¿Qué hay en el plato de los artistas venezolanos?

Tan elocuentes como sus obras pueden ser los hábitos gastronómicos de los artistas. Sobre todo sus antojos. A continuación una lista de lo que comen o beben diferentes autores venezolanos, mientras están inmersos en el proceso creativo

¿Qué hay en el plato de los artistas venezolanos?

Los creadores tienen ritos. Lo que bebe o come —o que no come ni bebe— un artista mientras trabaja, mas que anécdota es ingrediente para armar el rompecabezas de su personalidad. Cuentan que Agatha Christie inventaba crímenes comiendo manzanas; Beethoven dedicaba media hora al desayuno y se percataba personalmente de que su café contuviese 60 granos; Fran Kafka escribía siempre en compañía de un vaso de leche; Walt Whitman no podía iniciar su jornada creativa sin antes desayunar una buena cantidad de carne; Honoré de Balzac consumía hasta cincuenta tazas de café al día; Marcel Proust escribía en la cama rodeado de comida; Truman Capote no podía pensar sin un vaso en las manos; Carson McCullers escribía en una biblioteca pública mientras tomaba sorbos de jerez oculto en un termo; Stephen King dice comer un trozo de torta de queso antes de sentarse a trabajar. Caso contrario a los mencionados, es el de Vincent Van Gogh, tan sumergido en su pintura que se olvidaba de comer o beber.

Lejos de los ejemplos foráneos, nuestros creadores parecen no apelar a excentricidades, la mayoría alude a una atávica sed de agua y olvidarse de comer ante el rapto creativo. Aquí sus testimonios:

Alberto Barrera Tyszka (escritor): “Una de las razones para dejar de escribir por la noches es, justamente, separar el proceso creativo del cigarrillo y del alcohol. Desde hace años, escribo a partir de las 4 o 5 de la mañana. A esa hora solo hay agua o café”.

Alfredo Rugeles (compositor y director orquestal): “La verdad es que no bebo ni como nada especial o específico durante el proceso creativo. Tomo mucha agua o como alguna fruta eventualmente. Eso si, una vez que termino alguna sección o alguna obra en general, me gusta comer bien y tomar una buena copa de vino”.

Ana Teresa Torres (escritora): “En la mañana tomo café ─mientras se consiga─ y en la tarde té. No como nada mientras escribo”.

Consuelo Méndez (artista visual): “Cuando estoy metida en el proceso creativo incremento las frutas y aguas naturales, tecitos frescos de hojas de mi jardín; además, como ensaladas suculentas que me mantienen liviana. A veces peco con dulces que suben la energía: pie de limón que es el más me gusta. Tomo mucha agua”.

Diana Arismendi (compositora musical): “Cuando estoy componiendo preparar la comida de la noche es mi momento de relax: puedo comer quesos ─es lo que más me gusta─, preparar un ceviche, siempre muy liviano. De beber: vino siempre. Es mi placer de las siete de la noche: blanco y helado. Como tradición, el día que termino una obra tomo whisky con soda. Placeres sencillos que sazonan el trabajo creativo”.

Esso Álvarez (fotógrafo): “El trabajo, las sesiones de orden y de priorización, se acompañan, a veces, con alguna bebida etílica”.

Federico Vegas (escritor): “Siento que nunca me aparto del proceso creativo. A veces lo gozo, a veces lo sufro; a veces lo busco, a veces lo evito; a veces lo comparto, otras me lo guardo; a veces resulta, cuaja, fluye; a veces se pone piche, o se interrumpe, o se esfuma. Pero siempre me está rondando, y, de paso, suelo comer unas tres veces al día”.

Fedosy Santaella (escritor): “Por lo general, cuando estoy en el proceso creativo, toda hambre se me va. Pudiera yo ser todo un anacoreta de la escritura, pues me olvido del alimento. En algunos momentos, eso sí, me paro, me sirvo pasas en una recipiente de vidrio pequeño y regreso a comerlas. También merey o nueces. Alguna vez comí galletas club social con queso Emmenthal, pero ya ese tiempo pasó. Ahora son pasas, merey y nueces. Carísimo, por supuesto, el gusto. Y a veces, pues ni siquiera hay. Ya sabes, estamos en Venezuela. ¿Qué bebo? Pues lo que haya en la nevera. Es decir, me pongo de pie, así como sonámbulo, atolondrado, busco algo que me quite la sed, sin que eso implique mucho proceso, y vuelvo a la escritura. Es la urgencia de la escritura que no me deja beber. Pero como dije al principio, por lo general, se me olvida comer y beber. Me salva un llamado del mundo exterior. Una voz que me recuerda el desayuno, el almuerzo, la cena. A mi escritura no le da mucha sed, ni tampoco hambre”.

Gisela Kozak (escritora): “Bebo un buen vino al terminar el proceso creativo, preferiblemente Sangre Brava (Cariñena y Granacha), Pomar Petit Verdot, Benjamín Nieto Senetiner, pero como no se consiguen o son muy caros, ni hablar: cerveza bien fría o una copita de buen ron puro si se dispone”.

Héctor Torres (escritor): “No como nada. En la tanda de la mañana, en la que suelo atender el contenido para terceros: es decir, columnas de prensa y otros encargos, agradezco enormemente un café. Y, claro, tener agua a la mano. En la noche, cuando adelanto mis proyectos personales de largo plazo, si tengo a la mano algo de beber, pues, mucho mejor. Preferiblemente whisky, que ayuda a la concentración. En menor medida sirve la cerveza o el vino, que tienden a dispersar y a alegrar el ánimo. Si no hay nada de beber, eso no me detiene, pues me conformo con agua. Pero a veces estoy tan concentrado que puedo pasar una o dos horas sin haberme dado cuenta del paso del tiempo ni haberme movido de la silla. Eso sí, para rendir en la jornada si es indispensable tener música en mis audífonos. Incluso, hay ciertos autores que facilitan enormemente, no me explico por qué, el proceso creativo”.

Huáscar Barradas (músico): “Si estoy en medio de una grabación en un estudio, muchas veces no se come ni se bebe. O se come lo que sea más rápido, porque no quiero descuidar la inspiración del momento: generalmente se pide hamburguesas, pizzas o shawarmas. Ahora, si estoy componiendo en la tranquilidad de mi casa, disfruto mucho alguna merengada achocolatada, que mantienen el cerebro activo y además son mis favoritas”.

Leonardo Padrón (escritor): “Suelo escribir bajo agua. Es decir, tomo mucha agua mientras lidio con la página en blanco. Es como si el duelo con el idioma se convirtiera en sed. A veces, cuando el cansancio está a punto de vencerme, sucumbo a una bebida energética. Pero, por ejemplo, no suelo escribir bajo el efecto del alcohol. Lo hice en épocas remotas, una que otra vez, y los resultados fueron lamentables. ¿Comer? La escritura me vuelve frugal. Solo a veces rueda una mandarina por la página. A veces”.

Milagros Socorro (escritora y periodista): “Tomo mucha agua. A veces, me levanto de mi sillita urgida por un anhelo de chocolate, pero trato de controlarme”.

Nelson Garrido (fotógrafo): “Cuando estoy en el proceso creativo ni tomo, ni como. Me concentro en mi creación y se me quita el hambre. En el caso que me provocara tomar algo sería Cocuy de Pecaya, el de penca, el que la gente hace artesanalmente y es ilegal”.

Ocarina Castillo (antropóloga): “Como chocolate amargo, de hecho, lo tengo guardado en mi escritorio, siempre a mano. Eso sí, pequeños pedazos, para no abusar y para que me dure más. En materia de bebida, tomo café, me gusta mucho un guayoyo con papelón, como lo tomaba mi abuela”.

Solveig Hoogesteijn (cineasta): “Bebo agua como una ballena. En las mañanas y cuando estoy escribiendo por largos períodos un buen té negro, Earl Grey, lo amo. En las noches y cuando la escritura es libre, un vino tinto o un whisky. ¿Qué como? La verdad olvido el tiempo cuando escribo o cuando dirijo actores. Pistachos y nueces son bienvenidos acompañantes y chocolate negro, siempre chocolate. Chocolate para tomar energías, para levantar el ánimo, para nutrir el espíritu”.

Yolanda Pantin (escritora): “Si tengo mucha ansiedad, como cualquier cosa o no como nada. No bebo, pero puedo fumar mucho y tomar Coca Cola”.