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Marcha del orgullo: fiesta y “cero maricoteo”

Cada año la marcha del orgullo gay deviene en parranda y embriaguez. La sobriedad y el reclamo por los justos y necesarios derechos —no discriminación, matrimonio igualitario, legislación contra los crímenes de odio— se enceguecen por las plumas y disfraces. Al final de la movilización no hay oportunidad para debatir cosas serias, la comunidad LGBTI quiere fiesta, aunque las generaciones marquen diferencias en cómo abordar la ocasión Desde temprano hubo movimiento en Zona Rental. La vía que conecta Plaza Venezuela con avenida Casanova apenas comenzaba a poblarse de tarantines al despuntar el día. El sábado 2 no había sido instalada la tarima siquiera. Por eso la mañana del domingo 3 de julio la convocatoria a la marcha LGBT de Caracas fue tan retrasada. Por grupos de whatsapp y redes informales se daba cuenta del retraso, el mismo que estiró la agenda del día hasta el final de la jornada. A las cinco de la tarde el primer camión de sonido enfiló al punto de concentración final, aunque no traspasó las barreras de metal que una empresa de seguridad privada había instalado. La logística corría por cuenta del Gobierno del Distrito Capital, sí. Pero su ejecución estuvo a cargo del Metro de Caracas. Sobre el vehículo, contoneándose en auténtico desparpajo, una mujer trans mostraba la elasticidad de su cadera, mientras ondeaba una bandera del arcoíris. FotoMarchagay1 Tras ella, el grueso de la movilización, pieles bronceadas y rojizas, sudores y cansancios, se sumaba a quienes optaron por avanzar hasta el punto de reunión y esperar la fiesta. Porque allí, a los pies del Sebin —por cuyas ventanas se colaban algunas miradas curiosas—, varios metros más arriba de La Tumba, y frente a los espectadores que abarrotaron ventanas y terraza del Hotel El Cid, lo que habría sería celebración. Los mensajes de reivindicación bullían en las calles recorridas, donde las pancartas y las banderas se alzaron con orgullo y con exigencias concretas. Unos defendían las uniones civiles, otros los matrimonios, algunos más la “tolerancia” que para no pocos es hipócrita. “Lo que queremos es respeto. La tolerancia es como que nos tienen que soportar. Y no. Queremos es respeto y no más discriminación”, clamaba Alejandro Rojas, ingeniero de 27 años. Jesús Medina, integrante de la Alianza Lambda de Venezuela, pidió modificaciones legales para evitarla, y celebró que en la Asamblea Nacional (AN) se haya aprobado el 17 de mayo como Día Nacional contra la Homofobia, Levofobia y Transfobia. citamarchagay5 La diputada Tamara Adrián, la primera parlamentaria trans electa en el país, caminó un trecho. Su compañero de partido y también diputado electo Rosmit Mantilla, el primer candidato abiertamente gay en competir y lograr una curul, no pudo hacerlo porque sigue preso a pesar de tener inmunidad parlamentaria. La ministra para la Mujer e Igualdad de Género, Gladys Requena, caminó y expresó su lucha a favor de la igualdad. Ante todos ellos, la reacción del público era la misma: qué bueno lo logrado, aún falta mucho más. “Necesitamos que el lenguaje de los políticos deje de incluir referencias sexuales como si fueran insultos. Desde el propio Estado y la dirigencia debería entenderse que decirle homosexual al alguien no es una ofensa. Estamos cansados de las referencias machistas y retrógradas del lenguaje político, incluyendo eso de ‘mariconsones’ y ‘plumíferos’ que han dicho desde Nicolás Maduro hasta Pedro Carreño”, reclamó Diego Pardo. El Presidente de la República, de hecho, manifestó el domingo ser el representante de la comunidad sexodiversa, pero no marchó. Más de uno en Caracas quiso ver en la capital venezolana el arrojo que mostró Justin Trudeau, el primer ministro de Canadá, al incorporarse a una marcha LGBT en su país. “Eso sí sería muestra real de orgullo”, remató Laura Moncada, asistente por tercera vez a la movilización caraqueña. citamarchagay4 Lentejuelas en desuso Zona Rental terminó convertida en una discoteca al aire libre, una auténtica vitrina de estilos y desafíos estéticos. Claro que había muchos disfraces: amén del elenco completo de Village People —cuyo himno “YMCA” sigue moviendo las caderas colectivas—, soldados romanos, vaqueros, trans vestidas de novias, garotas con sorpresa, mesoneros de torso desnudo, ángeles y demonios. Pero son cada vez menos. Yenker Guerra vive en El Junquito. A sus 23 años, y vestido de camisa y pantalón ajustado, pelo enlacado y coronado por un pronunciado copete, lentes de pasta y collar tejido, aseguró que “así me visto todos los días, tipo normal”. A pocos metros, un hombre en sus cincuenta pavoneaba plumas amarillas y encajes abrillantados. A su paso, a ritmo de Gloria Trevi, le seguían las risas —que no burlas— de un grupo de veinteañeros en conjunto. “Vinimos juntos para pasarla bien”, dijo Francis, una muchacha que prefirió guardar su apellido. “Yo no soy lesbiana, pero tengo amigos gay. Aquí estamos acompañándolos y demostrando que no hay que enrollarse por eso”, añadió. FotoMarchagay3 “A mí no me hace falta vestirme de garota para decir que soy gay, a mí se me nota”, sumó Nerio Guzmán. Caraqueño y de 30 años. “Eso es cosa del pasado. Creo que tiene que ver con la represión, de cuando era muy muy mal visto ser homosexual. Aquí en cambio se sienten protegidos y dejan salir a la loca que llevan por dentro”. Su percepción la comparte Rafael Luna, varios años menor: “a estas alturas ya no hace falta ser tan de clóset. Eso es como ridículo porque vienes a destaparte pero luego andas por ahí y te la das de serio. No se asumen”, apuntó. citamarchagay3 Pero para Tulio Marcano es solo cuestión de diversión. “Yo me maquillo y me visto así porque hoy es el día para exagerar un poquito. Eso no quiere decir más nada. Me divierte, y si a alguien no le gusta ese es su peo”. Lo suyo era un atuendo femenino llamativo, pero sin personaje. “Tiene de todo. Le puse plumas atrás, esta capa y un tocado en la cabeza. Por eso quizá no es un disfraz como tal”, explicó el fornido hombre de tez morena. FotoMarchagay4 Entre las mujeres también se cuestiona el “típico estereotipo de la lesbiana”, a decir de Magaly Peña. Ella, de 28 años y residente en Los Teques, asistió junto a su novia dos años menor. “Nadie puede decir que ella o yo es el macho de la relación. No vamos como camioneras, por ejemplo. Yo me visto normal y ella también”. Pero sí hay ciertos códigos compartidos: las camisas a cuadros, los peinados un lado de la cabeza rapada, los piercing en los labios. “Sí es verdad que de eso hay mucho. Pero no se pierde la feminidad, al contrario, se explota. La gente a veces quiere ponerle a las relaciones homosexuales comportamientos hetero. Pero somos mujeres a quienes nos gustan las mujeres. Yo soy lesbiana y no entiendo por qué me tendría que gustar una chama que parezca un tipo”. citamarchagay2 Se prendió “La Gozadera” Los más críticos llegaban a Zona Rental solo para cumplir el recorrido e irse. “Es que aquí se pierde el sentido de la movilización. Aquí lo que hay es caña, música y tocadera”, bramó Orlando Serra. Y algo de razón le asistía. Al pasar la barrera de metal para entrar al punto de concentración, flanqueado por puntos de venta de bebidas, alcohólicas o no, y la eventual chuchería, las pancartas, las banderas y los carteles quedaban en segundo plano. El baile y los brindis eran protagonistas sobre el asfalto convertido en discoteca sin techo, con acordes de Ricky Martin y su “Mordidita” o de Marc Anthony y “La Gozadera”, humedecida por guarapita, ron, sangría, anís y vodka. citamarchagay1 “Guarapa, guarapa”, gritaba una mujer cuarentona. Más atrás, su hija repetía el cantar. Por 1.500 bolívares se intercambiaban de manos las botellas de colores. Había guarapa de parchita, de mango, de tamarindo y de preparaciones químicas. Allí entraban las botellas azules o las rosadas. “Esa es sabor a chicle”, decía la vendedora. Y tenía público. Otra señora vendía ron “en 3 y 4 mil dependiendo de la marca”. FotoMarchagay5 La celebración era en grupo, homosexual o no. “Esto es una gozadera”, calificaba alegre Larkys Rojas la velada. Ella, heterosexual, con su novio Marcel, tomado de la mano, acompañaba a dos parejas homosexuales de su edificio en Boleíta. “Ellos sí son maricos”, lanzó sonreída, con la carcajada a punto de salir, empapada del alcohol que comenzaron a ingerir desde las 3 de la tarde cuando llegaron directo al lugar. “Yo no, pero con tanta caña se me van a terminar saliendo mis cinco minutos lesbi”, rió. A su lado, uno del grupo, el único soltero, afirmó: “Deja que se vaya el sol y los tragos se suban a las cabezas para que veas cómo esto se transforma en Tinder pero en vivo”.

Marcha del orgullo: fiesta y “cero maricoteo”