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Luis Miquilena, la muerte en el espejo

Su despedida fue silenciada por el retumbe de la muerte del dictador de Cuba, también de izquierda. Los diferenciaban la barba y las ideas: poblada y ausente, totalitarismo y democracia. Acérrimo enemigo de las injusticias, creyó en el sueño comunista para luego optar por quedarse en los grises, a pesar de haber ayudado a un verde oliva a llegar a Miraflores para, no mucho después, denunciarlo en su ocaso

Luis Miquilena, la muerte en el espejo

La muerte, suceso que siempre monopolizó Fidel Castro y sigue capitalizando –esta será la última vez- juega a los paralelismos y comparaciones cuando vence, con horas de diferencia, al convaleciente Luis Miquilena. Ambos longevos, ambos de izquierda, ambos con perfiles que animan a la platea a emitir juicios extremos, el fallecimiento del sagaz político venezolano, a quien, entre otras cosas, también el zodíaco lo emparenta con el barbudo cubano –nació el 29 de julio de 1919-, igualmente propicia en suelo y teclado patrio reacciones tan exasperadas como contradictorias. El fin del hombre a quien intentarían asesinar más de 600 veces, salpica las honras fúnebres de uno de los hombres más torturado de la vecindad.

Así como la opinión pública del planeta, las redes sociales y las cadenas de noticias desbrozan la figura del mito que deviene especie extinguida, adiós Caballo, con arresto febril la platea pasa la biografía del operador político venezolano por el aro en llamas de la polarización; y es poco menos que enviado de nuevo a las mazmorras -uno de los que más las padeció en la historia-, por haber sido parte del aciago y prolongado gobierno de Hugo Chávez. Se enredan los sucesos luctuosos. Más pena para los deudos.

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“La verdad es que nos acompañó poca gente de la oposición”, se lamenta, al día siguiente de las exequias, Luis Miquilena hijo, quien recuerda con una mueca triste cuando murió su hermana Miriam, “mi papá era ministro, y al cementerio llegaron 700 coronas, y hubo tres meses de obituarios y condolencias. ¿Sabes cuántas esquelas le dedicaron a papá? Seis”. Miquilena por lo demás, no encuentra similitudes entre su padre y el dictador cubano, aun cuando sabe que se reunieron varias veces en La Habana y en Margarita y en Barinas y en Caracas. Porque Miquilena fue adversario acérrimo de todos los gobiernos totalitarios. Y de manera frontal.

Preso del general Gómez –el último de sus presos que aún quedaba vivo, lo torturaron de manera espantosa y vejatoria-, también lo fue del general Marcos Pérez Jiménez –quedarían en las plantas de sus pies tatuadas para siempre las rayas marcadas por los filos de los rines donde la tortura lo mandó a parar-, y asimismo sería contendiente declarado del chavismo, desde su deslinde en 2001. “Claro, papá tenía ya 83 años, no lo vimos en efecto viajando por el país haciendo activismo en contra con un megáfono, pero siempre alzó la voz en la radio, en la prensa”.

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De manera, pues, que el falconiano de la frase ¿con qué se come la sociedad civil?, Luis Manuel Miquilena Hernández, fue enterrado en el Cementerio del Este por sus familiares, ocho hijos, los tantos nietos y bisnietos, y un número incompleto de amigos. “¿Pero no le perdonan qué? ¿Que desde hace 15 años se haya separado abiertamente del chavismo? ¡Pero si lo denunció sin ambages! ¿Que haya dejado a los rojos porque no toleró ver tanta corrupción y por haber presenciado el maltrato que a Marisabel le infligiera su esposo el Presidente? ¿O acaso porque trabajó siempre por el país y por los desposeídos, desde que era un mocoso?”, se pregunta su hijo.

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Del oficialismo, en cambio, cuando no esperaban a nadie, pero se presentaron Nelson Merentes, se supone que porque trabajaron juntos, no Ernesto Villegas sino Vladimir, “que es otra cosa”, y José Vicente Rangel, a quien “papá quiso tanto hasta que él se separó del régimen y Rangel, ay Rangel, siempre sobre la ola, se quedó con los traidores, sí, ponlo así mismo, esa es una de las desgarraduras más profundas del herido corazón de mi papá”. Literalmente.

Usuarios de las redes sociales, sin embargo, se afincan en el hecho de que prohijó, preparó y condujo a Hugo Chávez al poder. No pocos coinciden en recordar que en una reunión en Margarita en la que participan Chávez, Castro y él, Miquilena le habría hablado de la importancia de alcanzar la justicia social en el país sin balas ni expropiaciones, y con respeto por las instituciones y las libertades –¡y Castro habría estado de acuerdo!-; Ernesto Alvarenga está entre los que dan fe de ello. Igual, otros le quitan el crédito de demócrata de un tirón y lo declaran culpable. Que a él se debe, prácticamente, el desbarrancamiento del país.

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Obvian que Miquilena rompió pajitas con Chávez no más empezó a dar muestras de haber sido seducido por las habilidades de cobra de Fidel Castro. Cuando fue olvidándose del flux y la corbata para volver al uniforme verde oliva. Cuando se dejó de sutilezas y propuso asumir el socialismo, el llamado del siglo XXI, como modelo, Constitución aparte. Cuando vio que Castro, si en algún momento le aconsejó que no repitieran la historia cubana –increíble-, pues aquella vez en Margarita, en sus propias narices, queda en silencio, silencio cómplice, y opta por no importunar los desvaríos rojos de su donante de sangre, que ya daba muestras de adherente embeleso. Cuando Castro se haría eco de los devaneos de su narcisista pupilo y complementaría la idea: “Socialismo es comunismo”. Vaya. Nada que hacer.

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Vehemente y seductor, se encontrarían los carismas en Yare. Llamado por Hugo Chávez, el preso, el que fuera sobreseído luego de dar un golpe de estado y vincularse a otro más, tanques y confesión mediante -cárcel en la que nunca nadie le lanzó heces fecales, valga la acotación-, Luis Miquilena accede a reunirse con el alzado, por ahora. La empatía es evidente. Y se entusiasma el hombre a quien Miguel Otero Silva le otorga un personaje en La muerte de Honorio con las pretensiones reivindicativas y el proyecto de reconstrucción nacional del teniente coronel. “Raro, los hijos estábamos al principio asombrados ¿papá con un militar? Pero él, que es tan apasionado y parecía tan encantado con la idea, nos conmovió y decidimos apoyarlo”.

Luego del triunfo de Chávez, en el 98, su mentor político, Miquilena, asume cargos y roles de importancia -“nunca más Chávez tuvo un alter ego, alguien en quien confiara tanto, otro a su lado, nunca más hubo un segundo de a bordo de su calibre” -asegura Rafael Simón Jiménez-, entre ellos la Vicepresidencia del país. Quien había sido constituyentista, presidente del llamado Congresillo, y ministro dos veces de Relaciones Interiores, descubre en dos años de gobierno, sin embargo, las intenciones del aprendiz: apearse de la democracia como quien se zafa de una camisa de fuerza.

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Recuerda Jiménez que cuando se produce la huelga general en el intenso año 2002 que desemboca en los sucesos de abril, Miquilena consigue que ni el transporte ni los bancos se sumen al paro. Chávez lo desautorizó, quería la pelea frontal, sin diálogos ni acuerdos. Miquilena tira la toalla y deja el Ministerio de Relaciones Interiores. Estaba harto. Quien ha sido investigado por un supuesto negocio de ventajismo y sobreprecio de la Gaceta Oficial desde la empresa Micabú –“una canallada, él, que creía en el adecentamiento de la justicia, no mueve un dedo a su favor y es enjuiciado”, comenta Ernesto Alvarenga-, rinde cuenta de los gastos de la partida secreta y hace constar cuánto queda en las arcas. Su sucesor, Ramón Rodríguez Chacín, asegura al asumir el cargo que no encontró los 700 millones anunciados. “Una mentira, habría que averiguar más bien qué hizo con ese dinero Rodríguez Chacín, el mismo que entrena a los guerrilleros de las FARC…”, desliza Luis Miquilena hijo.

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97 años vividos uno a uno con ímpetu y con la cabeza en la fecha correcta hasta el último día, léase 24 de noviembre de 2016, Luis Miquilena se tomará a sí mismo como luchador. Medinista a capa y espada, el más famoso sindicalista del sector del transporte, le pide el 18 de octubre de 1948, a Medina Angarita, el día del golpe, que le dé armas para defender el gobierno que se tambalea, Medina le dirá que no, que no quiere que se derrame sangre y abdica. Años después, convencido de que Medina tenía razón, diría que la lucha de la oposición al chavismo debía ser más enérgica, en la calle, pero no con armas.

Director del beligerante Clarín, periódico sin medias tintas, Miquilena estará preso desde 1953 y hasta 1958. Cuando el 23 de enero cae el de las escapaditas a La Orchila, él sale de la cárcel de Ciudad Bolívar junto con Ramón J. Velázquez y Simón Alberto Consalvi, amigos entrañables pese a que siempre fue un antiadeco confeso, “lo que da cuenta de su talante leal; Miquilena era un seductor, un hombre fascinante, un personaje tremendo, fiel y apasionado, el más solidario”, acota Alvarenga.

Décadas más tarde, cuando Chávez quiere invitar a Pérez Jiménez a que venga a su entronización en el poder, es Miquilena quien lo persuade. Un contrasentido esa invitación, y su negativa no sería mera mezquindad. Residenciado en Madrid, en una mansión archilujosa –búnker con sótano antibombas que compraría luego David Beckham-, el mandamás que se fue en la Vaca Sagrada nunca más volvió. “Ese pelón se lo perdonó a Chávez”, añade Alvarenga. “Rencoroso nunca fue”, confirma Luis Manuel Esculpi, quien inició las investigaciones del supuesto fraude de Micabú.

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“Papá vendió las acciones antes de ese jaleo, igual que vendió el Hato Caroní que ahora vuelve a salir a flote como si fuera un asunto turbio no aclarado, un ritornelo raro, como las manchas del sol, parece que no pudiera borrarse el despropósito, el malentendido”. Tobías Carrero, presidente de Multinacional de Seguros, adquirió el fundo y “fue quien lo embelleció, le construyó piscina, agrandó la casa de la hacienda, tiene hasta capilla, parece Falcon Crest; bueno, esa es la propiedad que luego Chávez, amistades aparte, adquirió porque él expropiaba a su gusto, sin ningún otro criterio. Al final, ¿cuántas haciendas no se perdieron y dejaron de producir? ¿No quedó esto como un bien para la familia Chávez y su goce?”, desliza Miquilena.

Urredista desde que la democracia se vuelve compromiso con el Pacto de Punto Fijo, del que no abjuraría jamás –URD es un partido que alberga a socialdemócratas, ex ñángaras y alguna gente de derecha y está en el Pacto-, luego en los setentas votaría por el MAS, entusiasmado con las dos candidaturas de José Vicente Rangel, entonces uña y carne suyo desde los tiempos del partido amarillo –Unión Republicana Democrática-, cuando él era secretario general y Rangel, subsecretario.

Ubicado siempre a la izquierda, pero cada vez más convencido de la importancia de la justicia social en libertad, se inició imberbe en los avatares de la política. Precoz, a los 12 años se metió en la candela, nunca paró y fue a todo dar, comprometido hasta los tuétanos. De talante aguerrido, cada vez vería la realidad con más matices, menos en blanco y negro el ex comunista que rebelde per sé, eso sí, dividió al PC creando tienda aparte con Eduardo Machado, eran ellos los comunistas negros, los machamiqui. Luego se aproxima al chavismo, que, como tercera vía, adiós golpes y demás descortesías, intentó el líder del MBR200 perfilarse con cautela y fue así como exhibió una composición química light; tan es así que fue capaz de seducir también, por ejemplo, a Jorge Olavarría, a Henry Lord Boulton y a dueños de medios que luego fueron sus blancos.

Dicho pues que la vocación política de Luis Miquilena, a quien llamaban Pelo de oro, comienza cuando es un niño aún, vale decir exactamente cómo: un día –frisa los 12- escribiría a quien puede interesar, sin identificarse, eso sí, que no entendía cómo aquel juez de Falcón, también llamado Luis Miquilena, podía tener sacos de comida en la casa con tanta gente hambrienta. El juez, que era su padre, se dispondría a buscar al bribón que lo acusaba. Ya a los 14, el muchachito era comunista, y le hablaba a los pares estudiantes de la corriente ideológica de los bolcheviques, y a los 16 había sido “exiliado” a Maracay, capital gomecista, a conocer qué son las rejas. A los 19 se casa porque su novia no podía visitarlo, solo le permitían ver a sus familiares más cercanos. Sí, precoz en todo.

Fundador del PRP, empresario exitoso, el exdiputado, exsenador, expresidente del Congreso Legislativo, dos veces ministro de Interior y Justicia, conversará un día con sus amigos acerca de la Constitución del 99, y con ellos convendrá que quizá fue una vendetta, la factura no cobrada al sistema que ignoró a los comunistas en el celebérrimo Pacto del que tanto Chávez abjuró. Hombre al que se le otorgaron innumerables condecoraciones, se casó cuatro veces y tuvo a su hija Sonia como secretaria privada, “pagada por su bolsillo para que no dijeran que creía en nepotismos, esos que Chávez, Flores, todos practican”, comenta Luis Miquilena hijo.

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Nada leve la despedida, nada leve el chavismo. Luis Miquilena, el hombre conflictivo que también reconocería que Hugo Chávez estaba hecho estructuralmente para la confrontación y que diría en una entrevista a Diego Arroyo Gil que “su estilo de gobernar era casi adolescente” y lo catalogaría como alguien de cerebro regularmente amueblado, sin ideología definida, incendiario, errático, arbitrario, se despediría formalmente de la política con una rueda de prensa histórica en la que sin pelos en la lengua, en su estilo, qué duda cabe, señala que Chávez es cómplice de la corrupción imperante, tan atroz la de su gestión que hace ver como robagallinas a los gobiernos anteriores.

“Todas aquellas cosas por las que habíamos luchado, la independencia de los poderes, la calidad del Poder Judicial, la transparencia de la gestión pública se vino a pique, a todo lo contrario le abre paso al chavismo”. Así como un día, en pleno apogeo del sueño, dijo que le producía una inmensa felicidad poder experimentar este triunfo a sus años, en el invierno de su vida. Dos años después dirá tajante: “Tengo que denunciar estos desmanes que enumeraré a continuación, lamentablemente, en el ocaso de mi vida”.