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Santa y el Niño Jesús se confiesan a causa de la crisis

Ya no es la niña chismosa del colegio, o un primo descarriado el que cuenta a los pequeños la verdad sobre quién trae los regalos en Noche Buena. Ahora son los padres quienes deben armarse de valor y confesar una mentira blanca construida durante años. La crisis se cuela hasta en las ilusiones infantiles

Santa y el Niño Jesús se confiesan a causa de la crisis

–Mamá, yo quiero que el Niño Jesús me traiga un teléfono inteligente.
–¿Y qué más?
–Nada más.
Claudia lo piensa. Se arma de valor y responde:
–Tenemos que decirte algo: el Niño Jesús somos tu papá y tu mamá.

La mujer dice que se le hizo un nudo en la garganta, que Verónica –su hija de 10 años a quien le tuvo que confesar la verdad– se puso las manos en el pecho de la impresión y suspiró. Ella todavía juega con muñecas. Su mamá la describe como una niña “muy inocente” por lo que a esa edad, a la que muchos niños ya han descubierto a sus padres hurgando en clósets o espiando a medianoche, aún seguía creyendo. “Tuve que decírselo. No me alcanzaba ni para comprarle un perolito. Era eso o los estrenos”, vuelve a confesar.

La niña entendió. “Es verdad, mamá. Y el dólar también subió”, fue lo último que contestó y después se lanzó a abrazar a Claudia.

Estas Navidades no serán lo mismo para muchos padres, y menos para unos cuantos niños que deberán enterarse o ya se enteraron de que durante años sus papás eran quienes colaban los regalos hasta los pies del árbol o se los ponían junto a sus camas sin que ellos se diesen cuenta. Llegaron a esa verdad no porque ya estuvieran grandes o por su propia curiosidad. Las dificultades económicas obligan a los adultos a revelar el secreto que antes solía guardarse con celo hasta ser descubiertos.

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A Nancy Albornoz la crisis la alcanzó hace dos años. En diciembre de 2015 ni su sueldo como administradora, ni el de su esposo de ingeniero alcanzaban para comprarle juguetes a sus hijas que ahora tienen 15, 9 y 7 años de edad. Se acercaba el 24 de diciembre y la pareja había agotado sus opciones, nada de lo que veían en las jugueterías se adaptaba a sus posibilidades económicas y tampoco querían invertir en un juguete con el que les respondieran “esto no fue lo que pedimos”. Más que la decepción de sus hijas, les preocupaba la inversión perdida que eso habría significado.

“Era ya como 20 de diciembre y las sentamos a las tres. Lo primero que hicimos fue enseñarles en la computadora que el Niño Jesús y San Nicolás de verdad existieron, pero entonces tuvimos que decirles que Santa no va en un trineo volando por las nubes, ni tiene duendes ayudantes porque eso es imposible”, recuerda. La más pequeña fue la más difícil de convencer. Asevera que en la cara se le notaba la decepción y lo mucho que le costó digerirlo, “se fue arrugando”, describe, “pero es que no teníamos ni para darles regalos de consuelo”, se defiende.

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Las dos hijas más grandes de Nancy la ayudaron a que la más pequeña entendiera –la mayor ya lo sabía y la segunda lo sospechaba–. De ahí en adelante comenzaron las recriminaciones: “Si eras tú, entonces por qué el año pasado no nos trajiste lo que te pedimos”. De nuevo había que explicar. “Es que lo que ustedes me pidieron no se consigue, no hay o está muy caro”, respondió. La administradora señala que este año será igual. “Se les dañó el playstation así que acordamos que el regalo sería mandarlo a arreglar y les compraremos algún juego”.

Hay otras mamás que aún no se atreven a tomar esa resolución, aunque la idea tenga algunos meses rondándoles la cabeza. Karla Franceschi supo quién era el Niño Jesús porque vio a su hermana mayor agarrando la carta que minutos antes había dejado en el nacimiento. Para entonces tenía 7 años de edad y decidió “hacerse la loca” como hasta los 10. Su hijo, Mattías, ahora tiene 7 y ella se plantea contarle “la verdad sobre el Niño Jesús”. No lo ha hecho, cree que no lo hará, pero la idea sigue meciéndose en su cabeza. Antes de decidir tuvo una conversación exploratoria con el niño para saber qué tanto sabía él y si estaba preparado para que le rompieran la burbuja de la magia navideña. El diálogo lo compartió en su cuenta de Facebook:

–Matt, ¿a ti alguien te ha dicho algo sobre el Niño Jesús?
–¿Como qué?
–No sé. Los niñitos siempre dicen cosas. Hijito, yo creo que este año el Niño Jesús va a tener las cosas complicadas con los regalos… ya hemos hablado de la crisis y de la economía del país.
–Sí, yo entiendo todo eso, mami; pero no sé qué tiene que ver con el Niño Jesús. ¿Tú no sabes que él no compra los juguetes? Así que no importa si en el país no hay. Él tiene un arreglo con Santa y los juguetes se los hacen los duendes en los talleres.
–Ah, Matti, no sabía. Igual creo que va a estar difícil porque hay otros países que están en guerra y los niñitos necesitan jugueticos también para poder olvidarse de eso.
–Bueno, mami, aquí no estamos en guerra así como en esos lugares. Pero tenemos a Maduro y estamos en guerra en contra de su inmadurez. Porque sabes que él es un inmaduro.

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Esa guerra contra la inmadurez ha llevado a Karla a visitar jugueterías todo el año. Dice que es su modo de hacer estudio de mercado: “En las tiendas no hay variedad o lo que hay es de mala calidad. Los juguetes que los chamos ven por televisión -por suscripción- ni siquiera existen aquí”. Y como la escasez no solo es de juguetes, la periodista se ha visto obligada a privar a su hijo de muchos de sus gustos, con la comida, por ejemplo. Así que entre el interés en conservar la inocencia de Matt y la tozudez de los padres en mantener el encanto de la Navidad, la balanza de Karla se inclina hacia guardar el secreto un poco más: “Quitarle el Niño Jesús es demasiado”.

Guayabo de muchos

En otros tiempos, quizás más felices, descubrir la verdad sobre el Niño Jesús implicaba para los niños una operación tanto o más osada que la de los padres para escabullir los regalos.

Patrizia Aymerich recuerda que sus primas, su hermana y ella lo sospechaban, así que se unieron en un “escuadrón secreto” para espiar a los adultos en los días previos a la Navidad. En su pesquisa encontraron etiquetas firmadas por Santa o El Niño Jesús en los cajones y forros de regalos escondidos. La labor detectivesca también las llevó a fijarse en que los más grandes hablaban en clave frente a ellas, la prohibición de andar por algunas zonas de la casa y de cambiar la carta a último minuto. Pese a las pruebas, más podía su ilusión de niñas, así que el propio 24 de diciembre “montaron un comando” para continuar la vigilancia. Para entonces, los adultos ya habían perdido. Las niñas los habían descubierto, aunque –como la mayoría– se guardaron el secreto. “Confesar la verdad, no solo le quita a los niños la ilusión de la Noche Buena, también les resta la posibilidad de fingir demencia”, opina.

Otras historias son menos elaboradas. Hay niños que debieron enterarse por sus padres, pero no por la crisis, sino porque “ya estaban muy grandes para la gracia”. Es el caso de Elisa Vásquez que cuenta que sus papás la llamaron a capítulo como a los nueve años porque “era increíble” que no se hubiese dado cuenta: “Me citaron a una conversación de lo más formal y quedé en shock total. De pana, siento que fue el primer guayabo de mi vida, pasé como tres días deprimida. Esa navidad no tuvo sentido”.

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Ariana Guevara se enteró porque el Niño Jesús no le trajo un oso que podía pintarse con marcadores y ella armó un drama “a lo Marimar” creyendo que era porque se había portado mal. Lloró y lloró hasta que a su mamá no le quedó de otra que decirle: «Bueno, ya, deja la lloradera. El Niño Jesús soy yo y no encontré ese oso por ningún lado». Y Evelyn Carmona se enteró en la escuela. Recuerda con claridad que era 1968 y que acababa de empezar a estudiar en el Colegio Inmaculada Concepción. “En enero todos hablábamos sobre qué nos trajo el Niño Jesús. De repente se paró un niñito y dijo: ‘Yo me porte bien todo el año y el Niño Jesús no nos trajo nada a mí ni a mi hermanito’. Todos quedamos impactados. En ese momento la monja dijo: ‘El Niño Jesús no existe, es el papá de cada quien y si no tiene dinero pues no puede traerle nada’. Shock total”, concluye.

Aunque sea un detalle

A Beatriz Yánez la descubrió su hija mayor, pero ella se niega a acabar con las ilusiones del más pequeño. La mayor tiene 10 años y el varón tiene 2. Es una mamá 2.0 así que sus hijos se comunican con Santa vía correo electrónico. Usaba la cuenta santaesnavidad@gmail.com para que su hija no descubriera ninguna carta mal puesta; pero la niña es Generación Z así que igual descubrió el e-mail del santo entre las cuentas registradas por su madre en la computadora. “Lloró mucho. Ella no le creía a los otros niños del colegio que ya sabían y lo que más le dolía era la mentira. Al final lo entendió y quedamos en que me tiene que ayudar a mantener la magia y la tradición de hacer felices a los niños con su hermano”. Pero a Beatriz este año le va a costar. Trabaja como freelance y su esposo es gerente en una empresa, a principios de diciembre hizo una cola en una quincalla del este de la ciudad donde se conseguían juguetes baratos. Una hora y media estuvo en la fila y salió con las manos vacías: “Salí de la quincalla y me puse a llorar. Es frustrante que teniendo cuatro trabajos no me alcance para comprar un Niño Jesús”.

Insiste en que resolverá. Vendió una reliquia de oro que heredó de su padre y con eso espera comprarle algo a sus hijos: “No es lo material. Es la vivencia, la ilusión, es darle un momento de emoción a un niño, y si sacamos la cuenta de todo lo que hemos ido restando te das cuenta de que hemos dejado perder muchísimas cosas. Así que yo voy a resolver”.

Este año son los padres los que esperan un milagro de Navidad.