¿Qué tan terrible es Cats? Peor de lo que imaginas

La cinta dirigida por Tom Hopper es sobrepasada por la falta de uniformidad tanto en sus intenciones como en su narración y puesta en escena. Un exceso de efectos digitales poco refinados, un tono cambiante y una edición saltarina hacen naufragar la historia de los gatos en Londres que tan bien funcionó en el teatro musical

El musical Cats basado en la colección de poemas Old Possum’s Book of Practical Cats de T.S. Eliot publicada en 1939 es sin duda una gran jugarreta sobre las tablas, que basa su efectividad en enlazar una idea sobre lo enigmático de la naturaleza felina, en un tipo de burla casi infantil acerca de la finitud de vida y lo imprevisible de la muerte. Andrew Lloyd Webber, creó una serie de maravillosas coreografías y canciones, basadas en este simplísimo argumento.

Por extraño que parezca, la combinación entre el vacío narrativo y la espectacularidad de la puesta en escena, logró conquistar al público por más de dos décadas. Había algo de fascinante, en la extraña simplicidad y emoción profunda de extraordinarias canciones y coreografías sobre el escenario. Con un tono único y un maravilloso brillo absurdo, Cats —el musical— se convirtió en referencia de cierto tipo de obra imperecedera basada esencialmente en las emociones y algo más potente, relacionado con la magia del teatro en vivo.

Demasiado arrogante como espectáculo basura y en exceso inocente para asumir todo el peso de su mediocridad

¿Podría funcionar algo semejante en el cine? La pregunta se planteó en varias oportunidades y el director Tom Hooper decidió tomar el riesgo, con la confianza que ese gran silencio entre el argumento y la potencia del buen arte escénico podría hacer maravillas, si contaba con la tecnología y las estrellas correctas. Después de todo, esta ha sido la década de pequeños desastres fílmicos que resultan en algo más elaborado. Experimentos argumentales caóticos como Rampage (Brad Peyton, 2018) y Megalodon (Jon Turteltaub, 2018) se convirtieron en éxitos de taquilla, a pesar de acarrear todo tipo de problemas. ¿Había la posibilidad de crear una obra absurda que sólo se sostuviera sobre su espectacularidad musical y escénica? Para Hooper sin duda era posible.

Durante la historia reciente del cine, los grandes fracasos suelen estar relacionados con elementos más o menos específicos: guiones de terrible calidad, problemas de producción que terminan por distorsionar el resultado en pantalla, actuaciones poco creíbles. Al final, lo rescatable parece ser alguno que otro elemento que logra sostener las grietas de la estructura con alguna gracia. De una u otra forma, el cine actual tiene la capacidad de absorber los grandes fallos para crear obras mediocres, pero de enorme resonancia en la cultura pop. ¿Podría lograr Hooper algo parecido?

En realidad, no sólo no pudo hacerlo, sino que creó un espectáculo inclasificable basado en un mediocre uso del humor burlón que suele asociarse a los grandes fracasos cinematográficos. En Cats, los problemas en pantalla están mucho más relacionados con la forma en que el director y el guión crean un universo alternativo para el célebre músical de Webber, que con errores específicos de producción y narrativa. Porque el filme no sólo falla como propuesta, sino que es un colosal despropósito al momento de construir un diálogo sobre el material de origen o incluso la historia independiente que podría ser y los recursos que usa para sustentarla. Cats es una propuesta fallida y desconcertante— desde su origen.

Quizás ese es el problema real de Cats, que va a la deriva en busca de definición y un peso conceptual que no alcanza

La cinta, además, llega en un año lleno de innovaciones cinematográficas de considerable calibre: Desde Alita: Battle Angel de Robert Rodríguez, que logró humanizar a un personaje digital hasta hacerlo no sólo creíble sino con capas de dimensión humana que resultan inéditas por su complejidad; hasta la perspectiva cuasi documental del Rey León de Jon Favreau, que convirtió la clásica historia en una inquietante mirada naturalista a la película animada, 2019 analizó la relación entre lo digital y lo real de una forma más profunda e inteligente de lo que hasta ahora se había hecho. Incluso, el sutil uso de la tecnología digital en películas de autor —como la maravillosa mirada sobre el universo de Ad Astra de James Grey— fue un paso adelante en la forma en que Hollywood analizó las nuevas tecnologías aplicadas al discurso fotográfico.

Claro está, hubo grandes desaciertos, como Gemini Man de Ang Lee, cuyo guión incompleto y blando no soportó la carga de la tecnología de punta que convirtió a la historia en una caja de resonancia para el asombro, pero sin el menor impacto argumental. De modo que Cats (que prometía combinar sensibilidad musical, una historia amada por generaciones enteras con un nuevo paso visual) se encontró en la incómoda situación de tener que construir un apartado específico en el que el argumento original pudiera no sólo expresar su extraña carga de sensibilidad y humor sino, además, elaborar un nuevo diálogo con el espectador. Entre una y otra cosa, la tecnología digital tenía el deber de construir una mirada sugerente sobre la posibilidad de lo extraño y lo incómodo, quizás lo provocativo. Analizado de esa forma, Cats tenía todo para brindar al subgénero musical una nueva dimensión y, sobre todo, una renovada capacidad para sustentar las emociones en un espectáculo deslumbrante.

Mientras los actores y actrices se afanan, el guión es incapaz de encontrar el tono o al menos la coherencia en medio de una mezcolanza de emociones distintas

Pero Cats no lo logra. Y no sólo por su fallido uso de la tecnología a su alcance, sino por la incapacidad de Hooper de mezclar el argumento y la puesta en escena con algún equilibrio que pudiera brindar belleza a una historia tópica. El director parece sobrepasado por el reto, que incluye la decisión de sustituir prótesis físicas por CGI en sus actores y, además, la insistencia de elaborar una propuesta visual única. Se trata de un peso excesivo para el guión —que debe contar, narrar, puntualizar y además lidiar con la pirotecnia visual— en una confusa mezcla de errores de diseño, coreografía y ritmo que las evidentes carencias de la historia sólo profundizan.

Lo más singular es que hay elementos de enorme calidad que incluso, en mitad del caos, tienen un notorio brillo. Las coreografías del artista Andy Blankenbuehler son precisas y deliciosas. En contraste, la edición brusca, ilógica, pesa sobre el argumento y en las grandes secuencias coreografiadas centrales, que se disuelven lentamente en planos secuencia sin el menor orden o concierto. Poco a poco, el argumento se desploma en piezas que bien podría funcionar por separado —y la gran pregunta es si esa era la intención de Hooper— mientras la película, naufraga como narración única.

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El centro de la trama —o que intenta serlo, en todo caso— es el personaje interpretado por Francesca Hayward, la bailarina que ni con su maravillosa voz lo logra. Al final, debe competir con las estrafalarias puestas en escenas y con que la cinematografía de la película esté tan obsesionada por mostrar un mundo a la medida y a escala de los avatares felinos de los actores, algo a mitad de camino entre un manchón borroso de colores y una obsesiva cámara subjetiva que va de escena en escena con pulso tembloroso y descuidado.

Mientras los actores y actrices se afanan por bailar, cantar y mostrar emociones con el rostro cubierto por una gruesa capa de efectos digitales a medio completar —para la historia, la escena entera en que la gran Judi Dench muestra sus manos humanas, con anillos incluidos— el guión es incapaz de encontrar el tono o al menos la coherencia en medio de una mezcolanza de emociones distintas. Del dolor a la maravilla, de la risa a la burla y del miedo a algo más tragicómico, Cats funciona en un inexplicable vaivén de registros sin que logre definirse por ninguno.

Las coreografías del artista Andy Blankenbuehler son precisas y deliciosas. En contraste, la edición brusca, ilógica, pesa sobre el argumento

Al final, el director se decanta por sólo construir un extrañísimo recorrido por todo tipo de visiones sobre el bien y el mal, como si la historia pudiera contener cierto aire de profundidad filosófica. En medio de un giro imposible de comprender, Hooper toma la fuerza dramática del musical —basada en su energía estética y coreográfica— y lo transforma en una gran parodia de sí mismo que, sin fuerza ni equilibrio, se desploma en el tramo final en medio de quizás uno de las secuencias más ridículas y delirantes de la historia del cine reciente.

Y quizás ese es el problema real de Cats, que va a la deriva en busca de definición y un peso conceptual que no alcanza en lo más mínimo: se toma demasiado en serio. Tanto, como para elucubrar sobre la festiva noche de los gatos en la ciudad desde una perspectiva casi intelectual, cuando en realidad no es otra cosa que una gran broma cínica, melodramática y sin duda divertida. Pero lo que en el escenario funciona como una travesura amable y encantadora —por momentos tétrica, casi siempre brillante— en el cine resulta una incómoda combinación de estridencia y mal gusto.

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Tal pareciera que Hooper es incapaz de dirigir a sus actores frente a una pantalla verde, y el resultado es un tropel de histriones que van de un lado a otro, desorientados, en un intento de fingir son parte de algo más grande y elaborado, sin lograrlo del todo. Asombra, la forma cómo el realizador no logra aglutinar la película en una única conexión formal con un género —la película pudo ser una gran parodia o quizás, una trampa visual ingeniosa— y lo transforma en una gran secuencia borrosa de docenas de ideas distintas, todas incompletas. Al final, las lágrimas digitales de Jennifer Hudson —desaprovechada y, sobre todo, minimizada por el descalabro general del filme— son el mejor símbolo de lo que ocurre en un guión que se desploma casi de inmediato en medio de un complejo abuso y mal uso de todo tipo recursos de lenguajes cinematográficos, enlazados sin gusto ni gracia para un gran final caótico.

El director parece sobrepasado por el reto, que incluye la decisión de sustituir prótesis físicas por CGI en sus actores y, además, la insistencia de elaborar una propuesta visual única

Demasiado arrogante como espectáculo basura y en exceso inocente para asumir todo el peso de su mediocridad, Cats se encuentra en medio de una grieta entre un espectáculo ridículo y vacío y algo más simple: un completo desastre sin ningún elemento que sostenga la extraña aventura de intentar narrar una historia sin argumento. Un singular y radiante vacío argumental.