Magdalena Fernández, la ecuación de su arte

Houston se prepara para recibirla. No solo a ella sino a sus dibujos, esculturas e instalaciones interactivas. Magdalena Fernández, que representó a Venezuela en la 53 Bienal de Venecia en 2009, lo intentó con la matemática, pero sería el arte su verdadero amor. El testimonio de esa pasión se materializará el 12 de enero con una exhibición individual de su trabajo reciente Estructuras Elásticas en Sicardi Gallery

El artista AG Fronzoni (1923-2002) solía caminar con sus alumnos por una calle milanesa. Hablaba del arte, de la vida, que para él eran un mismo cuerpo. “Tenemos que aspirar a cosas esenciales”, “Necesitamos evitar el desperdicio y el exceso”, eran algunas de sus ideas. Era como un monje, un maestro que andaba con sus discípulos, y podía conversar sobre los conceptos básicos del arte con la misma pasión con la que hablaba del verde brote en la rama de un árbol. Un día podía tomar la prensa y comentar algunos titulares con sus muchachos; otro, les enseñaba cómo utilizar los cubiertos de acuerdo a la normas de protocolo. En aquella escuela-bodega que emulaba el sistema de enseñanza del Renacimiento italiano había una venezolana, Magdalena Fernández, quien absorbía todo lo que decía y hacía Fronzoni.
“Él era un asceta que se dedicaba a la formación total del otro, con un fuerte hincapié en lo moral. En su escuela cualquier tema podía ser importante, cualquier proyecto era factible, y su enseñanza primordial era que el proyecto más importante tenía que ser el de nosotros mismos”, dice hoy la consagrada artista sobre aquel italiano que marcó su carrera. “Fronzoni se ocupó de generar confianza en mí, y así, me quedé siendo una artista adiestrada en el mundo del diseño, con una metodología y una manera de ver que facilita y marca un camino”.
Magdalena Fernández (1964) forma parte de una familia numerosa: sus padres tuvieron nueve hijos —ella es la del medio—, y cuenta con 18 sobrinos. Recuerda los paseos cada fin de semana a destinos naturales, como aquel viaje a Los Roques: nueve niños en una lancha con papá y mamá para acampar en la isla. De adolescente, pensaba dedicarse a la docencia porque le gustan los niños, así que estudió Educación, mención Matemáticas, en la Universidad Católica Andrés Bello. Iba a cambiarse a Matemática pura en la Universidad Simón Bolívar, pero en el año de espera entra en el famoso Instituto de diseño Neumann, y queda enganchada con el arte hasta hoy.
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Fernández está próxima a inaugurar, el 12 de enero, una exhibición individual en Sicardi Gallery, en Houston: Estructuras Elásticas incluye dibujos, esculturas y videos que resumen el trabajo de la artista durante los últimos diez años. La muestra explora el modo en que elementos efímeros como el viento, el agua y la luz impactan en las políticas sociales y patrones políticos alrededor del mundo. Una instalación de acero y caucho estará distribuida por la galería para que el público pueda interactuar con la obra.
Esta no sería la primera muestra individual de Fernández en Estados Unidos. En 2015 inauguró en el MOCA Pacific Design Center de Los Ángeles una exposición que estuvo abierta hasta enero de 2016, bajo la curaduría de Alma Ruiz. Fue necesaria mucha paciencia, perseverancia, disciplina. Hay una parte de ella, pero también un pedacito de Venezuela que conmovió a los espectadores.
El canto de las ranas, ese que musicaliza las noches caraqueñas y que muchas veces pasa desapercibido, está en una de sus propuestas audiovisuales. A medida que surgen los distintos tonos de esos anfibios, se van superponiendo distintas tramas de puntos que van al compás de los sonidos; la obra es una revisita al genio de Soto. En otra animación, el canto de las guacamayas caraqueñas hace que vibren cuadros de colores que recuerdan a Mondrian.
En la casa-taller de Magdalena Fernández destacan dos piezas que tienen mucho de Gego, unas estructuras de alambre unidas por nodos que la hacen retráctil. En otro rincón, hay una maqueta donde reproduce la intervención artística que hará en un edificio caraqueño. La autora de la escultura que está en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes abre su computadora y muestra la animación que hizo uno de sus sobrinos: las hojas de un árbol que se mueven con el viento, un video que forma parte de una de las piezas que se exhibían en el MOCA.
“Para mí, esa primera exposición fue una gran oportunidad, que un museo recopile varias piezas en una individual. Es un reconocimiento que me compromete más con mi trabajo. Siempre pienso que es un gran regalo que otros entornos puedan darme nuevas impresiones. Todas las exhibiciones toman tiempo, son difíciles y complejas, es necesario siempre y en todo lugar ser perseverante”, dice sobre la muestra en Los Ángeles.
Susana Benko identifica dos períodos o vertientes en tu carrera: las obras objetuales, “con una visión más arquitectónica o más escultórica”; y las obras perceptivas, “conformadas por proyecciones y videos”. Todo esto con el espacio como eje central del discurso. ¿Coincides con estas etapas? ¿Qué las caracterizaría, en tus palabras?
—Es verdad que el video entra en un intento por trabajar el espacio desprendiéndome de la estructura, pero estas dos formas se han mantenido paralelas. Una no ha desplazado a la otra. Las estructuras me han permitido indagar en una transformación originada por un equilibrio inestable, y sintiéndome parte en la utilización de un lenguaje constructivo, he podido reforzar en las piezas lo frágil, lo transparente… El video me ha ayudado a acercarme más a las fuentes mismas y me ha permitido posteriormente introducir el sonido casi como protagonista de este otro tipo de espacio perceptivo, que podría llamar “atmósferas”.
¿Te propones quizás la reinvención del espacio?
—No creo que reinvente el espacio, más bien podría ser que le otorgue otra dimensión o calidad, que podría tocar puertas cerradas temporalmente en los espectadores.
¿Crees que tiendes a la eliminación de las estructuras, como dice Benko?
—Me encantaría pensar que soy capaz de ir eliminando las estructuras, haciéndolas cada vez más precarias, transparentes e inestables, pero no a través del video. Sería un gran desafío.
Desarticulas el espacio, las estructuras, el discurso moderno, ¿qué otras cosas quieres desarticular con tu arte?
—Mi propósito no es desarticular alguna cosa, pero si fuese el caso, sería maravilloso poder desarticular las convenciones y los prejuicios, o esa idea de que cada cosa debe tener una etiqueta o un lugar.
Has dicho: “Mi aproximación al arte es más intuitiva y experiencial”, pero ¿cómo calza lo racional de la matemática y el método de Fronzoni en esta aproximación?
—Aquí creo entra también el tema del lenguaje. Si bien mi aproximación es más intuitiva y experiencial, y si la contemplación es fundamental en mi proceso; la razón o estructura mental, y el método o lenguaje, son los que me permiten articular alguna cosa física, que obviamente está impregnada de esa forma.
Gego decía: “Lo pasado siempre explica hasta cierto punto lo presente y ambos conforman una reflexión invisible”, ¿cómo marca tu pasado cada propuesta tuya?
—Hay dos formas de leer aquí “tu pasado”, y tomaré el pasado más remoto, porque me gustaría tocar ese tema. Desde el principio, toda mi propuesta ha sido, y sigue siendo, un diálogo permanente con la historia de la modernidad. Consciente e inconscientemente, ha sido un continuo descubrimiento de gestos, de formas, de estructuras, que me han permitido repensarlos, amplificarlos, moverlos, reticularlos, desaparecerlos… Puedo decir que en la maravilla de descubrirlos, me he permitido jugar y así rendir homenaje a muchos de sus autores. En este sentido, mi postura frente a la modernidad es más positiva, acoge quizás un intento de transformación.
Natural, orgánico, austero, ¿qué otros calificativos pondrías a tu obra?
—Inestable, precario, transparente… podría escribir que “re-dice”
¿Te sientes una representante del abstraccionismo?
—Si se necesita un nombre o un lugar, podría utilizarse, pero no lo veo así.
En 2013 decías en Colombia: “Estoy justamente en una pausa para reflexionar y cerrar un ciclo. Necesito un alto para decantar, para en lo posible atar cabos sueltos, y entender qué debo mantener y qué debo dejar atrás…”. A cuatro años, ¿qué has decantado, qué cabos has logrado atar, qué decides mantener y qué dejar atrás?
—Estos años me han permitido reafirmar lo que he venido haciendo, sintiéndome más tranquila en torno a los referentes históricos y a la presencia de la naturaleza.
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