Los Palos Grandes: un burdel en Caracas

Este es el drama de una prostituta que, como muchas otras, la asediaron los males típicos del oficio: violencia, abuso, chantaje y trampa. Lo que la hace diferente, sin embargo, es la disputa jurídica que la persigue y atormenta. Una reyerta de amantes casuales, un cuchillo y una fuga por los aires son los detalles de esta historia digna de una novela policial

Zuleidi nunca pensó que su nombre, el que su padre Carlos Sojo presentó ante la pila de bautismo, chispearía en los titulares de la prensa nacional. Tampoco que le granjearía problemas con la ley. Peor aún, que la enzarzaría en una querella penal mientras se debate entre la salud y enfermedad en una cama de hospital. Es que ella, más allá de los incordios de la vida privada, no tenía nada de extraordinario —hasta el día que defenestró, literalmente, su identidad. Sí, un arrebato de ofuscación y miedo hubo de empujarla para que tomara la peor de las decisiones: fugarse por la puerta de atrás. O sea: un balcón. Se terció su cartera morada, dejando a sus espaldas una pocilga de gritos y sangre. Afuera, sobre una columna de la edificación, su campo visual capturaba, desde arriba, el tráfago de la cuarta avenida de Los Palos Grandes: vecinos sellando los pasos de su marcha cotidiana y los perros vagabundeando su hambre. Con o sin la persignación de Dios, se lanzó en caída libre desde un quinto piso. La recibió el incólume asfalto que destrozó tres vertebras de su columna y el fémur. Ella no era una suicida, pero tampoco la “Mujer maravilla”.

En los pasillos de la escuela de medicina de la Universidad de Carabobo, en tanto se rompía el cráneo para aprender de anatomía y biología, la mentaban Zuledi Nazareth, pero en su trabajo hacía el paripé: mejor era llamarse Vanessa. Abdicaría de los clichés. Esos que dicen que en la mañana es una y en la noche otra. Tampoco era cuestión de alter egos. “No nos podíamos imaginar cuál era su trabajo. Ella es una niña a la que nunca le faltó cariño ni atención. Bajo nuestra supervisión, no vimos nada raro. Nos enteramos después con la tragedia”, se lamenta su progenitor, cuyo abatimiento contagia y engurruña convicciones, también corazones. Ella nunca, sin embargo, ocultó sus lúbricos andares ni siquiera cuando el ocaso en el balcón bañaba su cabellera negra. “Fue su estilista, que le secaba el pelo en Plaza Venezuela, el que la convenció a entrar en el negocio, con la excusa de que ganaría mucha plata. Además, luego nos enteramos que su prima, hija de una hermana de su mamá, también se dedica a eso”, vuelve Sojo con un bochorno en las mejillas. Entonces, picó el anzuelo del dinero “fácil”. Ese que reúne violencia, drogas, abusos y timos. Ni tan fácil entonces. Se desdobló en dos, pero en un solo cuerpo: Zuleidi la estudiante y Vanessa la prostituta. Siempre. Tanto así que, el cinco de mayo de 2014, cuando todavía el cielo no se arrebolaba en desgracia, fue Vanessa la que, en búsqueda de un destino perverso, impelida por una pulsión lasciva y monetaria, franqueó las puertas del edificio Doral, en Los Palos Grandes. Pero, fue Zuleidi la que, secuestrada por los nervios y la desesperación, salió del apartamento 54 por el balcón. “Ella no tenía ganas de suicidarse. La impresión que me daba era que estaba huyendo, huyendo de algo atroz”, desliza la periodista Johanna Morillo, quien por una excepcional predestinación fue testigo de la escapatoria aérea.

Desde entonces, descorrería los velos de su oficio. El que, sin recato ni decoros, la mostraría ante la justicia y su familia como “dama de compañía” —eufemismo incluido—; el que le abriría un expediente criminalístico, con el número K140047-00408, por los cargos de homicidio calificado en ejecución de robo agravado; el que la condujo hasta un cliente llamado Alí Anka, de origen sirio, de 18 años, sobrino del dueño del apartamento donde hubo coqueteado con la muerte. Alí sucumbió a sus encantos luego de que la deseara con fuego en la página web sexycaracas.com —portal que no sólo vende arrumacos ensayados y orgasmos sino que también mercadeaba sus curvas bien formadas. Ese día recibiría el encargo, de la voz de Anabel, su manager, también madame y matrona del lupanar Las Adas, ubicado en La Avenida Libertador, cuyas camas, por cierto, el lugar disfraza con el título Residencias Caribe. Siempre fiel a sus manías, controló la pudicia para darle riendas sueltas a lafemme fataleque era Vanessa. Se emperifolló para la ocasión. Se embutió en unos bluyines verdes que le esculpían su cintura de avispa. Una blusa de rayas blancas y negras que resaltaba escotes y voluptuosidades y se calzó con su par de tacones Berska talla 39 para hacer temblar suelos e incendiar libidos. Más de uno la mosqueó. De acuerdo a vecinos de la zona, llegaría a su destino poco antes de las cuatro de la tarde, luego de que “El niño”, el taxista que gobernaba el rumbo del carro que siempre usaba para sus correrías, la depositara al frente del edificio. “El muchacho no bajó a buscarla. Ella tocó el intercomunicador y subió. Ya arriba, al frente de la reja de entrada, vio algo extraño en su mirada, en su cara”, suscribe Carlos luego de que interpelara a su retoño. Un cierto mohín entre áspero y deformado afeaba a Alí Anka. Vanessa supuso que algo malo —¿acaso drogas?— ocurría. “Ella no quiso entrar, de hecho le dijo que Las Adas le mandaría a otra, pero él la metió en un braceo agresivo”, campea su cuento o interpretación.

Era otro el calor que se avivaba dentro de la morada, uno que nada tenía que ver con frotes, caricias y bocanadas de aliento. Una conversación brusca, junto a la virulencia de los manoteos. “Él la quería obligar pero no se dejaba. Y le dijo: ‘te la tiras de arrecha. Tú vas a ver quién es malo aquí’”. En el ínterin, fue hasta la cocina. Zuleidi cuenta que, luego de escuchar una gaveta, sintió un roce de metales, un tintineo. Alí apreció con un cuchillo. En la pelea, salió herido. Carlos afirma que los amantes furtivos no se deshicieron en besuqueos ni en cabalgatas. Que el lecho fue desplazado a un espacio frío y desolado. No obstante, el legajo que empolva los archivos del Cuerpo Investigación Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) expone otra versión. En la escena del crimen se consiguieron: un preservativo, un lubricante marca Lubrix de color rosado, una pantaleta de encaje rojo y, por supuesto, el cuchillo; uno de 20 centímetros, tipo sierra y empuñadura en madera. La evidencia hizo suponer a Edwin Chacoa y Carlos Chacón, policías del caso, que el trabajo se hubo consumado. “Trató de dormirlo utilizando alcohol etílico con la finalidad de llevarse pertenencias que tenía en el apartamento. (…) Produciéndose un forcejeo y es cuando esta ciudadana utilizando un cuchillo causó herida en el cuello, lado derecho”, reza el manuscrito policial.

Por la rapidez de los acontecimientos, los agentes, mientras maquetaban sus pesquisas, fijaron el tiempo en el que se produjo no sólo la marimorena entre los implicados, sino también la hora en la que ella saltó al vacío: pasadas las cinco. “Estoy seguro de que el CICPC manipuló la evidencia. Ya todo el mundo sabe a qué se dedicaba. ¿Por qué habría de esconder si tuvo o no sexo con el sujeto? Si ella dice que no pasó nada, le creo. Además, ¿en qué momento? Llegó a las cuatro, y diez minutos después ya estaba contra el suelo”, aduce el padre. Sus argumentos coinciden, al menos, con la hora que publicara @EUtrafico untweet: “mujer se lanza del Edf. Doral en Los Palos Grandes hoy 05/05/2014 a las 4:15 pm”. “Por otra parte, si ella lo iba a robar ¿Por qué en su bolso no aparecieron cosas ajenas?”, siembra las dudas, las mismas que orbitaban en su cabeza mientras armaba la defensa de la imputada, que debió ser consignada ante el despacho de Solchy Delgado Paredes, juez del tribunal de Primera Instancia Trigésimo Tercero en lo Penal, el 22 de junio. De hecho, en los folios de la causa no queda claro si los 10 billetes de cien bolívares, correspondientes al pago de sus honorarios, estaban en la escena del crimen o en la cartera de la presunta homicida.

El ocho de mayo, 72 horas después del entuerto sangriento, la Fiscalía puso los cargos que manchan su prontuario. Zuleidi, pese que no pudo hacer acto de presencia en Ministerio Público, recibió la visita en un cuarto del Hospital Pérez Carreño —que hace las veces de su pequeño boudoir. Donde espera la operación de columna que la vuelva a poner de pie. Por su parte, Alí Anka, luego de la semana que estuvo hospitalizado en la Clínica El Ávila, se libra de culpa. Se protege, asimismo, bajo los pantalones Ahmad Anka, su hermano, quien, como añadidura, fue el que denunció y declaró, en fraterna conjura, a favor del muchacho. Como una llaga a punto de explotar, el caso está de “mírame y no me toques”. Los defensores preparan la estrategia para no desfallecer en la batalla. “Hay muchos cabos sueltos”, remarcan. Y tienen razón. A destajo, no es nada descabellado formular los interrogantes: ¿cómo iba a drogar a Anka con tan sólo alcohol etílico? Si estaban discutiendo… ¿Cómo llegó hasta la cocina para buscar un cuchillo? ¿Por qué no la retuvo? Ni sus allegados, íntimos, cómplices y amigos logran dar con conjeturas. Pero, sobre todo, no hay manera que puedan responder a la pregunta más importante, la de las veintiún mil lochas: ¿Por qué se escapó por la ventana?

“No lo sé, pero lo que sí no tiene refutación es que este hombre no sólo agredió a mi hija, sino que también pretendía violarla. Por eso ella se defendía. Esto le ha robado su tranquilidad y su salud. Pero no voy a permitir que también le quiten su libertad”, lo jura. Asegura que conseguirá la manera de limpiar su nombre, el de Zuleidi. Porque Vanessa, al parecer, está muerta.