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Manuel Caballero, confesión y testimonio del siglo XX

Sin límites ni camisas de fuerza escribió sobre un siglo que sufrió y gozó a plenitud, no sólo desde la visión objetiva de un erudito, sino desde la pasión de un espectador en primera fila. Siempre rebelde, disidente y crítico

Manuel Caballero, confesión y testimonio del siglo XX

«Yo escribo como periodista, pero tacho como historiador». Una frase que sintetiza la labor de Manuel Caballero, quien traspasó y hasta rompió las barreras entre un oficio y otro. Un referente de su tiempo y, por antonomasia, un hombre de la Venezuela del siglo XX. Lo vivió en su esplendor: nació con Gómez (1931), el último vestigio del siglo XIX, y murió con Chávez (12 de diciembre de 2010), la obertura del siglo XXI. Pero, más que eso, también se dedicó a estudiarlo con ojos de testigo e intelectual. Sus polémicos escritos lo demuestran; pero también su boina azul, símbolo de la Generación de 1928 y de lo que considera la invención de la política.

Cuando Venezuela entra al siglo XX, Manuel Caballero tiene cuatro años. Esto si estamos de acuerdo con Mariano Picón Salas y eso de que “Venezuela entró al siglo XX en 1936”. Hoy, una afirmación debatida, sobre todo cuando se reivindica la formación del Estado durante el gomecismo. Manuel está en medio de la polémica, como siempre. Vino al mundo 32 años después de la Revolución Liberal Restauradora y cuatro años antes de la muerte de Gómez. Una catástrofe para su oficio como periodista, pero toda una fortuna para su profesión de historiador. Lo primero por lo que significa opinar en un país de tradición autoritaria; y la segunda porque fue testigo de los sucesos que definieron el presente.

Pero ahora, siendo optimistas y tras 20 años de la culminación de aquella centuria, haber nacido en esa bisagra histórica le permitió vivir en Las Venezuelas del siglo XX, un título que, además, y no es casualidad, le da nombre a un libro suyo publicado en 1988. Porque la Caracas que lo vio nacer el cinco de diciembre de 1931 no es la misma que lo recibió de vuelta en 1950, cuando regresó de Barquisimeto para estudiar en la Universidad Central de Venezuela. Tampoco es igual a la de 1952, que lo vio protestar contra la dictadura perezjimenista y lo despidió al exilio. N imucho menos es la que lo recibe en 1958, cuando vuelve la democracia. Allí por lo menos hay cuatro países distintos, todos en un mismo espacio.

El mismo Caballero da testimonio de ello en su ensayo Maldición y elogio del siglo XX: “Así, decir que nací en diciembre de 1931 sólo tiene un interés personal (y hasta para los más vanidosos, secreto). En cambio, es una buena forma de inscribir un destino personal en el colectivo, decir que nací cuando la revolución rusa tenía catorce años y se había asentado en su lugar el totalitarismo estaliniano; que nací a tres años de la crisis de la ideología venezolana de 1928 y a dos de la económica mundial; que cuando no tenía apenas un año llegaban al poder Hitler y Roosevelt; y que cuando cumplía cuatro años, estalló una de las crisis más fructíferas de nuestro siglo XX venezolano, el 14 de febrero de 1936”.

“Él se levantaba muy temprano a escribir, era un escritor prolífico. Cuando no era la columna para El Universal, era un ensayo, un libro, una reflexión, cualquier cosa”

Caraqueño por casualidad

“Él se levantaba muy temprano a escribir, era un escritor prolífico. Cuando no era la columna para El Universal, era un ensayo, un libro, una reflexión, cualquier cosa”, cuentaVanessa Peña Rojas, su biógrafa, autora de Manuel Caballero, militante de la disidencia. Después, Manuel desayunaba y, por ser diabético, sólo ingería los alimentos permitidos junto con las medicinas. La mañana transcurría entre la escritura, la comida y el gimnasio, una rutina diaria de ejercicio físicos que exigía la enfermedad. “Era muy sedentario, pasaba la tarde recibiendo a alguna visita, tenía una hamaca en el balcón de su casa y se acostaba temprano”, dice Peña. Pero cuando se obsesionaba por un libro, se trasnochaba escribiendo.

Manuel era el menor de los cuatro hijos que tuvieron Francisco Javier Caballero y María Antonieta Agüero. Su nacimiento en Caracas fue casual. La pareja se encontraba en la capital por asuntos de trabajo, y a doña María Antonieta se le ocurrió parir en una casa cerca de la esquina de Los Cipreses, en el centro de la urbe. Fue en ese seno familiar, trasladado a Barquisimeto, donde siempre le llevaba la contraria a todo el mundo. Allí se gestó el gran polemista en el que se convirtió después. “A Manuel le gustaba ser el centro de las reuniones, el eje de las tertulias, pero sus amigos nos acostumbramos a ese afán y le hacíamos bromas”, comenta Elías Pino Iturrieta, su amigo cercano y colega universitario.

En 1979, cuando se encontraba en Atenas, vio a la mujer que le cambió la vida: la poeta Hanni Ossott, caraqueña y ucevista como él. El romance comenzó en la cuna de Occidente y siguió hacia Londres donde, meses después, se casaron finalmente. Nunca tuvieron hijos, pero sí un gato llamado Ulises. Ossott falleció el 31 de diciembre de 2002, su legado fueron las cartas y poemas que le escribía, muestra de que la literatura fue cómplice de su amor. Manuel no era meloso, aunque sí un poco cascarrabias, pero sus amigos aprendieron a vivir con eso. Rafael Cadenas se encuentra entre ellos, compañero de la infancia y de la militancia política. Pino Iturrieta y Germán Carrera Damas también eran parte del grupo.

Era, ni más ni menos, antimilitarista, porque fueron las armas las que sacaron de Miraflores al primer presidente electo democráticamente, Rómulo Gallegos.

Ni izquierda, ni derecha

A finales de 1948, Venezuela padece la réplica del terremoto que significó el 18 de octubre de 1945, momento en el que las últimas ruinas del gomecismo se vinieron abajo. En la noche del 24 de noviembre, un golpe de Estado derrocó el ensayo democrático de tres años, tutelado por Acción Democrática. El suceso sorprendió a Manuel Caballero en Valencia, donde terminaba su bachillerato, y lo empujó de forma insoslayable al espectro político e ideológico. Pero su posición nunca estuvo dentro de lo convencional: no era de izquierda, ni tampoco de derecha. Era, ni más ni menos, antimilitarista, porque fueron las armas las que sacaron de Miraflores al primer presidente electo democráticamente, Rómulo Gallegos.

Su reflexión siguió con vigencia 44 años después, el 4 de febrero de 1992, cuando el teniente coronel Hugo Chávez atentó contra las instituciones. Entonces, Caballero escribió: “El peor de los gobiernos civiles es mejor que el mejor de los gobiernos militares”. Desde su concepción, tanto la derecha como la izquierda pueden llegar a lo peor de sus extremos: el militarismo.

A esta tendencia se opuso desde que estudiaba en bachillerato, primero en Barquisimeto y después en Valencia. La efervescencia de la Revolución de Octubre embriagó a los jóvenes estudiantes y los arrojó a la política, casi todos a la mayor plataforma electoral de esa época: el partido Acción Democrática y a la juventud comunista.

Desde las filas de la militancia partidista, Manuel enfrentó contundentemente los sucesos políticos ocurridos en 1948, 1950 y 1952, más este último, que representó un momento crucial para su destino, porque fue durante ese año cuando salió exiliado por intentar tomar la universidad, entonces ubicada en el actual Palacio de las Academias.

Afuera tampoco se quedó tranquilo, participó en varios proyectos contra la dictadura y aprovechó para conocer el mundo con la moda de ser comunista. Al regresar, su repudio a las armas quedó a un lado porque quiso ser parte de la guerrilla de los sesenta, pero no lo consiguió. Entendía lo que eso implicaba, pero la desobediencia es necesaria en democracia. Tras la pacificación, entró al partido Movimiento Al Socialismo que fundaron Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez, con el que fue electo diputado ante el Congreso.

El orgullo de escribir

Aunque Caballero comenzó en las andanzas de las letras desde muy joven, fue el periodismo el oficio que le abrió las puertas a la escritura, de allí su frase: “Escribo como periodista, pero tacho como historiador”.

No fue un periodista titulado, abocado a informar, sino más bien militante, a favor de una causa: la del partido. Y es que en ese momento no se podía estar mirando al techo, la democracia vivía su primer reto, contenía a la guerrilla. Por eso, sus flancos tenían nombre y apellido: Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Rafael Caldera. “No lo debemos olvidar como columnista de opinión. Se regocijaba en su rol de opinador. Fue de los más aguerridos y leídos en El Nacional y en El Universal”, dice Pino Iturrieta.

“A Manuel le gustaba ser el centro de las reuniones, el eje de las tertulias, pero sus amigos nos acostumbramos a ese afán y le hacíamos bromas”

Su faceta como periodista es debatida por muchos y reconocida por otros. Sus trabajos en Documentos políticos, La Pava Macha y el diario Clarín, pese a que tenían una evidente carga política, demostraban la irreverencia de los medios ante la autoridad. “La democracia existe desde el momento en que la sociedad desarrolla y conserva la capacidad y sobre todo la voluntad de cuestionarla”, escribió en uno de los ensayos del libro Contra la abolición de la historia. Su trabajo periodístico, además, estuvo enfocado en la fuente política, social y cultural, eso se evidencia con los artículos que conforman libros como El orgullo de leer, La peste militar y Polémicas y otras formas de escritura, entre otros de la Editorial Alfa.

Ulises Milla, director de la Editorial Alfa, considera que Manuel Caballero era un autor muy fácil, flexible y condescendiente con las sugerencias de la editorial. “El único problema que teníamos con él era gestionar la enorme cantidad de proyectos e ideas que nos proponía cada mes, cada semana y, a veces, ¡diariamente!”.

El ensayo era su fuerte, para muestra su obra publicada. “Independientemente del tema de estudio, al escribir su objetivo siempre fue poder comunicar con la mayor eficacia posible, una virtud que supo poner al servicio de su vocación periodística”, dice el editor. Cada encuentro y almuerzo que compartían era una fiesta de chanzas y carcajadas, de vastísima cultura e inquebrantable rigor intelectual.

“La democracia existe desde el momento en que la sociedad desarrolla y conserva la capacidad y sobre todo la voluntad de cuestionarla”

La pasión de comprender

Manuel Caballero equilibró dos oficios que, si bien no son opuestos, mantienen distancias importantes: el periodismo y la historia. “Su estilo periodístico certero, apresurado y con chispa, que usó para librar las peleas de la política, pasó a ser más cuidado en sus libros de historia”, cuenta la historiadora María Elena González Deluca.

El rigor, la teoría y práctica de la historia marcan de forma indeleble sus aportes, por eso, trabajos como Gómez, el tirano liberal, Rómulo Betancourt, político de nación y La Internacional Comunista y la revolución latinoamericana son pilares importantes dentro de la historiografía nacional. Y no es jactancia: en 450 años, fue el primer venezolano publicado por la Universidad de Cambridge, Inglaterra.

Su trabajo no pasa desapercibido cuando se estudia la centuria pasada. “Cuando yo ingresé a la Escuela de Historia, Manuel Caballero era su director. Él era un profesor extraordinario, con una densidad y una calidad expositiva impecable”, comenta la historiadora Inés Quintero, quien fue su alumna en la materia Historia de las Ideas Políticas y Sociales de la UCV, clase en la que había una amplísima participación de los estudiantes. “No era una cosa lineal ni magistral, sino debatir y discutir, y esa fue una de las grandes enseñanzas que me dejó”. Lo recuerda como un profesor exigente, “sin contemplaciones. Manuel exigía que uno le dejara un doble margen a la página, para él poder poner los comentarios de los exámenes”.

González Deluca, por su parte, prosigue diciendo que Manuel no disfrutaba del todo su rol como profesor: “No le gustaba la formalidad del ejercicio. Tampoco se llevaba bien con el discurso oral ordenado y claro del buen docente, aunque siempre se destacaba cuando de hablar en público se trataba”. Para ella, eso no es lo que mejor lo define, cosa que no pasaba con la escritura, pues: “ahí sí se sentía cómodo, era su forma de comunicación preferida, lo que mejor se le daba y se le había dado en su vida”.

Manuel Caballero nunca dejó de escribir, ni siquiera cuando se jubiló como profesor. Y aunque ya tenía un doctorado, seguía en medio de la polémica: jamás parpadeó en su posición contra toda revolución, reacción y falsificación, et alia.