Nelly Pizzolante: la mujer detrás de Italo

He aquí por primera vez —porque siempre fue él a quien entrevistaban— y a propósito de su 82 cumpleaños, el testimonio de una dama de amplia sonrisa, ávida lectora que disfruta el champán, cuyo amor inspiró letras y sinfonías que incluso siguen sonando en la garganta de Armando Manzanero, Vicente Fernández y Luis Miguel

Lucy ha hecho la maleta, ha emperifollado a su señora y ha seguido cada paso del plan del viaje que le dictó María Eugenia, su otra generala. Mano derecha, ama de llaves, batuta de la cocina y las costuras, tiene media vida trabajando en la portocabellense Quinta Sinfonía. Sonríe a cada rato, arroja una estampa de entrega total, pero en la más estricta intimidad no se llama Lucy sino que responde al epónimo de Lucifer. Por su parte, Salomón ya tiene encendido el automóvil, que destella como una gran joya de plata bajo el sol caribeño, allí en plena Avenida La Playa de Cumboto Norte. Su alma servicial lo ha mantenido unido a la familia por más de 30 años, y no solo frente al volante sino en el corazón de todos: hijos, nietos, bisnietos. De hecho que nadie lo conoce por su apellido original, para el mundo es Salomón Pizzolante: en la carnicería, en la frutería, en la lavandería… y en las fotos en que el cuadro familiar solo lo conforman los descendientes del nonno. “Lucy es mi mano derecha, y Salomón, que es un hijo también, la izquierda. Sin ellos, mi cotidianidad tambalearía”, confiesa emotiva Nelly Negrón de Pizzolante, “la Yeya” para sus nietos, la mujer que empujó los caminos de Italo Romano Pizzolante Balbi, el ingeniero civil, el compositor, el cantante, el poeta, el profesor, el famoso, el hijo ilustre que compuso el himno de su ciudad natal, el artista, “el doctor”.

Nacida en el seno de una familia tradicional marabina con ascendencia europea, Nelly Margarita Negrón Hernández (Puerto Cabello, 17 de enero de 1934) creció entre Caracas y Valencia con la música, el cine, la literatura y se enamoró con la música y en la música de un jovencito que se llamaba Italo Pizzolante, ingeniero y luego cantautor de fama mundial con canciones como “Motivos” y “Puerto Cabello”. Pero antes de abrir la caja del corazón, abre la de sus primeros recuerdos, y desliza: “Mi juventud la disfruté enormemente, siempre llena de alegrías. Solo existía la radio y cuando tenía 15 años fue que llegó la televisión, el cine. Recuerdo que me gustaban las películas hawaianas, y en las que aparecía Dorothy Moore. Las pasaban los domingos en diferentes horarios. Nací de un padre de 60 años y de una madre de 42. Ella fue su locura, y lo que llegó a ser se lo enseñó ella. Mi casa materna, llena de siete mujeres, constituye el recuerdo de una etapa profundamente bonita”.

Y como quien advierte que tiene una respuesta pendiente, como quien sabe que tiene que explicar cómo fue que ella se convirtió en “una rosa pintada de azul”, concede: “La música es el idioma universal: todos lo comprendemos. Crecí con la música, así que ya él tenía un trecho ganado. Lo cierto es que me enamoré de Italo a los 15 años. Aunque lo conocí una vez a los 13 cuando mi hermana venía de Caracas a Puerto Cabello con una amiga e Italo se pasó el viaje tocando el acordeón en el autobús. Nos reencontramos en 1950 cuando me vine a vivir al Puerto”. Unión de la que nacerían cinco hijos, todos con tres nombres cada uno aunque se nos permita solo apuntar dos: Italo Antonio, Cecilia María, Isabel Teresa, Silvia Elena y María Eugenia. Los cinco estudiarían primaria en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús del San José de Tarbes, en Puerto Cabello. A los cinco les inculcaría lo que todavía les inculca: que tienen que ser unidos, que tienen que ser buenos, que tienen que ser correctos. “También los eduqué en el amor y temor a Dios. Yo estuve en un constante amor. Todos mis hijos son maravillosos: eso significa sacrificio. Tienes que dar para recibir. Fui madre a tiempo completo, y no me arrepiento. Yo misma era el transporte. En la vida toca quemar etapas. Y el matrimonio, el matrimonio no es fácil de llevar, por lo que comprensión y respeto son primordiales”.

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Dice sentir debilidad por la comida francesa con sus salsas muy suaves, por la oriental, por la arepa y el funche; pero asegura, entre risas, que preparaba muy bien la italiana. No se pierde un sushi bien logrado ni la comida india, que no solo es curry; aunque hacía un arroz que lleva pollo y curry de categoría sublime. Con diabetes a cuestas, no deja de perseguir un postre. Con 82 años encima, no se permite ninguna celebración que no incluya champán. “¡Es que esas burbujas son mi perdición!”, se le oyó decir cuando sus nietos prepararon un video casero con ocasión de sus 80 años, y uno de ellos —aunque afectivo—, teniendo que describirla con una sola palabra, dijo en perfecto francés: “champagne!”. “Tengo 13 nietos y siete bisnietos. Ellos son la prolongación de las cosas buenas que he querido… y que he hecho. A todos quiero verlos destacarse, que conserven la cosa antigua que es la familia, que es una esencia. Son 20 amores. Todos son amados. Y a todos les digo: ‘Yo no te quiero, yo te amo’”.

La piscina está azulísima, y no porque el sol brille sin miedos. El mar sigue arrullando a su atmósfera doméstica, y no porque la casa, de estilo yate, internacional, de mediados del siglo pasado, esté frente al Caribe. Lo comprueba Nelly desde la ventana de la planta alta que da al jardín trasero, cerrado por las tenazas de la hiedra, y celebra en silencio porque lo ha logrado. Italo, “el nonno”, está vivo aún para ese día: toca el piano y entona con furor. Cumplen 50 años de casados y la fiesta prometida es de verdadero oro. Nelly hace un repaso de cada rincón de la casa, mira óleos, acuarelas y plumillas, muebles exquisitos mezclados a propósito con otros de factura rústica, flores criollas con ramos de otro planeta; cuenta las placas, las medallas, los retratos de la felicidad perpetua; ve cómo dialogan la alfombra mullida, la terracota, el granito, el mármol, la madera, el concreto, y vuelve a suspirar ufana porque lo ha logrado. “¿Mi vocación? La casa es una empresa que requiere disciplina, y estoy satisfecha”.

Debe ser por eso que prefiere, de las canciones de su eterno esposo, “Poco a poco”, porque “‘…me voy convirtiendo en algo que es todo y me voy olvidando de lo que soy’. ¡Esa canción es una entrega total!”. Lectora voraz, tanto que a estas alturas del partido solo pide que por favor le regalen buenos libros o chocolates sin azúcar, precisa: “Ahorita estoy con un best-seller llamado Los buscadores de conchas de Rosamunde Pilcher. Recrea un microcosmo de sentimientos enmarcados en unas complejas relaciones familiares. Penélope Stern, protagonista de esta historia, es hija de un cotizado pintor de fama internacional. Su estabilidad afectiva depende de una serie de hechos ocurridos en el pasado. En fin, una obra que abrió el cerco de lectores de novelas románticas. Luego me pondré con El tiempo entre costuras de María Dueñas”. ¿Y si tuviera que proclamar su autor favorito? “Pues no habría otro: Ramón Díaz Sánchez con su gran novela Cumboto —voz que, por cierto, significa ‘refugio de esclavos’. Está relatada por un criado negro. Amo la historia, el costumbrismo, lo vivido”.

Acaba de cumplir 82 años, y ese domingo del íntimo brunch bordeó la piscina asistida por un adminículo rodante pero de pie y a solas, sin Lucy, sin Lucifer. Apenas ella, su amplia sonrisa de reina madre, su peinado de alto ribete, su vestido en blanco y negro que le profundizaba la silueta, sus tacones bajos cuyo sonido le imprimían solemnidad al arribo, y varias cuentas de perlas satinadas que ni siquiera pudieron restarle brillo a los grandes ámbares que tiene por ojos. “Soy esencialmente femenina. Nunca me ha interesado no serlo. Pareciera contradictorio, pero siéndolo tienes libertad y puedes mandar más. También encierra dulzura, por eso las rebeldes feministas actuales tienden a querer equilibrarse y no pueden. Yo soy un pájaro libre, detesto la opresión, y vivir a la defensiva también es una cárcel. Me he proyectado con valores. Claro, que si yo hubiese nacido en esta época fuese igual de femenina; sí, con valores cristianos, valores morales, pero me hubiese proyectado de otra manera por exigencias del medio”.

Y no tarda en advertir que la religión es la que mantiene en una línea; que de allí su respeto a Dios y a las buenas costumbres; que tiene tres rosarios pero que solo la religión sin fanatismos es linda; que nada de sueños, que todo lo ha logrado, incluyendo una vida plena; que le gusta viajar, que es un gusto adquirido, que su hijo se lo satisface anualmente; que por personaje ilustre, aunque hayan hecho de él una caricatura, destacaría a Simón Bolívar puesto que su talla y legados son excepcionales; que ella no tiene ningún tiempo perdido, repite, porque trabajó para lograr el objetivo y lo logró; que su experiencia más grande es su familia pero que la experiencia de otros, aunque refranes y sabios de todo calibre digan lo contrario, sirve para no equivocarse. Que tener clase no solo es dispensar modales, saberse comportar y vestir: sobre todo significa ser inteligente, porque detectas qué es lo conveniente. “Es aplicar en cada momento lo que conviene”. Y que su autorretrato incluiría trazos y óleos de una mente abierta, sincera, sencilla, espontánea, sin prejuicios.

Cecilia ya no está. Italo Romano, tampoco. En la casa de “Puerto Cabello, pedacito de cielo”, siguen solícitos Salomón y Lucy. Y en “A tu playa”, la pequeña villa de atrás, su incondicional María Eugenia, esposo e hija. En Valencia, Isabel y Oswaldo; Silvia y Carlos Julio; Daniel, Desirée e hijo; Isabel Cecilia, Humberto e hijos. En Caracas, su hermana Reina, sus sobrinas y su nieto Luis Alberto con Nataly y el par de chispeantes bisnietos. En el mundo, dispersadas pero atentas a ella, las otras cuentas del rosario de afectos filiares, incluyendo hijo, nuera, nietos, bisnietos. En el mundo, sin dejar de llamarla un solo día, sus amigas de sangre: Isabel, Teresa, Yolanda, Beatriz. Ella misma hace el inventario, allí sentada a la mesa del desayuno celebrador, y se siente dichosa porque lo ha logrado. Mira la bóveda límpida que la vio nacer, recuerda la dolorosa pero emotiva despedida —de cuerpo presente y a cuerpo de rey— que le ofrecieron a Italo en el Teatro Municipal de Puerto Cabello, y cierra los ojos para comprobar que aquella imagen no se ha ido: la de la nota pegada en la puerta de su dormitorio matrimonial cuando habiendo llegado de uno de sus tantos viajes, el celebérrimo cantautor del bolero “Motivos” le dejó escrito: “Estar sin ti fue como estar sin mí”.