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Maestros del 23 de Enero educan bajo la mirada de un colectivo chavista

La Escuela Básica “Luis Cañizales Verde” Fe y Alegría está ubicada en el sector Sierra Maestra del 23 de Enero. En 2018 fue amurallada, y no por decisión propia. Un colectivo ordenó hacerle un cerco perimetral, con todo y garita, para "controlar" la seguridad. Adentro, sus maestros mantienen la mística

Maestros del 23 de Enero educan bajo la mirada de un colectivo chavista

En 2018, el colectivo Radio 23 de la parroquia 23 de Enero, en Caracas, culminó la construcción del muro que encierra el acceso principal del Teatro Cristo Rey y la Escuela Básica “Luis Cañizales Verde” Fe y Alegría. Desde entonces, el colegio y sus maestros insisten en mantener sus actividades en una realidad inusual: haber quedado dentro de una fortaleza cuyas normas de convivencia se establecen desde la zozobra.

El acceso a la escuela era una escena del crimen y los estudiantes lo supieron estando demasiado cerca

El instituto nació en 1959 con una población de 1200 alumnos. Entonces se llamaba “Manuel Palacios Fajardo”, con el profesor Luis Cañizales Verde como su primer director. Fue a mediados de los años 70 que el nombre del docente pasó a darle nombre al recinto, cuando un nuevo edificio se erigió entre los bloques 27 y 30 y nació, en 1973, un nuevo Liceo Manuel Palacios Fajardo, que permanece. Al final del siglo XX, pasó estar bajo responsabilidad de Fe y Alegría, cual refundación.

Maestros

De vuelta en 2018, muro, garita y reja se erigieron “porque hace aproximadamente cinco años, nos dejaban vehículos desmantelados afuera o adentro. Tenían esto como un lugar de liberación. Entonces, a raíz de todo eso, tuvimos que levantar un cerco perimetral y nos cuidamos más… Creo que a través de nuestra permanencia aquí, (el liceo) tiene una sensación de seguridad extra”, explica Robert Manzano, líder del colectivo Radio 23. A la profesora Zuleima San Martínez, directora de la institución, le habían dicho que era una construcción para resguardar y que quedaría bonito. Nada más.

No hubo indicaciones de cómo evacuar a una muchachera mientras veían a encapuchados armados ubicarse en los techos de las casas y en las azoteas de los edificios

Así fue. Han disminuido los enfrentamientos, heridos, secuestros y violaciones en los alrededores, pero el resguardo hizo que la comunidad y no solo el colegio, maestros y alumnos perdieran libertad de tránsito y espacios: el teatro ya no cuenta con la programación cultural que sostuvo tras su reapertura en 2011, tampoco se emplea para reuniones comunales, actos políticos o actos de grado. El modesto parque infantil cerca de la fachada ya no existe y no se desarrollan espectáculos en la concha acústica por el temor de estar tan cerca de la zona del colectivo. Incluso para ir a la iglesia, los feligreses han cambiado sus rutas y las guacamayas perdieron su árbol de descanso ahora que en su lugar está la garita.

Maestros

Para entrar a la fortaleza, alumnos y maestros deben responder un breve interrogatorio en la garita al guardián del colectivo de turno, pero responder no es ingresar. El criterio de acceso suele ser desconocido e incuestionable, siempre azaroso y se puede negar el acceso a los mismos maestros y hasta a un supervisor del Ministerio de Educación.

“Lamentándolo mucho, la zona es altamente peligrosa y lamentándolo mucho nosotros también tenemos que resguardarnos. Tenemos que resguardar nuestras instalaciones, la vida propia de cada uno de nosotros. Más aún, tenemos aquí una población estudiantil, un personal docente, personal que hace custodia al área perimetral de aquí del liceo”, aclara Manzano.

“La escuela está en incertidumbre. Nosotros no sabemos cómo están las relaciones de aquí hacia afuera. No se sabe en qué momento pueda pasar una situación”

Sopla la brisa de enero y todo se ve tan tranquilo que así no se siente: no hay amenazas, discusiones ni extorsiones entre los vecinos del fuerte, como tampoco hay estudiantes merodeando, ni celulares a la vista, ni noviecitos en los banquitos de la plaza, ni mamás o maestros hablando a las afueras. Quienes andan rondando, cargan armas largas como los estudiantes cargan sus cuadernos. Si no fuera por el gran corazón pintado en el mural que se ve desde la garita, nadie creería que detrás de él hay 382 corazones aferrados al “Compromiso por la vida” de Fe y Alegría.

Maestros

“La escuela está en incertidumbre. Nosotros no sabemos cómo están las relaciones de aquí hacia afuera. No se sabe en qué momento pueda pasar una situación”, advierte Frank Capote, coordinador pedagógico de Fe y Alegría de la zona Caracas-La Guaira. Las señales son imperceptibles. Un día cualquiera de abril de 2019, miembros del colectivo entraron a la dirección del colegio para anunciar que tenían diez minutos para desalojar. Nada más. No hubo indicaciones de cómo evacuar a una muchachera mientras veían a encapuchados armados ubicarse en los techos de las casas y en las azoteas de los edificios, ni de cómo proceder con un maestro en ataque de pánico. Aquello fue aprender un nuevo protocolo para el resguardo de la vida sin la teoría y en el momento de la práctica, porque esto, advierte San Martínez, “puede ser en cualquier momento, cualquier día”, incluso hoy, día del maestro, para celebrar la vocación con una prueba.

Creo que a través de nuestra permanencia aquí, (el liceo) tiene una sensación de seguridad extra”, explica Robert Manzano, líder del colectivo Radio 23

Nunca se supo si, en efecto, hubo un ataque, un enfrentamiento, si fue una falsa alarma, un simulacro o una demostración de sumisión y da lo mismo porque una vez que se interrumpen las actividades escolares, lo que le interes a a los maestros es continuarlas para lograr los objetivos de la planificación.

El 24 de septiembre de 2019, la aparición de cinco muertos dentro del teatro interrumpió el entusiasmo del nuevo año escolar. Nadie avisó que no fueran a clases, que no entraran o que desalojaran, porque esa madrugada nadie escuchó los disparos. El colegio se enteró a media mañana cuando ya era demasiado tarde. Habían llegado policías, Guardia Nacional, forenses, periodistas, curiosos, informantes y mamás asustadas. El acceso a la escuela era una escena del crimen y los estudiantes lo supieron estando demasiado cerca. Ese martes, la comunidad educativa aprendió otra lección: las matanzas pueden ocurrir cerquita.

Maestros

Cerquita, pero allá y “lo que pasa allá, pasa allá”, enfatiza San Martínez. En los dominios de esta realidad donde el límite entre allá y aquí es uno que otro paso, las actividades comerciales del vecino son asunto suyo en tanto afecten al colegio lo menos posible. Aquí el asunto es cómo enseñar cultura de paz cuando la paz anda armada dentro y fuera de la fortaleza.