

Ahora y tras 25 años se ha convertido no solo en un icono sino en una fuente de ideas para Colombia y al festival lo acompaña la Cumbre Mundial de la Poesía por la Paz y la Reconciliación de Colombia, una cuestión central para el certamen y sus objetivos fundacionales.

En ese tiempo Rendón constató «la gran fuerza espiritual que la poesía representó para la ciudad» y como su energía «se ha fortalecido y ha permitido a Medellín tener un título diferente: ‘Capital Mundial de la Poesía'».

Uno de los elementos de los que más orgulloso se siente el director del festival es de haber dado voz a los pueblos indígenas con su «lenguaje de la solidaridad con los seres humanos y de la defensa de la tierra». Solo en esta edición, que se inició el pasado día 11 y se prolongará hasta el 17 de julio, han pasado por el certamen miembros de las comunidades wayúu, yanacona, kamsa o sami.

Entre los recuerdos que Rendón tiene marcados de estos años está la visita del premio nobel de literatura nigeriano, Wole Soyinka, el primero galardonado con ese premio que visitó la ciudad colombiana.

Por todo ello, el festival obtuvo el premio Right Livelihood Award -también conocido como Premio Nobel Alternativo- en reconocimiento a «la visión y labor sobresalientes en favor de nuestro planeta y su gente».

Sin embargo el gran éxito del encuentro ha sido la capacidad para crear «vasos comunicantes» en todo el continente latinoamericano, dice Juan Manuel Roca, uno de los poetas más destacados del país y que ha participado en varias ediciones del festival.
«Colombia estaba muy aislada, en un momento era el Tíbet de América Latina, autista y ensimismada», destaca Roca, para quien la cita permitió romper ese aislamiento.

El festival ha permitido que los poetas colombianos conozcan lo que hacen en otros países del continente y han roto una tradición aislacionista, e hizo posible que se construyera en Medellín una identidad alrededor de la poesía «en una localidad que, además de dura, ha sido estigmatizada como una ciudad muy fenicia donde se dice que más que oír el sonido de los corazones les interesa oír el de las registradoras».

Y eso pese a las reticencias iniciales del poeta, quien consideró en un inicio que si el certamen no iba acompañado de una política para generar un público de la literatura «podía resultar un hecho periférico».

«Sin embargo, fui cambiando cada vez más la percepción de eso al darme cuenta en varias generaciones que se han ido formando alrededor del festival que empiezan a decantar sus gustos», concluye.