Sociedad

Mi vida con el CLAP: ¿Y la bolsa pa' cuándo?

Esperar por comida subsidiada, sin saber la fecha exacta de llegada. No hay certezas. Sea de día o de noche, la entrega de las bolsas CLAP es todo menos organizada. Clímax presenta una serie dedicada a la cotidianidad impuesta a través de la entrega de comida de los CLAP

ILUSTRACIÓN: DANIEL HERNÁNDEZ
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Día que llega la bolsa, día perdido. Al menos eso es lo que parece pretender la gente del CLAP, que faltes al trabajo, que no vayas a tus clases, que dejes todo a un lado para salir corriendo porque a ellos les toca entregar comida del Gobierno ese día.

Si hubiese un poco más de organización, sería diferente. Te avisan el día, tú encuentras un tiempito y ya. Sin mayor problema y sin pasar roncha. ¿Pero cuándo llega la bolsa? En mi sector nadie tiene ni la más mínima idea, no hay un día fijo. La pregunta de las mil lochas. Ni ellos mismos saben.

«Mira, mañana llega la bolsa», nos ha dicho la vocera un día antes de la entrega. UN día antes. Muchas veces ha llamado tarde en la noche para avisarnos. En teoría, «te avisan con tiempo» para que puedas organizarte, pedir permiso en el trabajo o te dé chance de llegar a la zona. ¿Cómo haces eso si te notifican con tan poca antelación?

«¿A qué hora?», le pregunto yo de regreso, aunque ya sé la respuesta. «Empiezan a entregar después de las cuatro», lanza ella. Todos sabemos que es mentira. No solo se trata del día, sino de la hora. Ambas trancamos la llamada con resignación.

Hace mucho tiempo repartían a cualquier hora del día, cualquier día de la semana. Un martes a las dos de la tarde, así de sin sentido. Mucha gente se quejó. «¿Creen que no trabajamos?», protestaba la señora del piso 1. Después de eso, la norma fue «a una hora en la que todos estemos en la casa». Cinco o seis de la tarde como mínimo. Pero el reloj de esa gente como que no funciona bien.

Antes mi mamá me fastidiaba para que estuviera pendiente, que llegara a tiempo a la casa, que saliera antes del trabajo. Y yo lo hacía. Hasta que me di cuenta de que no servía mucho. Igual terminábamos esperando tres o cuatro horas más «porque todavía no han empezado a despachar». Un día nos llamaron casi las diez de la noche para que fuéramos a una cuadra y media de mi casa a buscar la bolsa CLAP. Mi mamá ya estaba durmiendo profundamente.

De un tiempo para acá, son impuntuales hasta con el día. Te avisan que llega hoy y terminan entregando mañana. Mientras tanto, casi que tienes que estar pegada al teléfono para cuando te avisen. Conmigo se equivocaron. ¿De verdad ellos pretenden que uno esté dos días esperando por una bolsa de comida? ¿Que uno deje de ir al trabajo hasta que a ellos les dé la gana de entregarlas? El día que repartieron la paciencia, yo me quedé dormida. Si llegamos a tiempo para la bolsa, bien. Si no… Mala suerte.

La vecina que nos insistió para que nos anotáramos en la lista del CLAP es la misma que siempre hace todo lo posible para que no nos quedemos sin recibirla. Va a buscar la bolsa por nosotros y le mete una labia barata a los tipos para que la dejen. Le funcionó un tiempo. «Me dijeron que ya no puedo seguir retirándolas porque no les consta qué hago con esa bolsa». ¿Porque ellos podrían sacarle provecho? Estoy segura que sí.

La última bolsa vino el fin de semana pasado. «Mireya me llamó y me dijo que hoy mismo llega la bolsa. Qué bolas», me escribió indignada mi mamá a las seis de la tarde del viernes. Yo ni siquiera había salido del trabajo, irse a esa hora es un suicidio: el Metro es una locura. Ni me moví de mi asiento. Llegué a mi casa casi a las nueve de la noche y, ¿saben qué? No habían entregado nada. «Mañana a partir de las dos», fue el mensaje.

Yo tenía mis planes para el sábado y no los iba a cambiar. «Si no te avisan, te vas», me dijo mi mamá. Yo no hago mucho caso, pero en esta oportunidad me convenía. Se hicieron las dos, almorcé. Las tres, me puse a ver televisión. Las cuatro, me metí a bañar. Las cinco, comencé a arreglarme.

Pasadas las 5:30 de la tarde, me llaman. «Ya la están entregando». A mí solo me faltaba cepillarme los dientes para salir. «Está bien», le contesté sin mucha explicación a la vocera. Pero el «plan» no salió tan bien: Mireya me descubrió bajando las escaleras. «¿Te vas a ir?», me gritó. Coño, qué compromiso. Casi que me llevó arrastrada a buscar la bolsa. «Tú firmas y yo te la llevo a la casa». Acepté.

¿Se imaginan si yo me hubiera quedado en mi casa desde el momento en que supuestamente llegaba la bolsa? Dos días de «tienen que estar pendiente». Repito, la burla. Sé que la intensidad del rugido en el estómago de algunas personas depende de la dichosa bolsa CLAP. Pero mientras pueda, me niego a dejar que mi vida gire en torno a una cesta de comida. Pobre, pero no para tanto.

El sábado llegué tarde a mi compromiso, al otro lado de la ciudad. Mireya se ganó dos paquetes de harina de maíz en agradecimiento. Sé que sus tres hijas pequeñas le sacarán mayor provecho que yo.

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