Rodríguez María Fernanda desempolva su cacerola

Ha pasado un año desde que Rodríguez María Fernanda salió a protestar y a golpear su olla frente a las cámaras de televisión. Un año desde que su arrechera, euforia y espontaneidad se hicieron virales. Desde entonces, muchas cosas han pasado en Venezuela y en su vida. La plata que no rinde, las medicinas que no puede comprar, el agua que no llega… Todo suma al agotamiento. Pero no se conforma con la situación que le ha tocado vivir. Cree en un mejor país y todos los días lucha, desde su trinchera, por hacerlo posible

Rodríguez María Fernanda está cansada.

Se le nota en la voz, en la queja escondida en las palabras que suelta, en el suspiro que se le escapa cuando habla de su vida. Tiene tanto para decir que cuando empieza, le cuesta parar. La expresión de su cara es de alguien que lleva esperando mucho tiempo por algo que todavía no llega. Hay días más pesados que otros y por más que se muestre optimista, a veces no es suficiente. No está feliz con la situación. Rodríguez María Fernanda está cansada: tiene exceso de país.

Hace un año, el lunes 21 de enero de 2019, se despertó de madrugada con el estruendo de unos repentinos disparos que venían del comando de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), a varios metros bajando de su casa en San José de Cotiza. Unos militares sublevados le pedían a la gente que saliera a la calle a apoyarlos y eso hizo ella, con olla y bandera en mano. La entrevistaron, le preguntaron su nombre y lo soltó como si estuviera pasando lista en el colegio: “Rodríguez María Fernanda”.

«Si uno sigue en la calle, yo creo que uno puede lograr algo más. Yo tengo fe de que estaremos fuera de esto pronto»

Así nació la mujer del “majomenos”, del “quiarrecho”, del “gordo como un cochino”. Aquella que golpeó su cacerola con tanta fuerza que la esguañingó y sus palabras de frustración se difundieron en redes sociales hasta volverse viral. Rodríguez María Fernanda se convirtió en el rostro de la indignación en el que muchos se vieron reflejados. Salió para alzar su voz, para gritar que nada estaba bien. En 2019, dos días antes de que Juan Guaidó se juramentara, ella ya había salido a pelear su propia batalla. En 2019, todo empezó con ella y su taca taca.

En Clímax quisimos conocer cómo vivía, cuál era su lucha y por qué su olla estaba tan esguañingá. Recorrimos Cotiza en su búsqueda, tocando puerta por puerta, hasta que la conseguimos.

Un año después de ser la cara de la protesta en Cotiza sigue teniendo la misma consigna: “Estoy arrecha, la gente dice que todo está bien. Aquí nada está bien”. Muchas cosas han pasado en Venezuela y en su vida desde aquel día. Pero la crisis y la calamidad, el cuesta arriba, no se ha ido.

Sin descanso

Trabajar, trabajar y trabajar. Eso es lo que más ha hecho Rodríguez María Fernanda. Lo único que puede hacer para salir adelante. Por unos meses, dejó a un lado su oficio como manicurista y peluquera porque no estaba siendo tan rentable. Había perdido algunas clientes y el trabajo estaba flojo, así que tuvo que resolver.

Durante algunas semanas trabajó limpiando una casa hasta que una prima le contó que en un supermercado en El Cafetal buscaban una cajera. Ahí estuvo por dos meses “para ver qué hacía, cómo me iba y probar cosas nuevas”. Aprendió a manejar una caja, a sacar cuentas, a sacar los precios de los productos.

“Esa gente me da ganas de vomitar porque después de que fueron de la oposición, se voltean por cuatro lochas»

Aunque le gustaba su trabajo, la distancia entre su casa y el supermercado le jugaba en contra. Tenía que salir a las 10 de la mañana para llegar a Los Cortijos a las 12 del mediodía donde el transporte la recogía. Tras una jornada de más de ocho horas, terminaba llegando a su casa pasadas las 10 de la noche, de lunes a lunes. Salía temprano, llegaba tarde. “Era muy agotador y pagaban muy poco para lo que estaban exigiendo”, expresa la mujer de 37 años.

El transporte sigue siendo un dolor de cabeza en la zona. Puede pasar horas esperando una camioneta. Si tardan mucho, baja hasta la avenida Fuerzas Armadas a pie. De regreso, si llega a buena hora, las camionetas la pueden dejar a “dos cuadras llaneras” de su casa. Después de las seis de la tarde, la historia es otra. Son dos las opciones que tiene: pagar de más en vehículos piratas o le toca caminar con paso apurado, “con el Cristo en la boca”, huyendo de la delincuencia. “A veces me da miedo, pero yo guerreo, no me queda de otra”.

Caminar es lo que también tiene que hacer si quiere agua porque en su casa pueden pasar semanas sin que salga agua por el grifo, hasta más de un mes. Un amigo de Las Casitas, al borde de la autopista, les llena sus botellones y les presta la lavadora para lavar la ropa acumulada. Se dice afortunada porque hay gente en otras zonas de Cotiza a quienes no les llega agua desde hace dos años.

Cada semana, Rodríguez María Fernanda agarra cuatro envases de cinco litros, dos en el bolso y dos en cada mano, y acompañada de su hija van a recolectar agua en varios viajes. ¿Bañarse bajo la regadera? Ya no sabe qué es eso, le toca echarse agua con tobito.


De tanto que le ha tocado caminar, pa’ arriba y pa’ abajo del cerro, los tobillos le han pasado factura, sobre todo el izquierdo que a veces ni la deja parar de la cama por la mañana. Esa, en parte, es la razón por la que ahora que volvió a sus labores como manicurista, Rodríguez María Fernanda prefiere tener a sus clientas cerquita, por el sector. Así va con su morral a cuestas para ganarse su platica.

Platica que no le alcanza para mucho. Si tiene dinero para la comida, no hay para el pasaje. Si encuentra para el transporte, no rinde para las medicinas o para adquirir más materiales para trabajar. Y así se le va todo.

«Juan Guaidó le ha echado bolas pero no ha logrado nada. La gente quiere que haga más»

Cuando tiene algo de dinero en los bolsillos, igual es poco lo que puede comprar. Un pedazo de queso, mortadela, plátanos. Los huevos no puede pagarlos todo el tiempo. Si consigue una carne en oferta, se da el lujo de llevarse una bandejita, aunque puede pasar meses sin ingerirla. De solo pensar en la caja CLAP, su expresión se transforma. “Cada vez que la voy a pagar, me da arrechera. Odio esa bendita caja, la odio”.

Después del episodio del 21 de enero de 2019, la organización Alimenta La Solidaridad la contactó para cambiar un poco la realidad de los niños de la zona y de los que vivían bajo su techo. La casa de Rodríguez María Fernanda se iba a convertir en un comedor en Cotiza para los más pequeños. Sin importar la insistencia, no fue posible. Las mamás del sector, quienes deben encargarse de cocinar los alimentos, se negaron a llevar a sus hijos por no ser una iniciativa del chavismo. Sin el número mínimo requerido de niños que asistieran, el comedor nunca llegó.

La situación de los suyos tampoco ha estado fácil. Su madre Miriam Urbina, quien sufre de artrosis grado 5 en las rodillas, todavía vive postrada en una cama en el último piso de la casa. Solo sale los 22 de cada mes, para cobrar la pensión. Y si se está mal, siempre se puede estar peor: hace más de un mes un dolor intenso le inmoviliza el brazo izquierdo. “No sabemos qué es. Dicen que es la cervical o que puede ser muscular”.

“Seguimos con este hombre montado en el poder. Él no quiere hacer nada y no quiere dejar que otros hagan”

Bajo su techo, ya no son ocho. Su tío Omar Urbina, quien había quedado completamente ciego en 2018 por un glaucoma que no pudo mantener a raya, murió a finales de julio del año pasado. “Falleció porque no teníamos cómo comprarle los medicamentos, no teníamos cómo ayudarlo. Le dio un infarto”. Ahora reposa en una cajita de madera sobre una mesa de la sala.

 

Sin perder la esperanza

Rodríguez María Fernanda se mantiene al día con las noticias. Se informa por Twitter, con los videos que le envían por Whatsapp. Siguió los sube y baja de un país que no ha dejado de ebullir. A pesar de lo mucho que ha pasado desde ese 21 de enero, el centro de su disconformidad no ha cambiado. “Seguimos con este hombre montado en el poder. Él no quiere hacer nada y no quiere dejar que otros hagan”.

En todo este año, ha seguido los pasos de Juan Guaidó, ha ido a las movilizaciones que ha convocado. Dice que sus intenciones han sido las mejores, pero no ha habido buenos resultados, aún teniendo todo en las manos para concretarlo. “Yo sé que él no quiere guerra, pero hay que ser como ellos (los chavistas), malos. Está bien que piense así pero también tiene que pensar en uno. Le ha echado bolas pero no ha logrado nada. La gente quiere que haga más”.

“Estoy arrecha, la gente dice que todo está bien. Aquí nada está bien”

El 5 de enero vio cómo cuerpos de seguridad impedían la entrada a la Asamblea Nacional. Para ella, ese era el día para reforzar su apoyo al presidente encargado. “Antes de ese día había perdido un poquito la fe. Pero cuando vi que luchó por defender su puesto, dije ‘Guaidó vale la pena, vale la pena estar con él’… Un poco de malicia no le caería mal”.

El 5 de enero también vio al diputado Luis Parra juramentándose como presidente del Parlamento. Él también entró en su lista negra. “Esa gente me da ganas de vomitar porque después de que fueron de la oposición, se voltean por cuatro lochas, eso es sucio, son unos vendidos. Un buen político que se respete no se deja chantajear por nadie”.

Rodríguez María Fernanda está cansada. Confiesa que muchas veces se desanima y no cree que sea la única, aunque saldría a marchar. “Yo sigo apoyando a Guaidó 100%. Si uno sigue en la calle, yo creo que uno puede lograr algo más. Yo tengo fe de que estaremos fuera de esto pronto. Lo menos que hay que perder es la esperanza. Esa es la mejor ventaja que tenemos, que seguimos luchando, diciendo lo que sentimos, con o sin cacerola”.

La olla, de hecho, ha pasado meses guardada. La guarda celosa, con ganas de mostrarla a futuro a sus nietos, cual museo de una situación que -espera- quede atrás. “Quiero que algún día pueda sentarme otra vez en mi mesa y comerme un buen bistec, una ensalada con un refresco. Algún día tiene que pasar eso, que todo cambie, que todo sea mejor. Yo quiero eso”.