Ser como Chávez: mito en picada

A seis años de "la siembra" del llamado comandante eterno, la figura de Hugo Chávez se enfrenta ante la crisis que hunde al gobierno de sus herederos, y que aún lo usan como bandera. Muchos se disputan su legado y representación, mientras no pocos se desapegan de quien pidió votos para Nicolás Maduro y profundizó el modelo rentista que ahora hace aguas

Dicen que no hay muerto malo. Pero luego de seis años las visiones sobre el fallecido pueden cambiar, o no.

Luisa Pereira, de 63 años, vive en la parroquia 23 de Enero de Caracas. Desde su casa puede caminar cada día hasta el Cuartel de la Montaña donde se afirma están los restos mortales de Hugo Chávez. Jubilada de la administración pública, tiene tiempo para «visitar a mi comandante» casi a diario, o al menos para sentirlo cerca.

Su peregrinar alrededor del antiguo Museo Histórico Militar es cada vez más solitario. Las multitudes que alguna vez hubo ya no están. Las cadenas para organizarlas a la entrada del recinto son innecesarias. Luisa no cree que sea por pérdida de fervor chavista, aunque admite estar molesta. Su jubilación para poco le alcanza, y su pequeño negocio doméstico de costura y zurcido ha dejado de ser rentable y poco sirve a su objetivo inicial: «completar los churupos».

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Su vecina Sonia Perdomo dejó de visitar el Cuartel hace ya algún tiempo. «Yo a Chávez le agradezco muchas cosas, pero lo que pasa ahora me pone a pensar qué le pasaba por la cabeza cuando nos dijo que votáramos por Nicolás Maduro». Se refiere a aquella decisión «plena como la luna llena» que el expresidente anunció al país el 8 de diciembre de 2012.

La historiadora Margarita López Maya asegura que el legado de Hugo Chávez —quien exacerbó el modelo rentista del que ahora reniegan— está personificado en Maduro, quien se ha asumido, junto con la cúpula que controla la burocracia del poder, como legítimo heredero de su estirpe —hasta lo llaman padre—, y de su movimiento político. Pero, con no pocas trabas, como la falta de liderazgo propio, de popularidad o eficiencia en sus prácticas.

Luis Gómez, de 53 años, dice: «no he dejado ni dejaré de ser chavista, yo lo que estoy es arrecho. El Psuv actúa como un partido de derecha que usa la palabra socialismo para asegurarse poder político en vez de estar organizando al pueblo, impulsando los cambios, explicando la crisis y ofreciendo soluciones». Su descontento no es aislado, pues desde la tolda que nació para ser única —como pretendió su fundador desde Miraflores— ya se han desprendido diferentes corrientes: Marea Socialista, el partido Redes, particulares como Héctor Navarro, Ana Elisa Osorio y hasta Vanesa Davies, todos excluidos de la directiva sin derecho a pataleo.

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A la figura de Chávez pretenden «secuestrarla». Así lo pondera el politólogo Nicmer Evans al asegurar que desde las cúpulas no se ha permitido una discusión honesta no solo sobre la figura política de Hugo Chávez sino sobre su legado. «Nadie sabe qué hace ese Instituto de Altos Estudios Hugo Chávez, que su hermano tiene bien lejos, oculto», dice al tiempo que reivindica que en las calles «el pueblo chavista y el que no también» sí está versando evaluaciones. Evans pide desmitificar la discusión sobre si Chávez se equivocó o no al dejar como sucesor al actual primer mandatario, en una decisión que se tomó —»y no quiero justificarla ni nada»— en medio de condiciones de salud y personales «muy difíciles».

«Si algo tenía Chávez era su gran capacidad de adaptación. Su búsqueda de un modelo propio, por eso siempre estuvo abierto a hacer las correcciones que fuesen necesarias» para corregir entuertos, manifiesta Evans, quien, desde aceras distintas, ha terminado reclamando lo mismo que María Corina Machado: renuncia del Presidente y reconocimiento de su partido político ante el CNE, negado por intereses de la burocracia chavista. Su colega Guillermo Aveledo puntualiza que las mutaciones del expresidente se dieron con la única lógica de mantenerse y acumular más poder. Colette Capriles, psicóloga social, suma que el liderazgo de Chávez fue múltiple, sobre tribus diferentes, cuyo único punto común «era su figura como gran árbitro» pero que al desaparecer abre «una lucha acerca de cuál es la legitimidad por herencia de esos grupos», una discusión «curiosa» por decir lo menos, según la investigadora, en pleno siglo XXI.

Nicmer Evans dice que el verdadero chavismo está en las calles, y Rafael Somoza lo secunda. Habitante del casco histórico de Chacao ha soportado ser minoría en esa zona y lo asume con orgullo. «Es que yo estoy claro en que nadie hizo más por el pueblo llano que Hugo Chávez. ¿Hubo cosas no tan buenas? Bueno, es para la discusión, pero nadie puede decir que aquí no se benefició todo el mundo con su gobierno. Hasta la llamada clase media, que viajó por todas partes con dólares subsidiados gracias a él, aunque no lo admitan».

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Tras la fachada

«Venezuela pide cambio» fue el eslogan de campaña de la oposición en 2015. Y no le faltaba razón. Pero tampoco le sobraba. Luisa Pereira admite que las cosas no están bien, que hace falta cambiar políticas y acciones gubernamentales, pero está convencida de que es el chavismo el camino correcto. «El comandante siempre decía ‘o inventamos o erramos’, y hay que seguir intentándolo. Si la oposición se monta, ahí sí que se acaba todo lo que él le dejó al pueblo». Evans pide no caer en el chantaje de la lealtad ciega, y desestima el uso de la frase de Simón Rodríguez porque «la malinterpretan y se usa para justificar errores, como también lo hizo Chávez».

Pereira no está sola. El Partido Comunista de Venezuela (PCV) cree que hay un «transitar reformista» en Miraflores evidenciado en la creación del Consejo Nacional de Economía Productiva, donde abunda la representación empresarial. “El PCV continuará deslindándose de toda propuesta, sea del Gobierno u oposición, que fortalezca a sectores oligárquicos y entregue las conquistas sociales”, afirmó el secretario general comunista, Oscar Figuera, según reporta Cronica.uno. No cayó bien en sectores de la izquierda ortodoxa los anuncios de querer coincidencias con empresarios —excepto con Polar—, ni el nombramiento de uno como Vicepresidente de Economía. Miguel Pérez Abad, aún presidente de Fedeindustria, asumió la cartera como ministro de Economía Productiva.

Por si fuera poco, el partido del gallo rojo objeta la creación del “Consejo de la Patria”. Teme que “legitime el nuevo bloque económico oligárquico-burgués” debido a que se instaló de “manera inconsulta, sin debate previo sobre sus objetivos, y porque significa un mayor debilitamiento al ya atomizado Gran Polo Patriótico”, tan golpeado que los partidos Redes y PPT se aliaron para sobrevivir a la exclusión que sienten dentro de la alianza chavista.

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Aumentar la gasolina, devaluar la moneda, hablar del «regalado se acabó», pedir no considerar los dineros del Estado como un derecho por la renta petrolera y hasta revisar el huso horario por ahorro energético —una idea esbozada por Maduro desde 2014— parecieran contradecir al legado. «En nombre de Chávez vas echando para atrás a Chávez, y así se va diluyendo en el tiempo», opina Salamanca. Pero Evans cree que no es una cuestión de decisiones económicas, sino del marco narrativo que tengan. «No es lo mismo decir que hay que tomar una medida y explicar en cómo beneficia eso al pueblo, a hacerlo y que se vea como un favor para empresarios», dice.

El politólogo Guillermo Aveledo considera que usar la «lógica de Chávez», permitiría «desde facilitar más apertura económica hasta pedir más militarismo para combatir la inseguridad, porque el chavismo tiene capacidad de gran flexibilidad para mantener el poder, a pesar de lucir dogmático». Además, niega que exista una suerte de revisionismo de la presidencia del fallecido porque, en vez de asumir que aquél se equivocó, «las decisiones se pueden articular diciendo que Chávez siempre pidió estar al tanto de situaciones cambiantes. Puedes dar cuenta de la extensísima cantidad de discursos de Chávez y encontrar una frase justificativa».

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La muerte del mito

Hugo Chávez atraviesa una segunda muerte. La física de 2013 palidece ante la de su mito. La pérdida de popularidad electoral que se notó en 2012, la última campaña de quien murió invicto en contiendas presidenciales, se acentuó con Maduro como candidato —casi un millón de votos menos— y de nuevo el 6 de diciembre de 2015. Capriles sostiene que ya el expresidente no convoca míticamente a un votante incondicional.

«Yo no votaría hoy por Maduro. Pero tampoco por la oposición», dice Félix Aguilera, habitante de Catia y «fiel revolucionario, pero no pendejo». Eso sí, no cree haberse equivocado cuando marcó por el Presidente en el tarjetón electoral. «Chávez lo dijo claro y le hicimos caso, pero ahora uno está más mosca porque con la excusa de ser chavista se ha colado más de un zángano. Se arropan con él, sacan una foto y dicen que lo representan», agrega. Un amigo que comparte mesa con él, Jesús Martín, admite haber votado por el «bolivariano» hace varios años pero también haberse dado cuenta de a dónde conducía al país: «al desastre, la demostración es lo que vivimos hoy».

«Chávez usó mitos movilizadores y montó un liderazgo de jefe, cesarista, carismático y personalista. Eso, más la plata del petróleo caro que le permitía repartir más», recuerda el politólogo Luis Salamanca. «Su gran poder es que fue el hegemónico, el alfa y el omega de todo el proceso que nació con él y empezó a morir sin él», apunta.

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Los resultados electorales dan cuenta de ello. De no perder nunca una elección nacional —excepto en 2007 y por la mínima— se llegó a la derrota parlamentaria por casi 20% de los sufragios. Luego de ese 6 de diciembre, el presentador de Venezolana de Televisión (VTV), Miguel Ángel Pérez Pirela, llamaba a «ser más Chávez» para superar la adversidad. Pero nadie está claro qué es eso. «Él no dejó una ideología, ni un escrito con su pensamiento. Dejó un programa de gobierno, un librito azul y una chorrera de discursos, nada práctico, nada institucional», dice el politólogo Luis Salamanca. Guillermo Aveledo apunta que «quien diga que es más Chávez usa el tótem», y Colette Capriles cree que se trata de «vivir en la imaginación al reconocerlo como una proyección colectiva, una imagen moralizante y mitológica». Eso sí, la psicóloga advierte que más allá de la responsabilidad de Maduro, hay quienes admiten que el modelo construido por Chávez no funciona y eso entierra el mito.

Félix Aguilera sí cree saber interpretarlo. «Ser como Chávez es pararse a diario a trabajar por el país, no dejarse engañar por los medios y por los ricos, ocuparse del pueblo y saber identificar al enemigo». En esa panadería de Catia su amigo le responde: «menos mal que yo no soy como Chávez, o estaría muerto».

 

*Texto publicado originalmente el 5 de marzo de 2016