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María Elena González Deluca, historiadora a carta cabal

Nacida en Argentina en 1941, llegó a Venezuela cuando tenía 20 años, justo en el momento en que se inauguraba la democracia. Egresó de la Escuela de Historia de la UCV, de cuyo proceso de renovación fue partícipe; salió, después, directamente a la London School of Economics, por sugerencia del mismísimo Eric Hobsbawm. Hoy siente un vínculo más firme con Venezuela que con su país natal, aunque las declaraciones de amor a la patria le causen escozor

María Elena González Deluca, historiadora a carta cabal

A María Elena González Deluca le pareció inevitable el paralelismo entre el pueblo de su infancia y la historia, cuando regresó por primera vez a su país natal, en una breve visita en 2002. Frente a su primera escuela vio que la vieja estructura del Colegio Heguy de la Sagrada Familia, dirigido por las hermanas terciarias, misioneras franciscanas, se mantenía intacta, aunque con una notable ampliación. Pero el pueblo ya no era el mismo. El tiempo había transcurrido y la historia también había hecho lo suyo. Ese contraste entre lo nuevo y lo viejo encerraba el significado de su profesión. “La historia es esa mezcla de contrastes, es la combinación, la coexistencia, en constante tensión, entre opuestos: lo viejo, lo nuevo, Estado y sociedad, el conflicto, la crisis. Eso no es ajeno a la historia: esa es la historia”.

Tocó el timbre y una de las monjas la dejó entrar. Tantos recuerdos, nombres, rincones, aromas, invadieron su cabeza. Se acordaba de cada uno como si tuviera memoria eidética. Una mesa ovalada, chiquita, pintada de color azul claro, con unas sillitas pequeñas alrededor, le hicieron recordar los años cuarenta, cuando asistía al jardín de niños. Tenía 41 años viviendo fuera de Argentina y, aunque visitaba Buenos Aires con pausada regularidad, no pisaba, desde que estaba pequeña, Intendente Alvear, uno de esos pueblos fundados a fines del siglo XIX con la expansión de la frontera ganadera sobre tierras de las comunidades indígenas. “Era un pueblo con un trazado urbano hecho por especialistas, bien organizado, con dos o tres mil habitantes, centro del Polo argentino, con una activa vida social, dos colegios, una gran biblioteca pública, un gran hospital, sede bancaria, tres cines, varios clubes deportivos, bulevares, y la estación del ferrocarril a Buenos Aires”.

María Elena González Deluca

Los recuerdos de ese pueblo de La Pampa eran un resumen del transcurrir del tiempo y de las acciones humanas sobre él, con su vocación dicotómica por construir y destruir. “Había partes que se conservaban tal cual, unas que habían cambiado, pero eran más o menos reconocibles, otras que eran completamente desconocidas para mí y algunas que habían desaparecido. Hay cosas que siempre vas a recordar como tu memoria las conserva. Otras que son el recuerdo que tú conservas, pero están cambiadas, o que son totalmente nuevas, que no existían. Eso es un poco la historia, porque cuando hablamos de pasado y presente hablamos de construcciones mentales. Por eso siempre digo que uno entiende a cabalidad lo que es historia cuando llega a viejo”.

Historia sin tanto enredo             

María Elena se mudó con su familia a la ciudad capital, donde cursó la primaria y la secundaria, e inició sus estudios en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Concluía la década de los cincuenta del pasado siglo y, con ella, algunos destellos de democracia resplandecían en la región. La efervescencia política y el influjo de la Revolución Cubana marcaban la pauta. La UBA, como casi todas las universidades latinoamericanas, estaba a la vanguardia. El espíritu de la renovación y modernización académica era parte de las exigencias de los estudiantes y profesores que volvían del exilio. En medio de ese ambiente estimulante, María Elena se decidió, sin tanto enredo ni pensadera, por estudiar una carrera que le gustaba y le parecía atractiva. Quería ser historiadora.

“No lo sé, creo que por descarte de otras áreas más duras como Física, Química o Matemática. Son esas decisiones que, si las ves en retrospectiva, son decisiones conscientes, pero que tomas a la edad de 16 o 17 años, sin tanta reflexión. Historia, bueno, siempre fue una de las áreas que me gustaba y en la que más o menos destacaba. Aunque no fue que hiciera este tipo de razonamiento. No sé exactamente qué fue lo que me llevó a esa decisión. Como te digo, no probé ninguna otra cosa”. Entonces, Historia se iniciaba después de cursar un ciclo básico común, a modo de portal de las diferentes áreas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y al terminar se optaba por la carrera escogida. La Facultad contaba entonces con un plantel de profesores luminoso. Estaban don Claudio Sánchez Albornoz, el historiador que había sido ministro de Estado en la República española, su hijo Nicolás, también destacado historiador, Risieri Frondizi en Filosofía; Jorge Luis Borges, entonces profesor de Literatura Inglesa, caminaba por los pasillos con su bastón y un guía; Gino Germani, Tulio Halperín Donghi, que comenzaba su carrera académica. Una lista muy extensa. También había estudiantes avanzados que después destacaron, como Ernesto Laclau. Una influencia fundamental para anclarme en Historia fue José Luis Romero, quien además de ser un gran historiador era una inmensa figura intelectual, muy respetado y admirado. Sus clases de Historia Social y de Historia Medieval eran un hervidero de estudiantes que se peleaban el espacio para escucharlo”.

En ese momento se vinculó, a través de amigos, a un círculo de venezolanos exiliados de la dictadura perezjimenista que esperaban regresar con la recién restituida democracia. En ese grupo, estudiantes heterogéneos y desterrados de la dictadura, conoció a Arturo Rodríguez Lemoine, quien más tarde sería su esposo y que estaba por culminar la carrera de Matemáticas. Casada y aún sin graduarse, María Elena González Deluca decidió emprender el rumbo que le cambiaría la vida por completo: se mudó definitivamente a Venezuela. “Llegué en agosto de 1961 y en septiembre empecé clases en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Me otorgaron equivalencias en algunas materias como historia antigua e historia medieval, esta última mi materia preferida, por la atractiva visión de Romero, en la UBA”. En la Escuela de Historia se estudiaba entonces bajo un régimen anual, la carrera tenía tres años de haber sido fundada en medio de las tensiones políticas de esa época.

La presencia de Germán Carrera Damas marcó la formación de María Elena González Deluca. Fue preparadora del autor de El culto a Bolívar. “Carrera Damas era muy exigente, en sus clases establecía un régimen de trabajo muy fuerte. Muchos estudiantes le tenían terror, había gente que lo odiaba, que lloraba en sus clases; tenía un estilo muy irónico que para muchos era insoportable”. Cuando González Deluca estaba en segundo año, Elías Pino Iturrieta cursaba el primero y Manuel Caballero estaba graduándose. “Con Manuel tuve una relación de amistad muy cercana y muy larga; y, por lo mismo, con altos y bajos. Mi hija mayor, entonces muy pequeña, peleaba con él constantemente por sus bromas; ella atendía el teléfono y él cambiaba la voz y le hacía bromas para fastidiarla. Siempre le gustó echar broma, siempre”.

Caracas era muy distinta a Buenos Aires, pero se acostumbró rápidamente y no tuvo tiempo para el guayabo. Las exigencias de adaptación y las circunstancias así lo exigían: vivir en un país distinto al suyo, con alzamientos militares y acciones guerrilleras constantes, más la vida de casada a los 20 y las ocupaciones de la reincorporación universitaria parecieron eximirla del guayabo que agobia al foráneo y la mantuvieron atenta a otros asuntos de su interés. “En esa época no era extraño casarse a esa edad, era más o menos usual hacerlo a los 19, y a pesar de que Argentina y Venezuela son países muy diferentes, me adapté prontamente. Viniendo de Buenos Aires, donde entonces muy poco cambiaba, era fascinante vivir en una Caracas en pleno crecimiento, que empezaba a tener el perfil de una ciudad muy moderna, pero todavía se la sentía tan cercana como una gran vecindad. Tuvimos una vida relativamente buena, un matrimonio joven de clase media y profesional. Por eso no pensé en una profesión más lucrativa, sino en lo que me gustaba”.

—En contraste con otros historiadores, usted es muy privada, cuenta con reconocimiento, pero siempre se mantiene al margen de los medios, ¿por qué?

—Tengo una personalidad por naturaleza reservada y muy tímida. Mi vida ha sido todo el tiempo una pelea contra eso. Mucha gente me lo ha dicho. Soy una persona con opiniones muy definidas, y, sin embargo, llena de dudas. Incluso, a veces me obligo a hablar en público, pero la situación de lo público no la disfruto, no me siento cómoda por naturaleza, pero tengo que hacerlo. Dictar clases, por ejemplo, es una actuación pública. Pero para mí no fue fácil, aunque tampoco es que he estado desligada de eso. Ni lo resisto ni me desagrada. Claro, no tanto como Inés, Elías, Tomás y Catalina *******, que hoy son las cuatro estrellas, y eso me hace ver como menos pública.

Cuando llegó a Venezuela todo el continente vivía una efervescencia política y el país no estaba al margen: el atentado a Betancourt, la guerrilla, los levantamientos… ¿Cómo vivió esa época tan agitada para la democracia?

—Fue una época muy convulsionada. Vivimos unos años en un edificio nuevo en Los Chaguaramos, relativamente cerca de la UCV y de la Dirección General de Policía (Digepol). Entonces, siempre veíamos los carros de la policía entrar y salir. Había un ambiente muy tenso en las noches, con frecuencia se oía el repiqueteo de armas de fuego. Aunque, no era como ahora, había vida nocturna hasta muy tarde, porque la delincuencia no era un problema tan grave. Pero recuerdo que en una oportunidad iba con mi esposo y unos amigos en un carro, tarde en la noche, cuando una patrulla nos detuvo –los jóvenes siempre han sido potencialmente sospechosos–. Bajamos la ventanilla, nos apuntaron y nos pidieron papeles. Todavía tengo en mi cabeza la imagen de las armas asomando dentro del carro y los rostros. Entonces andaban con la cara destapada. Uno veía soldados y policías todo el tiempo, era la época de la guerrilla, de los proyectos alucinados de recrear los focos revolucionarios de la Revolución Cubana.

La juventud se vinculaba con el comunismo, ¿milito usted en algún partido político?

—En Argentina, en la universidad, estuve vinculada con la Juventud Comunista, iba a las reuniones, pero no fui una militante. Sabía que no podría serlo jamás, porque había una cosa que siempre me ha molestado mucho y es que yo soy hipercrítica. Eso de las ideas como dogma y la disciplina de partido nunca fue conmigo. Aquello era una forma de socializar con grupos que tenían ideas que yo compartía, los que estaban seducidos por la Revolución Cubana, y ya. La UCV, pese a las intensas tensiones políticas, tenía un ambiente muy amigable, había espacio para todos. No como la UBA, que era todavía bastante elitista, a pesar de las décadas transcurridas desde la Reforma. La UCV era más abierta, más democrática.

La política aquí, en la universidad, era muy distinta. Me chocó mucho al principio y no la entendía: los partidos políticos actuaban en la UCV con los mismos emblemas y consignas de la política nacional. Eran Copei, AD, era el PCV, con sus emblemas en las campañas estudiantiles, con temas que no tenían nada que ver con los problemas específicos de los estudiantes. La universidad era una parcela de la política nacional. Los problemas netamente estudiantiles y universitarios no tenían voz. Era una política estudiantil muy militante. Cuando llegué no había surgido el MAS, y me vinculé con gente en la Facultad de Humanidades que pertenecía a la Juventud Comunista, tenía mis amistades en ese círculo. Pero nunca fui militante. Cuando se creó el MAS sí votaba por sus candidatos y estaba un poco más vinculada. De resto no.

La renovación ucevista

María Elena González Deluca fue parte activa en el proceso de Renovación de la UCV, que se produjo a finales de los años sesenta. La reestructuración de las escuelas y de las facultades llevó a intensas discusiones y propuestas, que, en algunos casos, plantearon conflictos muy traumáticos. En la Escuela de Historia no se llegó a eso. El proceso se encauzó, bien dirigido por Carrera Damas, hacia la reforma del pensum, en discusiones abiertas con amplia participación, acaloradas pero fructíferas. González Deluca integró el equipo encargado de plasmar las propuestas aprobadas en el nuevo plan de estudios, que organizó la carrera en tres menciones: Historia de Venezuela, Historia de América e Historia Universal. “Fui bastante activa en ese proceso de Renovación, en la formulación del nuevo pensum. Algunas sugerencias mías sobre nuevas materias se aceptaron, como la Introducción a la Historia de América, cuyo programa redacté. También el de Historia Contemporánea de Estados Unidos”.

“Cuando Luis Cipriano Rodríguez se retiró, trabajé todas las materias de la cátedra de Historia de América, excepto el período prehispánico. Fue un esfuerzo grande la preparación de esos programas, pero es algo que agradezco enormemente. No todo se aprende de un manual de metodología, hay que comprender los procesos y entender la dinámica de las distintas duraciones. Saber qué, además de saber cómo.  Para eso la docencia es una herramienta invalorable, porque ayuda a entender los problemas en el marco de procesos de larga duración y en contextos más amplios, lo mismo que a formar un caudal de saber histórico que permite reflexionar siempre en términos comparativos. Yo me gradué con el pensum viejo, sin tesis, pero hubiera preferido escribir un trabajo de grado porque me gusta la investigación y disfruto la escritura, que considero parte esencial del trabajo del historiador. Una investigación bien llevada y un discurso bien construido hacen valiosa una obra. Eso exige autocrítica, a la vez que buscar y aceptar las críticas y sugerencias fundamentadas. Una investigación cuidadosa pero que carece de un discurso bien elaborado, coherente y del buen uso del lenguaje, es como un buen carro con los cauchos sin aire. No rueda”.

María Elena González Deluca

Bagú y Hobsbawm, una orientación oportuna

Mientras Venezuela se encauzaba por el sendero de la democracia, el continente volvía a sucumbir ante la bota de su enemigo histórico: el militarismo. Una legión de argentinos provenientes de la UBA decidió exiliarse en el país donde María Elena González Deluca ya llevaba un lustro viviendo, pues Juan Carlos Onganía había intervenido la universidad en la llamada Noche de los Bastones Largos. Entre los expatriados estaba Sergio Bagú, historiador que dictó seminarios en la Escuela de Historia con el auspicio de Germán Carrera Damas, entonces su director. González Deluca, ya profesora de la escuela, participó en los seminarios de Bagú, quien en carta a su amigo Eric Hobsbawm “decidió mencionarle mi proyecto de estudios de posgrado en Inglaterra”. La recomendación de Hobsbawm, docente e investigador de la London School of Economics, fue suficiente para que María Elena, aprovechando el año sabático de su esposo, decidiera estudiar la maestría en Historia Económica en esa institución. Se graduó dos años después con una tesis sobre la historia del trabajo femenino en Londres durante la Primera Guerra Mundial. “Fue otra experiencia que disfruté mucho y sumó al caudal de saber. Los posgrados los cursé ya con una experiencia de años de formación, que consideré necesaria para sacar mayor provecho de esos estudios”.

Con el apoyo de la UCV, entonces se podía vivir sin problemas en Europa. “Era la época de las ´vacas gordas´ en el país y en la universidad. Se podía vivir muy bien en una ciudad tan cara como Londres; en los setenta, yo era asistente y mi sueldo, llevado a dólares, era de más de 2 mil. Era imposible pensar que llegaríamos a ganar, como ahora, menos de 20 dólares, teniendo el escalafón tope universitario”.

De regreso a Venezuela, siguió estudiando, dedicada a la docencia y a la investigación. El doctorado fue un proceso largo, con un primer proyecto que derivó en el libro sobre negocios y política en tiempos de Guzmán Blanco, pero que no fue la tesis doctoral. “La curiosidad me desvió hacia otro tema: la vida y la época de William Pile, el constructor del ferrocarril La Guaira-Caracas”. Fue un trabajo fascinante, largo, de paciencia, difícil, persiguiendo el rastro de este gringo andariego, ministro religioso, político, militar, diplomático, empresario, socio de Guzmán, funcionario de Estados Unidos y de Venezuela en tiempos de curiosos paralelismos entre dos países tan dispares. Está entre otros trabajos sin publicar.

La Academia Nacional de la Historia

Nunca se propuso ingresar a la Academia Nacional de la Historia, esa decisión fue de otros y ya su amigo Manuel Caballero lo asomaba en su propio discurso de incorporación: “(…) la Academia merece contar entre sus miembros cuando menos a un Germán Carrera Damas, a una María Elena González Deluca, a un José Ángel Rodríguez, a una Graciela Soriano de García Pelayo, a una Margarita López Maya”. Pero María Elena no les prestó atención a esas referencias hasta el momento de su elección, el 3 de diciembre de 2009. Y eso no significa que haya estado apartada de la corporación, pues mantenía buenas relaciones con Ermila Troconis de Veracoechea, Marianela Ponce, José Rafael Lovera, Elías Pino Iturrieta, todos historiadores egresados de la UCV. También ganó el Premio Nacional de Historia Francisco González Guinán y recibía constantes invitaciones para las actividades de la ANH. “No estaba en mis proyectos, pero más de una vez, cuando hubo vacantes, me ofrecieron incorporarme. Y siempre tomaba eso con un poco de cautela, porque a veces allí se mueven distintas preferencias”.

—Usted es una historiadora reconocida, es numeraria de la Academia Nacional de la Historia, tiene libros publicados y goza de respeto en los círculos académicos, es decir, ya tiene un nombre en Venezuela y está en el tope de la carrera. ¿Por qué no regresar a Argentina?, ¿por qué seguir en Venezuela en medio de este desastre?

—Tengo muchos más años viviendo aquí que los que viví en Argentina. Me siento absolutamente vinculada a Venezuela, pero no te voy a dar una declaración de amor a la patria porque no hago ese tipo de declaraciones, ni siquiera con Argentina. Esas declaraciones me producen escozor. Allá ya casi no tengo familia, éramos 2 hijos, y mi hermano murió muy joven. Mis papás fallecieron, no tengo sino dos sobrinos, uno de los cuales vive en Europa y la otra, con quien me comunico regularmente, tiene su familia. Los he visto con poca frecuencia porque una vez me vine, no viajé mucho a Argentina. Mis padres vinieron, pero yo no regresé con tanta frecuencia. Vínculos de amistad tampoco me quedan, tenía tres o cuatro amistades muy fuertes de la universidad, unos ya murieron, y con otros perdí contacto hace tiempo. A estas alturas de mi vida es muy difícil encontrar un trabajo que me ayude a costear mi existencia en otro lado, aun cuando aquí sea muy difícil. Mi esposo era venezolano, también mis hijos lo son, aunque uno no vive aquí; esa es mi familia, nos llevamos muy bien. Yo siento este país como cualquiera que haya nacido aquí. Me siento más cómoda aquí que en Argentina, con todo y los problemas. Siempre en guardia, por si se prende la luz al final de este túnel tan oscuro, este berenjenal en el que estamos.